domingo, 11 de agosto de 2019

Esto se está calentando

Jorge Faljo

En los últimos tres meses se presentaron olas de calor extremo, el suficiente para motivar alertas, medidas especiales y ser tema noticioso, en muchas partes del planeta. Entre ellas, Norteamérica, Europa, Siberia, el Ártico y Japón. En México en 16 estados hubo zonas con temperaturas de 40 grados o más y en otras muchas superaron los 35 grados.

La mayor parte de la información periodística se refirió al impacto en la vida cotidiana. Calles desiertas y medidas para protegerse del sol, en particular quemaduras en la piel y deshidratación.

En Europa las visitas guiadas a grandes monumentos como el coliseo romano, se convirtieron en largas lecciones de historia con turistas sentados a la sombra. Hubo abundancia de bañistas en todo tipo de fuentes y espejos de agua, por ejemplo en los jardines de la torre Eiffel. Refrescarse era la prioridad.

En Holanda se registraron unas 400 muertes más de las habituales, que son atribuidas a la más alta temperatura registrada en 120 años. En el resto de Europa hubo una docena de casos comprobados de golpes de calor mortales.

Paradójicamente las cifras mortales son muy bajas, comparadas con las 15 mil personas que fallecieron en Francia en 2003 por una ola de calor similar. Lo que reflejó que en esta ocasión hubo mucha mayor preparación de la población y de los servicios sociales y de emergencia que crearon refugios, repartieron grandes cantidades de agua y atendieron centenares de casos.

Lo ocurrido en otras partes es parecido. Pero una vez pasados los momentos más difíciles queda la reflexión de fondo. ¿Es esto normal? La respuesta es que antes han ocurrido olas de calor; pero hay diferencias. Ahora ocurren más seguido, duran más tiempo y cubren mayores extensiones geográficas. Y eso se relaciona directamente con dos factores relacionados entre sí: el aumento del bióxido (o dióxido) de carbono en la atmosfera y el calentamiento global.

Cuando se leen las cifras del incremento del bióxido de carbono y de la temperatura estas parecen insignificantes. Y sin embargo sus efectos, que apenas empiezan, ya apuntan a ser mayúsculos.

En 2016 por vez primera en millones de años la atmosfera del planeta rebasó de manera sostenida, a lo largo de todo el año, el nivel de 400 partes por millón –ppm-, de bióxido de carbono. Su nivel de concentración era de 280 ppm en la era preindustrial. Cierto que si nos remontamos mucho tiempo, digamos 500 millones de años, las concentraciones eran mayores, alrededor de 7 mil partes de CO2 por millón.

Sin embargo hace unos 350 millones de años la vida vegetal evolucionó de seres unicelulares a plantas de gran tamaño que se extendieron por todo el planeta atrapando en sus propios tejidos cada vez mayores porciones del carbono de la atmosfera. Sus raíces se enterraban y al fallecer el carbono seguía atrapado en la tierra e incluso en rocas formadas por compresión. La vida se formó de carbono y al hacerlo lo extrajo de la atmosfera y lo hizo formar parte incluso del subsuelo.

Pero desde la revolución industrial el ser humano lo ha devuelto de manera masiva a la atmosfera al quemar sus enormes reservas en forma de carbón y petróleo. Otras actividades, como la quema de selvas y la expansión de la agricultura y la contaminación de los mares también reducen la masa orgánica y sueltan su carbono en la atmosfera.

Se calcula que en 1950 las emisiones de bióxido de carbono derivado de actividades humanas eran de unos cinco mil millones de toneladas al año; ahora superan 35 mil millones de toneladas. Este ha sido el factor fundamental por el que el planeta se ha calentado aproximadamente un 1.1 grados centígrados.

Son cambios que impactan toda la vida. Un ejemplo curioso. La temperatura es determinante del sexo de muchas especies de reptiles. En una zona de anidamiento de tortugas marinas se alteró la relación entre hembras y machos de dos a 1, a una nueva relación de 99 a 1. Es decir que en algunos sitios prácticamente ya no nacen machos, a diferencia de zonas de anidamiento ubicadas en latitudes más frías.

Pero si este dato suena meramente anecdótico, otro es más preocupante. El aumento del bióxido de carbono incide de manera importante en el desarrollo de muchas plantas. Científicos han lanzado la alerta de que a mayor bióxido de carbono las semillas de arroz pierden contenido de vitaminas y proteínas; lo que puede afectar la nutrición de 600 millones de seres humanos. Otros datos son también preocupantes; el calor acelera la descomposición de los alimentos, favorece plagas y enfermedades.

Un aspecto importante del problema es que el bióxido de carbono y la temperatura no crecen a un ritmo aritmético, tipo 1, 2, 3, 4, 5. Lo hacen de manera exponencial tipo 1, 2, 4, 8, 16. Las olas de calor recientes lo han ejemplificado de maneras que no nos eran evidentes anteriormente.

En este pasado mes de julio se quemaron 2.8 millones de hectáreas de bosques en Siberia y otro millón en Alaska, más una cantidad indeterminada en Groenlandia. Aparte de la enorme cantidad de carbono que se suelta en la atmosfera el descongelamiento de capas de tierra de algunos metros de profundidad hacen que suelten gas metano atrapado, que también tiene un efecto de invernadero.

