Jorge Faljo
Decía mi abuelita “no busco quien me la hizo sino quien me la pague”. Tiempo después entendí que era un dicho popular que, con ironía, describe una conducta absurda, aunque frecuente. El enojado busca con quien desquitarse cuando no puede hacerlo con el culpable de su desdicha.
Eso es lo que dio a entender el presidente Peña Nieto cuando le sugiere a Trump que si se encuentra frustrado por asuntos de política interna no se desahogue con los mexicanos.
Y es que la lista de motivos de frustración para Trump es larga y en continua ampliación. Sin embargo, en el caso de este güero no se trata de mero desahogo; el tipo tiene un instinto afilado para distraer la atención y crear la impresión de que lejos de fracasar es una especie de héroe en combate permanente.
Militarizar su frontera sur con algunos miles de reservistas de la guardia nacional es un discurso grandilocuente que tapa el hecho de que no consiguió los fondos para construir su muro faraónico y que, obviamente México no lo pagará. Que no está de más decirlo, ya antes varios presidentes de estados Unidos habían militarizado la frontera, entre ellos Obama y Bush.
Pero Donald Trump hace escandalo porque tiene muchas otras cosas que tapar con sus desplantes.
Trump, su familia y sus colaboradores cercanos se encuentran dentro de un cerco que se va cerrando lentamente y que pone al descubierto que es un pésimo empresario y su éxito se debe a que sus negocios han servido para lavar el dinero sucio de los grandes oligarcas rusos. Día con día crecen las evidencias de que ha interferido con las investigaciones en torno a los indicios de colaboración de sus allegados con las actividades rusas, ya comprobadas, para favorecerlo como candidato presidencial.
En el colmo de lo aberrante Trump ha sido demandado por una sexonegociante, que en sus buenos tiempos fue la reina del porno, para dejar sin validez un contrato que la obliga al silencio sobre sus relaciones íntimas con el ahora presidente norteamericano. Ese contrato lo firmó la hermosa pechugona a cambio de 130 mil dólares pagados, “de su bolsillo” por el abogado del Donaldo. Solo que ella quiere verse libre del trato para, según parece, poder mostrar fotos y videos íntimos y narrar una versión detallada de sus encuentros.
Estas frustraciones posiblemente sean las más personales e importantes para Trump; pero hay otras que se asocian con lo que podríamos llamar el despertar de la rebeldía social norteamericana.
La marcha de las mujeres de 2017 incluyó a cuatro millones de gentes, mujeres y hombres, en centenares de eventos distintos. El objetivo fue protestar contra el trato discriminatorio y sexista que se ha visto acentuado por este presidente misógino. A estas protestas prácticamente continuas se asocian oleadas de denuncias que han logrado destituir a magnates de los medios e importantes políticos de derecha.
El movimiento “las vidas de los negros son importantes” es una de las crecientes expresiones de rabia de la población afroamericana ante las condiciones de violencia en las que viven, incluyendo los numerosos hechos de violencia y asesinatos injustificados por parte de la misma policía.
Los adolescentes norteamericanos, básicamente estudiantes de secundaria y preparatoria, sorprendieron por su capacidad para protestar contra la facilidad con la que se venden armas de alto poder en su país. Una gran marcha de cerca de un millón de jóvenes en Washington y otros centenares de eventos subrayaron su exigencia de seguridad no solo en las escuelas, sino en todo centro de reunión, cines, plazas comerciales y demás. De manera repentina, después de otro tiroteo sangriento, surgieron como una notable fuerza política que enfrenta a los congresistas que reciben fuertes donativos de la poderosa asociación nacional del rifle.
Trump amenaza expulsara a centenares de miles de jóvenes que llegaron a los Estados Unidos siendo niños, son los llamados Daca. Pero estos no se quedan callados; se expresan en marchas y plantones demandando seguridad migratoria para ellos y otros millones de amenazados.
Una huelga de 20 mil maestros en el estado de Virginia del Oeste logró cerrar todas las escuelas del estado para exigir un incremento salarial y seguridad en sus pensiones. Ganaron la pelea a pesar de que lo que hicieron era claramente ilegal.
Su ejemplo genera nuevos movimientos de maestros en Arizona, Ohio y Oklahoma en los que, además de mejores condiciones laborales, demandan que se restituyan los presupuestos educativos reducidos en los últimos años. Los liderazgos formales fueron rebasados por un movimiento de base organizado mediante el uso de redes sociales. Los maestros no tienen derecho de huelga así que recurren, por ejemplo, a reportarse enfermos y van a sus marchas y plantones en los palacios de gobierno estatales.
Las protestas y demandas de las mujeres, los afroamericanos, los inmigrantes jóvenes, los adolescentes, los maestros son chispas que confluyen en contra del partido republicano y, al mismo tiempo, exigen la renovación y conquista por las bases sociales del partido demócrata.
Trump tiene muchas razones para estar frustrado y tratar de distraer. Tuvo un gran triunfo gracias a que ofreció estar del lado de los trabajadores. Pero no ha dudado en favorecer a los milmillonarios y atacar a la mayoría trabajadora. Ha logrado hacer mucho daño. Pero, si las tendencias se sostienen, es posible que el pueblo norteamericano consiga un importante avance progresista en las siguientes elecciones.
Los invito a reproducir con entera libertad y por cualquier medio los escritos de este blog. Solo espero que, de preferencia, citen su origen.
martes, 10 de abril de 2018
sábado, 31 de marzo de 2018
Las preguntas de la elite
Jorge Faljo
Parecía que López Obrador se metió, por su propia voluntad, a la cueva de los lobos con esa entrevista a Milenio Televisión. Una entrevista que duró poco más de hora y media y en la que enfrentó las preguntas “duras” de los más destacados analistas del grupo mediático.
La entrevista convenía a ambos; del lado de Milenio conseguir una entrevista con el candidato puntero a la presidencia de la república y, sobre todo, con preguntas abiertas, contestadas sin libreto escrito, reforzaría su influencia en los medios y su presencia política. Para AMLO valía la pena el riesgo; se trataba de presentar un mensaje muy crítico de las últimas administraciones. Pero matizado por su compromiso como hombre de leyes, representante de una coalición plural, que actuaría atento a la voz de la sociedad en asuntos importantes; es decir, esencialmente democrático.
Hasta el momento las campañas políticas se han centrado en descalificaciones personales más que en confrontar posiciones de fondo. El carácter de los candidatos importa; pero no olvidemos los grandes asuntos nacionales. Lo que ofreció esta entrevista fue precisamente eso. Ojalá y el esquema se replique ya que los debates entre candidatos, por su extrema rigidez y poco tiempo para cada intervención, no pasaran de las impresiones superficiales.
La entrevista de Milenio ha sido visualizada más de 2 millones 633 mil veces. Lo que nos revela la disposición de millones de ciudadanos darse el tiempo necesario para informarse mejor.
Cierto que la entrevista permitió adentrarnos en las posiciones y la personalidad de AMLO. No obstante, aquí invito a abordar otra perspectiva. ¿A que le dieron importancia los entrevistadores?
No es un asunto menor; estos analistas son fieles representantes de un sector social de alto poder económico inquieto por su futuro. Sus preguntas no ocurren porque si, sino que responden a intereses de fondo.
Y lo que preguntaron los dos primeros interrogadores fue si AMLO revertiría la reforma energética. La respuesta fue matizada; se revisarían los 91 contratos asociados a la reforma para ver si son o no leoninos y evitar sorpresas tipo Oderbrecht. En caso de que no convengan a la nación se procedería a revertirlos dentro de los cauces legales. Además, se abriría el debate sobre la reforma energética y se procedería a consultar a la población. Para el candidato la reforma energética constituyó un engaño a la Nación; los ofrecimientos de inversión, producción y baja de precios no se han cumplido. Incluso de llegar a plantear una reforma constitucional sobre este asunto ello sería ante el Congreso, dentro de una estricta legalidad y sin importar que ese esfuerzo se lleve todo el sexenio.
Lo segundo que se preguntó es si echaría atrás la reforma educativa. Ante lo que AMLO dijo que cancelaría la reforma porque lo que hay que hacer es mejorar la educación sin afectar los derechos laborales de los maestros. Hay que buscar la reconciliación y avanzar en una reforma con los maestros y no contra ellos.
Una primera conclusión de los analistas de Milenio es que López Obrador está en contra de esas dos reformas. La respuesta es que si, así es. Pero que en todo caso procedería conforme a derecho; generando un debate amplio en los medios, en tiempos oficiales, y siempre apelando a la consulta, el referendo, el plebiscito, o lo que más convenga.
Me sorprendió que el conductor del programa dijera que las equivocaciones de los pueblos suelen ser pavorosas; y puso como ejemplo la elección de Adolfo Hitler en 1933. Al parecer por un momento perdió los estribos y nos dejó atisbar a lo más profundo de su ideología cuando también dijo que el pueblo, sus paisanos, saquean tiendas, son huachicoleros y asaltan trenes, en algunos lugares. (Ver minuto 18:20 de la entrevista).
