lunes, 12 de noviembre de 2018

La inevitable inestabilidad

Jorge Faljo

Recuerdo una amiga psicoterapeuta a la que invitaron a dar una plática sobre “cómo evitar los conflictos de pareja.” Lo primero que dijo es que estos eran de algún modo naturales en toda relación. Después dio una estupenda charla sobre qué hacer para, sin evitarlos, resolver los problemas de fondo de la mejor manera posible y así superarlos.

Me acordé porque a unos amigos les preocupa la inestabilidad cambiaria y su visión se alinea con la idea de que como es mala hay que evitarla. Estoy convencido de que eso no es posible; lo que hay que hacer es manejar los altibajos del dólar lo mejor posible. Aunque esta es una expresión incorrecta.

Todos los días cambia el valor del peso respecto al dólar, aunque la apariencia es la contraria, cómo que es el dólar el que modifica su precio. Es como la percepción de que el sol sale por la mañana y se oculta por la noche; aunque aprendimos en primaria que en realidad es la tierra la que se mueve.

El caso es que es inevitable que la inestabilidad empeore en los próximos meses. Aparte de lo meramente coyuntural hay dos problemas de fondo que se generaron y afianzaron a lo largo de décadas de neoliberalismo patito.

Lo primero es que nos volvimos importadores extremos. No solo de lo lujoso para el consumo de la minoría rica, sino incluso de lo básico para el consumo mayoritario y de los más pobres. Necesitamos muchos dólares para comprar, además de los iPhones, insumos industriales, gasolina, y también maíz, arroz, carnes, frutas.

La adicción a lo importado va de la mano de la dependencia a los dólares “fáciles”. No los que provienen de ser un país exitosamente exportador, que no lo somos. El déficit comercial es crónico. Solo las maquiladoras extranjeras, e incluyo a las empresas automotrices, nos permiten tener un superávit con los Estados Unidos que cubre a medias nuestros grandes déficits con China y el resto del mundo.

Los dólares fáciles provenían de la venta de petróleo que cuando era caro, era nuestro y teníamos mucho, también llegaron miles de millones de dólares de la venta – país (siderurgia, cerveceras, minería, manufacturas, banca y otras), además del endeudamiento externo. Todos estos ingresos permitieron mantener por décadas un dólar barato (es decir, un peso caro) con una grave consecuencia; el desmantelamiento de la producción interna y mayor adicción a las importaciones.

Pero todo ha cambiado. La venta – país se ha agotado; en sus estertores llevó al remate del subsuelo (petróleo y minería) pero ni así dio mucho.

Del exterior el Fondo Monetario nos advirtió contra la excesiva entrada de capitales volátiles, que terminarían saliendo. Incluso podría, dijeron, hacerse uso de controles al capital. Pero decidimos que lo mejor era atraer capitales especulativos cuya entrada permitió que por una temporada la bolsa de valores de México fuera la de mejor rendimiento del mundo. Y el dólar siguiera barato y las importaciones nos dieran un maquillaje de país moderno y exitoso.

Ahora estamos en los límites de la capacidad de endeudamiento al mismo tiempo que Trump les ofrece a estos capitales una mejor oferta de rentabilidad, que no podemos ni debemos igualar.

El precario equilibrio en que se encuentra el país hace que unos cuantos grandes empresarios puedan jugar a la confianza o desconfianza y con sus movimientos de capital incidir en la paridad cambiaria.

Ante esta situación la disyuntiva es dramática. O se sigue haciendo todo lo posible por ganarse todos los días la confianza de los capitales, apuntalando los negocios y ganancias de pocos. En donde atraer y mantener la rentabilidad de esos capitales ha sido la manera de prevenir la inestabilidad en las últimas décadas. Pero el costo para la sociedad en términos de producción y empleo ha sido demasiado fuerte. Contra eso es que votó la mayoría en julio pasado.

La otra posibilidad es iniciar una desintoxicación llena de nauseas, sudores y escalofríos. Recuperar gradualmente la capacidad de producir internamente el grueso del consumo y ya no promover la atracción de dólares fáciles. En pocas palabras es aceptar, aunque suene paradójico, una inestabilidad controlada; mantenida dentro de ciertos límites.

La prevención de la inestabilidad debe ser una negociación que nos conduzca a otra estrategia económica. En la que puedan crecer a un mayor ritmo la producción, el empleo y el mercado interno. Solo es posible si en lugar de vender al país tratamos de exportar y de substituir importaciones. Esto último es la clave y requiere contar con una paridad competitiva.

La devaluación nos daña en lo inmediato, como daña al adicto dejar la droga. Pero solo hay dos maneras de competir globalmente. Con moneda barata o con salarios miserables. Elegimos el mal camino, el de salarios miserables. China es exitosa porque desde hace décadas eligió mantener a su moneda barata.

Si cambiamos de carril la posibilidad inmediata es reactivar, con políticas adecuadas, muchas de las enormes capacidades que se han visto parcialmente inutilizadas en las últimas décadas, en el campo y la ciudad.

Creo que más que temer a la inevitable inestabilidad lo que nos debe preocupar es como resolverla a fondo, sin aspavientos pero con una dirección clara. Lo preocupante es no saber actuar.

sábado, 3 de noviembre de 2018

Definir lo importante

Jorge Faljo

Cada quien define lo que es importante desde su propia perspectiva, sus intereses personales o los del grupo con el que se identifica. En estos días el país vive una lucha por definir lo importante; y habrá de durar bastante.

Me lanzo a proponer como algo importante a la Cruzada Nacional contra el Hambre que, supuestamente, instrumentó la administración saliente.

Fue parte de los compromisos establecidos en el Pacto por México con el que el gobierno de Peña Nieto consiguió el aval de todos los partidos para empezar bajo la ficción de un amplio consenso social. Todos de acuerdo en lo importante, incluyendo algunas demandas progresistas a cambio de lo que más tarde se revelaría como aval a las transformaciones estructurales. Las que realmente interesaban al nuevo régimen.

La principal oferta a la izquierda partidaria fue el compromiso de combatir la pobreza, evitando el asistencialismo y garantizando en primer lugar el derecho a la alimentación. Un año antes se había incluido en la Constitución que toda persona tiene derecho a la alimentación nutritiva, suficiente y de calidad; “el Estado lo garantizará”.

El Pacto estableció el compromiso de aterrizar el mandato constitucional en forma de programas específicos. Que los programas no fueran asistenciales era una definición substancial. No se trataría de un mero reparto de alimentos para una población pasiva; sino de construir capacidades permanentes.

Por eso los objetivos de la Cruzada incluían aumentar la producción de alimentos y los ingresos de los campesinos y pequeños productores; minimizar pérdidas pos-cosecha en el almacenamiento, transporte, distribución y comercialización; promover el empleo y el desarrollo económico en las zonas de mayor carencia alimentaria. y el empleo de las zonas de mayor concentración de carencias alimentarias. Y algo esencial, la participación comunitaria.

Ese compromiso, un México sin hambre, se reafirmó en el Plan Nacional de Desarrollo de Enrique Peña. Con sentidas palabras se describió la mala situación existente. Además prometió que al final de su administración el país tendría seguridad alimentaria definida como la producción interna de al menos el 75 por ciento de los seis principales granos básicos.

Se sabía que cumplir requeriría una nueva estrategia de desarrollo agropecuario que incluyera desde estructuras de acopio y almacenamiento, apoyos a la adquisición de insumos, garantizar la rentabilidad de la producción, todo con una estrategia que si fuera adecuada para los campesinos, indígenas y pequeños propietarios en general.

Ya el lector imagina lo ocurrido, un fracaso total. No el derivado de un verdadero esfuerzo fallido; sino el del cinismo y la ineptitud.

Elementos esenciales como la participación comunitaria y la consulta a expertos nunca se instrumentaron. Según el reporte que sobre la Cruzada contra el Hambre acaba de publicar la Auditoría Superior de la Federación el Consejo de Expertos sesionó tres veces en 2014, y nada más. Entre 2013 y 2015 se declararon instalados comités comunitarios en 1,012 municipios. Una mera formalidad porque nunca se concertó con ellos la identificación de necesidades y el diseño de estrategias locales. Para 2016 ya no estaban en operación.

Si algo marcó a este gobierno fue el abandono generalizado de toda forma de participación social efectiva; aunque la farsa se llevó hasta el registro meramente formal de cientos de miles de comités de contraloría social.

En cambio doña Rosario Robles integró a la cruzada a los grandes monopolios de la alimentación como Pepsico, Nestle, Waltmart, Maseca, Bachoco, Tyson, Alpura y similares. Tal vez a Peña no le dio tiempo de explicarle bien de que se trataba.

La Auditoría Superior tiende a distinguir dos tipos de problema, sin negar que la mayoría de las veces van pegados. Uno es la franca corrupción y otro la ineficacia. Sabemos por auditorías anteriores que los programas de SEDESOL y SEDATU son los más manchados por la llamada estafa maestra. Pero hagamos eso a un lado de momento.

¿Cuáles fueron las características administrativas de la Cruzada?

Se planteó como un mero esquema de coordinación de programas ya existentes que en la práctica siguieron en su funcionamiento de costumbre, sin destinar presupuestos y estrategias específicas al objetivo de erradicar el hambre. La cruzada fue como adornar con un moñito de color a lo que ya existía. Hubo algo de presupuesto añadido que se fue básicamente a pagar propaganda.

La Auditoría Superior señala la ausencia de coordinación entre programas y entidades participantes. Esto ha sido típico del sector público mexicano. Cada alto funcionario es virrey de su propio espacio y no acceden a coordinarse con los demás excepto para pintar su raya: tú no te metas en mi espacio y yo no me meto en el tuyo. Esa es la clave de la coordinación institucional.

La Auditoría Superior es contundente y propone que la Cruzada se corrija, modifique o suspenda. No solo fue un fracaso, fue una vacilada.

Combatir el hambre es importante; también la salud, la seguridad, la educación, la cohesión interna frente a los riesgos del exterior. Las pasadas elecciones señalaron la voluntad mayoritaria de repensar al país y sus prioridades.

Frente a eso surgen las voces que sostienen que lo importante es un aeropuerto. Que eso es lo que define el tipo de país que queremos ser; que construirlo aquí, o allá, o no construirlo, como ocurrió después de la consulta a toletazos y violaciones del 2002, es lo más importante del momento. Ridículo.

El aeropuerto es un escalón de abajo en la escala de lo importante.

domingo, 28 de octubre de 2018

Caravanas

Jorge Faljo

Más de nueve mil mujeres, hombres y, entre ellos unos 2,300 niños, caminan bajo un sol abrasador, con los pies llagados, sedientos, hambrientos y dependientes de la ayuda que de buena voluntad les presta la población y las organizaciones sociales.

Hay dos versiones. La de Trump que afirma, más bien supone sin pruebas, que se trata de una horda peligrosa dentro de la que se ocultan terroristas del medio oriente y todo tipo de malandrines. La otra es la que surge del trabajo periodístico en contacto directo con este grupo y que refleja la desesperación con la que huyen de la violencia, la extorsión de grupos criminales, la imposibilidad de trabajar y sobrevivir en sus países de origen. Sobre todo, Honduras, en este caso.

Lo novedoso, lo impactante, es que lo que antes era goteo continuo de pequeños grupos que se ocultaban y buscaban no hacer ruido se ha convertido en estruendoso relámpago. Tal vez no lo saben, pero ya han obtenido una importante victoria. Se han hecho visibles.

Hasta ahora podíamos, más o menos, ignorarlos y dejarlos a su suerte. A la buena suerte de que a lo largo de su marcha se les arrojaran botellas de agua y tortas al pasar trepados sobre trenes, o de encontrar algún refugio temporal a lo largo del camino y de recibir algunas monedas a su paso por nuestras ciudades. O a la mala suerte de ser secuestrados por pandillas criminales, en ocasiones coludidas con autoridades, para extorsionar a sus familiares, para esclavizarlos, prostituirlos, terminar asesinados o a no sobrevivir el paso por el desierto.

Ya no se les puede ignorar. Hemos entrado a otra fase del problema; ahora son visibles y habrá que decidir, México, Estados Unidos y el mundo que hacer al respecto.