Por otra parte grandes cantidades de ceniza se asentaron zonas cubiertas de nieve y hielo en Groenlandia, Canadá, Alaska y Siberia; al cambiar el tono de blanco a gris redujeron su capacidad para reflejar la luz y aceleran su calentamiento. El deshielo acelerado transforma el color de la superficie del planeta al perder zonas blancas en favor de tierra al descubierto y mar azul que son más favorables para crear altas temperaturas.

Las olas de calor son una alerta climática que aún con su gravedad, todavía no nos hace repensar y actuar en nuestra relación con la naturaleza. En particular en las vertientes de energía contaminante; los plásticos que invaden tierra y mar; y el uso de la tierra.

Cambiar requerirá de importantes alteraciones en nuestra forma de vida; algunas pueden ser muy positivas. Por ejemplo, una dieta basada en plantas y no en animales, nos haría menos propensos a la obesidad, las enfermedades cardiacas y la diabetes, con mejor salud e importantes ahorros económicos. Algo similar podría decirse de organizar nuestra sociedad para que la producción y el consumo, vivir y trabajar, se encuentren cercanos uno al otro y con mucho menos necesidades de transporte.

Algunos cambios pueden parecer utópicos. Pero si no son esos los que instrumentamos vendrán otros cambios, los verdaderamente indeseables.

domingo, 4 de agosto de 2019

Estancados ¿sin salida?

Jorge Faljo

En el primer trimestre de este año la economía mexicana tuvo un “crecimiento negativo” del 0.2 por ciento respecto al trimestre anterior. Si este decrecimiento se hubiera repetido en el segundo trimestre se hablaría de recesión. Por un pelito no fue así. Durante el segundo trimestre la economía creció en 0.1 por ciento.

Para el resto del año la perspectiva es más positiva. Según CEPAL y el Fondo Monetario Internacional la economía crecería entre 0.9 y 1 por ciento en todo el año. Se evitó la calificación técnica de recesión, pero de cualquier modo la situación es básicamente de estancamiento.

México presenta dificultades específicas que explican en parte la situación: la sobre explotación irresponsable que convirtió a Pemex en una pesada carga; la caída del gasto público y de la inversión privada; el impacto por el combate al huachicol a principios de año.

También hay factores internacionales que son posiblemente más amenazadores en el mediano y largo plazos. Toda la economía mundial está en declive. Una de las regiones más afectadas es América Latina. De acuerdo al Fondo Monetario Internacional la perspectiva de crecimiento para la región en 2019 es de tan solo 0.6 por ciento. Aunque si se sustrae a Venezuela de la ecuación, el resto de la región crecería 1.3 por ciento.

Se señala como factor la reducción del crecimiento del comercio mundial a resultas de guerras comerciales impulsadas por la nueva administración norteamericana.

Hace apenas un par de días Trump anunció la imposición de un arancel del 10 por ciento a las importaciones procedentes de China que estaban libres del impuesto del 25 por ciento. Es una escalada más en una disputa comercial que también golpea a buena parte de las exportaciones norteamericanas a ese país. Si bien en menor escala también hay un conflicto similar con la India y un reparto de amenazas que ha incluido a Alemania, Japón, Canadá y, lo sabemos bien, a México.

La creciente incertidumbre que se genera se asocia a una caída de la inversión a nivel planetario. Pero llevamos años en los que las empresas gigantes acumulan enormes montos de capital financiero para el que no encuentran oportunidades de emprendimientos rentables. Gran parte de los capitales del mundo se colocan incluso a tasas de interés negativas en países que ofrecen la máxima seguridad financiera.

Es decir que hay algo más que es lo que en el fondo provoca la baja de inversión y las guerras comerciales. Se trata de la sobreproducción debido a la baja de los ingresos relativos de la mayoría de los consumidores. Pasaron ya los años en que los grandes conglomerados transnacionales se expandían en nuevos mercados; muchos de ellos sostenidos artificiosamente mediante un endeudamiento que los hacia buenos clientes.

Pero esa expansión y el endeudamiento que la sostenía llegaron a sus límites. Y en el camino destruyeron buena parte de las formas de producción pre-globalizadas. Muchos de los pequeños productores convencionales dejaron de serlo para ser reclasificados como pobres necesitados de asistencia. Eso en lugar de ser vistos como productores necesitados de un mercado apropiado a sus condiciones y potencial para la generación de bienes y servicios.

En los Estados Unidos Trump supo abanderar, de manera perversa, el grito nostálgico de los excluidos con la falsa promesa del regreso a un viejo orden. Volver a ser el gran país que ofrecía millones de empleos industriales bien pagados a una clase media mayoritariamente blanca y sin necesidad de estudios universitarios. Pero como la necia realidad no le facilita cumplir esa promesa busca chivos expiatorios, los que sean de otro color, religión o cultura.

Aquí como allá no será fácil salir del estancamiento sin cambios de fondo. No es una mera coyuntura, sino todo un fin de época. Aquí termina el neoliberalismo corrupto que nos deja un país empobrecido, desnacionalizado y con un sector público muy acotado. En el mundo termina la globalización exitosa, que también deja en los Estados Unidos una población traumatizada que exige cambios.

No es tiempo de nostalgias; pero es útil recapitular en los modelos básicos de interacción con el mundo. Los limito a tres grandes opciones.

El primero es el del comercio internacional administrado, o proteccionista. Bajo este modelo México tuvo su época de crecimiento acelerado de los años cuarenta a los setenta del año pasado. La estrategia básica era la substitución de importaciones. Un modelo muy estatista plagado de defectos que, no obstante, permitió elevar substancialmente los niveles de vida de la población.