AMLO dijo que el pueblo es sabio y que él cree en la democracia. Finalmente, López Obrador y Carlos Marín, el director de Milenio, aceptaron que este es un punto en el cual “discrepan” y siguieron adelante. ¡Ah caray! Pero este no es un punto menor sino posiblemente el de mayor importancia y significado en el conjunto de la entrevista.
Por una parte, la propuesta de avanzar hacia una democracia participativa; con medios abiertos al debate y una ciudadanía que pueda expresarse sobre los asuntos relevantes de la vida nacional. En la parte contraria, con Milenio representando a las elites, la exigencia de una legalidad puntillosa en defensa de las reformas estructurales de este régimen. Y aparentando que no hay contradicción, la convicción de que el pueblo no sabe elegir, no sabe decidir y se equivoca. Es decir que las decisiones deben estar en manos de los tecnócratas, la versión moderna de los “científicos” porfirianos.
En este tenor el siguiente punto de discusión fue la propuesta de AMLO de establecer la revocación de mandato cada dos años. Lo que significa que a los dos y cuatro años de una administración la población vote a favor o en contra de la continuidad de esa administración. Votar en contra y revocar el mandato implicaría el final de un gobierno que tendría a la opinión pública en contra.
Más adelante López enfatizó su experiencia en seguridad pública y, como parte de la tarea, brindar a todos los jóvenes la posibilidad de estudiar y encontrar empleo. En su visión el combate a la corrupción liberaría una gran cantidad de recursos que le permitirían encabezar un gobierno eficaz.
La entrevista fue, en suma, de gran interés. Pero me parece incompleta en tanto que se trató más bien de las preguntas de la elite. No hubo ahí representantes de los campesinos que preguntaran sobre la estrategia rural, la seguridad alimentaria del país y el derecho humano a la alimentación.
No hubo alguien que a nombre de la clase media planteara su preocupación por la desaparición, en comparación con el 2011, de la mitad de los empleos que pagan más de cinco salarios mínimos. No se planteó el problema de la pobreza de 53 millones de mexicanos y la enorme inequidad que tanto contribuye a la conflictividad cotidiana.
No se habló del futuro industrial del país, en particular en el marco de la renegociación del TLCAN.
En suma, buena entrevista. Ojalá y haya más encuentros de este tamaño en los que puedan plantear sus dudas otros sectores sociales y económicos.
Parecía que López Obrador se metió, por su propia voluntad, a la cueva de los lobos con esa entrevista a Milenio Televisión. Una entrevista que duró poco más de hora y media y en la que enfrentó las preguntas “duras” de los más destacados analistas del grupo mediático.
La entrevista convenía a ambos; del lado de Milenio conseguir una entrevista con el candidato puntero a la presidencia de la república y, sobre todo, con preguntas abiertas, contestadas sin libreto escrito, reforzaría su influencia en los medios y su presencia política. Para AMLO valía la pena el riesgo; se trataba de presentar un mensaje muy crítico de las últimas administraciones. Pero matizado por su compromiso como hombre de leyes, representante de una coalición plural, que actuaría atento a la voz de la sociedad en asuntos importantes; es decir, esencialmente democrático.
Hasta el momento las campañas políticas se han centrado en descalificaciones personales más que en confrontar posiciones de fondo. El carácter de los candidatos importa; pero no olvidemos los grandes asuntos nacionales. Lo que ofreció esta entrevista fue precisamente eso. Ojalá y el esquema se replique ya que los debates entre candidatos, por su extrema rigidez y poco tiempo para cada intervención, no pasaran de las impresiones superficiales.
La entrevista de Milenio ha sido visualizada más de 2 millones 633 mil veces. Lo que nos revela la disposición de millones de ciudadanos darse el tiempo necesario para informarse mejor.
Cierto que la entrevista permitió adentrarnos en las posiciones y la personalidad de AMLO. No obstante, aquí invito a abordar otra perspectiva. ¿A que le dieron importancia los entrevistadores?
No es un asunto menor; estos analistas son fieles representantes de un sector social de alto poder económico inquieto por su futuro. Sus preguntas no ocurren porque si, sino que responden a intereses de fondo.
Y lo que preguntaron los dos primeros interrogadores fue si AMLO revertiría la reforma energética. La respuesta fue matizada; se revisarían los 91 contratos asociados a la reforma para ver si son o no leoninos y evitar sorpresas tipo Oderbrecht. En caso de que no convengan a la nación se procedería a revertirlos dentro de los cauces legales. Además, se abriría el debate sobre la reforma energética y se procedería a consultar a la población. Para el candidato la reforma energética constituyó un engaño a la Nación; los ofrecimientos de inversión, producción y baja de precios no se han cumplido. Incluso de llegar a plantear una reforma constitucional sobre este asunto ello sería ante el Congreso, dentro de una estricta legalidad y sin importar que ese esfuerzo se lleve todo el sexenio.
Lo segundo que se preguntó es si echaría atrás la reforma educativa. Ante lo que AMLO dijo que cancelaría la reforma porque lo que hay que hacer es mejorar la educación sin afectar los derechos laborales de los maestros. Hay que buscar la reconciliación y avanzar en una reforma con los maestros y no contra ellos.
Una primera conclusión de los analistas de Milenio es que López Obrador está en contra de esas dos reformas. La respuesta es que si, así es. Pero que en todo caso procedería conforme a derecho; generando un debate amplio en los medios, en tiempos oficiales, y siempre apelando a la consulta, el referendo, el plebiscito, o lo que más convenga.
Me sorprendió que el conductor del programa dijera que las equivocaciones de los pueblos suelen ser pavorosas; y puso como ejemplo la elección de Adolfo Hitler en 1933. Al parecer por un momento perdió los estribos y nos dejó atisbar a lo más profundo de su ideología cuando también dijo que el pueblo, sus paisanos, saquean tiendas, son huachicoleros y asaltan trenes, en algunos lugares. (Ver minuto 18:20 de la entrevista).
AMLO dijo que el pueblo es sabio y que él cree en la democracia. Finalmente, López Obrador y Carlos Marín, el director de Milenio, aceptaron que este es un punto en el cual “discrepan” y siguieron adelante. ¡Ah caray! Pero este no es un punto menor sino posiblemente el de mayor importancia y significado en el conjunto de la entrevista.
Por una parte, la propuesta de avanzar hacia una democracia participativa; con medios abiertos al debate y una ciudadanía que pueda expresarse sobre los asuntos relevantes de la vida nacional. En la parte contraria, con Milenio representando a las elites, la exigencia de una legalidad puntillosa en defensa de las reformas estructurales de este régimen. Y aparentando que no hay contradicción, la convicción de que el pueblo no sabe elegir, no sabe decidir y se equivoca. Es decir que las decisiones deben estar en manos de los tecnócratas, la versión moderna de los “científicos” porfirianos.
En este tenor el siguiente punto de discusión fue la propuesta de AMLO de establecer la revocación de mandato cada dos años. Lo que significa que a los dos y cuatro años de una administración la población vote a favor o en contra de la continuidad de esa administración. Votar en contra y revocar el mandato implicaría el final de un gobierno que tendría a la opinión pública en contra.
Más adelante López enfatizó su experiencia en seguridad pública y, como parte de la tarea, brindar a todos los jóvenes la posibilidad de estudiar y encontrar empleo. En su visión el combate a la corrupción liberaría una gran cantidad de recursos que le permitirían encabezar un gobierno eficaz.
La entrevista fue, en suma, de gran interés. Pero me parece incompleta en tanto que se trató más bien de las preguntas de la elite. No hubo ahí representantes de los campesinos que preguntaran sobre la estrategia rural, la seguridad alimentaria del país y el derecho humano a la alimentación.
No hubo alguien que a nombre de la clase media planteara su preocupación por la desaparición, en comparación con el 2011, de la mitad de los empleos que pagan más de cinco salarios mínimos. No se planteó el problema de la pobreza de 53 millones de mexicanos y la enorme inequidad que tanto contribuye a la conflictividad cotidiana.
No se habló del futuro industrial del país, en particular en el marco de la renegociación del TLCAN.
En suma, buena entrevista. Ojalá y haya más encuentros de este tamaño en los que puedan plantear sus dudas otros sectores sociales y económicos.
Cambiar de juego
Jorge Faljo
Los avances tecnológicos de las últimas cuatro décadas han sido espectaculares. Se suman unos a otros y se potencializan mutuamente de una manera en que han transformado nuestras vidas en el hogar, la oficina, el entretenimiento, el acceso a la información, la comunicación instantánea a muy bajo costo, las compras y los servicios que recibimos. Han transformado también nuestra manera de estudiar y trabajar, en escuelas, oficinas y fábricas. Nuestros hijos y nietos no soportarían las condiciones de incomunicación en que vivíamos en los setentas.