No me refiero a los miles que integran esta caravana, y las que seguirán, porque no son en realidad una gran carga. Son muy pocos, sobre todo comparados con los muchos millones de mexicanos que también se han visto obligados a desarraigarse para sobrevivir. También comparados con los miles que ya recorrieron el mismo camino a escondidas y apoyados por la población mexicana. Ahora que son foco de atención cabe esperar que se encuentre una manera más institucional, con ayuda internacional, para atenderlos.

Encontrar soluciones de fondo será más difícil. Se requiere un nuevo diagnóstico del origen del problema; tomar la caravana como la señal de un modelo económico, político y militar fracasado.

Las raíces de esta caravana se remontan al 2009. En ese año el presidente de Honduras, Manuel Zelaya sufrió un golpe de estado y fue expulsado del país por las fuerzas militares que obedecieron una orden de la Corte Suprema controlada por la oligarquía local. La condena internacional fue unánime y la Organización de Estados Americanos –OEA-, exigió su regreso. Hillary Clinton, entonces secretaría de Estado norteamericana se negó a apoyar esa declaración. El líder del golpe fue un general graduado de los programas de formación militar norteamericanos.

Zelaya llegó a la presidencia en 2006 y lo primero que hizo fue aprobar una ley de participación ciudadana que permitía realizar consultas populares sobre asuntos nacionales. Incrementó de manera notable el salario mínimo de su país, 11 por ciento en 2007 y al final de 2008 en otro 40 por ciento. La mejoría para la población fue notoria debido a nuevos programas sociales e inversiones en salud y educación. Con Zelaya hubo programas de desayunos escolares gratuitos, leche para niños pequeños, pensiones para adultos mayores, becas escolares, nuevas escuelas, subsidios al transporte y así por el estilo.

De acuerdo a la Comisión Económica para América Latina en esos años Honduras fue la nación de mayor crecimiento económico en la región. Entre 2006 y 2008 el PIB de Honduras creció al 5.7 por ciento anual; después del golpe de estado el ritmo se redujo notablemente.

Pero las cifras no reflejan la magnitud del desastre. Miles de dirigentes indígenas, campesinos, sindicales, ambientalistas, jueces, políticos de oposición, activistas en derechos humanos fueron asesinados tras el golpe de estado.

La destrucción de las organizaciones de base se asoció a la retracción del estado y eso dejó el campo libre a las organizaciones criminales. Estas últimas se nutren de la deportación de pandilleros repatriados tras cumplir sus sentencias en los Estados Unidos. Regresan a su país entrenados en las luchas callejeras de ciudades como Los Ángeles y Chicago y organizados en sus cárceles.

Trump amenaza con suspender lo que llama generosa ayuda a los países centroamericanos si no logran detener la emigración. En 2017 la ayuda a Honduras fue de 149.5 millones de dólares, en buena medida militar y para el funcionamiento del gobierno. Recordemos que Estados Unidos había apoyado con más de 7 mil millones de dólares la guerra contra la guerrilla salvadoreña a lo largo de diez años.

Honduras tiene ahora un presidente, graduado del liceo militar como subteniente de infantería, abogado y empresario. Se reeligió en un proceso en que supuestamente ganó por 50 mil votos y que la OEA calificó como plagado de irregularidades y errores por lo que recomendó hacer nuevas elecciones. Las evidencias de fraude generaron fuertes protestas duramente reprimidas con muertes que el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos definió como ejecuciones extrajudiciales.

Hay que voltear la mirada al problema de fondo en Honduras: la ausencia de democracia, la represión de las organizaciones de base, el control oligárquico de la riqueza. Sin resolver esto no cabe esperar sino un éxodo continuo de aquellos que prefieren afrontar un terrible camino, muchas veces mortal, y un destino incierto.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Tercera llamada

Jorge Faljo

AMLO y Morena triunfaron con un nivel de apoyo popular que no imaginaban ni sus más entusiastas seguidores. No se dudaba sobre su triunfo en las urnas, pero si sobre que su superioridad fuera suficiente para contrarrestar y superar la compra de votos, la contabilidad amañada y otra posible caída del sistema. Estaba viva la memoria de las contiendas de 1988, con Cárdenas y del 2006 con el mismo López.

La estrategia económica que ha enriquecido a pocos a extremos faraónicos, y que le ha arrebatado a la mayoría la posibilidad de un trabajo digno dentro del país, provocó esta insurgencia civilizada de la población. Ya se había probado suerte con los que predicaban la honestidad, y luego volvieron los que supuestamente si sabían gobernar y hacer crecer al país. Ambos, honestos y tecnócratas, fallaron en lo que se pregonaban como más conocedores, más capaces.

Pero el triunfo en las urnas ha dado paso a una transición complicada, llena de controversias por resolver. Nada de que Morena ganó y lo que sigue es un camino ya hecho.

Los que perdieron se aprestan a defender sus privilegios y el embate, sobre todo mediático, será fuerte. Siembran entre la población los criterios de evaluación de siempre: las buenas ganancias en la bolsa de valores, la fortaleza del peso, seguir con la construcción de un aeropuerto, respetar los negocios y privilegios adquiridos. Los compromisos y las trampas tendidas son fuertes y los tropiezos inevitables.

Desde las elites se impone en los medios que el asunto del aeropuerto internacional es el gran tema definitorio del futuro respeto a sus patrióticos negocios. Es inevitable que tanto si continúa su construcción como si se cambia el proyecto en marcha será un error de AMLO. Quedará mal con unos o con otros. Por eso su mejor salida es la consulta. No faltemos.

Entiendo que si el aeropuerto está saturado hay que hacer otro. Pero mi clínica del servicio médico al que pertenezco está saturada, y esto es la regla general en el país; los doctores están agobiados, falta de todo, la mitad de los baños no funcionan, las filas para hacer una cita o tramitar unos análisis duran horas. El sistema de atención a la salud falla parejito. Esa debiera ser la discusión en los medios; son los pacientes y el personal médico al que debieran entrevistar. Es lo que verdaderamente importa.

Hay trampas más grandes. El Fondo Monetario Internacional anuncia la perspectiva de que estos buenos tiempos (¿Cuáles preguntan mis cuates?) se acaben pronto. Los riesgos son altos y crecientes. Uno de los riesgos que menciona Lagarde, su directora ejecutiva, se origina en que hoy en día el nivel de deuda global es 40% más alto que en 2007, eso incluye a los gobiernos, las empresas y los consumidores.

Se ha regresado a la estrategia básica de la globalización en la que en lugar de pagar impuestos y salarios adecuados, estos se substituyen por préstamos. El esquema ha demostrado ser eficaz para elevar el consumo, durante un tiempo. Luego el endeudamiento deja de elevar el consumo y la austeridad se impone. Se entra en recesión.

Es posible que esto vuelva a ocurrir. Recesión con impacto devaluatorio y en la bolsa de valores. Y esto mostraría una vez más el fracaso del modelo neoliberal que de seguro será tergiversado para señalarlo como fracaso del proyecto de Morena. Nada peor para Morena que ser evaluado por procesos que otros controlan.

Son muchas las trampas sembradas. Ya ocurre el absurdo de que se le reclaman resultados a un gobierno que no ha empezado; después serán peores los reclamos. De un lado los impacientes por los resultados prometidos, del otro los resentidos por ver afectados sus intereses.

Además, al otro lado de la cerca se encuentra Trump el inestable. Faltan dos semanas para las elecciones intermedias en los Estados Unidos y sin duda ese señor empezará a atacar a México con cualquier pretexto. Digamos la caravana de migrantes. Lo hará porque es su manera de encender a sus partidarios y movilizarlos para votar.

Los partidarios de Morena son una coalición amplia que va de franciscanos a oportunistas. Yeidckol Polevnsky, dirigente nacional de Morena, señaló que se registró una afiliación masiva a su partido después de ganar la elección presidencial. AMLO sigue siendo la figura aglutinadora; pero si imagináramos su ausencia es evidente que la coalición se desintegraría.

El problema es que una cosa es que la mayoría este en contra de lo evidentemente nefasto. Otra es que se pongan de acuerdo en lo prioritario y como alcanzarlo. En democracia siempre habrá diferencia de opiniones. Pero es evidente que dentro de Morena habrá que construir una mayor cohesión ideológica.

Morena ha dicho que creará un instituto de formación política y dedicará la mitad de su financiamiento público a la formación de cuadros. Al parecer no solo ofrecerá cursos de capacitación para militantes, sino que aplicará exámenes y filtros a los que aspiren a un cargo político.

Aquí el riesgo es caer en un adoctrinamiento superficial que genere una frágil fachada de uniformidad. Hablar de formación política para sus cuadros puede ser muy limitado; en dos sentidos. Los cuadros de Morena tienen ahora la oportunidad de ocupar posiciones en las que requieren conocimientos administrativos y legales, entre otros más. Y esto no puede ser solo una responsabilidad partidaria. La nueva administración deberá formar sus cuadros, sean o no morenos e incluya o no aspectos políticos. Estas vertientes formativas son las que habrán de consolidar la posibilidad de resistir las embestidas mediáticas futuras.

De momento, como en el teatro, esperemos a ver el primer acto.

sábado, 13 de octubre de 2018

La economía mundial; fiesta que va a terminar.


Jorge Faljo

En estos días se lleva a cabo el encuentro anual del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial en la isla de Bali, Indonesia. Es un encuentro internacional que incluye a los ministros de finanzas y desarrollo de muchos países, altos dirigentes de empresas privadas y organizaciones sociales. Ahí se discuten los grandes asuntos globales, que van de la perspectiva económica, la estabilidad financiera y, desde hace relativamente poco, lo que antes no les preocupaba mucho y ahora les prendió focos de alerta: pobreza, empleos y equidad.

Me cae bien la Sra. Lagarde, la directora ejecutiva del Fondo Monetario. Tuvo, como otras veces una manera diplomática, sencilla y graciosa de describir cómo observa la situación económica mundial. Y hay que decir que su palabra cuenta mucho. Lo hizo contestando varias preguntas de una manera dual.

Dijo ¿Esta fuerte la economía mundial? Sí, de momento se encuentra fuerte. Pero la verdadera pregunta es, ¿está lo suficientemente fuerte? Pues entonces la respuesta es que no.

Siguió en ese estilo al afirmar que la economía mundial es hoy en día más segura que hace diez años, cuando ocurrió la Gran Recesión. Pero ¿es suficientemente segura? Pues tampoco. Dijo que estamos ante el más grande endeudamiento histórico y cualquier pequeña brisa podría provocar movimientos especulativos del capital financiero y desestabilizar a los mercados.

Recordemos que como respuesta a la crisis de 2008 – 2010 Estados Unidos, Japón y Europa crearon grandes cantidades de dinero y bajaron las tasas de interés cercanas a cero, o incluso tasas negativas. Ello facilitó y abarato los préstamos, entre otros a los países periféricos. En aquel entonces el FMI recomendó a los países de América Latina evitar esas entradas de capital incluso imponiendo controles de capital.

La elite gobernante de México decidió hacer justo lo contrario, endeudar al país alegremente y con esas entradas provocar grandes ganancias en la bolsa de valores y volver a crear la ilusión de que todo marchaba bien.

Pero volvamos a Lagarde. Lo tercero que dijo es que los beneficios del crecimiento no son compartidos de manera suficiente para que la economía crezca de manera sostenible. Compartir esos beneficios significa incrementar los salarios reales, los ingresos de los agricultores y los de toda la población en la medida en que crece la producción. Eso no ocurre; los súper ricos se quedan con la parte del león, y la leona, elevando a niveles estratosféricos su riqueza financiera. El problema es que los más ricos no consumen lo suficiente. Podrán, como Bailleres, el empresario mexicano, tener yates de 10 o más millones de dólares, pero en general su consumo no impulsa la producción.

Elevar la productividad a ritmos record históricos, como ocurre desde hace veinte años debido a la digitalización de la información y la robotización de la producción, sin elevar salarios, ha generado un fuerte desbalance entre sobreoferta y subdemanda. Esto, remarca Lagarde no permite un crecimiento sustentable.