El segundo sería el modelo de globalización con una competitividad basada en el abaratamiento de la mano de obra y la atracción de capitales externos. Una estrategia que empobreció a los trabajadores, expulsó a millones de ellos, debilitó al mercado interno y dejó la conducción económica en manos del gran capital, en buena medida transnacional. Esta fue la estrategia mexicana de las últimas cuatro décadas.

El tercer modelo es el de competitividad basada en una moneda barata. Se trata de un estilo de globalización tipificado por China que en lugar de atraer capitales externos prestó al resto del mundo sus ganancias en divisas para generarse demanda externa. De ese modo, con escasez interna de dólares, se desalentó el consumo de importaciones y se impulsaron las exportaciones. Bajo esa estrategia China sacó de la miseria a centenares de millones y elevó substancialmente los salarios.

Estados Unidos, anteriormente puntero en la exigencia de libre comercio, tiene ahora un presidente que empuja en favor del primer modelo; el de comercio administrado. Trump acaba de anunciar que impondrá un arancel de 10 por ciento a 300 mil millones de dólares de importaciones procedentes de China; es decir todas la que no son parte de los 250 mil millones de dólares de mercancías que ya están sujetas a un arancel del 25 por ciento.

No es seguro que lo haga. Pero su estrategia no deja las decisiones en manos del mercado; así sea a patadas y jaloneos busca revertir el déficit norteamericano con el resto del mundo. Aparte de administrar el comercio Trump y parte de la elite política señalan que el dólar se encuentra sobrevaluado y piden medidas para tener una moneda más competitiva.

Si Trump sigue adelante con su guerra comercial la situación presentará una importante oportunidad para México. Se trataría de substituir a China como principal socio comercial de los Estados Unidos. Pero ello requeriría un viraje importante en el comercio mexicano. Para venderle más a Estados Unidos tendríamos también que comprometernos a comprarles más. No productos agropecuarios porque aquí es prioritaria la autosuficiencia y generar empleo en el campo. Pero si substituir productos chinos por norteamericanos.

Reducir substancialmente el superávit que tenemos con los Estados Unidos, comprándoles más y, en paralelo, comprarle menos a china, parece la salida más viable a la perspectiva de continuar con décadas de estancamiento. Eso siempre y cuando sea acompañada de una política industrial y agropecuaria fuertemente orientada a la substitución de importaciones.

domingo, 28 de julio de 2019

De los güeros, los subsidios y una burla.

Jorge Faljo

Trump declaró que los agricultores norteamericanos están mejor que nunca gracias a los 16 mil millones de dólares en subsidios que su gobierno acaba de otorgarles. Esta cantidad pretende compensar a los productores afectados por las represalias comerciales chinas que redujeron severamente las compras soya, carne de cerdo y otras mercancías provenientes de los Estados Unidos. Los productores señalan que los subsidios son buenos pero que no son más que una compensación parcial del impacto de menores ventas y la baja de precio de sus productos.

Los agricultores son el sector mayormente afectado por la guerra comercial establecida por Trump con el objetivo inicial, muy ambicioso, de eliminar el déficit comercial con China. El cual ascendió, en 2018, a casi 420 mil millones de dólares -mmd. Estados Unidos le hizo compras por casi 540 mmd y China a su vez solo le compró 120 mmd. Algo que empeora esta relación es que China se sitúa crecientemente como exportador de bienes manufacturados crecientemente sofisticados mientras que Estados Unidos tiende a ubicarse como proveedor de materias primas de baja complejidad.

Esta relación contribuye a que en 2018 la producción norteamericana creciera al 2.5 por ciento y la de China al 6.2 por ciento. No solo eso, el ingreso promedio chino crece aceleradamente mientras que el de la mayoría de los norteamericanos está estancado desde hace décadas.

Para Trump y sus principales asesores el tema no se limita a aspectos comerciales aislados y a la reubicación de millones de empleos industriales del otro lado del mar. Lo que no pudo ocurrir sin la entusiasta ayuda de los conglomerados norteamericanos. El asunto de fondo es que el rápido crecimiento del poderío industrial y tecnológico chino, incluso militar, amenaza suplantar a los Estados Unidos como primera potencia mundial para mediados de siglo.

Estados Unidos impuso aranceles a las importaciones de acero y aluminio chino y pretende impedir su apropiación de tecnología norteamericana.

Para enfrentar la represalia china que perjudica al medio rural, que es una de sus más importantes bases políticas, el gobierno norteamericano absorberá el costo de las represalias. Es un enfrentamiento que altera el comercio mundial.

China reorientó sus compras en favor de Brasil y aumentó el precio de la soya de ese país mientras que se acumula sobreproducción y baja de precios en los Estados Unidos. Lo que llevó a Europa a cambiar su aprovisionamiento de los mismos productos en favor de los norteamericanos. Pero no ha sido suficiente; las compras europeas equivalen a la mitad de lo que dejó de comprar China.

La historia de los subsidios norteamericanos a su agricultura se remonta a más de un siglo, aunque ha empleado distintos mecanismos. Cuando la estrategia era apuntalar el precio de mercado incluso la producción mexicana se vio beneficiada. Pero la estrategia cambió a subsidios directos que generan excesos de producción y caída de precios. Lo que hace más competitiva a la agricultura norteamericana.

Los apoyos norteamericanos a su agricultura adoptan varias formas. La principal es un fuerte subsidio a los seguros agrícolas. Alrededor del 20 por ciento del aseguramiento previene impactos negativos originados en causas naturales, como sequía, inundaciones, heladas, plagas y similares.