¿Cómo es que a partir de estas maravillas se han creado nuevas pesadillas? Hablo de las dificultades para encontrar un empleo decente, que prometa estabilidad, sin horarios cambiantes, con un ingreso adecuado, con seguro social. Esto es cada vez más un sueño.
La sociedad juega a las sillas locas; todos corren al son de la música y luchan por sentarse en cada ronda en menos sillas. Conforme avanza el juego va dejando más marginados; pero los que alcanzan silla, aunque se consideren afortunados, tampoco están bien.
Este no es solo problema de un país tercermundista. Lo que sorprende es que las clases medias norteamericanas son de las más afectadas. Causan horror los documentales de familias en casas que se ven bonitas, tienen dificultades para comprar suficiente comida. Niños que llegan hambrientos a la escuela los lunes porque el fin de semana casi no comieron.
Y no se trata de desempleados, que están peor, sino de esta nueva categoría de los trabajadores pobres. Es decir, de los muchos millones que tienen un empleo, pero cuyo ingreso no les alcanza para comer. A los gringos se les ha destruido su “sueño americano”; es necesario que los mexicanos también nos demos cuenta de nuestro propio sueño americano se ha ido al caño.
El modelo norteamericano ha fracasado y es urgente que nosotros lo esquivemos para construirnos un camino alternativo que no nos lleve a su callejón sin salida. Aquí en México tenemos el nuestro.
En 2016 había en México 53.4 millones de personas en situación de pobreza; casi cuatro millones más que en 2008. A diferencia de países como Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, aquí el combate a la pobreza ha sido una derrota constante a lo largo de este siglo.
Parte del problema surge por el mal diseño de programas y la corrupción imperantes. Sin embargo, el problema de fondo se ubica en las condiciones de empleo.
De 2011 a la fecha en México se ha reducido a la mitad la población que gana cinco o más salarios mínimos. Los empleos que se están creando se ubican sobre todo en la franja de uno a tres salarios mínimos.
México se distingue por ser uno de los países con menor tasa de desocupación. A fines del 2017 esta era de 3.3 por ciento. Sin embargo, antes de celebrarlo, conviene señalar que se define como ocupado a todo aquel que trabajó una hora o más en la semana en la que se le preguntó. Y no tenía que ser un empleo, lo que se llama empleo. Pudo ser por cuenta propia; algo así como limpiar parabrisas en una esquina.
Otro punto es que destacamos en baja participación laboral. Esto se refiere al porcentaje de la población de quince años y más que trabaja o buscó trabajo en la semana de referencia.
En 2016 la tasa de participación en México fue de 59.7%; en Islandia fue de 89%; la media en los países de la OCDE fue de 71.7%. De lo que se puede concluir que nuestro bajo desempleo es porque a una parte de la población le repugnan los trabajos disponibles. Me refiero a los que tienen alguna posibilidad de elegir y no a los que tienen que aceptar lo que sea. Lo que explica que la desocupación se concentra entre los individuos con mayor nivel de instrucción.
El truco está en que buscar trabajo depende en buena medida de lo atractivo del mercado laboral. Si ya se sabe que no hay buenos empleos a la vista es posible que no se les busque; en cuyo caso no se trata de un desempleado sino de alguien que prefiere estar de “vacaciones”.
A finales de 2017 el 41 por ciento de la población tenía ingresos laborales inferiores al valor de la canasta alimentaria. Lo que se relaciona con el cálculo de que 24.6 millones de mexicanos tienen deficiencia de acceso a la alimentación.
Recientemente un candidato presidencial señaló que, de ganar, el país crecería al 4% anual. Esto es perfectamente posible, pero de momento me recuerda la afirmación de Peña Nieto – Videgaray de que creceríamos al 6% en este sexenio. No dijeron cómo, y no se hizo. Sin embargo, bajo la actual estrategia, crecer al 6 o al 4% no garantiza una mejoría del bienestar de la población.
Crecer puede ser necesario; pero no basta. Hay un importante problema de calidad del crecimiento que requiere hablar no solo del producto, sino más concretamente y sobre todo del bienestar alimentario, en salud, higiene, vivienda, calzado y vestido.
El Estado no debe dejar a la sociedad al juego libre de las fuerzas del mercado, ya sabemos que no conduce al bienestar, sino a la concentración de la producción en grandes empresas que pagan poco y a pocos empleados.
Salir delante de nuestro callejón sin salida demanda recurrir a nuestros principios constitucionales. Un sector privado que opere conforme al mercado; acotado en lo necesario por la intervención de un sector público eficaz, orientado sobre todo a abrir espacios a la producción del sector social abandonado en los hechos, aunque su protección este prevista en la Constitución.
La prioridad no es en realidad, crecer; sino reconfigurar una estrategia económica y social orientada al bienestar mediante la inclusión. Que todos tengamos silla.
Los avances tecnológicos de las últimas cuatro décadas han sido espectaculares. Se suman unos a otros y se potencializan mutuamente de una manera en que han transformado nuestras vidas en el hogar, la oficina, el entretenimiento, el acceso a la información, la comunicación instantánea a muy bajo costo, las compras y los servicios que recibimos. Han transformado también nuestra manera de estudiar y trabajar, en escuelas, oficinas y fábricas. Nuestros hijos y nietos no soportarían las condiciones de incomunicación en que vivíamos en los setentas.
¿Cómo es que a partir de estas maravillas se han creado nuevas pesadillas? Hablo de las dificultades para encontrar un empleo decente, que prometa estabilidad, sin horarios cambiantes, con un ingreso adecuado, con seguro social. Esto es cada vez más un sueño.
La sociedad juega a las sillas locas; todos corren al son de la música y luchan por sentarse en cada ronda en menos sillas. Conforme avanza el juego va dejando más marginados; pero los que alcanzan silla, aunque se consideren afortunados, tampoco están bien.
Este no es solo problema de un país tercermundista. Lo que sorprende es que las clases medias norteamericanas son de las más afectadas. Causan horror los documentales de familias en casas que se ven bonitas, tienen dificultades para comprar suficiente comida. Niños que llegan hambrientos a la escuela los lunes porque el fin de semana casi no comieron.
Y no se trata de desempleados, que están peor, sino de esta nueva categoría de los trabajadores pobres. Es decir, de los muchos millones que tienen un empleo, pero cuyo ingreso no les alcanza para comer. A los gringos se les ha destruido su “sueño americano”; es necesario que los mexicanos también nos demos cuenta de nuestro propio sueño americano se ha ido al caño.
El modelo norteamericano ha fracasado y es urgente que nosotros lo esquivemos para construirnos un camino alternativo que no nos lleve a su callejón sin salida. Aquí en México tenemos el nuestro.
En 2016 había en México 53.4 millones de personas en situación de pobreza; casi cuatro millones más que en 2008. A diferencia de países como Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, aquí el combate a la pobreza ha sido una derrota constante a lo largo de este siglo.
Parte del problema surge por el mal diseño de programas y la corrupción imperantes. Sin embargo, el problema de fondo se ubica en las condiciones de empleo.
De 2011 a la fecha en México se ha reducido a la mitad la población que gana cinco o más salarios mínimos. Los empleos que se están creando se ubican sobre todo en la franja de uno a tres salarios mínimos.
México se distingue por ser uno de los países con menor tasa de desocupación. A fines del 2017 esta era de 3.3 por ciento. Sin embargo, antes de celebrarlo, conviene señalar que se define como ocupado a todo aquel que trabajó una hora o más en la semana en la que se le preguntó. Y no tenía que ser un empleo, lo que se llama empleo. Pudo ser por cuenta propia; algo así como limpiar parabrisas en una esquina.
Otro punto es que destacamos en baja participación laboral. Esto se refiere al porcentaje de la población de quince años y más que trabaja o buscó trabajo en la semana de referencia.
En 2016 la tasa de participación en México fue de 59.7%; en Islandia fue de 89%; la media en los países de la OCDE fue de 71.7%. De lo que se puede concluir que nuestro bajo desempleo es porque a una parte de la población le repugnan los trabajos disponibles. Me refiero a los que tienen alguna posibilidad de elegir y no a los que tienen que aceptar lo que sea. Lo que explica que la desocupación se concentra entre los individuos con mayor nivel de instrucción.
El truco está en que buscar trabajo depende en buena medida de lo atractivo del mercado laboral. Si ya se sabe que no hay buenos empleos a la vista es posible que no se les busque; en cuyo caso no se trata de un desempleado sino de alguien que prefiere estar de “vacaciones”.
A finales de 2017 el 41 por ciento de la población tenía ingresos laborales inferiores al valor de la canasta alimentaria. Lo que se relaciona con el cálculo de que 24.6 millones de mexicanos tienen deficiencia de acceso a la alimentación.
Recientemente un candidato presidencial señaló que, de ganar, el país crecería al 4% anual. Esto es perfectamente posible, pero de momento me recuerda la afirmación de Peña Nieto – Videgaray de que creceríamos al 6% en este sexenio. No dijeron cómo, y no se hizo. Sin embargo, bajo la actual estrategia, crecer al 6 o al 4% no garantiza una mejoría del bienestar de la población.