Sin embargo, estamos en el momento de más alto crecimiento después de la Gran Recesión (2008 – 2010). Eso se origina sobre todo en el cambio de la política fiscal norteamericana. Bajaron los impuestos a las empresas y por un par de años toda la inversión puede descontarse como gasto corriente.

De ese modo se ha generado un crecimiento importante y Estados Unidos se encuentra en lo que Lagarde llamó desempleo “extremadamente bajo”. Es decir peligroso. Porque cuando el desempleo es muy bajo los salarios tienden a aumentar y eso no les gusta, lo llaman inflacionario. Lo que lleva a que los bancos centrales suban sus tasas de interés para “enfriar” la inversión y el consumo. Eso es lo que sigue haciendo el banco central norteamericano.

El caso es que se prevé que este momento de relativo buen crecimiento se acabe dentro de un año, dos a lo mucho. O a lo mejor ya está terminando y eso provocó la caída fuerte en las bolsas de valores del mundo en esta semana pasada.

Pero si no se genera suficiente demanda sólida mediante mejores salarios e ingresos de la población, entonces, ¿Por qué crece la demanda?

La Sra. Lagarde nos da la respuesta. Tras una década de crédito fácil y barato la deuda pública y privada del mundo ha alcanzado el nivel record histórico de 164 billones (“trillions” en inglés) de dólares. Eso es, nos dice, un 40 por ciento más alta que la existía en 2007, cuando inicia la Gran Recesión. Su disparador fue que millones de endeudados en los Estados Unidos no pudieron seguir pagando las hipotecas de sus casas, y la perdieron.

Ha sido típico de la estrategia de globalización reducir los salarios reales y los ingresos de las clases medias. Pero lo substituyó con otro mecanismo de generación de demanda: los préstamos a los gobiernos, los consumidores y los países periféricos. Así logró durante largo tiempo crear demanda amarrada a la producción global al tiempo que lograba destruir a las empresas y talleres tecnológicamente rezagados.

México se endeudó y encaminó la demanda pública y de sus consumidores a la gran empresa y la producción global. Un ejemplito son las transferencias para adultos mayores diseñadas para comprar en Waltmart pero no en el mercado del barrio. Eso es lo que pasa en la economía global, mandan al rincón a los no poderosos.

El gobierno norteamericano y sus ciudadanos, estudiantes, consumidores y demás se encuentran en niveles record de endeudamiento. Como el gobierno de México. Se ha generado demanda endeudando, pero no pagando lo justo.

Y el Fondo Monetario advierte que esa fiesta, ni siquiera muy alegre, se va a terminar en cualquier momento.

lunes, 8 de octubre de 2018

Ineficaz, ¿de caro a barato?

Jorge Faljo

Los mexicanos votaron entusiasmados por la esperanza de una transformación a fondo. Un mensaje que de manera persistente sembró y pasó a representar AMLO y que se nutrió del profundo descontento del pueblo mexicano con la conducción del país de las últimas décadas.

El problema de fondo aflora de múltiples maneras: corrupción, inequidad, inseguridad, contubernio de la clase política con la criminalidad y un profundo desprecio de las elites hacia el pueblo. También se ha expresado como una profunda torpeza de nuestros gobernantes disimulada con un discurso mentiroso.

Ineficacia no parece un calificativo suficientemente radical para expresar lo que ha pasado; pero sostengo que esta perspectiva es de la mayor importancia. Veamos.

Durante la vigencia del TLCAN, que recién cambio de nombre para que Trump pudiera adjudicarse un gran mérito, México ocupó el lugar 15, entre 20 países en cuanto al crecimiento del Producto per cápita. El promedio de crecimiento de este indicador fue de 1 por ciento, mientras que en el resto de América Latina creció al 1.4 por ciento.

La tasa de pobreza de México es hoy en día mayor que la que existía cuando se firmó el tratado. Los millones de mexicanos que se vieron obligados a emigrar a los Estados Unidos para sobrevivir ellos y la familia que dejaron atrás, marcan un hecho inaudito en nuestra historia y en la de Latinoamérica.

Son señales de la ineficacia más general. Las hay también mucho más precisas.

El régimen que fenece prometió que para este año produciríamos por lo menos el 75 por ciento de los seis principales granos básicos que consumimos los mexicanos. No cumplió.

El combate a la pobreza y la indigencia en México ha sido notorio fracaso, sobre todo en comparación con lo logrado en Argentina (con Cristina Fernández), en Brasil (con Lula y Dilma) y en Bolivia. Esta ha sido una de nuestras más torpes estrategias. También han fracasado la reforestación y la protección ambiental. Retrocesos que se asocian al ataque a las organizaciones, las representaciones populares y toda forma de gobernanza rural cercana a la población.

Estoy convencido de que la eficacia debe, pronto, pasar a ser un eje central de las propuestas de cambio de Morena y su gobierno. Para ello es urgente deslindar conceptos.

Cierto que hay que acabar con la corrupción, pero no basta. Conseguiríamos una especie de neoliberalismo honesto, donde las grandes decisiones las sigue tomando “el mercado” y continuaría el problema de fondo.

Tampoco basta acabar con el dispendio. Correríamos el riesgo de transitar de un gobierno ineficaz y caro a otro ineficaz y barato. Tampoco ganaríamos mucho.

No confundamos. Dispendio no es corrupción y ambos no son en sí mismos ineficacia. Queremos un gobierno austero y honesto, ¡qué bueno!, y también que de resultados. Y este es el tercer vector que merece mucha atención particular y sin embargo parece estar faltando en el pensamiento y los planes de algunos, o muchos de los equipos que se preparan para ejercer funciones de gobierno.

La austeridad es fácil; luchar contra la corrupción bastante más difícil. Pero construir eficacia es otro cantar; verdaderamente un salto noble, valeroso, galáctico.

El primer paso será seguir en serio el ejemplo de López Obrador. El recorrió el país una y otra vez escuchando y aprendiendo para convencer. Ya presidente electo nos sorprende con otra gira de agradecimiento y más baños de pueblo.

Esos baños son la esencia que debe practicar su equipo, toda la estructura burocrática: salir a escuchar, dialogar, aprender y con esa base rediseñar la operación gubernamental.

Los últimos gobiernos neoliberales también fueron austeros, a su modo. No se contrataba personal de campo y no había presupuesto para gasolina y viáticos. La burocracia estaba atrincherada en sus oficinas emitiendo convocatorias en internet. Una estrategia de poltrona en la que los ciudadanos tenían que trasladarse a la ciudad, llenar formularios, concursar por los recursos y en la mayoría de los casos perder.

El ideal es que disminuyan sensiblemente las demandas que le hacen los ciudadanos, grupos, organizaciones, comunidades, pueblos indígenas a López Obrador. No porque dejen de existir, sino porque esas demandas se resuelvan eficazmente por una burocracia que se mezcla con el pueblo y resuelve en esa cercanía.

Cuando las estructuras intermedias no funcionan todo cae en las espaldas del solo hombre que ganó por estar en contacto con la población.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Echar Raíces

Jorge Faljo

Hacía muchos años que no acudía a una manifestación. Son cosas de jóvenes entusiastas y en general en buena condición física, y ya no estoy para esos trotes. El caso es que fui a la marcha para acompañar a las madres y padres de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa en el cuarto aniversario de su desaparición forzada.

Resultó fascinante observar cómo poco a poco y con una puntualidad razonable, se iban formando grupitos alrededor del monumento a la independencia, lugar usual de celebraciones futbolísticas. Salían las pancartas convocando, por ejemplo, a los estudiantes de diversas escuelas normalistas; o de facultades de la UNAM o del Polí. Y entre el desorden se iban juntando y organizando multitud de grupos pequeños y medianos.

Otros, la mayoría, llegaron ya como contingentes formados que se habían convocado para encontrarse en otros sitios. Una banda ambulante tocaba con alegría y cuando ya inició la marcha me di cuenta que acompañaba a un grupo de muchachas que, con el traje adecuado, bailaban la zandunga.

No eran solo jóvenes. Estaban los de Atenco, con sus machetes, indumentaria campesina y paliacates al cuello. Y grupos que se identificaban como electricistas, damnificados de los sismos, maestros y diversos movimientos sociales.

El cielo se oscurecía y era evidente que venía un aguacero. Los plásticos con capucha de diez pesos y los paraguas de cincuenta pesos (¡baratos!) eran mucho más demandados que las capas impermeables de 100 pesos. También se vendían o distribuían banderas, estandartes, camisetas, escudos, todos con múltiples inscripciones.

Vino el aguacero y lo sorprendente es que la gran mayoría aguantó vara. La mayoría parecía más o menos cubierta, pero muchos no. Entre los últimos me llamaron la atención los normalistas de Ayotzinapa, los estudiantes de hoy en día, en perfecta formación, sin ninguna protección contra el agua y con enorme gallardía.

A cuatro años de distancia la marcha fue, de los muchos miles que ahí se congregaron, como un homenaje solidario a la persistencia de esas madres y padres que exigen esclarecimiento y justicia. AMLO los recibió más tarde, en una actitud que contrastó con la del todavía, aunque ya muy disminuido presidente. Los padres agradecieron lo que para ellos es una primera muestra de verdadero compromiso por resolver el crimen.

Hay en México cientos de miles de madres, padres, hermanas y hermanos de desaparecidos y victimas del crimen. Pero estos, los de Ayotzinapa, son particularmente importantes no solo por su entereza, sino porque para todos los mexicanos es fundamental saber sí se trató de un crimen de estado. Un asesinato masivo que mostraría el contubernio entre organizaciones criminales con autoridades públicas. Una sospecha se extiende a muchos otros casos ocurridos a lo largo y ancho del territorio nacional.

Luchar contra la corrupción es un compromiso mayúsculo de López Obrador; los asesinatos de candidatos en las pasadas elecciones serían otra señal que identifica el peor de los campos de batalla del futuro próximo: el de las relaciones entre autoridades locales y organizaciones criminales.

No creo que esta marcha por los estudiantes normalistas desaparecidos haya sido una de las últimas de este sexenio. Fue más bien una de las primeras del gobierno de López Obrador. Y lejos de pensar que será un sexenio de calma después de un triunfo ciudadano, la marcha es señal de la conjunción solidaria de demandas hasta ahora más o menos dispersas: jóvenes que quieren seguridad, pueblos que piden respeto a sus tierras y culturas, maestros en defensa de derechos laborales y otros.

Muchos verán en las promesas y actitud del gobierno entrante la oportunidad de expresarse y pedir lo que los últimos gobiernos les han negado; incluyendo en primer lugar la libertad para expresarse. Este será un gran reto para el futuro gobierno. Pronto deberá atender una marea de exigencias que lo pondrá a prueba y le obligará a definiciones más puntuales.

Un reciente artículo de José Woldenberg pone el dedo en la llaga. El enojo popular mostrado en las pasadas elecciones ¿empuja hacia un Estado mínimo, austero en extremo, bajo el pretexto de atacar una burocracia corrupta y abusiva? Lo que deja de lado la critica a la operación del mercado como verdadera fuente de la inequidad. Casi nada le faltó a Woldenberg para decir con todas sus letras que muchos entusiastas de la administración que viene tienen una visión profundamente neoliberal.

La opción es lo contrario, un esfuerzo de fortalecimiento del estado y sus instituciones que debería reflejarse en reconstituir los mecanismos de contacto con la población que fueron privatizados en los últimos sexenios. No se puede hacer verdadera política social sin contar con muchos servidores públicos que salgan al encuentro de los pueblos, ejidos, comunidades y barrios. Esa tarea que se le dejó al internet y a agentes privados y que se disimuló como gasto de inversión.

Para volver a echar raíces se requerirá abandonar el temor al gasto corriente y contar con funcionarios que sepan de sociología, antropología, economistas sociales y personal con verdadera vocación.

sábado, 29 de septiembre de 2018

Echar Raíces

Jorge Faljo

Hacía muchos años que no acudía a una manifestación. Son cosas de jóvenes entusiastas y en general en buena condición física, y ya no estoy para esos trotes. El caso es que fui a la marcha para acompañar a las madres y padres de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa en el cuarto aniversario de su desaparición forzada.
Resultó fascinante observar cómo poco a poco y con una puntualidad razonable, se iban formando grupitos alrededor del monumento a la independencia, lugar usual de celebraciones futbolísticas. Salían las pancartas convocando, por ejemplo, a los estudiantes de diversas escuelas normalistas; o de facultades de la UNAM o del Polí. Y entre el desorden se iban juntando y organizando multitud de grupos pequeños y medianos.