Lo más importante es que el 80 por ciento del aseguramiento protege las bajas de cualquier origen en el ingreso de los productores, lo que incluye las fluctuaciones de precios en el mercado. Así se establece un piso mínimo de rentabilidad que se concentra en la producción de maíz, sorgo, trigo, algodón y arroz.

Algo parecido a lo que lograba CONASUPO en sus buenos tiempos, con precios de garantía de incidencia general que limitaban el margen de comercialización de los intermediarios en beneficio de productores y consumidores. En aquel entonces México era un importante exportador de granos.

La fuerza política de los productores agrícolas en Estados Unidos no es solo el voto rural; sus representantes han logrado que el subsidio a la alimentación que reciben 40 millones de norteamericanos se negocie siempre de manera simultánea, en el mismo decreto. Lo que constituye de hecho una alianza entre productores agropecuarios fuertes y ciudadanos pobres de sectores urbanos.

La preferencia de los productores agropecuarios es reanudar sus ventas a China. Tienen segundas opciones, tales como ampliar de manera substancial sus ventas en otros mercados. Es decir que en México no podremos simplemente ver los toros desde la barrera. Trump ha sido muy explícito, quiere que les compremos más.

En condiciones de libre mercado México no puede competir con los subsidios, el menor precio de combustibles y las tasas de interés que reciben los productores agrícolas norteamericanos. ¿Significa eso que sacrificaremos el objetivo de reducir nuestra dependencia alimentaria, crear empleo en el campo y reducir la emigración forzada?

Espero que no.

No viene al caso, pero… hace unos días, Trump, el presidente norteamericano número 45, hizo uno de sus shows políticos delante de una audiencia de fervientes jóvenes admiradores. Atrás de Trump se proyectó un escudo que simulaba ser el de la presidencia norteamericana solo que modificado. Con el águila bicéfala de la bandera rusa; en la pata izquierda en vez de trece flechas, trece palos de golf, en lugar de una rama de olivo en la derecha, un puñado de dólares y el mensaje en la banda superior decía en español “45 es un títere”.

Charles Leazott, el diseñador de ese escudo burlón declaró que no sabía si lo habían copiado de internet por brutal incompetencia o como una magnifica broma. En todo caso se declaró encantado.

domingo, 21 de julio de 2019

Rebeldía rural

Jorge Faljo

Desde hace unos meses crecen las inquietudes de los productores rurales. Saltó primero el asunto de la distribución de fertilizantes en el estado de Guerrero. Hace 24 años se inició su entrega gratuita en cantidades suficientes para el cultivo de una a tres hectáreas de maíz para el autoconsumo de las familias campesinas de una de las regiones más pobres del país.

Sin el fertilizante aplicado oportunamente la cosecha se pierde. Tiene que ser con las lluvias y no después. Si no es así las consecuencias pueden llegar a la hambruna regional, la emigración temporal o definitiva de decenas de miles, y un descontento que puede expresarse de múltiples maneras en una zona brava.

La distribución del fertilizante en Guerrero es una transferencia social indispensable. Pero también tiene su lado oscuro. En manos de los municipios la manipulación del padrón de beneficiarios fue caldo de corrupción y de control político.

Al tomar en sus manos el reparto de fertilizantes el gobierno federal ha enfrentado una tarea que lo ha rebasado en una proporción que tomará un tiempo conocer. No es tan solo haber distribuido los cupones a los 233 mil beneficiarios de un padrón original, al parecer muy inflado, que para los municipios era de 400 mil. Falta saber que tantos consiguieron trasladarlo a sus parcelas antes de las lluvias y aplicarlo a tiempo.

El coordinador del programa federal de fertilizantes Jorge Gage Francois señaló que las experiencias buenas, y sobre todo las malas, dan lecciones sobre la complejidad de la tarea que serán aplicables a otras entidades. Bien dicho, en la medida en que se asume la necesidad de aprender y estar mejor preparados… para la próxima.

Pero existe en el campo un problema mucho mayor, es de orden nacional y no se le reconoce en su real magnitud. Esta semana centenares de productores agropecuarios hicieron bloqueos intermitentes en docenas de carreteras, casetas de cobro y otros puntos de 14 estados. Paradójicamente gran parte de los movilizados simpatizan con Morena y sus demandas se expresan también por legisladores de ese partido.

José Narro Céspedes y Eraclio Rodríguez Gómez son, el primero senador y el segundo diputado, y cada uno presidente de comisiones legislativas encargadas de asuntos del campo en sus respectivas cámaras. Ambos reclaman que tras un fuerte recorte de recursos ahora se retiene el presupuesto asignado al campo. Hay un rezago del gasto del orden de 8 mil millones de pesos en la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural –SADER.

José Narro apunta a que existe un desmantelamiento de las instituciones que tienen que ver con el campo por pérdida de personal operativo en tanto que SADER pierde capacidad para impulsar la producción y únicamente aplica políticas asistenciales. Eraclio Rodríguez recalcó que la retención de recursos pone en riesgo la comercialización de maíz, trigo, sorgo, soya, algodón y otros productos.

Ahora numerosas organizaciones rurales han convocado a una concentración el próximo 22 de julio en la CDMX para entregar una carta en Palacio Nacional buscando un dialogo respetuoso y propositivo con el Presidente Andrés Manuel López Obrador.

En su convocatoria reconocen como un acto de justicia social positivo canalizar subsidios y apoyos a los campesinos e indígenas minifundistas más pobres del país, de manera directa y sin intermediarios. Aclaran que ellos, las organizaciones, no se proponen como intermediarios en la distribución de apoyos.