Crecer puede ser necesario; pero no basta. Hay un importante problema de calidad del crecimiento que requiere hablar no solo del producto, sino más concretamente y sobre todo del bienestar alimentario, en salud, higiene, vivienda, calzado y vestido.
El Estado no debe dejar a la sociedad al juego libre de las fuerzas del mercado, ya sabemos que no conduce al bienestar, sino a la concentración de la producción en grandes empresas que pagan poco y a pocos empleados.
Salir delante de nuestro callejón sin salida demanda recurrir a nuestros principios constitucionales. Un sector privado que opere conforme al mercado; acotado en lo necesario por la intervención de un sector público eficaz, orientado sobre todo a abrir espacios a la producción del sector social abandonado en los hechos, aunque su protección este prevista en la Constitución.
La prioridad no es en realidad, crecer; sino reconfigurar una estrategia económica y social orientada al bienestar mediante la inclusión. Que todos tengamos silla.
lunes, 12 de marzo de 2018
Trump y su mesa de billar
Jorge Faljo
Trump hizo el saque anunciado desde su campaña electoral. El arancel al acero y al aluminio son la bola de billar con la que le ha pegado al orden comercial internacional representado por las otras quince bolas que, agrupadas, formaban un armonioso triangulo. Pero ya no. Ahora todas las bolas empiezan a salir disparadas en múltiples direcciones y golpeándose unas a otras.
Imponer aranceles a las importaciones de acero y aluminio es una medida que supera por mucho el impacto de los anteriores aranceles a lavadoras y paneles solares. Tal vez aquellos fueron una manera de medir la temperatura del agua antes de lanzarse de panzazo a abrir la Caja de Pandora de las guerras comerciales.
La producción de acero ha sido considerada históricamente la columna vertebral de la industrialización de un país. Cierto que en lo que va del siglo otros materiales están entrando a la producción industrial, cómo nuevos plásticos y cerámicas, pero el acero sigue siendo el rey indiscutible de los bienes duraderos y la construcción.
Además de su papel estratégico, el acero es un excelente ejemplo del problema básico que enfrenta la producción mundial: el fantasma de la sobreproducción. Entre 2007 y 2016 la producción anual de acero crudo creció en 280 millones de toneladas -MT. En esos años la producción de China creció en 318.6 millones de toneladas, la de India en 42 y la de Latinoamérica en 15. Un incremento superior al mundial que implicó que en otros lugares se redujera la producción.
En contraste en los Estados Unidos la producción cayó en 21.2 MT, en Europa se redujo en 54 millones y hubo caídas relevantes en Japón y Canadá. El punto es que sobra acero en el mundo; muchas plantas se han visto a cerrar, sobre todo a partir de la fuerte caída de precios del 2014.
Lo que se encuentra en juego en una economía mundial en sobreproducción o, más bien, con insuficiente demanda, es ¿dónde se dejará de producir acero?
El asunto no es sencillo, es espinoso, y si entramos en el terreno de las guerras comerciales se desbaratará todo el tinglado de la estrategia de globalización de las últimas décadas. Las bolas de billar en desbandada pegarán por dondequiera.
La medida de Trump puede ser contraproducente desde la perspectiva del empleo por tres razones: Al imponer aranceles la industria norteamericana trabajará con un insumo más caro y perderá competitividad en sus exportaciones, la segunda razón es que se expone a la entrada de manufacturas hechas con acero más barato en el exterior. Y por último están las posibles represalias. Europa anunció que podría ponerles aranceles a las motocicletas, el whisky y los pantalones de mezclilla.
Para evitar estos primeros impactos negativos Trump tendrá que hacer más expansiva su estrategia y proteger con otros aranceles a las industrias que emplean acero y crearle mercado interno a su producción. Por ejemplo, con aranceles a las motocicletas del exterior para vender internamente las que ya no se exportarían a Europa; lo mismo para el whisky y los jeans. Ha soltado una desorganización en la mesa y va a tener que ser asertivo en los tiros siguientes antes de que la medida inicial sea contraproducente.
Vamos a lo nuestro. Supongamos que ocurre lo mejor posible y no se aplica el arancel del 25 por ciento al acero que México exporta a los Estados Unidos. Sin embargo, de acuerdo al presidente de la CANACERO, Guillermo Vogel, existe el riesgo de que al disminuir Estados Unidos sus importaciones se incremente la sobreproducción en el resto del mundo, bajen los precios y se genere una oleada de entradas desleales de acero. Podría provenir, de China, India o cualquier otro lugar, pero dañaría la producción interna.
Hay que señalar que en México el consumo de acero crece a buen ritmo y que en 2017 alcanzó los 29.7 millones de toneladas. La mitad se cubre con importaciones mientras que la industria interna opera al 68 por ciento de su capacidad instalada. Si somos inundados por el acero que ya no va a comprar Estados Unidos el impacto puede ser devastador.
Desde esta perspectiva las grandes empresas productoras de acero y su organización, son muy claros le solicitan al gobierno que tome medidas similares a las de los Estados Unidos para limitar las importaciones. No se trata solo de defender la producción interna, hay incluso una oportunidad para incrementar la producción destinada al mercado interno y también al norteamericano. La petición es razonable y coloca a nuestra cúpula dirigente en una severa encrucijada entre su ideología neoliberal y una visión pragmática. ¿Nos sumamos al proteccionismo trumpiano, o sufrimos sus consecuencias?
Trump ha excluido a México y Canadá de los aranceles al acero y al aluminio mientras se encuentra en marcha la renegociación del TLCAN. Lo que ha hecho en la práctica es colocar una espada sobre nuestra cabeza; la encrucijada es real, y no se trata solo del acero. Podemos ver esta evolución como algo a lo que tenemos que enfrentarnos; o, por lo contrario, marchar a la par aprovechando oportunidades para substituir importaciones en México y, en paralelo, para venderle más a los Estados Unidos en substitución creciente de productos chinos. Pero este último arreglo solo será posible y aceptable para los gringos si reducimos nuestro superávit; es decir comprarle más a los Estados Unidos y menos a China.
Las opciones son claras, aislarnos en defensa de la ortodoxia del libre mercado; o plantear una estrategia de proteccionismo coordinado con Estados Unidos y Canadá. Lo importante será que la respuesta no la de esta administración moribunda, sino el candidato y los partidos ganadores en las próximas elecciones presidenciales. Se requerirá mayoría clara en el congreso y un compromiso por lo menos sexenal.
Trump hizo el saque anunciado desde su campaña electoral. El arancel al acero y al aluminio son la bola de billar con la que le ha pegado al orden comercial internacional representado por las otras quince bolas que, agrupadas, formaban un armonioso triangulo. Pero ya no. Ahora todas las bolas empiezan a salir disparadas en múltiples direcciones y golpeándose unas a otras.
Imponer aranceles a las importaciones de acero y aluminio es una medida que supera por mucho el impacto de los anteriores aranceles a lavadoras y paneles solares. Tal vez aquellos fueron una manera de medir la temperatura del agua antes de lanzarse de panzazo a abrir la Caja de Pandora de las guerras comerciales.
La producción de acero ha sido considerada históricamente la columna vertebral de la industrialización de un país. Cierto que en lo que va del siglo otros materiales están entrando a la producción industrial, cómo nuevos plásticos y cerámicas, pero el acero sigue siendo el rey indiscutible de los bienes duraderos y la construcción.
Además de su papel estratégico, el acero es un excelente ejemplo del problema básico que enfrenta la producción mundial: el fantasma de la sobreproducción. Entre 2007 y 2016 la producción anual de acero crudo creció en 280 millones de toneladas -MT. En esos años la producción de China creció en 318.6 millones de toneladas, la de India en 42 y la de Latinoamérica en 15. Un incremento superior al mundial que implicó que en otros lugares se redujera la producción.
En contraste en los Estados Unidos la producción cayó en 21.2 MT, en Europa se redujo en 54 millones y hubo caídas relevantes en Japón y Canadá. El punto es que sobra acero en el mundo; muchas plantas se han visto a cerrar, sobre todo a partir de la fuerte caída de precios del 2014.
Lo que se encuentra en juego en una economía mundial en sobreproducción o, más bien, con insuficiente demanda, es ¿dónde se dejará de producir acero?
El asunto no es sencillo, es espinoso, y si entramos en el terreno de las guerras comerciales se desbaratará todo el tinglado de la estrategia de globalización de las últimas décadas. Las bolas de billar en desbandada pegarán por dondequiera.
La medida de Trump puede ser contraproducente desde la perspectiva del empleo por tres razones: Al imponer aranceles la industria norteamericana trabajará con un insumo más caro y perderá competitividad en sus exportaciones, la segunda razón es que se expone a la entrada de manufacturas hechas con acero más barato en el exterior. Y por último están las posibles represalias. Europa anunció que podría ponerles aranceles a las motocicletas, el whisky y los pantalones de mezclilla.