Otros, la mayoría, llegaron ya como contingentes formados que se habían convocado para encontrarse en otros sitios. Una banda ambulante tocaba con alegría y cuando ya inició la marcha me di cuenta que acompañaba a un grupo de muchachas que, con el traje adecuado, bailaban la zandunga.

No eran solo jóvenes. Estaban los de Atenco, con sus machetes, indumentaria campesina y paliacates al cuello. Y grupos que se identificaban como electricistas, damnificados de los sismos, maestros y diversos movimientos sociales.

El cielo se oscurecía y era evidente que venía un aguacero. Los plásticos con capucha de diez pesos y los paraguas de cincuenta pesos (¡baratos!) eran mucho más demandados que las capas impermeables de 100 pesos. También se vendían o distribuían banderas, estandartes, camisetas, escudos, todos con múltiples inscripciones.

Vino el aguacero y lo sorprendente es que la gran mayoría aguantó vara. La mayoría parecía más o menos cubierta, pero muchos no. Entre los últimos me llamaron la atención los normalistas de Ayotzinapa, los estudiantes de hoy en día, en perfecta formación, sin ninguna protección contra el agua y con enorme gallardía.

A cuatro años de distancia la marcha fue, de los muchos miles que ahí se congregaron, como un homenaje solidario a la persistencia de esas madres y padres que exigen esclarecimiento y justicia. AMLO los recibió más tarde, en una actitud que contrastó con la del todavía, aunque ya muy disminuido presidente. Los padres agradecieron lo que para ellos es una primera muestra de verdadero compromiso por resolver el crimen.

Hay en México cientos de miles de madres, padres, hermanas y hermanos de desaparecidos y victimas del crimen. Pero estos, los de Ayotzinapa, son particularmente importantes no solo por su entereza, sino porque para todos los mexicanos es fundamental saber sí se trató de un crimen de estado. Un asesinato masivo que mostraría el contubernio entre organizaciones criminales con autoridades públicas. Una sospecha se extiende a muchos otros casos ocurridos a lo largo y ancho del territorio nacional.

Luchar contra la corrupción es un compromiso mayúsculo de López Obrador; los asesinatos de candidatos en las pasadas elecciones serían otra señal que identifica el peor de los campos de batalla del futuro próximo: el de las relaciones entre autoridades locales y organizaciones criminales.

No creo que esta marcha por los estudiantes normalistas desaparecidos haya sido una de las últimas de este sexenio. Fue más bien una de las primeras del gobierno de López Obrador. Y lejos de pensar que será un sexenio de calma después de un triunfo ciudadano, la marcha es señal de la conjunción solidaria de demandas hasta ahora más o menos dispersas: jóvenes que quieren seguridad, pueblos que piden respeto a sus tierras y culturas, maestros en defensa de derechos laborales y otros.

Muchos verán en las promesas y actitud del gobierno entrante la oportunidad de expresarse y pedir lo que los últimos gobiernos les han negado; incluyendo en primer lugar la libertad para expresarse. Este será un gran reto para el futuro gobierno. Pronto deberá atender una marea de exigencias que lo pondrá a prueba y le obligará a definiciones más puntuales.

Un reciente artículo de José Woldenberg pone el dedo en la llaga. El enojo popular mostrado en las pasadas elecciones ¿empuja hacia un Estado mínimo, austero en extremo, bajo el pretexto de atacar una burocracia corrupta y abusiva? Lo que deja de lado la critica a la operación del mercado como verdadera fuente de la inequidad. Casi nada le faltó a Woldenberg para decir con todas sus letras que la administración que viene tiene una visión profundamente neoliberal.

La opción es lo contrario, un esfuerzo de fortalecimiento del estado y sus instituciones que debería reflejarse en reconstituir los mecanismos de contacto con la población que fueron privatizados en los últimos sexenios. No se puede hacer verdadera política social sin contar con muchos servidores públicos que salgan al encuentro de los pueblos, ejidos, comunidades y barrios. Esa tarea que se le dejó al internet y a agentes privados y que se disimuló como gasto de inversión.

Para volver a echar raíces se requerirá abandonar el temor al gasto corriente y contar con funcionarios que sepan de sociología, antropología, economistas sociales y personal con verdadera vocación.

lunes, 24 de septiembre de 2018

1994

Jorge Faljo

Recordar es vivir.

“El crecimiento económico de México se traducirá hasta el largo plazo en un mayor bienestar y desarrollo social, reconoció hoy aquí Michel Camdessus, director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI) (…) agregó que ‘después de haber avanza¬do de manera muy profunda en el ajuste económico y su rees-tructuración industrial, México tiene enfrente, particularmente con la apertura que se han atrevido a hacer, una perspectiva de crecimiento fuerte y sin inflación’.”

“Banco de México manifestó que el cambio de administración de ninguna manera provocará riesgos cambiarios, por fuga de capitales o por otros aspectos, porque la situación es de calma en los mercados financieros. (…) En consecuencia, dijo, la tran¬sición no provocará presiones de ningún tipo a las finanzas ni a la política cambiaria, y sí por el contrario se siente una mayor confianza en el futuro del país.”

La primera de las dos citas anteriores pretendía tener resonancia internacional y era un claro espaldarazo a la política económica seguida por el régimen que estaba a punto de terminar. Se publicó en el 7 de octubre de 1994. La segunda apareció unas siete semanas más tarde, el 30 de noviembre del mismo.

Toda una avalancha de optimismo compartido por los expertos financieros.

El presidente de la bolsa mexicana de valores descartó una fuga de capitales “ya que los inversionistas tienen un análisis muy sólido sobre el riesgo país (27 de octubre de 1994). El vicepresidente de Citibank destacó que las crisis del año fueron controladas por el gobierno salinista (11 de noviembre). Un estudio de Salomon Brothers (28 de octubre) afirmaba que el mercado de valores crecería en las próximas semanas.

Es difícil saber si los declarantes simplemente se equivocaron en su diagnóstico, o si, a pesar de sus dudas intentaban construir una realidad alterna más acorde a sus intereses. En todo caso consiguieron algo importante: que la amenaza de devaluación no se hiciera realidad dentro del gobierno del presidente Salinas, al que estaban todos asociados.

La estrategia defensiva era convencer a los inversionistas financieros que todo marchaba bien. Y lo lograron… a medias. Convencieron a los inversionistas externos, mucho más creyentes en las declaraciones oficiales. Pero los inversionistas internos, nuestra elite, se mostró mucho más desconfiada. Algo que nos ocurre con frecuencia a los mexicanos; entre más nos dicen los medios que la sandía es verde, más pensamos que por dentro es roja. ¿A poco no?

Un par de años más tarde, al analizar lo ocurrido, un par de economistas norteamericanos escribirían que los inversionistas mexicanos fueron los primeros en correr en la crisis de diciembre de 1994, tal vez debido a una asimetría informativa. Lo que se puede interpretar de dos maneras; una es que sabían más que los de afuera y previeron lo inevitable. La segunda posibilidad es que la devaluación ocurrió no porque fuera inevitable, sino debido a que al actuar como lo hicieron ellos mismos la provocaron.

Algo hubo de ambas vertientes. Pero lo principal es que la estrategia del salinismo dependía de su capacidad para atraer capital externo. De 1990 a 1994 las exportaciones crecieron notablemente; pero las importaciones crecieron aún más y eso generaba una creciente necesidad de atraer capitales externos, fuera inversión productiva o meramente financiera.

La inversión extranjera directa, productiva, creció de 2.6 mil millones de dólares en 1990 a 4.4 mil millones en 1993. La atraía la oleada de privatizaciones de empresas estatales y la promesa de un mayor comercio con los Estados Unidos.

La imagen de éxito vendía bien, sin embargo el grueso del capital atraído era meramente financiero, especulativo. En 1990 entraron de estos últimos 3.4 mil millones de dólares y para 1993 crecieron a 29 mil millones. El deterioro de imagen que implicaron el levantamiento zapatista y el asesinato del candidato presidencial del PRI hizo que el flujo se redujera a solo 8 mil millones en 1994.

El caso es que la estrategia requería del capital especulativo para parchar un estilo de modernización de fachada que elevaba el déficit comercial con el exterior y que al interior destruía sin piedad las estructuras de producción agrícola e industrial construidas en las décadas anteriores.

El Plan Nacional de Desarrollo de Zedillo, al analizar lo ocurrido hizo dos claras afirmaciones: la modernización salinista lo que hizo fue substituir una forma de producción por otra, con muy bajo crecimiento real; y los enormes montos de capital atraídos no participaron en el fortalecimiento de la producción.

La crisis de 1994 ocurrió a pesar de que el nuevo gobierno era del mismo partido político y prometía continuidad de la política económica. Pero el gobierno de Salinas había nacido con tufo a fraude electoral y su estrategia de apertura comercial con peso fuerte arrasó con la pequeña y mediana empresa orientada al mercado interno. El levantamiento indígena le hizo ver al mundo que debajo del tapete se escondía un importante problema social.

Afortunadamente la crisis de 1994 tuvo un doble efecto paradójico. Aunque ocurrió a los pocos días de iniciado el sexenio de Zedillo, para la población fue muy claro que la raíz del problema se encontraba en la estrategia salinista. Esto le permitió gobernar al siguiente presidente sin cargar con una culpa que habría sido políticamente imposible de manejar.

La segunda paradoja fue que este grave tropiezo de la estrategia económica permitió un paréntesis de crecimiento entre décadas de estancamiento. De 1994 a 1996 la exportación de manufacturas creció en un 80 por ciento; el peso débil impulsó la producción de exportación y también aquella orientada a substituir importaciones que se habían vuelto muy caras.

Este fuerte crecimiento ocurrió en las condiciones más precarias: sin crédito a las empresas y al consumo; sin inversión notable, y con las cadenas de producción dislocadas. Banco de México lo explicaría en su informe de 1995: las empresas hicieron uso de capacidades instaladas ya existentes pero subutilizadas.

Estas capacidades dormidas fueron la gran fuente de riqueza que se reactivó en 1995 y que en lo económico le permitieron salir adelante al régimen de Zedillo. Eso a pesar de que los recursos públicos se dirigieron a rescatar a las elites financieras. La revaluación del peso acabó con el periodo de buen crecimiento hacia el final de ese sexenio.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Mira como andas… según la OCDE

Jorge Faljo

En mayo de 1994 México ingresó a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico –OCDE- Era la primera nación en desarrollo admitida y esto era una especie de reconocimiento a las transformaciones de la administración de Carlos Salinas de Gortari. Las principales habían sido la privatización de empresas públicas y abrir espacio a la conducción de la economía nacional por la vía del mercado. En lo externo destacaba la negociación del Tratado de Libre Comercio de la América del Norte y otros similares.

La OCDE no intenta incluir a muchos países. Le interesa cierta afinidad en el nivel de desarrollo, pero aún más importante es la homogeneidad de objetivos e instrumentos de política.

Así México entró al grupo de las mayores economías, las más industrializadas y, sobre todo con baja intervención del estado en la economía y abiertas al libre comercio internacional. Estar en ese club de ricos es comprometerse a ser evaluados y, en alguna medida a instrumentar medidas afines.

La OCDE publicó en mayo pasado el documento “Hacerlo bien” (Getting it right) en el que expone su diagnóstico y prioridades estratégicas para México. En adelante expongo su mensaje fundamental.

La introducción señala que la mayor parte de la población mexicana sigue viviendo en pobreza y vulnerabilidad, con niveles de inequidad sumamente altos tanto en ingresos como en oportunidades. El Estado de derecho es sumamente débil y la mayoría de la población percibe que la corrupción gubernamental es rampante. Por ello no se extraña, dice, que México tenga los niveles de productividad más bajos de la OCDE y un ritmo de crecimiento lento.