Piden que haya inversión productiva, recuperar el mercado interno, rescatar la soberanía alimentaria, fortalecer la economía social y el bienestar rural. Señalan que transformar el campo requiere la participación de todos, individuos, grupos, instituciones y organizaciones campesinas.

Al igual que la distribución de fertilizantes en Guerrero, el cambio en la operación de los programas rurales presenta problemas que deben reconocerse y corregirse. Con dialogo. Sobre todo, porque a nivel nacional se heredan décadas de abandono y destrucción rural. Y porque en el nivel gubernamental era conocido que el fuerte gasto público en desarrollo rural tenía muy bajo impacto positivo.

Hay mucho por avanzar. Para empezar, hay que evitar un distanciamiento entre este gobierno y su base social rural.

Uno de los asuntos a resolver es la contradicción naciente entre gasto productivo y asistencial. Aumentar el segundo es un acto de justicia social; pero quitarle al primero pone en riesgo parte de lo ya construido y obstruir el avance a la autosuficiencia alimentaria. La respuesta se encuentra en implementar soluciones novedosas.

El gasto asistencial, las transferencias sociales, pueden ser un motor de la rentabilidad y la inversión productiva si se garantiza que el incremento del consumo se amarre a la producción interna en forma solidaria. Esto requiere mayores capacidades institucionales y la organización de productores y consumidores.

En un plano superior será necesario cuestionar si los apoyos puntuales a productores individuales pueden seguir haciendo frente a las condiciones del mercado. O si, por lo contrario, hay que regular el mercado.

No se podrá levantar al conjunto de la producción agropecuaria y conseguir la prometida autosuficiencia alimentaria a partir de gasto público en un mercado adverso. Ni siquiera la agricultura comercial dejada a su suerte podría competir con la producción altamente subsidiada de los Estados Unidos. No en un mercado abierto, no con esta paridad cambiaria.

Un tercer pilar de un mercado que funcione para todos será ampliar la influencia de los precios de garantía a todos los productores de todo el país. CONASUPO nunca compró más del diez por ciento de la cosecha de trigo; pero la posibilidad de venderle lograba que los productores obtuvieran un mejor precio de los compradores privados.

Soy optimista y creo que pronto habrá un buen dialogo entre productores agropecuarios y el gobierno federal. Lo pienso porque hace apenas unos días se negaba el desabasto en el sistema de salud casi como conspiración de adversarios; hasta que AMLO hizo una gira por hospitales del sureste y pasó a denunciar el fuerte rezago heredado en infraestructura, equipos y personal médico.

Hay que pasar de la celebración prematura a reconocer que los problemas existentes son enormes y que apenas estamos empezando a reconocerlos en toda su magnitud.

lunes, 15 de julio de 2019

Migración, la solución en sus orígenes

Jorge Faljo

La foto del papá y su niña ahogados en el rio Bravo impactó las conciencias norteamericanas. El padre, Oscar de 25 años, la madre, Tania de 21 años y la niña, Valeria de 23 meses, venían de El Salvador, habían solicitado asilo en los Estados Unidos y llevaban meses esperando respuesta en Matamoros. Hasta que se desesperaron y decidieron cruzar el rio. A los tres se los llevó la corriente y a Tania otras personas la ayudaron a salir. El padre y la niña fallecieron.

Para muchos norteamericanos, educados en la ilusión de su alto comportamiento ético como nación, esa foto fue impactante. Como lo son muchas otras fotos de los miles de hacinados en centros de detención de migrantes. Sobre todo cuando se trata de niños que no se pueden lavar los dientes o bañarse durante semanas, que en esas jaulas hay infestaciones de piojos, que reciben una pésima alimentación y que ha habido muertos por falta de atención médica. Muchos de estos niños han sido clasificados como menores no acompañados, cuando en realidad llegaron con una tía, un abuelo o un amigo de la familia que los llevaba a reunirse con su padre o madre.

Miles de norteamericanos se han unido a protestas que piden que se cierren los campos. Una palabra ominosa que recuerda lo mismo a la Alemania nazi que al encierro de norteamericanos de ascendencia japonesa durante la segunda guerra mundial. No se encerró en cambio a los de ascendencia alemana.

Otros norteamericanos han llevado alimentos y artículos sanitarios a los centros de detención y estos son rechazados por las autoridades. Porque todo apunta a que la crueldad no es accidente o descuido; es una estrategia disuasiva de la migración. Interrogado al respecto Trump declara que de cualquier modo están mejor que en sus lugares de origen.

Ahora Trump anuncia una amplia cacería de indocumentados con la intención de expulsar hasta un millón de inmigrantes. Se sabe que es una cifra inalcanzable y que la verdadera meta es de varios miles. Pero el temor a que la policía llegue en la madrugada, de que incluso asesine ante la menor percepción de resistencia, real o inventada, o a que los padres no regresen del trabajo, es muy real. Las noticias de brutalidad policiaca son frecuentes y recientemente se ha descubierto una red social en la que muchos policías se manifestaban con mensajes claramente racistas y agresivos.

¿Es que el destino de los migrantes son campos de concentración y familias destruidas? ¿O esperas interminables dentro de México en contextos de rechazo y malas condiciones de vida?