Para evitar estos primeros impactos negativos Trump tendrá que hacer más expansiva su estrategia y proteger con otros aranceles a las industrias que emplean acero y crearle mercado interno a su producción. Por ejemplo, con aranceles a las motocicletas del exterior para vender internamente las que ya no se exportarían a Europa; lo mismo para el whisky y los jeans. Ha soltado una desorganización en la mesa y va a tener que ser asertivo en los tiros siguientes antes de que la medida inicial sea contraproducente.
Vamos a lo nuestro. Supongamos que ocurre lo mejor posible y no se aplica el arancel del 25 por ciento al acero que México exporta a los Estados Unidos. Sin embargo, de acuerdo al presidente de la CANACERO, Guillermo Vogel, existe el riesgo de que al disminuir Estados Unidos sus importaciones se incremente la sobreproducción en el resto del mundo, bajen los precios y se genere una oleada de entradas desleales de acero. Podría provenir, de China, India o cualquier otro lugar, pero dañaría la producción interna.
Hay que señalar que en México el consumo de acero crece a buen ritmo y que en 2017 alcanzó los 29.7 millones de toneladas. La mitad se cubre con importaciones mientras que la industria interna opera al 68 por ciento de su capacidad instalada. Si somos inundados por el acero que ya no va a comprar Estados Unidos el impacto puede ser devastador.
Desde esta perspectiva las grandes empresas productoras de acero y su organización, son muy claros le solicitan al gobierno que tome medidas similares a las de los Estados Unidos para limitar las importaciones. No se trata solo de defender la producción interna, hay incluso una oportunidad para incrementar la producción destinada al mercado interno y también al norteamericano. La petición es razonable y coloca a nuestra cúpula dirigente en una severa encrucijada entre su ideología neoliberal y una visión pragmática. ¿Nos sumamos al proteccionismo trumpiano, o sufrimos sus consecuencias?
Trump ha excluido a México y Canadá de los aranceles al acero y al aluminio mientras se encuentra en marcha la renegociación del TLCAN. Lo que ha hecho en la práctica es colocar una espada sobre nuestra cabeza; la encrucijada es real, y no se trata solo del acero. Podemos ver esta evolución como algo a lo que tenemos que enfrentarnos; o, por lo contrario, marchar a la par aprovechando oportunidades para substituir importaciones en México y, en paralelo, para venderle más a los Estados Unidos en substitución creciente de productos chinos. Pero este último arreglo solo será posible y aceptable para los gringos si reducimos nuestro superávit; es decir comprarle más a los Estados Unidos y menos a China.
Las opciones son claras, aislarnos en defensa de la ortodoxia del libre mercado; o plantear una estrategia de proteccionismo coordinado con Estados Unidos y Canadá. Lo importante será que la respuesta no la de esta administración moribunda, sino el candidato y los partidos ganadores en las próximas elecciones presidenciales. Se requerirá mayoría clara en el congreso y un compromiso por lo menos sexenal.
sábado, 3 de marzo de 2018
De acero, lavadoras y demás
Jorge Faljo
Cayó como balde de agua helada el anuncio de Donald Trump de que impondrá aranceles del 25% a las importaciones de acero y de 10% a las de aluminio. Revisemos los argumentos de Trump. Son muy sencillos porque este señor no es de pensamiento rebuscado y básicamente se expresa en Tuits. Lo que dice es, más o menos, lo siguiente:
Nuestra industria del acero se encuentra mal y sin acero no hay país. Cuando perdemos miles de millones de dólares en el comercio con otro país una guerra comercial es buena y fácil de ganar. Sí tenemos un déficit de 100 mil millones de dólares con otro país y este se porta chistoso, suspendemos el comercio y salimos ganando. Es fácil. Pronto impondremos aranceles recíprocos a países que le ponen impuestos a nuestros productos. Con un déficit comercial de 800 mil millones de dólares no hay otra opción.
El anuncio de Trump ha desatado feroces críticas internas; tiene en contra a los medios, la clase política, el capital financiero y los grandes conglomerados con fuertes inversiones en el exterior. No obstante, conviene recordar que con esos argumentos Trump se impuso a todos sus rivales en la contienda electoral y ganó la presidencia. En momentos en que su presidencia se debilita ha decidido acercarse a su base política más fiel; la de los millones de norteamericanos empobrecidos que han perdido empleos y/o ingresos.
Dos son los grandes argumentos en contra. Uno es que las industrias que emplean un alto porcentaje de acero y aluminio dejarán de ser competitivas frente a las importaciones. Con lo que se perderán más empleos que los que se protegen. El otro es que los precios de productos con alto contenido de acero y aluminio van a subir y los consumidores saldrán perdiendo poder adquisitivo.
Son argumentos que hay que tomar en serio. Si los productores de vehículos, lavadoras, motocicletas, barcos, grúas, herramientas y muchos otros van a producir con un acero 25 por ciento más caro que el que usa México, China, Europa o la India dejarán de ser competitivos. A menos que la protección se extienda a esas industrias.
Trump ya protege la producción norteamericana de lavadoras y paneles solares y está negociando, al exigir el cambio de las reglas de origen del TLCAN, que la producción de autos en México se haga con un mínimo de 50% de partes norteamericanas. Es decir, en lugar de chinas.
Pero una protección similar tendría que ampliarse a prácticamente todas las áreas en donde se emplea una alta proporción de acero y aluminio. Solo así estas industrias crecerían y demandarían el acero norteamericano que se pretende acorazar.
La protección extendida generaría los empleos que Trump prometió en su campaña presidencial. No se puede ser proteccionista a medias; o es la médula de una política industrial, o puede ser contraproducente.
Y solo generando un empleo importante se podrá presionar al alza salarial que compense los incrementos en los precios. Las opciones son contrapuestas, o se sigue una estrategia a favor de los consumidores con importaciones baratas y un gran déficit, como lo ha venido haciendo, o se hace un viraje a favor del empleo, reforzándolo con incrementos salariales. Lo que solo es posible en el contexto de un proteccionismo amplio. O lo que es lo mismo, consiguiendo lo que Trump llama comercio justo; es decir reciproco.
La imposición de estos nuevos aranceles golpea a Canadá, China, Europa, India y Japón.
El hecho es que de inmediato se ha armado una fuerte controversia dentro de los Estados Unidos, y desde el exterior llegan las amenazas explicitas de represalias comerciales provenientes de países hasta ahora aliados comerciales cercanos.
Es posible que Trump retroceda ante la enorme presión en contra; es un político que no duda en cambiar de posición en cuestión de horas.
No obstante, aquí en México es urgente reflexionar cual será nuestra posición si efectivamente se adentra en la ruta proteccionista. Sin olvidar que la meta de Trump, la que ha repetido una vez más, es eliminar el déficit y acercarse a un comercio equilibrado. Lo que nos plantea dos opciones principales.
Una es tomar, o amenazar con tomar represalias. En esta ruta el instrumento más potente con que cuenta México en lo inmediato sería reducir las importaciones de productos agropecuarios. Lo cual generaría importantes protestas de los productores rurales norteamericanos contra su gobierno, pero sin autosuficiencia alimentaria simplemente nos llevaría a comprar granos en otro lado.
Lo más probable es que en la ruta de la confrontación terminemos peor de lo que estamos. Tenemos flancos vulnerables y nuestras represalias serían más bien de pacotilla. Cómo ya ha ocurrido.
Lo que queda es negociar lo que piden y dentro de ello obtener algunas ganancias importantes. Lo que Trump exige es que México le compre más a los Estados Unidos, hasta eliminar nuestro superávit. Y eso solo es posible si le compramos menos a China, hasta eliminar nuestro déficit.
Esta ruta de acomodo a la estrategia proteccionista norteamericana nos obligará a ser proteccionistas respecto de China. A cambio habrá que demandar una verdadera preferencia norteamericana reciproca dentro del TLCAN; es decir que ellos también le compren a México y no a China. Ganar el mercado norteamericano haciendo a un lado la competencia de China le brindaría a México enormes oportunidades de industrialización que hasta ahorita corren en provecho de los asiáticos.
A todo esto se opone la ortodoxia neoliberal que domina a nuestra clase política y solo aceptan las ideas hasta que ya todos cambiaron. Será difícil trascender de manera ordenada; lo más probable es que sea a golpes, brincos y sobresaltos.
Cayó como balde de agua helada el anuncio de Donald Trump de que impondrá aranceles del 25% a las importaciones de acero y de 10% a las de aluminio. Revisemos los argumentos de Trump. Son muy sencillos porque este señor no es de pensamiento rebuscado y básicamente se expresa en Tuits. Lo que dice es, más o menos, lo siguiente:
Nuestra industria del acero se encuentra mal y sin acero no hay país. Cuando perdemos miles de millones de dólares en el comercio con otro país una guerra comercial es buena y fácil de ganar. Sí tenemos un déficit de 100 mil millones de dólares con otro país y este se porta chistoso, suspendemos el comercio y salimos ganando. Es fácil. Pronto impondremos aranceles recíprocos a países que le ponen impuestos a nuestros productos. Con un déficit comercial de 800 mil millones de dólares no hay otra opción.