En este mensaje se encuentra una indudable adecuación del discurso a la nueva realidad de un planeta en ebullición social, donde ya se percibe el fracaso de una globalización excluyente. El documento habla de un posible retroceso de la globalización. Es en este contexto que los viejos campeones del neoliberalismo ahora muestran una preocupación por lo social.

Lo primero que lanza la OCDE como elemento de diagnóstico es que la recaudación tributaria de México sigue siendo insuficiente respecto de las necesidades de inversión en infraestructura, educación, salud, reducción de la pobreza, apoyo familiar y protección social. Sostiene que es posible elevarla sobre todo porque se encuentra muy por abajo del promedio de captación fiscal de la OCDE y de América Latina.

La inversión gubernamental fue de apenas el 1.8 por ciento del PIB en 2016 y el gasto social se encuentra los más bajos de los países de la OCDE.

Para fomentar el desarrollo y la mejora del bienestar es necesario aumentar la recaudación tributaria. Entre otros consejos la OCDE propone gravar los ingresos de capital que, dice, benefician de manera desproporcionada a los ingresos más altos, así como introducir un impuesto a la herencia.

La reducción de los niveles de confianza de los ciudadanos en el gobierno se acentuó en el último lustro. Ello se origina en la desaceleración económica, los escándalos de corrupción, el deterioro de la seguridad y un entorno mundial difícil para una economía tan abierta como la mexicana. Urge elevar el nivel de confianza de la población mediante instituciones legales y judiciales fuertes e independientes, el combate a la corrupción y una estrategia de seguridad y justicia coherente.

La siguiente vertiente de diagnóstico señala que hay que promover un crecimiento urbano más ordenado y reducir los impactos ambientales y sociales de la distancia entre el lugar de trabajo y de residencia de los trabajadores. Se debe respaldar un desarrollo regional más equilibrado y acorde a una política de inclusión socioeconómica.

El desempeño del mercado laboral no debe juzgarse exclusivamente por el número de empleos disponibles sino, también, por la calidad del empleo. En México el mercado laboral presenta una alta informalidad, empleos formales de baja calidad y mínima seguridad laboral. La participación total de la fuerza laboral en México es la segunda más baja de la OCDE, solo después de Turquía. El crecimiento económico no ha sido incluyente.

La tasa de mortalidad infantil es la más alta entre los países de la OCDE. Destaca la muy alta mortalidad de los pacientes ya ingresados en hospitales por enfermedades cardiovasculares, accidente cerebrovascular isquémico, e infartos al miocardio. La mayoría de los hospitales no están equipados para tratar estos casos.

Aun cuando el nivel educativo de las mujeres se equipara con el de los hombres su participación en el mercado laboral es baja. En todos los grupos de edad las madres mexicanas tienen menos probabilidades de conseguir trabajo que en otros países de la OCDE. La tasa de embarazo adolecente es elevada y el porcentaje de mujeres jóvenes que no estudian ni trabajan es casi cuatro veces mayor que el de los varones jóvenes.

No puedo reproducir todos los elementos de diagnóstico de tan extenso documento. Pero si puedo afirmar que su franqueza lo hace más valioso que la mayoría de los documentos que emanan de esta administración; incluido el reciente sexto informe presidencial.

Tal vez su publicación en mayo pasado respondió a un intento de advertirle a esta administración moribunda que se requerían cambios de fondo. Haya sido o no esa intención, es muy atendible por la futura administración. Sobre todo en cuanto al diagnóstico, aunque algunas de sus recetas resulten controvertidas.

El caso es que sea recurriendo a la alopatía, la homeopatía, la medicina china o la herbolaria mexicana, este país necesita aliviar muchos males.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Argentina; la bien portada

Jorge Faljo


Argentina se encuentra en crisis. Es una historia que de alguna manera se repite.

Hacia fines del siglo pasado le apostó a un modelo de atracción de capital externo para que invirtiera y creara empleos. Para darle seguridad a esos inversionistas hizo algo inusitado: amarró su moneda a una paridad fija con el dólar. Estableció por ley la imposibilidad de devaluar. Pero su apuesta falló.

La atracción de capital externo implicó en unos casos la venta de empresas y en otros la destrucción de las que, en un modelo de libre comercio y moneda fuerte, ya no pudieron sobrevivir.

Pero atraer capitales es endeudarse y comprometerse al pago de intereses o a la repatriación de ganancias y se convierte en un camino que requirió cada vez más capitales externos para mantener la apariencia de desarrollo. Se convirtió en una nación importadora que destruyó su industria, generando desempleo y empobrecimiento.

Hasta que tronó el modelo por la insuficiencia en la entrada de dólares y la duda creciente sobre la viabilidad de una moneda fuerte solo por decreto. En 2002 Argentina debía 100 mil millones de dólares por los que pagaba altas tasas de interés para que los inversionistas asumieran el riesgo de prestarle. La situación empeoraba y era contenida con saliva; con discursos en el que las elites financieras de adentro y afuera insistían en que la situación estaba controlada.

Lo que me recuerda el discurso oficial mexicano, respaldado en el exterior, que hacia fines de 1994 insistía en que todo marchaba de perlas.

El caso es que la estrategia financiera del país del sur tronó y llegó a la imposibilidad de pagar. Tras muy duras negociaciones consiguió una quita del 70 por ciento de la deuda, lo que implicó una fuerte pérdida para los inversionistas externos.

Ya que la disyuntiva para el país era la de que su población pudiera comer o bien que los inversionistas obtuvieran las ganancias esperadas, por las que habían arriesgado su dinero. El 92 por ciento de los inversionistas aceptaron el trato. El 8 por ciento restante vendió su deuda en alrededor del 40 por ciento, algo más de lo que les ofrecía el gobierno argentino. La vendieron a fondos especializados en comprar deuda barata para luego demandar su pago total en tribunales norteamericanos. Esas empresas son conocidas como fondos buitres.

Argentina se vio aislada de los mercados financieros internacionales de manera tajante y bajo la constante amenaza de que sus activos gubernamentales podían ser embargados. La situación llegó a extremos en que un buque escuela de su marina que atracó en un puerto africano fue embargado; el avión presidencial no podía volar al exterior porque lo podrían embargar.

Tal situación de aislamiento financiero extremo se mantuvo hasta el 2016. Argentina tuvo que racionar sus dólares. En algún momento rompió un convenio de comercio de automóviles con México porque le implicaba un déficit de mil millones de dólares anuales. De este lado, acostumbrados a déficits enormes, como el de 65 mil millones de dólares que tenemos con China, no vimos nada bien esa decisión.

Pero Argentina tenía que cuidar cada centavo de dólar y estableció medidas de control de cambios que les dificultaban a sus ciudadanos la compra de dólares.

¿Sufrieron mucho los argentinos con el aislamiento? De 2003 a 2013 la indigencia se redujo de 21.1 a 5.5 por ciento y la pobreza de 58.2 a 27.5 por ciento. Fue un incremento notable en los niveles de vida que se tradujo en un importante apoyo popular al gobierno de Cristina Fernández.

Pero en 2014 los precios de los principales productos de exportación de Argentina cayeron en el mercado global, ya no vendía igual y eso impactó en los ingresos públicos y en los niveles de vida. Una parte importante del ingreso público eran los impuestos a la exportación, llamados retenciones. El caso es que el combate a la pobreza se debilitó y en 2014 y 2015 esta volvió a incrementarse, aunque muy lejos de llegar a los niveles de años anteriores.

En este contexto la oposición de derecha logró llevar a la presidencia a uno de los más ricos empresarios del país, Mauricio Macri, que ofreció volver a colocar a Argentina en el mapa mundial. Es decir, a su reinserción en la globalización financiera.

Para volver a ganar la confianza del capital financiero renegoció la deuda externa en sentido contrario; les dio lo que pedían. Así que volvió a endeudar a su país. A cambio obtuvo la entrada de grandes montos de financiamiento externo atraídos por tasas de interés atractivas. Sin embargo, era capital especulativo que más adelante, es decir ahora, haría su “toma de ganancias” y se iría. Lo hace en estos días que en Estados Unidos sube la tasa de interés y bajan los impuestos.

La entrada de financiamiento externo y la apertura al libre comercio se traduce en incremento de las importaciones y en un nuevo tsunami que destruye a la pequeña y mediana industria y crea desempleo.

Macri como parte de sus compromisos con el poderoso sector agroexportador redujo los impuestos a la exportación. Compensó multiplicando las tarifas de electricidad y gas. Para colmo la eliminación del impuesto a la exportación de trigo, sumada a la devaluación se tradujo en fuertes incrementos de la harina y el pan.

En cierta perspectiva Argentina se volvió a portar bien. Se hizo neoliberal, pagó sus viejas deudas, se abrió al libre comercio, atrajo capitales en abundancia. Ahora sufre las consecuencias.

La moneda se ha devaluado a la mitad en lo que va del año. La deuda externa es impagable y tendrá que ser reestructurada; es decir cambiar sus plazos y renegociar tasas de interés. Es posible que incluso se tenga que plantear una quita de capital; con lo que perderían los inversionistas menos avispados que no supieron salirse a tiempo.

Y Macri ha reinstalado las retenciones a las exportaciones. Declara que esos impuestos son malísimos; pero que no tiene otro remedio. Ahora pagarán todos los exportadores, incluso los de manufacturas. Son, por otro lado, los beneficiados por la devaluación.

Macri, el gran empresario, ha hundido a su población a cambio de beneficios para su clase social que difícilmente serán refrendados por el pueblo argentino en las próximas elecciones de octubre de 2019. Así las cosas.

domingo, 2 de septiembre de 2018

Descrecimiento

Jorge Faljo

Esto del descrecimiento suena extraño. Sin embargo es la bandera de un movimiento social que se propaga de manera notable, sobre todo en países industrializados como Francia o los Estados Unidos. Se trata de algo muy serio, con fuerte sustento intelectual y raíces históricas que provienen tanto de países del norte como del sur, México incluido.

Esta próxima semana, del 3 al 7 de septiembre, se celebrará en la Ciudad de México, la primera semana sobre descrecimiento. Tiene un abultado programa de conferencias, encuentros, brindis y eventos culturales que atrae a personajes de todo el mundo. Es fácil encontrar información sobre este evento en internet. Y existe la oportunidad de escuchar sus planteamientos en boca de sus mejores representantes.

Vienen al evento intelectuales y activistas de todo el mundo; entre ellos representantes de universidades, fundaciones y centros de reflexión muy prestigiados.

Pero, ¿Qué propone el descrecimiento?

Su objetivo central es la sobrevivencia de la humanidad y su planteamiento es que la ideología del crecimiento y su aplicación práctica nos está llevando al abismo. El crecimiento desbocado y prácticamente forzoso, el que se le impone a los pueblos del planeta es esencialmente violento: destruye especies y ataca al medio ambiente; contamina el mar de plástico y el aire de gases que no debiéramos respirar; agota aceleradamente los recursos naturales; destruye la protección que nos brinda la atmosfera contra los rayos solares; no logra manejar los desechos nucleares y filtra radioactividad en la biosfera; introduce modificaciones genéticas sin control y de alto riesgo; nos coloca al borde de la extinción inmediata en caso de guerra nuclear, al tiempo…….el caos.

El planteamiento es que, a cambio de baratijas, plástico, autos y manufacturas diseñadas para servir por poco tiempo (para que compremos de nuevo), sacrificamos lo esencial: ambiente limpio, tiempo libre y posibilidades de convivencia.
Los ricos viven una especie de borrachera; gastan y malgastan para disfrutar el momento sin preocuparse por el futuro ni por lo que su despilfarro le cuesta a los demás, al tercer mundo, a los pobres. Estos últimos ni siquiera disfrutan la borrachera.
A los pobres y a países del sur les toca el saqueo de sus recursos, la destrucción de sus modos de vida tradicionales y el trabajo duro para malvivir entre los desechos del crecimiento. Sobre todo se les engaña con el espejismo de que el crecimiento hará que algún día puedan dejar de ser pobres. Pero ya es muy claro que el consumo de los ricos no se puede expandir; se basa en un derroche de recursos naturales (energéticos, por ejemplo) y contaminación que ha llegado a su límite.