La solución se encuentra muy lejos de la frontera. El gobierno de México ha encabezado la propuesta de hacer vivibles los lugares de origen de los migrantes convocando a la coordinación entre naciones, en particular México, El Salvador, Guatemala y Honduras. A esta iniciativa se han sumado oferentes de apoyo de otros países y de organismos internacionales como la ONU y la FAO. Brilla por su ausencia el gobierno norteamericano.

Lo primero a entender es que la migración jugaba el papel de válvula de escape para los excluidos de la estrategia económica en estos cuatro países.

Consideremos que las remesas de 12 millones de mexicanos en los Estados Unidos benefician a millones de familiares. Esas remesas representaron alrededor del 2.3 por ciento del Producto Interno Bruto –PIB-, de México en 2017. Una proporción moderada si se compara con el 10 por ciento del PIB que alcanzaron en Guatemala, el 17 por ciento en El Salvador y el 20 por ciento en Honduras, en el mismo año. Son ahora una fuente vital para la supervivencia de buena parte de la población de esos países. Pero no bastan ante el deterioro sostenido de las condiciones de vida.

Graziano Da Silva, el director general del Fondo para la Agricultura y la Alimentación ubica al incremento reciente de la emigración centroamericana como resultado directo del cambio climático. En 2018 la sequía en El Salvador, Guatemala y Honduras destruyó el 70 por ciento de las primeras cosechas, maíz, sobre todo, y el 50 por ciento del segundo ciclo agrícola. Lo que deriva en que ahora dos millones de personas necesitan ayuda alimentaria. La concentración de las lluvias en periodos de tiempo más cortos genera a la vez sequía e inundaciones.

En la reciente reunión de representantes de México, El Salvador, Guatemala y Honduras, donde habló Da Silva, el asunto central fue el desarrollo rural y la seguridad alimentaria en las zonas de expulsión de migrantes.

Existen respuestas tecnológicas de resistencia al cambio. Para Da Silva las principales son la construcción de multitud de micro reservas de agua, incluso en cada casa, escuela y, por supuesto en el campo, que permitan almacenarla en la época de lluvias; la protección de los suelos amenazados por los torrentes de agua y de hecho ya bastante dañados por la deforestación y sobreexplotación, y tercera, generar cadenas cortas de producción consumo.

La última se refiere a que los programas de apoyo alimentario hagan uso de alimentos de producción local. Lo que para el permitiría también contrarrestar la epidemia de obesidad que se extiende en esos países.

Su propuesta alude a un problema económico y social fundamental. Los pequeños productores campesinos de los tres países centroamericanos, lo mismo que en México, perdieron el acceso a sus mercados nacionales crecientemente globalizados. Datos de CEPAL indican que les ha ocurrido lo mismo que a México, un notable incremento de la dependencia alimentaria, sobre todo de maíz procedente de los Estados Unidos. En paralelo la población cambió su alimentación en favor de productos chatarra industrializados.

No dejan de existir otros problemas graves, como la mayor inseguridad. En México la tasa de homicidios subió de 13 por cada 100 mil habitantes en 2008 y a 25 en 2017. En Guatemala, para este último año la cifra fue de 26; en Honduras de 43 y en El Salvador de 60. Son indicadores de la expansión del crimen organizado, la extorsión y el cobro de derechos de piso, elementos que obstaculizan severamente cualquier posible mejoría de la pequeña agricultura, negocios y talleres.

Por eso Da Silva colocó como primera condición del cambio la voluntad política de los gobernantes. Otra condición sería participación social efectiva, es decir organizada, para el ejercicio de derechos ciudadanos. Lo que pide en pocas palabras es democracia efectiva. Un verdadero reto que requeriría presiones externas. En particular la norteamericana; pero lamentablemente la posición norteamericana ha sido históricamente contraria a un cambio de este tipo; al grado de propiciar golpes de estado cuando surge la amenaza de gobiernos de izquierda. Y a Trump no le gustaría perder clientes agropecuarios.

Resolver el problema migratorio demanda ubicar la mirada en sus orígenes y plantearse un cambio radical, es decir profundo, de las causas que lo originan. El diagnóstico es correcto; llevarlo a cabo no será fácil. Pero la alternativa sería más costosa en términos económicos, sociales y humanitarios.

domingo, 7 de julio de 2019

Problemas de la redistribución del ingreso

Jorge Faljo

Décadas de política pública subordinada al pillaje, el remate de empresas públicas, la desindustrialización y desnacionalización nos heredan una población empobrecida y un gobierno altamente endeudado. Un legado complicado.

Según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social –CONEVAL- el 38.7 por ciento de los trabajadores formales tienen ingresos inferiores al costo de la canasta alimentaria. Incluye una mejora del ingreso laboral de 3.3 por ciento en el primer trimestre del año. El mayor incremento desde el 2005. ¡Qué bueno que empiece a revertirse la tendencia al empobrecimiento salarial!

Falta considerar la peor situación en la que se encuentra la mayoría de los trabajadores: los informales y la población rural, campesina e indígena. Estos son el objetivo de una ambiciosa estrategia redistributiva que beneficiará a millones.

Entre ellos 7.5 millones de adultos mayores; 610 mil personas con discapacidad; 10 millones de estudiantes (pobres, de educación media y universitarios); 600 mil aprendices que antes eran ninis; 1.2 millones de comuneros, ejidatarios y pequeños propietarios; 224 mil pequeños propietarios en el programa Sembrando Vida. Se planea ampliar estos apoyos hasta llegar a unos 22 millones de personas. Aparte está el subsidio a 40 productos básicos; los precios de garantía, las micro universidades y varios más.