El anuncio de Trump ha desatado feroces críticas internas; tiene en contra a los medios, la clase política, el capital financiero y los grandes conglomerados con fuertes inversiones en el exterior. No obstante, conviene recordar que con esos argumentos Trump se impuso a todos sus rivales en la contienda electoral y ganó la presidencia. En momentos en que su presidencia se debilita ha decidido acercarse a su base política más fiel; la de los millones de norteamericanos empobrecidos que han perdido empleos y/o ingresos.
Dos son los grandes argumentos en contra. Uno es que las industrias que emplean un alto porcentaje de acero y aluminio dejarán de ser competitivas frente a las importaciones. Con lo que se perderán más empleos que los que se protegen. El otro es que los precios de productos con alto contenido de acero y aluminio van a subir y los consumidores saldrán perdiendo poder adquisitivo.
Son argumentos que hay que tomar en serio. Si los productores de vehículos, lavadoras, motocicletas, barcos, grúas, herramientas y muchos otros van a producir con un acero 25 por ciento más caro que el que usa México, China, Europa o la India dejarán de ser competitivos. A menos que la protección se extienda a esas industrias.
Trump ya protege la producción norteamericana de lavadoras y paneles solares y está negociando, al exigir el cambio de las reglas de origen del TLCAN, que la producción de autos en México se haga con un mínimo de 50% de partes norteamericanas. Es decir, en lugar de chinas.
Pero una protección similar tendría que ampliarse a prácticamente todas las áreas en donde se emplea una alta proporción de acero y aluminio. Solo así estas industrias crecerían y demandarían el acero norteamericano que se pretende acorazar.
La protección extendida generaría los empleos que Trump prometió en su campaña presidencial. No se puede ser proteccionista a medias; o es la médula de una política industrial, o puede ser contraproducente.
Y solo generando un empleo importante se podrá presionar al alza salarial que compense los incrementos en los precios. Las opciones son contrapuestas, o se sigue una estrategia a favor de los consumidores con importaciones baratas y un gran déficit, como lo ha venido haciendo, o se hace un viraje a favor del empleo, reforzándolo con incrementos salariales. Lo que solo es posible en el contexto de un proteccionismo amplio. O lo que es lo mismo, consiguiendo lo que Trump llama comercio justo; es decir reciproco.
La imposición de estos nuevos aranceles golpea a Canadá, China, Europa, India y Japón.
El hecho es que de inmediato se ha armado una fuerte controversia dentro de los Estados Unidos, y desde el exterior llegan las amenazas explicitas de represalias comerciales provenientes de países hasta ahora aliados comerciales cercanos.
Es posible que Trump retroceda ante la enorme presión en contra; es un político que no duda en cambiar de posición en cuestión de horas.
No obstante, aquí en México es urgente reflexionar cual será nuestra posición si efectivamente se adentra en la ruta proteccionista. Sin olvidar que la meta de Trump, la que ha repetido una vez más, es eliminar el déficit y acercarse a un comercio equilibrado. Lo que nos plantea dos opciones principales.
Una es tomar, o amenazar con tomar represalias. En esta ruta el instrumento más potente con que cuenta México en lo inmediato sería reducir las importaciones de productos agropecuarios. Lo cual generaría importantes protestas de los productores rurales norteamericanos contra su gobierno, pero sin autosuficiencia alimentaria simplemente nos llevaría a comprar granos en otro lado.
Lo más probable es que en la ruta de la confrontación terminemos peor de lo que estamos. Tenemos flancos vulnerables y nuestras represalias serían más bien de pacotilla. Cómo ya ha ocurrido.
Lo que queda es negociar lo que piden y dentro de ello obtener algunas ganancias importantes. Lo que Trump exige es que México le compre más a los Estados Unidos, hasta eliminar nuestro superávit. Y eso solo es posible si le compramos menos a China, hasta eliminar nuestro déficit.
Esta ruta de acomodo a la estrategia proteccionista norteamericana nos obligará a ser proteccionistas respecto de China. A cambio habrá que demandar una verdadera preferencia norteamericana reciproca dentro del TLCAN; es decir que ellos también le compren a México y no a China. Ganar el mercado norteamericano haciendo a un lado la competencia de China le brindaría a México enormes oportunidades de industrialización que hasta ahorita corren en provecho de los asiáticos.
A todo esto se opone la ortodoxia neoliberal que domina a nuestra clase política y solo aceptan las ideas hasta que ya todos cambiaron. Será difícil trascender de manera ordenada; lo más probable es que sea a golpes, brincos y sobresaltos.
lunes, 26 de febrero de 2018
Ni hablar del Peluquín
Jorge Faljo
“Ni hablar del peluquín” es una expresión que se remonta a los años cuarenta del siglo pasado; trata de lo que es evidente, pero de lo que no conviene hablar. En tanguillo original español se habla de un viejo que tras comprarse ese falso aditivo capilar se le declara a una joven. La madre aconseja a la hija considerar seriamente esa conveniente propuesta “y ni hablar del peluquín”; todos entran en la conspiración para ignorar la calvicie y los defectos de la edad del enamorado.
El equivalente en inglés de la expresión sería “el elefante en la sala”; cuando la evidente presencia de una enorme bestia se ignora muy a propósito. No porque no se vea, sino porque no conviene verla.
Una situación de este tipo enfrentan los políticos norteamericanos en estos días tras el más reciente asesinato masivo en una preparatoria de Florida. El muchacho acusado de 17 asesinatos y de herir a otras quince personas, fue reportado en 18 ocasiones, en los últimos años, a la policía local por parientes, también por vecinos y compañeros de escuela. Algunos explícitamente dijeron que planeaba un tiroteo en la preparatoria de la que fue expulsado por problemas mentales.
Sin embargo, nada se hizo porque es un asunto muy difícil de tratar en los Estados Unidos. Tener armas es considerado por muchos, sobre todo lo industriales de las armas domésticas, como la más sagrada de las libertades individuales.
Cada vez que pasa una de estas recurrentes tragedias los políticos norteamericanos, sobre todo los republicanos, acusan a sus críticos de pretender politizar el asunto, sostienen que no se puede legislar en base a emociones y, por tanto, no es el momento de una discusión seria.
Eso fue lo que pasó una vez más. Los congresistas del estado de Florida se negaron a abrir un debate sobre la posesión de armas de alto poder y en lugar de ello dedicaron su tiempo a discutir el peligro que la pornografía representa para los jóvenes. Vaya hipocresía.
Son los estudiantes preparatorianos, de Florida y otros estados, los que intentan mantener viva la atención en este asunto mediante marchas, paros, dramatizaciones callejeras, declaraciones a los medios y una creciente organización. Pero enfrentan algo difícil: la decisión de la clase política que baila al ritmo que le marca la industria del rifle, que incluso acusa a los jóvenes de extremistas que pretenden acabar con las libertades norteamericanas. ¡Así se las gastan!
Aquí en México tenemos, sino un elefante, si un peluquín. Todo nuestro entramado político, con la colaboración de los candidatos, se encuentra decidido a que no discutamos lo más serio y evidente.
Llevamos treinta y cinco años de empobrecimiento masivo, de desindustrialización de fondo, de baja creación de empleo urbano y decidida expulsión de la población rural hacia el exterior, de pérdida de derechos de los trabajadores y de precarización de las relaciones laborales. Además, tenemos la destrucción de millones de familias y millones de hijos abandonados y propensos a la sicarización.
No son asuntos aislados y analizables por separado. Todos se entrelazan y deben ser vistos como facetas de uno solo: el modelo Patomex de globalización.
A cambio del abandono de la vía nacionalista, y de servicio al pueblo trazada en la constitución, hemos comprado un peluquín para tapar nuestra desnudez.
¿Por qué libre comercio y no comercio justo? Esto que es objeto de debate mundial y tema con el que hipócritamente se asoció Trump, debería ser un punto de reflexión abierta.
No hay evidencia de que los candidatos presidenciales estén dispuestos a debatir sobre el modelo de desarrollo. Implicaría entrar a romper los tabús que constituyen los pilares ideológicos del modelo.
¿Podemos hacer a un lado al Estado como conductor de un crecimiento económico incluyente? La historia de los países que ahora son potencias señalan un activo papel del Estado en su despegue industrial. Sigue siendo el factor esencial de la conversión de China en gran potencia industrialmente avanzada. Inclusión y equidad no se dan por si solas, ni las genera el mercado; son decisiones sociales explicitas que deben ser instrumentadas por el poder público.
¿Existen sectores estratégicos que debemos proteger y fortalecer, independientemente de los designios del mercado, incluso en contra de ellos? Estados Unidos no permitió inversiones chinas en su sector energético por razones de seguridad nacional. En nuestro caso está claro que el principio de la ganancia individual prevalece sobre los intereses nacionales.