Hace ya treinta años que la mayoría de los norteamericanos, al igual que los mexicanos se empobrecen. El anzuelo del fin de la pobreza ha servido para distraernos del problema de fondo, la glorificación del consumo ilimitado y el derroche absurdo de los pocos.

Betsy De Vos, secretaria de educación de los Estados Unidos, tiene un yate con valor de 40 millones de dólares. Su familia tiene otros nueve yates similares. En general los dueños de yates de millones de dólares en ese país, para no pagar impuestos, los registran bajo bandera de otros países aunque los tienen atracados en sus puertos.

Así como es cada vez más evidente la necesidad de garantizar un ingreso mínimo de sobrevivencia para todos ahora surge otro movimiento que pide que también haya un límite máximo de ingresos. Es difícil de decir cual deba ser, pero combatir el derroche es esencial. Digamos que nadie debería ganar más de medio millón de dólares al año.

Un factor de derroche es el absurdo de una globalización que pasea los componentes de todo tipo de bienes por todo el planeta y requiere enormes cantidades de combustible. En México traemos arroz de Filipinas, kiwis de Nueva Zelanda, piñas enlatadas de indonesia, galletas de Grecia, atún para gatos de los Estados Unidos. Esto cuando en realidad todo lo que necesitamos para vivir bien podría ser producido localmente.

Cada día hay más pobres. No son, por desgracia, aquellos pobres dignos, trabajadores, autosuficientes que salían en las películas de los años cuarenta. Aquellos que el cristianismo pregonaba como los que ganarían el cielo mientras que a los ricos no se les permitiría la entrada y desde entonces y hasta ahora la realidad es que eso, a los que tienen billetes, ni en cuenta...
Los nuevos pobres, son en realidad miserables y dependientes. Muchos de ellos tienen empleos formales pero no ganan lo suficiente para vivir. Incluso en Estados Unidos es la situación de miles de empleados de Waltmart y cadenas de comida rápida que reciben ayuda nutricional del gobierno. Y además se les acusa de ser ellos los despilfarradores.

Proponer el descrecimiento significa abandonar los imperativos del mercado y el crecimiento del Producto, incluido el producto basura, para buscar una vida de calidad sustentada en la frugalidad, la producción local, la cooperación y la solidaridad.
Ojalá y que el abandono de la ruta de la inequidad y la corrupción que recién ha exigido el pueblo de México abra vías a nuevas ideas sobre la manera en que queremos vivir y convivir como sociedad. El evento sobre descrecimiento apunta a esa nueva reflexión.

viernes, 31 de agosto de 2018

APOLOGÍA DE LA POBREZA

Este es un artículo que expresa la filosofía de mi libro “Producir para Nosotros. Crisis económica y desarrollo del sector social”. Lo escribí para una reunión de organizaciones sociales previa a la Cumbre Social de Copenhague, centrada en el tema de la pobreza.

Lo reproduzco tal y como fue escrito originalmente, en 1995 – 1996. JFL




Apología de la Pobreza

Jorge Franco López

¿Qué es ser pobre?

El Combate Ideológico sobre la Pobreza

Inviabilidad del Modelo de Consumo de los Ricos

Las Soluciones de los Pobres

Reconstrucción de Ámbitos de Mercado para el Intercambio entre Pobres

¿Qué es ser pobre?

Ser pobre es un término impreciso. Existen importantes variaciones históricas en cuanto a los niveles de acceso al consumo, la salubridad, la educación y el ocio que definen lo que en un momento dado se considera pobreza. Ser pobre tiene un significado determinado por la sociedad en que se vive y su experiencia histórica. No es lo mismo ser pobre en una sociedad rica, que serlo en un país periférico; también es distinto ser un pobre productivo y autosuficiente, por ejemplo un campesino del tercer mundo, a ser un pobre enteramente dependiente, parasitario, como tienden a serlo los pobres urbanos de los países industrializados.

Lado a lado con la pobreza económica, existe, en paralelo, una pobreza política. Generalmente los pobres no participan en los procesos de toma de decisiones, tienen dificultades para expresar sus intereses y ser oídos, tienen poca fuerza de negociación. Esta debilidad se acrecienta día con día en tanto que los pobres parecen cada vez menos necesarios. Los pobres/ trabajadores de antes eran necesarios; los nuevos pobres/ inactivos/ dependientes tienen crecientemente como la única carta restante su capacidad de estorbar.

Dentro de su indefinición la pobreza varía en connotaciones; sus significados implícitos y emocionales son también variados y de la mayor importancia. En los últimos años se ha dado un intenso combate ideológico que, una vez más, los pobres parecen haber perdido. Los pobres han perdido su derecho y su posibilidad de ser pobres y lo que antes podía ser una pobreza digna ha sido confundida con la miseria.

Se trata de una pérdida ideológica, pretendo decir aquí, de la mayor importancia, pues le cierra a la humanidad entera la única salida posible, la de la dignificación de la pobreza y nos arroja en un camino sin salida; la aspiración fantasiosa a la universalización de niveles de vida basados en el derroche energético y la destrucción del medio.

El cambio de significado de la pobreza es evidente. En los años cuarenta era posible que los actores populares mexicanos presumieran, en sus películas, de pobres. Eran pobres "pero honrados"; eran pobres trabajadores, autosuficientes, dignos. Las películas podían pregonar que el dinero no daba la felicidad y que se podía ser feliz y pobre al mismo tiempo.

Era, evidentemente, un cine orientado a las masas. Amplios grupos de población disfrutaban del amplio reparto de tierras y de los avances de la organización sindical e institucional de los años treinta. Con empleo y un ingreso modesto; con agua entubada y electricidad; con salud y acceso de los hijos al sistema escolar, todo parecía haberse conseguido.

Tratar de obtener más, mucho más, implicaba, en la moral popular, la pérdida de los valores, de la honestidad, en aras de conseguir lo superfluo, lo que no garantizaba la felicidad; esta última necesariamente más vinculada a la firmeza de la familia y la comunidad, asentada en el pueblo rural, el barrio urbano o la vecindad.

Tal vez la imagen era idílica. Lo importante es que era aceptada por la mayoría de la población. Se trataba de un cine de masas que no corría a contrapelo del sentido popular. Los que veían la película no se rebelaban ante el mensaje del héroe; parecía aceptable ser pobre, honrado, trabajador, vivir modestamente y ser feliz. Era aceptable, sobre todo, porque era la situación de casi todos.

La misma película se encargaba de explicar las excepciones: los ricos eran los puntos negros del arroz; su riqueza era de origen dudoso; su trato hipócrita e interesado, su comportamiento guiado por las apariencias, su vida familiar sin valores; sus esfuerzos por conseguir lo superfluo y vivir interesados en las apariencias desembocaban en la infelicidad.

El ideal de pobre, era un pobre trabajador y honrado; la vida todavía ofrecía recompensas, modestas desde la perspectiva actual, a la constancia en el trabajo. Ofrecía, por lo menos, trabajo. Pero el pobre ideal seguía siendo pobre y la película no nos imponía un final feliz en el que el pobre dejara de serlo; al final era simplemente un pobre que, a pesar de contratiempos y vicisitudes, podía sentirse satisfecho de sí mismo.

La propuesta no era absurda ni novedosa; recogía una herencia de siglos durante los cuales el cristianismo había pregonado la pobreza como ideal. Recordemos aquello de que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja a que un rico entrara al reino de los cielos. El reino de Dios era para los pobres.

Algunas órdenes religiosas, las menos, todavía recogen esa tradición y sus integrantes aceptan, incluso buscan voluntariamente vivir en la pobreza. Pero ¿de cuál pobreza hablan? De una pobreza que no es miseria, ni hambre; sino simplemente tener una alta satisfacción personal en un nivel de vida modesto, ajustado a lo necesario, y con aspiraciones y logros definidos por valores no económicos.

El Combate Ideológico sobre la Pobreza

Pero algo ha cambiado en los últimos años. Desde el norte, desde los países centrales y desde las grandes instituciones financieras, se ha convertido a la pobreza en un término peyorativo. Pobreza y miseria se han vuelto indistinguibles una de la otra y ahora se trata de combatir ambas como si fueran lo mismo y como si todos pudiéramos ser ricos. Se combate a la pobreza en una batalla que, por no definir objetivos precisos (nutrición, salud, autonomía, dignidad, etc.), amenaza convertirse en un propósito absurdo e incluso suicida.

Se ofrece, implícitamente, un sueño a millones de seres humanos: ser "no pobres". Pero, ¿qué entiende el pobre con dejar de ser pobre? Cuando el discurso promete acabar con la pobreza parece haber una promesa que a los oídos del que escucha puede significar muchas cosas, pero que sin duda se asocia a las nuevas imágenes de la televisión: los arquetipos de triunfadores, el consumo de las clases medias industrializadas, incluso el "american way of life".

Las imágenes que ofrece la televisión de los norteamericanos "pobres" los muestran con electricidad, teléfono y refrigerador; su ropa parece adecuada y los hijos van a la escuela. Bueno, hasta carro tienen. Por demás decir que cuentan con agua corriente en sus hogares y no parecen desnutridos. Obviamente los norteamericanos "no pobres" se encuentran todavía mejor (computadora, microondas, videojuegos, etc.). Entonces, ¿cuál es el estándar que se ofrece al prometer la erradicación de la pobreza?

Las dificultades de definir a la pobreza y a los pobres han sido grandes. Definir lo que se ofrece como un nivel de vida "no pobre", es imposible.

El discurso ideológico que pregona el progreso y la modernidad, que ofrece acabar con la pobreza y deja a la televisión esbozar constantemente la promesa del consumo inalcanzable, nos roba la posibilidad de una pobreza digna y satisfecha a cambio de un engaño.

El cambio en los valores/ imágenes que imponen los medios masivos, es brutal: del pobre honrado y trabajador hemos pasado al pobre fracasado por estúpido e ineficiente; del rico sin valores, al triunfador cuyo triunfo lo justifica todo, incluso el consumo más absurdo y derrochador de recursos que son, finalmente, patrimonio de la humanidad.

Hoy en día la norma que se impone es ser rico; es inaceptable ser pobre. La satisfacción interior que daba el orgullo del propio trabajo, la rectitud en la vida, la unidad familiar, se desvanece ante la urgencia de alcanzar el disfrute de un consumo cada vez más sofisticado e inaccesible.

Lo peor es que no parecen caber en el planeta dos estilos de consumo y de vida; la difusión del estilo de consumo de los ricos exige el monopolio y se expande en las élites periféricas (siempre será de acceso minoritario) destruyendo la viabilidad y la dignidad del consumo de los pobres que quedan sin la posibilidad de seguir trabajando y viviendo como antes y sin acceso a la modernidad. Se les construye un limbo configurado por los programas de asistencia social.

El pobre de los años noventa se siente necesariamente un rezagado; alguien que quedó atrás cuando todos los demás lograron avanzar y parecen estar disfrutando los beneficios del progreso y el consumo moderno. Lo muestra en sus imágenes la tele, y no puede sino repetir constantemente la promesa implícita porque otra cosa sería revelar el engaño del fin de la pobreza. Es posible, si, acabar con la miseria; pero no ofrecer que pronto todos accederemos al consumo depredador.

En México traemos arroz de Filipinas, kiwis de Nueva Zelanda, piñas enlatadas de indonesia, galletas de Grecia y atún para gatos de los Estados Unidos (quien lo dijera). Eso es posible por el precio absurdamente bajo de los energéticos, por medio del cual la humanidad hipoteca su futuro para sostener el consumo derrochador de unos cuantos y hacer a un lado a los pobres locales (que podrían producir arroz, kiwis, piñas y atún localmente). El anzuelo del fin de la pobreza ha servido para distraernos del problema de fondo, la glorificación del consumo ilimitado y el derroche absurdo de los pocos.