Se trata de una fuerte estrategia de redistribución del ingreso. Cabe acotar que las estrategias distributivas han sido propuestas por agencia internacionales como la CEPAL, la OCDE y el Banco Mundial. Incluso el Fondo Monetario Internacional modificó su postura tradicional y en 2017 se manifestó a favor. Recomiendan que la redistribución se base en una política fiscal muy progresiva; es decir que los muy grandes ingresos, fortunas, ganancias y herencias paguen altos impuestos. Lo que afectaría tan solo a una minoría ultra rica sin impactar los niveles de consumo.

Sin embargo la estrategia redistributiva que sigue este gobierno tiene un financiamiento distinto. No se basa en mayores impuestos a los muy ricos sino en una combinación de combate a la corrupción y austeridad.

De ese modo se ataca un grave problema de injusticia y rezago social; es una exigencia ética, y política, que corresponde al mandato popular. No obstante, esta estrategia pronto enfrentará dos importantes limitaciones.

Redistribuir el ingreso en un contexto de bajo crecimiento económico y de gobierno con baja capacidad de gasto implica dar a unos quitándoles a otros. Mientras se trate de impedir que siga el robo de cientos o miles de millones parece muy positivo. Pero la austeridad impacta negativamente a muchos más; a trabajadores y empresarios honestos.

Es decir que la redistribución dispara un jaloneo de cobijas cada vez más conflictivo. Ya se ven descobijados decenas de miles de burócratas, unos despedidos y otros con reducciones salariales; e instituciones de todo tipo con dificultades para cumplir adecuadamente sus funciones. Se generan conflictos que podrían llegar a implicar un alto costo político, social y económico. ¿Qué tanto puede seguirse ampliando la estrategia redistributiva de esta manera?

El segundo límite es productivo. Redistribuir el ingreso modifica cadenas de producción y distribución. No es lo mismo lo que consume un rico con 100 millones de pesos (proporcionalmente muy poco) que 100 mil pobres con ese mismo dinero (se lo gastarían de inmediato en consumo rezagado). Así que el asunto es ¿de dónde saldrá la producción para este consumo incrementado?

Una experiencia interesante por su doble cara, buena y mala, fue la del apoyo a los viejitos en la ciudad de México. Mucho se puede decir a favor del ingreso a personas de la tercera edad; fue un acto de justicia social y apoyo a su bienestar y dignidad. El lado negativo es que al otorgarlo en forma de tarjetas electrónicas reorientó el consumo familiar hacia las grandes cadenas comerciales y descobijó a los mercados populares.

Todo apunta a que ahora puede repetirse esa experiencia en escala mayúscula. Si las transferencias sociales globalizan el consumo de decenas de millones se favorecerá la producción comercial de gran escala, e incluso las importaciones. Y se golpeará a los productores sociales.

SEGALMEX, que abastece a las 30 mil tiendas Diconsa anuncia que hará compras locales. Eso no basta porque la producción campesina seguiría compitiendo con la globalizada. Ni siquiera los agricultores comerciales pueden competir con las importaciones.

Se requiere que las transferencias se “amarren” a la producción local en nuevo mercado social paralelo al globalizado. Habrá quienes digan que eso limita la libertad de los consumidores y los obligaría a comprar más caro. Cierto, pero hay dos argumentos a favor de hacerlo así.

El primero es que el Plan Nacional de Desarrollo se compromete a impulsar una economía social y solidaria. Las transferencias no son salario y pueden entregarse bajo un compromiso de solidaridad; que con ese ingreso se compre a los vecinos, a productores locales, regionales y nacionales. Es decir que los pobres les compren a los pobres.

Hay que entender que esos pobres son esencialmente productores. Ejemplo: de 1982 a 1991 el país perdió 13.9 millones de reses; 7.8 millones de cerdos; 3.5 millones de cabras; 2.7 millones de borregos y decenas de miles de granjas avícolas. Este hato ganadero lo perdieron los campesinos y fue substituido por producción comercial en gran escala … y por importaciones.

Se pueden volver a levantar, con mínima inversión, estas capacidades y otras que ya existían como materiales de construcción, vestido y calzado, muebles, enseres domésticos y muchas más. Lo que los pobres perderían como consumidores lo ganarían con creces como productores.

Este efecto “secundario” se convertiría en unos cuantos años en el impacto principal del gasto social. Levantar la producción rural y de la pequeña industria haría que este sector saliera de la exclusión por sí mismo y no como una carga imposible de soportar para la economía privada. Se evitaría lo peor de un pleito de cobijas.

Las transferencias sociales pueden ser la mecha de arranque del verdadero motor del cambio, del bienestar mayoritario y de la base política de la 4T.

domingo, 30 de junio de 2019

Vienen tiempos difíciles, agarrémonos

Jorge Faljo

Hace un año el pueblo de México votó por un cambio de rumbo radical. La situación era cada vez más insostenible; el discurso hipócrita ya no podía maquillar el empobrecimiento masivo, el estancamiento económico, la acumulación de riqueza y poder en pocas manos, la subordinación del Estado a la elite y la del país al extranjero. Así que hay motivos para celebrar el triunfo popular de hace un año. También los hay para desconfiar de esa celebración o, por lo menos, para no quedarnos en solo eso.

Triunfó el discurso del combate a la corrupción y de la reconstrucción de un país con equidad y justicia. Para lograrlo se requeriría de un estado fuerte, rector de la economía, que promoviera una dinámica de crecimiento superior a la del periodo neoliberal y con una nueva estrategia de inclusión y bienestar para todos.