En nuestra fantasía de país desarrollado ¿estamos listos para seguir abandonando al campo y a la población rural? La pregunta es más urgente ahora que los Estados Unidos cierra sus puertas. ¿Podemos garantizar el derecho humano a la alimentación de los mexicanos al mismo tiempo que perdemos autosuficiencia y seguridad alimentaria?
Me impactó que el mensaje central de toma de protesta de un candidato presidencial fueran los avances tecnológicos. En particular su entusiasmo con los vehículos sin chofer y los centros comerciales sin cajeras. En cada caso se perderán alrededor de 3.5 millones de puestos de trabajo en los próximos seis años. Pero el alucine del avance tecnológico parecía hacer a un lado cualquier preocupación por las consecuencias en la población y la necesidad de políticas sociales, laborales y fiscales de nuevo cuño.
Todos están evitando hablar del peluquín o lo peor del caso, no lo han visto.
“Ni hablar del peluquín” es una expresión que se remonta a los años cuarenta del siglo pasado; trata de lo que es evidente, pero de lo que no conviene hablar. En tanguillo original español se habla de un viejo que tras comprarse ese falso aditivo capilar se le declara a una joven. La madre aconseja a la hija considerar seriamente esa conveniente propuesta “y ni hablar del peluquín”; todos entran en la conspiración para ignorar la calvicie y los defectos de la edad del enamorado.
El equivalente en inglés de la expresión sería “el elefante en la sala”; cuando la evidente presencia de una enorme bestia se ignora muy a propósito. No porque no se vea, sino porque no conviene verla.
Una situación de este tipo enfrentan los políticos norteamericanos en estos días tras el más reciente asesinato masivo en una preparatoria de Florida. El muchacho acusado de 17 asesinatos y de herir a otras quince personas, fue reportado en 18 ocasiones, en los últimos años, a la policía local por parientes, también por vecinos y compañeros de escuela. Algunos explícitamente dijeron que planeaba un tiroteo en la preparatoria de la que fue expulsado por problemas mentales.
Sin embargo, nada se hizo porque es un asunto muy difícil de tratar en los Estados Unidos. Tener armas es considerado por muchos, sobre todo lo industriales de las armas domésticas, como la más sagrada de las libertades individuales.
Cada vez que pasa una de estas recurrentes tragedias los políticos norteamericanos, sobre todo los republicanos, acusan a sus críticos de pretender politizar el asunto, sostienen que no se puede legislar en base a emociones y, por tanto, no es el momento de una discusión seria.
Eso fue lo que pasó una vez más. Los congresistas del estado de Florida se negaron a abrir un debate sobre la posesión de armas de alto poder y en lugar de ello dedicaron su tiempo a discutir el peligro que la pornografía representa para los jóvenes. Vaya hipocresía.
Son los estudiantes preparatorianos, de Florida y otros estados, los que intentan mantener viva la atención en este asunto mediante marchas, paros, dramatizaciones callejeras, declaraciones a los medios y una creciente organización. Pero enfrentan algo difícil: la decisión de la clase política que baila al ritmo que le marca la industria del rifle, que incluso acusa a los jóvenes de extremistas que pretenden acabar con las libertades norteamericanas. ¡Así se las gastan!
Aquí en México tenemos, sino un elefante, si un peluquín. Todo nuestro entramado político, con la colaboración de los candidatos, se encuentra decidido a que no discutamos lo más serio y evidente.
Llevamos treinta y cinco años de empobrecimiento masivo, de desindustrialización de fondo, de baja creación de empleo urbano y decidida expulsión de la población rural hacia el exterior, de pérdida de derechos de los trabajadores y de precarización de las relaciones laborales. Además, tenemos la destrucción de millones de familias y millones de hijos abandonados y propensos a la sicarización.
No son asuntos aislados y analizables por separado. Todos se entrelazan y deben ser vistos como facetas de uno solo: el modelo Patomex de globalización.
A cambio del abandono de la vía nacionalista, y de servicio al pueblo trazada en la constitución, hemos comprado un peluquín para tapar nuestra desnudez.
¿Por qué libre comercio y no comercio justo? Esto que es objeto de debate mundial y tema con el que hipócritamente se asoció Trump, debería ser un punto de reflexión abierta.
No hay evidencia de que los candidatos presidenciales estén dispuestos a debatir sobre el modelo de desarrollo. Implicaría entrar a romper los tabús que constituyen los pilares ideológicos del modelo.
¿Podemos hacer a un lado al Estado como conductor de un crecimiento económico incluyente? La historia de los países que ahora son potencias señalan un activo papel del Estado en su despegue industrial. Sigue siendo el factor esencial de la conversión de China en gran potencia industrialmente avanzada. Inclusión y equidad no se dan por si solas, ni las genera el mercado; son decisiones sociales explicitas que deben ser instrumentadas por el poder público.
¿Existen sectores estratégicos que debemos proteger y fortalecer, independientemente de los designios del mercado, incluso en contra de ellos? Estados Unidos no permitió inversiones chinas en su sector energético por razones de seguridad nacional. En nuestro caso está claro que el principio de la ganancia individual prevalece sobre los intereses nacionales.
En nuestra fantasía de país desarrollado ¿estamos listos para seguir abandonando al campo y a la población rural? La pregunta es más urgente ahora que los Estados Unidos cierra sus puertas. ¿Podemos garantizar el derecho humano a la alimentación de los mexicanos al mismo tiempo que perdemos autosuficiencia y seguridad alimentaria?
Me impactó que el mensaje central de toma de protesta de un candidato presidencial fueran los avances tecnológicos. En particular su entusiasmo con los vehículos sin chofer y los centros comerciales sin cajeras. En cada caso se perderán alrededor de 3.5 millones de puestos de trabajo en los próximos seis años. Pero el alucine del avance tecnológico parecía hacer a un lado cualquier preocupación por las consecuencias en la población y la necesidad de políticas sociales, laborales y fiscales de nuevo cuño.
Todos están evitando hablar del peluquín o lo peor del caso, no lo han visto.
miércoles, 21 de febrero de 2018
La autocomplacencia se resquebraja
Jorge Faljo
Peña Nieto, como todo presidente de México ha sido protegido de la crítica por su entorno cercano. Es típico de nuestra cultura política autoritaria que al jefe no debe llegar ni la menor muestra de inconformidad. No se trata solo de proteger al jefe sino de un instinto de autoprotección de toda su camarilla. Permitir que el descontento llegue como golpe seco, que realmente duela, implicaría correr el riesgo de que sacrificara a algunos de sus allegados; que hiciera, por ejemplo, cambios en su gabinete.
El equipo cercano construye un ambiente de autocomplacencia colectivo que se expande hacia debajo permeando toda la pirámide política y burocrática. Una estructura que oculta o disminuye los fracasos, interpreta la crítica como casos aislados, resentidos irremediables, gente con intereses misteriosos, incluso antipatriotas.
Cada escalón de esa estructura se rige por dos reglas informales pero poderosas. Una se expresa como “la ropa sucia se lava en casa” y significa que los problemas y deficiencias de cada ámbito burocrático no se comunican al exterior. La segunda regla es “no saltarse las trancas”. Implica que ningún subordinado rebasará al jefe inmediato en comunicar hacia arriba lo que verdaderamente ocurre en su campo de acción.
La combinación de ambas reglas significa que cada jefecillo, jefecito, jefe o jefazo se encarga de dorar la píldora acerca de su propio trabajo e impactos. Píldora que se va recubriendo de capas de embellecimiento conforme asciende los escalones de la pirámide burocrática. Me ha tocado observar la profunda ignorancia de los altos puestos sobre la operación y los impactos reales de los programas que dirigen. Lo que podría explicar fallas de eficiencia. Pero estas no son las más graves.
El verdadero problema es la trama de corrupción generalizada y operada desde muy arriba. Si para muestra basta un botón ahí está el caso de la estafa maestra. De acuerdo a la investigación y datos proporcionados por la Auditoría Superior de la Federación entre 2012 y 2016 se desviaron 6 mil 880 millones de pesos mediante un procedimiento repetido múltiples veces.
La práctica fue contratar directamente, sin concurso, a entidades públicas tales como instituciones educativas o áreas de comunicación social (radio y televisión estatales) bajo la ficción de que tenían la capacidad para hacer asesorías, consultorías, servicios, estudios técnicos, supervisar u operar programas de desarrollo social, agrario o territorial.
El segundo paso es que estas entidades, por ejemplo, las universidades estatales del Estado de México, Morelos, Zacatecas, o los sistemas de radio y televisión de Hidalgo y Quintana Roo recibían contratos por centenares de millones de pesos con la instrucción de subcontratar a las personas o empresas que las mismas SAGARPA, SEDESOL, SEDATU, BANOBRAS o Pemex, entre otras, les indicaban.
Una modalidad era pagar millones por trabajos ridículos; cuatro millones por un cronograma, siete millones por un manualito de organización que apenas alteraba el oficial. También encargos repetidos. Pero los contratos por centenares de millones solicitaban entregables que la propia contratante, es decir sus empleados, habían hecho y que esta le daba a la contratada para que los devolviera formalmente.