Cada día hay más pobres/ miserables/ dependientes. No son, por desgracia, aquellos pobres dignos, trabajadores, autosuficientes que podían ser el sustento de una sociedad democrática. Más bien son los nuevos pobres miserables, desempleados o subocupados, insatisfechos, encandilados por el faro de una modernidad que los reduce a la improductividad y a la pérdida de sus recursos individuales y colectivos. Pobres que buscan trabajo y se les ofrece caridad; sus capacidades no son únicamente redundantes, sino incluso estorbosas. El mercado ha sido rediseñado solo para los productivos y eficientes, los modernos, los que prestan a los pobres para una nueva dosis de consumo moderno a cambio de las escrituras de sus derechos a la propiedad, la producción y la autodeterminación.

Los pobres son más, pero parecen menos en su presencia social, en su capacidad para incidir en el rumbo nacional, en sus apariciones en la televisión, en la que se asoman como marginados, fracasados o antisociales. Son menos porque se han quedado sin discurso y sin rumbo propio; el mensaje de la modernización es apabullante.

Pregúntese a un pobre en la calle ¿por qué es pobre? Lo más probable es que conteste "porque no estudié". Ha sido convencido de su ineficiencia, se le ha dicho que no es competitivo y ha aprendido (en la escuela sobre todo) que es su propia culpa (y no de la ineficiente operación del mercado).

El embate no ha sido neutro. Los pobres, la mayoría de la humanidad (no los verdaderamente miserables) han perdido la batalla ideológica en torno a la pobreza; es decir que han perdido la posibilidad de definir su forma de producir y consumir. Esta derrota ha facilitado el inutilizar sus capacidades y recursos ("no competitivos"), destruir sus redes y mecanismos de intercambio (familiares, comunitarios, extra mercantiles, solidarios) y orientarse progresivamente al modelo de producción, de consumo, de cultura y de vida asociado a la industrialización masiva.

Inviabilidad del Modelo de Consumo de los Ricos

Al destruir la dignidad y aceptabilidad de la pobreza, al romper las distancias entre pobreza como forma modesta de vivir y la franca miseria, lo que queda como único camino a seguir es el modelo de consumo de las clases medias de los

países industrializados. Este es el mensaje de fondo del combate a la pobreza: tienes que producir y consumir como rico.

Justo cuando nos enteramos que es un modelo de consumo inviable. Su expansión a la mayoría de la humanidad es imposible, tan sólo intentarlo con un 20 por ciento de la población amenaza agotar los recursos naturales, destruir la capa de ozono, y agotar los hidrocarburos en exportar carros de Japón a los Estados Unidos y otros de los Estados Unidos al Japón (buena parte del comercio mundial es redundante).

El planeta hace sonar numerosas señales de alarma y en los juegos de poder y de engaño de las élites mundiales adquiere carta de naturalidad la mención de lo autosustentable; lamentablemente lo hace sin intentar tocar y definir su requisito más indispensable: la definición de la franja de consumo verdaderamente viable y generalizable para todos. Un consumo accesible para todos y que no destruya el planeta. No es este el caso del nivel de consumo de las clases medias de los países industrializados; intentar generalizarlo, además de inviable sería suicida.

Además de la definición de la franja de consumo generalizable se encuentra el asunto del uso eficiente de los medios de producción disponibles y del empleo racional de los recursos no renovables. Marchamos a contrapelo de lo primero; la globalización del mercado tiene como impacto inmediato la inutilización y demolición de las capacidades y recursos productivos en manos de los pobres. Sólo la agricultura con alto nivel de insumos agroquímicos y tecnificación es competitiva; sólo la construcción con materiales no biodegradables es económicamente viable; sólo el pan envuelto en plástico tiene una durabilidad de almacenamiento que permite su comercialización masiva, etc.

En contraste los recursos y capacidades en manos de la población pobre del planeta, que el mercado condena por no competitivos, parecen tener mayor grado de eficiencia energética autosustentable y adaptabilidad y menos agresividad con la naturaleza (menos desechos no biodegradables, por ejemplo).

Ni las previsiones más optimistas permiten considerar que la elevación de los niveles de consumo de los países periféricos se acerque al actual consumo norteamericano antes del agotamiento del petróleo y otros recursos no renovables. Este acercamiento consumiría tales reservas prácticamente de inmediato.

La implicación es inevadible. Las poblaciones periféricas no podrán alcanzar los modelos de consumo, de uso de materias primas y de energéticos de las sociedades industrializadas. Simplemente no quedan suficientes recursos para que otras tres cuartas partes de la humanidad tengan un nivel de consumo similar al que, con sólo una cuarta parte de la población beneficiada, ya se revela insostenible.

La nueva preocupación mundial por el desarrollo sustentable implica que, en particular las periferias se verán obligadas a vivir con un racionamiento de materias primas y energéticos, y un nuevo respeto por la naturaleza, totalmente ajeno a lo conocido por los países centrales, que no sólo tuvieron los recursos propios, los ubicados en sus territorios, sino que han hecho uso de buena parte del patrimonio de toda la humanidad. La creación de clases medias locales ya es un fracaso evidente y estos grupos se deslindan crecientemente en unos cuantos muy ricos y una mayoría en descenso socioeconómico.

Las Soluciones de los Pobres

Nuestro camino, el de las poblaciones periféricas del planeta, será necesariamente una vía original y estará marcado por nuevos conceptos crecientemente en boga: los límites del crecimiento y del consumo, el cuidado del patrimonio ecológico, el reciclamiento en todas las escalas.

Todo hace suponer que tendremos que pensar en una estrategia económica para pobres. Nos veremos obligados, más pronto que tarde, a abandonar las fantasías de los modelos de consumo de las clases medias centrales, en derrumbe incluso en ese medio, y aceptar que somos pobres y que seguiremos siendo pobres.

Esto no significa resignación ante nuestra suerte. Todo lo contrario. El abandono de las fantasías abre importantes posibilidades de evolución económica y social fincadas en lo real. Implica dejar de estrellarnos contra el cristal, intentando pasar al otro lado y empezar a pensar ¿qué es lo que podemos hacer con lo que tenemos?; implica abrir las puertas a la imaginación, no para acabar con la pobreza y convertirnos en la rica clase media pregonada por la televisión, sino para apoyar una nueva estrategia, con nuevas soluciones acordes a nuestras capacidades y recursos y con el imperativo de que sea una vía que preserve el patrimonio ecológico propio y de la humanidad.

En la nueva estrategia habremos de apoyar a los pobres en la solución, por sí mismos, de sus, de nuestros problemas. Lo que significa que será necesario recuperar y desarrollar soluciones de pobres. Esto es muy distinto a llevar a los pobres las "soluciones" de los ricos.

Llevar a los pobres soluciones de ricos, de clases medias, es lo que se ha hecho como estrategia fundamental de combate a la pobreza. Se intenta que los pobres tengan algunos elementos del consumo de los ricos alegando que son derecho de todos. Es, sin embargo, una estrategia desmovilizadora de las energías y recursos de los pobres.

Los elementos de consumo de los ricos que se llevan a los pobres tienen que ser, necesariamente, proporcionados por las áreas modernas de la economía, por así decirlo por los ricos industrializados. Por ello en el combate a la pobreza los más beneficiados son los sectores sociales, institucionales y productivos insertos en la modernidad y que operan como intermediarios de las soluciones para pobres.

Son distintas las respuestas para pobres que las respuestas de pobres. Las soluciones para pobres son usualmente soluciones de ricos, así sean para pobres. Veamos ejemplos:

Llevar a los pobres desayunos escolares y complementos al consumo alimenticio con productos llevados de fuera termina por devaluar y deteriorar sus propias capacidades de producción de alimentos en una espiral de deterioro y dependencia crecientes. Otra cosa sería apoyar el fortalecimiento de sus propias capacidades para la producción, la transformación y el auto abasto. Todo lo contrario del subsidio a la harinificación del consumo de maíz que obliga a que el más importante consumo alimenticio de los mexicanos transcurra por mecanismos centralizados de procesamiento industrial y pague su tributo a un oligopolio privado.

Llevar a los pobres servicios institucionales de salud de alto nivel, implica contratar médicos, administradores, contadores, servicios, comprar instrumental y medicinas, construir infraestructura, adquirir elevada capacitación, etc. Todo ello generado y vendido a buen precio por los sectores modernos y prácticamente nada por los mismos pobres. Es cierto que los pobres reciben el servicio (al tiempo que se degradan sus alternativas tradicionales); pero muchas veces lo reciben sólo de manera simbólica, como cuando se sortea o raciona el ejercicio efectivo de su derecho, porque en realidad no puede alcanzar para todos. Lo cuestionable es que la creación del aparato de salud no apoya sino que erosiona su economía de pobres y destruye sus alternativas tradicionales.

Proporcionar a los pobres vivienda y servicios urbanos (agua potable, alcantarillado, electricidad, caminos, transportes, etc.) con casas, infraestructura y servicios construidos y proporcionados por compañías constructoras, instituciones y obreros formales, les da acceso a un bien de consumo, no siempre sustentable (¡qué bueno que se llevó electricidad a Chalco!, nada más que siguen sin tener para pagarla) y que no fortalece su inserción productiva en la economía. Todo lo contrario, tiende a deteriorarla (ahora deben pagar servicios, impuestos, deudas políticas, etc.).

Es imposible que pueda funcionar una estrategia en la que la elevación de los niveles de consumo de los pobres no se ve sustentada en la elevación de sus propias capacidades productivas. De esa manera se logran hacer clientelas sociopolíticas crecientemente dependientes, con el riesgo de que llegue un momento en que su incremento las haga insostenibles para los sectores modernos de la economía y se rebelen al llegar a los límites de un callejón sin salida.

Lo que aquí se propone es apoyar a los pobres en sus capacidades productivas, en sus propias respuestas y soluciones, para que se hagan cargo fundamentalmente por sí mismos de la atención a sus carencias. Ello implica repensar las soluciones de ricos para pobres en nuevas soluciones de pobres para pobres. Es decir el cambio de estrategia reclama un cambio de tecnologías, de mecanismos de solución, de estrategias.

No es aceptable una estrategia modernizadora que se traduce sólo en beneficios para las transnacionales por la importación de nuevas tecnologías y equipos al tiempo que se desechan los recursos y capacidades productivas disponibles para la mayoría de la población. Esta estrategia modernizadora demanda grandes cantidades de capital externo al tiempo que arroja por la borda el ahorro que la gran mayoría de la población ya ha invertido en infraestructura, maquinaria y equipos, que se ven inutilizados. Es una estrategia cuyos resultados patentes son hundir en la miseria a cada vez más amplios grupos de población.

Por el contrario, se trata de apoyar a los pobres para que eleven sus niveles de autosuficiencia a partir de la reactivación y movilización de sus capacidades productivas. Este propósito implica una nueva (¿vieja?) concepción económica y social. No se trata de que produzcan como ricos, modernos y tecnológicamente avanzados. Para ello se requerirían enormes cantidades de capital y formación masiva de recursos humanos en el dominio de nuevas tecnologías, en su administración y comercialización; lo que sólo sería posible en algunos escaparates de exhibición, pero no como solución generalizada.

Se trata de permitir que los pobres produzcan como pobres; con las tecnologías de pequeña escala que les resultan conocidas, en redes de intercambio también de pequeña escala (comunidad, región, grupo social), con las capacidades y recursos con los que ya cuentan. Implica no tirar por la borda las capacidades y recursos disponibles para reconstruir el país con tecnología y capitales importados para producir para otros. Se trata de producir para nosotros con nuestros recursos y ahorros, con nuestras capacidades y habilidades, con esquemas de comercialización y mercados apropiados a nuestras escalas de producción.

Reconstrucción de Ámbitos de Mercado para el Intercambio entre Pobres

No está cuestionado si se puede producir con tecnologías de pobres; se podía antes, ¿por qué no ahora? Hoy en día la producción de los pobres es invendible; sus cereales, frutas y hortalizas se pudren en los campos; sus botes pesqueros se pudren en los muelles; su alfarería, muebles, calzado, sombrero, textiles y ropa no hay quien la compre; sus alimentos, dulces y bebidas preparados ya no tienen demanda.