El primer encontronazo contra el huachicoleo provocó un grave desabasto que afectó a millones y a miles de empresas. Me tocó ver largas filas, de 7, 10 o más horas de duración en las pocas gasolineras que despachaban en Guadalajara en los peores días del problema. La prueba fue dura en muchas partes del país y lo sorprendente fue que la mayoría de los que sufrieron inconvenientes, según alguna encuesta, aun así respaldaban ese combate.

La población entendía que la herencia era amarga y salir adelante sería difícil; lo que implicaba tener que sufrir la adversidad. Tal sentimiento está siendo abandonado y substituido prematuramente por otro de triunfo, del lado de la mayoría partidaria de AMLO. Sigue animada por la altura de miras del combate a la corrupción, los propósitos de justicia social y el abandono del neoliberalismo.

En la otra esquina, la derecha difunde resentimiento, incluso una rabia que no alcanza a explicar sus razones y propósito pero que se nutre sobre todo de problemas de coyuntura. Me refiero a los que son propios de la transición gubernamental, de la novatez y hasta impreparación de muchos de los nuevos funcionarios.
Surgen así dificultades, y errores, en el abastecimiento de medicamentos en el sistema de salud; en despidos de personal preparado que debilita la función pública; en apoyos que pierden personas vulnerables por cambios en las reglas de las transferencias sociales; en organizaciones de base con verdadera raíz popular y actividades socialmente útiles que son confundidas con adversarios. Muchos de los afectados son, o eran, entusiastas de la 4T.

No hay duda de que algunos excesos de austeridad, generalizaciones indebidas en el combate a la corrupción y sobre todo prisas que impiden el análisis y la previsión de consecuencias han generado problemas. Pero no es esto lo que más debe preocuparnos. Esperemos que la experiencia vaya reduciendo este campo de dificultades.

El problema posible es que, enfocados en la coyuntura, sea para festejar lo mayormente positivo o ensañarnos en errores de transición, podemos perder de vista los verdaderos tsunamis en el horizonte. ¿Cuáles son?

Pemex proporcionaba casi un tercio del ingreso público y eso permitió que seamos un paraíso fiscal donde los grandes ricos pagan muy pocos impuestos. Pero la sobreexplotación y endeudamiento de la petrolera hacen que ahora sea una carga; de ser un apoyo se convirtió en carga. El problema no es solo rescatar financieramente y reconstruir productivamente esta empresa indispensable para el crecimiento del país. También hay que substituir los ingresos que proporcionaba Pemex e incluso más, si hemos de reconstituir la capacidad de rectoría económica del Estado.

La economía mundial se caracteriza por la sobreproducción y el exceso de capitales que no encuentran oportunidades de inversión. Habrá oleadas de destrucción de empresas y frente a ellas los países tienden a crear barreras comerciales protectoras. El mejor ejemplo es el actual gobierno norteamericano que impone aranceles a todo tipo de importaciones provenientes de todo el mundo.

Trump exige, para no imponernos aranceles que México se haga cargo de la migración centroamericana y, además, que seamos grandes importadores de sus excesos de producción agropecuaria (granos, cerdos, lácteos, entre otros).

Se revierte la situación en la que millones de mexicanos emigraron a Estados Unidos y ahora habrá que ocuparse, de la mejor manera posible, de cientos de miles de inmigrantes de Centroamérica y lugares más alejados. Esto es inevitable.

Pero ser mayores importadores de productos agropecuarios es inaceptable. Iría en contra de la prometida autosuficiencia alimentaria, del rescate del campo y de la generación de empleos para millones de compatriotas que ya no podrán emigrar y que deben ser integrados a ocupaciones honestas.

El modelo neoliberal de peso fuerte, caro, permitía importar alimentos artificiosamente abaratados para imponer salarios muy bajos que permitieran producir barato para exportar hacia Estados Unidos. Ahora el rescate del campo y la creación de empleo para los que ya no pueden emigrar requiere mucho mayor gasto público y elevar los precios de la producción rural. Solo que eso obligará a elevar salarios. Algo que exigen los Estados Unidos, además de democracia sindical. Habrá una lucha laboral intensa en los próximos años con un gobierno que ya no podrá estar del lado empresarial.

Rescatar y generar empleo en el campo es la única salida. Y solo puede darse mediante una combinación de tres instrumentos posibles. Uno es abandonar la estrategia de peso fuerte y conducir una devaluación administrada que encarezca las importaciones de alimentos hasta que sea preferible producir internamente. Dos, imponer aranceles a las importaciones de alimentos y enfrentar al gobierno norteamericano que exige que le compremos más, o nos pone aranceles.

Tres, el más conveniente, reconstituir un sector social en el que millones de mexicanos consuman en orden preferente la producción local, regional y nacional. Solo cuando los sectores sociales excluidos consuman lo que son capaces de producir ellos mismos podrán salir adelante ellos y el país.

Todos los que he mencionado son cambios inevitables, en marcha y necesariamente traumáticos. Habrán de revolucionar al país y pondrán a prueba la capacidad de conducción del régimen ante transiciones de gran magnitud que le imponen las circunstancias. Exigirán también comprensión y compromiso de parte de la población; de otra manera la división interna nos llevaría al abismo.

No nos perdamos en la celebración de una victoria que apenas nos ha dado instrumentos endebles, un gobierno endeudado, un Estado amputado de pies y manos, un campo semidestruido, un aparato productivo extranjerizado, una base social desorganizada, para enfrentar retos de enorme magnitud.