Típicamente las entidades estatales se quedaban con un ocho por ciento como ganancia y el resto lo dispersaban entre 20 a 30 subcontratados en primera instancia. Entre estos los había ilocalizables, con domicilios falsos, personas francamente indigentes, algunos hicieron declaraciones fiscales en ceros a pesar de haber entregado facturas por muchos millones; otros tenían actividades improcedentes para el servicio requerido.
Después de una primera dispersión de recursos los subcontratados los volvían a concentrar en un menor número de empresas ubicadas en México, Estados Unidos o Europa.
Casi siete mil millones defraudados bajo un modus operandi expandido en la administración pública federal no es un asunto menor y todas las brújulas apuntan a un esquema armado en los niveles dirigentes de más alto nivel.
La corrupción e impunidad afloran en un contexto de medios de comunicación controlados o cómplices. Cuando en estos medios se cuela una voz crítica inteligente y atinada pronto se le descarta. En casos extremos desde los rincones más oscuros han surgido las manos asesinas que han hecho de este país uno de los de mayor riesgo para el periodismo de investigación.
Lo que impera son medios masivos de entretenimiento y distracción, sin vocación para promover la reflexión informada. Una violencia criminal que entre las docenas de miles de muertos y desaparecidos corta también las cabezas de los activistas y dirigentes sociales de pueblos y regiones. Una Contraloría Social diseñada para ser inoperante y cuyas reglas no han cumplido las instituciones públicas, en particular, van de nuevo, la SEDESOL y la SAGARPA.
Esta administración ha vivido en una linda burbuja de autocomplacencia por varios años. Pero lo típico de nuestros ciclos sexenales es que al final de un sexenio esta se destruya. Eso es lo que expresa el presidente cuando ante audiencias a modo se queja de lo que él y sus cercanos llaman irracional enojo social.
¿Dónde se localiza la irracionalidad? ¿En el enojo de la población que ya no se le puede ocultar al presidente? ¿O en la burbuja de autocomplacencia en vías de desaparecer?
Al presidente le esperan los días amargos en que las lealtades se reorientan y se ve obligado a redescubrir a un país de violencia; inequidad extrema al que sus aliados, Estados Unidos, Canadá y el Vaticano califican como de trabajo esclavo; administración ineficiente e impunidad descarada.
Su conductor designado, el que al parecer no bebió durante el sexenio, se ubica al interior de la burbuja de autocomplacencia. Pero supongo inevitable que este pronto se dará cuenta de que navegando en la autocomplacencia no tiene esperanzas de ganar las elecciones. Solo abandonando la ideología itamita, para escuchar y resonar con el sentir popular tiene alguna esperanza. Para darse una oportunidad tendrá que abandonar a sus cuates y encabezar una rebelión desde abajo. Lo más probable es que ni así gane; pero sin ese acercamiento a la realidad no hay modo.
Entonces terminará de resquebrajarse la burbuja de la autocomplacencia presidencial. No hay de otra.
Peña Nieto, como todo presidente de México ha sido protegido de la crítica por su entorno cercano. Es típico de nuestra cultura política autoritaria que al jefe no debe llegar ni la menor muestra de inconformidad. No se trata solo de proteger al jefe sino de un instinto de autoprotección de toda su camarilla. Permitir que el descontento llegue como golpe seco, que realmente duela, implicaría correr el riesgo de que sacrificara a algunos de sus allegados; que hiciera, por ejemplo, cambios en su gabinete.
El equipo cercano construye un ambiente de autocomplacencia colectivo que se expande hacia debajo permeando toda la pirámide política y burocrática. Una estructura que oculta o disminuye los fracasos, interpreta la crítica como casos aislados, resentidos irremediables, gente con intereses misteriosos, incluso antipatriotas.
Cada escalón de esa estructura se rige por dos reglas informales pero poderosas. Una se expresa como “la ropa sucia se lava en casa” y significa que los problemas y deficiencias de cada ámbito burocrático no se comunican al exterior. La segunda regla es “no saltarse las trancas”. Implica que ningún subordinado rebasará al jefe inmediato en comunicar hacia arriba lo que verdaderamente ocurre en su campo de acción.
La combinación de ambas reglas significa que cada jefecillo, jefecito, jefe o jefazo se encarga de dorar la píldora acerca de su propio trabajo e impactos. Píldora que se va recubriendo de capas de embellecimiento conforme asciende los escalones de la pirámide burocrática. Me ha tocado observar la profunda ignorancia de los altos puestos sobre la operación y los impactos reales de los programas que dirigen. Lo que podría explicar fallas de eficiencia. Pero estas no son las más graves.
El verdadero problema es la trama de corrupción generalizada y operada desde muy arriba. Si para muestra basta un botón ahí está el caso de la estafa maestra. De acuerdo a la investigación y datos proporcionados por la Auditoría Superior de la Federación entre 2012 y 2016 se desviaron 6 mil 880 millones de pesos mediante un procedimiento repetido múltiples veces.
La práctica fue contratar directamente, sin concurso, a entidades públicas tales como instituciones educativas o áreas de comunicación social (radio y televisión estatales) bajo la ficción de que tenían la capacidad para hacer asesorías, consultorías, servicios, estudios técnicos, supervisar u operar programas de desarrollo social, agrario o territorial.
El segundo paso es que estas entidades, por ejemplo, las universidades estatales del Estado de México, Morelos, Zacatecas, o los sistemas de radio y televisión de Hidalgo y Quintana Roo recibían contratos por centenares de millones de pesos con la instrucción de subcontratar a las personas o empresas que las mismas SAGARPA, SEDESOL, SEDATU, BANOBRAS o Pemex, entre otras, les indicaban.
Una modalidad era pagar millones por trabajos ridículos; cuatro millones por un cronograma, siete millones por un manualito de organización que apenas alteraba el oficial. También encargos repetidos. Pero los contratos por centenares de millones solicitaban entregables que la propia contratante, es decir sus empleados, habían hecho y que esta le daba a la contratada para que los devolviera formalmente.
Típicamente las entidades estatales se quedaban con un ocho por ciento como ganancia y el resto lo dispersaban entre 20 a 30 subcontratados en primera instancia. Entre estos los había ilocalizables, con domicilios falsos, personas francamente indigentes, algunos hicieron declaraciones fiscales en ceros a pesar de haber entregado facturas por muchos millones; otros tenían actividades improcedentes para el servicio requerido.
Después de una primera dispersión de recursos los subcontratados los volvían a concentrar en un menor número de empresas ubicadas en México, Estados Unidos o Europa.
Casi siete mil millones defraudados bajo un modus operandi expandido en la administración pública federal no es un asunto menor y todas las brújulas apuntan a un esquema armado en los niveles dirigentes de más alto nivel.
La corrupción e impunidad afloran en un contexto de medios de comunicación controlados o cómplices. Cuando en estos medios se cuela una voz crítica inteligente y atinada pronto se le descarta. En casos extremos desde los rincones más oscuros han surgido las manos asesinas que han hecho de este país uno de los de mayor riesgo para el periodismo de investigación.
Lo que impera son medios masivos de entretenimiento y distracción, sin vocación para promover la reflexión informada. Una violencia criminal que entre las docenas de miles de muertos y desaparecidos corta también las cabezas de los activistas y dirigentes sociales de pueblos y regiones. Una Contraloría Social diseñada para ser inoperante y cuyas reglas no han cumplido las instituciones públicas, en particular, van de nuevo, la SEDESOL y la SAGARPA.
Esta administración ha vivido en una linda burbuja de autocomplacencia por varios años. Pero lo típico de nuestros ciclos sexenales es que al final de un sexenio esta se destruya. Eso es lo que expresa el presidente cuando ante audiencias a modo se queja de lo que él y sus cercanos llaman irracional enojo social.
¿Dónde se localiza la irracionalidad? ¿En el enojo de la población que ya no se le puede ocultar al presidente? ¿O en la burbuja de autocomplacencia en vías de desaparecer?
Al presidente le esperan los días amargos en que las lealtades se reorientan y se ve obligado a redescubrir a un país de violencia; inequidad extrema al que sus aliados, Estados Unidos, Canadá y el Vaticano califican como de trabajo esclavo; administración ineficiente e impunidad descarada.
Su conductor designado, el que al parecer no bebió durante el sexenio, se ubica al interior de la burbuja de autocomplacencia. Pero supongo inevitable que este pronto se dará cuenta de que navegando en la autocomplacencia no tiene esperanzas de ganar las elecciones. Solo abandonando la ideología itamita, para escuchar y resonar con el sentir popular tiene alguna esperanza. Para darse una oportunidad tendrá que abandonar a sus cuates y encabezar una rebelión desde abajo. Lo más probable es que ni así gane; pero sin ese acercamiento a la realidad no hay modo.
Entonces terminará de resquebrajarse la burbuja de la autocomplacencia presidencial. No hay de otra.
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