Nuestros pueblos pagan con su tierra y su subsuelo, con las empresas de la nación y el hipotecamiento del futuro, el enorme costo del subsidio al consumo en dólares que ha ido creando la deuda externa. El abaratamiento artificial de los productos importados ha desplazado del mercado, de "nuestro" mercado a la producción nacional en un proceso de modernización del consumo que no tiene sustento en la modernización de nuestra producción.

El asunto es productivo y mercantil; pero tiene profundas raíces ideológicas; el problema es que ya no se vale ser pobre, producir como pobre y producir para pobres. Ser un pobre viable, funcional, productivo, orgulloso de su autosuficiencia, atenta contra los modelos de modernidad en la producción, el consumo, el intercambio.

Ser un pobre autosuficiente y digno implica recuperar un contexto cultural prácticamente perdido, a contrapelo del mensaje imperante en los medios masivos de comunicación. Requiere también recuperar una gama de tecnologías y capacidades productivas tradicionales y reconstruir los mercados comunitarios y regionales en los que los pobres encontraban una salida adecuada al ejercicio de sus capacidades productivas y el uso de sus propios recursos; solo el intercambio entre pobres, fincado en la reciprocidad, nos permitirá recuperar el control del propio destino, a partir del abandono de la fantasía.

1º de agosto de 1996.

domingo, 26 de agosto de 2018

TLCAN, una mirada escéptica

Jorge Faljo

La línea oficial dice que estamos a unas horas, días a lo mucho, de culminar la renegociación del TLCAN. Este ha sido el mensaje de los negociadores desde hace un par de semanas. Un optimismo que se ve aderezado con una pisca de sal. Ya que Ildefonso Guajardo, el secretario de economía, señala que en toda negociación hay puntos de fricción.

¿Entonces, cuál es la situación? Dado que la negociación se hace a puertas cerradas no lo sabemos. Sin embargo, existen pasos del proceso que indican que a lo más que se puede llegar en los próximos días es a un “acuerdo en principio”, lo que en inglés llaman “handshake agreement”. Esto último, más que apretón de manos podría traducirse como un acuerdo de caballeros en lo general, pero sin solventar todos los detalles.

No obstante, ante la opinión pública este acuerdo se presenta como algo definitivo. Y no lo es por un par de factores. Uno es que la renegociación ha tomado un rumbo bilateral que ha hecho a un lado, de momento, a Canadá. Para México el acuerdo definitivo tiene que incluirlo, pero no hay garantía de que más adelante ese país se sume al acuerdo bilateral sin muchas dificultades.

Otro factor que es el verdaderamente fundamental, es que los nuevos acuerdos deberán ser ratificados por los congresos de los tres países. Y el senado mexicano cambiará de color partidista dentro de una semana. Algo similar puede ocurrir, con un avance de los demócratas, en las elecciones norteamericanas de noviembre próximo.

Dar la impresión de que todo marcha sobre ruedas responde a los intereses inmediatos de Trump y Peña Nieto. Para el Donaldo un acuerdo con México es una forma de presionar a Canadá que, si no lo acepta quedaría como tercero en discordia.

Antes de hablar del interés de Peña Nieto conviene recordar los principales puntos de fricción. Todos relevantes.

Leí hoy en la mañana que los agricultores norteamericanos están cautelosamente optimistas respecto a la renegociación. Su interés es asegurar que México siga siendo el gran importador de granos, carne de cerdo y otros productos agropecuarios.

Sin embargo, de este lado AMLO ha prometido que habrá precios de garantía para los granos básicos; fusionará Liconsa y Diconsa para crear Segalmex, seguridad alimentaria mexicana, como entidad con funciones de acopio y distribución en el medio rural, todo con el fin último de llegar a la autosuficiencia alimentaria.

El interés de los productores norteamericanos choca frontalmente con las promesas de AMLO.

Jesús Seade, representante del presidente electo en las negociaciones, ha expresado que la cláusula Sunset, que obligaría a renegociar cada cinco años, debe desaparecer y que hay un exceso de protección a la inversión externa en el sector energético. Esto obstaculizaría posibles futuras decisiones soberanas en la materia.

No son los únicos problemas. A los empresarios mexicanos les inquieta no saber cómo se negocia la exigencia norteamericana y canadiense de acabar con los sindicatos de protección y la instauración de la democracia sindical en México. Además de que no les gusta la exigencia de un incremento substancial de los salarios en los sectores de exportación de manufacturas, en particular automóviles.

Otra duda se refiere al cambio en las reglas de origen para que el ensamblado de autos de exportación en México contenga un mayor porcentaje de componentes norteamericanos y trilaterales. Es decir, menos importaciones asiáticas.

También hay desencuentro en cuanto a los mecanismos de arreglo de disputas; Estados Unidos quiere eliminar los paneles de decisión para darle mayor peso a su propio sistema legal.

Y no olvidemos la promesa de Trump de acabar con el déficit comercial que su país tiene con México. Ese fue el motivo principal para forzar esta renegociación, y centrarnos en los detalles más el secretismo de las pláticas, deja la duda de si ese propósito ha sido olvidado, o se encuentra disimulado en la maraña de acuerdos.

Si hacemos el recuento de divergencias, surge la duda de que realmente estemos a punto de un acuerdo “en principio” que permitiría tomar la ansiada foto histórica: Trump y Peña Nieto dándose la mano, felices porque fueron exitosos.

Para Peña Nieto esta sería una reivindicación importante en sus afanes de “pasar a la historia”. Sin embargo, existe un importante riesgo, que en aras de un interés inmediato se llegue a acuerdos incompatibles con las expectativas que ha creado el triunfo avasallador de AMLO.

Siendo mal pensados hasta podríamos suponer que las declaraciones optimistas pretenden posponer lo más posible la noticia de una renegociación fracasada para retrasar su impacto financiero.

Otra posible desembocadura es que se haga un acuerdo patito, celebrado con foto y apretón de manos entre Peña Nieto y Trump, para presionar la aceptación de la siguiente administración. O, en caso de que no fuera ratificado, su impacto sería cargado a la cuenta de la nueva administración.

Estamos ante una negociación complicada; también importa en la cuenta de qué país y de qué administración se cargaría el costo político de no llegar a un acuerdo aceptable para México y para Trump. Por lo pronto todo es duda.

sábado, 18 de agosto de 2018

Gobernanza rural, un desastre provocado

Jorge Faljo

El uso de la palabra “gobernanza” se ha extendido por la diferencia, sutil pero importante, que tiene respecto a gobernabilidad. Gobernabilidad da a entender algo unilateral; un gobierno activo y una población pasiva en la que el buen ciudadano es esencialmente obediente. Gobernanza, en cambio, es un término más equilibrado que reconoce la necesidad de una buena interacción entre gobierno y sociedad. Se acerca más a la noción de gobernabilidad democrática.

La lista de desastres a lo largo de tres décadas es extensa: millones de migrantes y de familias desintegradas; empobrecimiento masivo; decenas de miles de muertos y desaparecidos. Y en este sexenio la violencia empeoró; llegamos a extremos de corrupción e impunidad, se perdió la tercera parte de los empleos que pagaban más de cinco salarios mínimos; se incumplió el compromiso de llegar a la seguridad alimentaria en 2018.

De este nivel de importancia y gravedad se encuentra otro desastre poco evidente: el deterioro de la gobernanza rural.

Lo que se afirma en adelante es que la manera de operar los programas de desarrollo social ha destruido las bases de lo que sería una gobernabilidad democrática en el medio rural. Lo ilustro con una experiencia personal y luego me referiré a las reglas de operación de un par de programas.

Varias veces pregunté a grupos de señoras beneficiadas por el programa Oportunidades, ahora Prospera, por qué fueron seleccionadas. No lo sabían. Cuándo yo decía lo oficialmente correcto, que se elegía a las más pobres, ellas invariablemente lo negaban. Inmediatamente me señalaban excepciones en ambos sentidos: pobres no elegidas y otras que fueron incluidas sin ser pobres.

Hay que decir Prospera es, por sus resultados en nutrición, salud y educación, un buen programa. No lo ataco.

Pero si afirmo que la comunidad no lo siente como justo, ni propio. La información y criterios locales llevaría a una selección diferente. Pero el pueblo, el ejido, las formas de representación locales, no participaron en el proceso. Cierto que beneficia, pero no empodera a sus beneficiarias que pasan a ser, en muchos casos, discriminadas por un entorno resentido. Su resultado es pérdida de cohesión y gobernanza local.

En general los programas de desarrollo social operan a contrapelo de las autoridades y la organización social rural. Esto es particularmente significativo en el caso de la propiedad social; más de 30 mil ejidos y comunidades (conocidos como núcleos agrarios) registradas detentan más de la mitad de la superficie nacional, unos 105 millones de hectáreas. Más del 80 por ciento de los bosques y selvas son propiedad social de 8,500 núcleos agrarios. Más del 60 por ciento de la superficie de las áreas naturales protegidas pertenecen a 3,359 núcleos agrarios.

Ejidos, comunidades, municipios, delegaciones y agencias municipales y, con asegunes, pueblos indígenas, son formas legalmente reconocidas de gobierno local. Tienen, en la mayoría de los casos, mayor cercanía e información relevante que los centros de decisión nacional de los programas públicos. Sin embargo, no participan en los procesos de acompañamiento, diseño, asignación de recursos, o evaluación de estos programas, que de hecho están diseñados no solo para ignorar estas instancias sino para socavarlas.

Por ejemplo, la Comisión Nacional Forestal define, para el grueso de sus apoyos, a una población objetivo en la que entran “dueños o poseedores” de terrenos forestales y “grupos participativos de interés común”. De este modo evade el trato con el dueño colectivo y no aborda un enfoque integral para el conjunto de la propiedad ejidal y comunitaria.

Si el 80 por ciento de los terrenos forestales (bosques y selvas) son ejidos, ¿por qué no mencionarlos por su nombre? ¿por qué no tratar con ellos? De esta malsana orientación derivan dos tendencias, una es a concentrar los apoyos en la propiedad privada, la segunda es a tratar con subgrupos que dentro de un ejido o comunidad se han apropiado, muchas veces de manera irregular, de una porción de la propiedad social. Esto se facilita porque el trato con la población se maneja por personas físicas y morales que “sin ser servidores públicos” están facultadas para instrumentar las reglas de operación. Es decir que en la práctica se deja en manos privadas la asignación de recursos.

La que tampoco hace malos quesos es la Secretaría de Agricultura, Sagarpa. Apoya con proyectos productivos a “grupos de productores”. Un grupo, define, es un conjunto de personas que se reúnen para lograr un objetivo común. “Organización rural” es un grupo de personas que unen esfuerzos para conseguir un fin común. Ambos se formalizan con “actas de asamblea” que son los acuerdos del grupo. Con esta palabrería abstracta crea grupos hechizos que substituyen a las entidades formales e históricas existentes y se facilita la corrupción.

Sagarpa, además, delega su operación en instancias ejecutoras que pueden ser, y de hecho son, sociedades anónimas, asociaciones civiles, institutos, y varios tipos de organismos auxiliares privados. Estas instancias a su vez subcontratan técnicos privados que son los que en campo se relacionan con la población. De este modo en la práctica desaparecen, para la Sagarpa, los ejidos y comunidades que detentan más de la mitad de la propiedad del país.

Desde la reforma neoliberal de 1992, la propiedad social fue condenada a desaparecer. Los programas sociales han sido punta de lanza del deterioro de su cohesión social mediante la creación de grupos y organizaciones hechizos que son los únicos con los que acepta operar el sector público federal, mediante intermediarios privados. De este modo se envenena la gobernabilidad rural con presiones desintegradoras y se socava su capacidad para tomar decisiones colectivas e instrumentarlas.

Se dice que en política y en las expresiones de poder no hay vacíos; estos se llenan por otros agentes. Al deteriorar las formas de gobernanza local lo que se ha hecho es abrir el espacio sociopolítico a la corrupción, la ilegalidad y la violencia.

Necesitamos darle un giro de 180 grados a la política social de manera tal que refuerce la gobernanza local de los ejidos, comunidades, población indígena, delegaciones y agencias municipales y, en general, las formas auténticas de expresión colectiva. Esto es indispensable para conseguir los propósitos de bienestar y paz rurales que encabeza AMLO.