domingo, 1 de diciembre de 2019

Crecimiento cero; ¿no pasa nada?

Jorge Faljo

Al número cero le hemos conferido una capacidad excesiva. Ahora resulta que divide el día entre mañana y tarde con rigurosidad cronométrica. Cuando digo buenos días pasando un instante después de las 12, o sea en la hora cero, me responden buenas tardes. Algunos incluso me hacen ver mi error y me aclaran que ya son tardes.

Tan obsesivo guiarse por el reloj me sorprende. Sobre todo, porque recuerdo que en mi infancia en provincia el día se dividía en mañana y tarde, por la hora de comer. Antes de la comida eran buenos días; después de la comida eran buenas tardes y se comía entre las dos y las tres, más o menos.

Si seguimos el nuevo razonamiento pronto voy a tener que decir buenos días apenas pasen las doce de la noche. Es más, o menos como concluir que a menos cero grados centígrados hace frio y a más de cero grados hace calor. Así que voy a estar tiritando a 5 grados y con un criterio así, estaría haciendo calor.

Esta disquisición absurda me viene a la mente por que por vez primer el Banco de México ha bajado su proyección de crecimiento para el 2019 a un rango de entre menos 0.2 y más 0.2 por ciento del PIB. O sea que la producción puede bajar o subir; de cualquier modo, casi nada para arriba, o para abajo. Y estamos en la expectativa obsesiva de una diferencia de décimas de punto que les permitirá a algunos ser puntillosos y señalar que estamos en bajo crecimiento, o en franca recesión.

Décimas más, o menos, el estancamiento y no es bueno. La mente nos juega trampas y nos hace pensar que estancamiento o crecimiento cero es una inmovilidad en la que no pasa nada. Es todo lo contrario; es en el estancamiento económico donde bajo una falsa calma ocurren los más terribles jaloneos.

Hace unos días Agustín Carstens, antiguo Gobernador del Banco de México y ahora director de una importante agencia financiera internacional, advirtió que existe la posibilidad de que el año que entra la economía mundial caiga en recesión. Lo cual empeora la perspectiva de lo que puede ocurrir en México.

El estancamiento en México y el mundo se debe a la debilidad de la demanda. Los gobiernos se ponen austeros; los consumidores se vuelven más cautelosos; las empresas no contratan más personal; los salarios no suben, o incluso bajan y todos estos empiezan a ser parte de una espiral descendente.

Mientras que la economía se achica, las empresas ubicadas en las crestas de los avances tecnológicos y de productividad amplían su participación en el mercado. Entretanto muchas otras empresas, las de mayor rezago tecnológico son orilladas a la quiebra. Pero las que triunfan son las que menos empleo generan y las que son expulsadas del mercado son las mayores empleadoras. Lo cual es otra vuelta de tuerca a la espiral negativa de la recesión.

Lo anterior ocurre a nivel mundial. El pez grande se come al chico; el gran consorcio se expande devorando o destruyendo a las empresas medianas y pequeñas.

En este contexto algunos países deciden proteger algunos sectores de su producción estableciendo controles al comercio internacional; aranceles o controles a la importación. Es lo que hace Trump con respecto a las importaciones norteamericanas de productos chinos. Y lo que ha amenazado hacer con algunas importaciones de productos mexicanos.

La recesión agudiza el exceso de producción, porque no hay quien compre y eso hace cerrar empresas. Se exacerban entonces las guerras comerciales porque en ellas, bajo la ley del más fuerte, se va a decidir qué países pierden sus empresas y cuales las logran proteger.

En un mundo cargado de excesos de producción muchos recurren al dumping; es decir a competir deslealmente y descargar su sobreproducción en otras economías. Ser una economía abierta en este contexto es peligroso porque puede ocurrir que la economía interna se encuentre estancada y, al mismo tiempo, el país se vea invadido de importaciones baratas destructoras de empresas internas.

Ser pobres y consumir importado no es algo contradictorio, sino que es la perfecta combinación sistémica perdedora.

Del estancamiento a la recesión hay un pequeño paso; con otro más podemos caer en una espiral negativa. Con bajo crecimiento el gobierno cobra menos impuestos y se pone más austero; las empresas despiden personal; los trabajadores se ven obligados a recontratarse con menos salario; los consumidores procuran no gastar. Todos contribuyen a acelerar la caída.

Alguien tiene que romper la espiral negativa. Y solo lo puede hacer el gobierno.

La CEPAL, Comisión Económica para América Latina y el Caribe acaba de declarar que México tendrá que hacer una reforma tributaria en impuestos directos, es decir el impuesto sobre los ingresos de personas y empresas, o sobre el patrimonio acumulado, de los más ricos. No se trata simplemente de tapar el hoyo de la caída de ingresos por Pemex y el estancamiento, sino que tiene que ser suficiente para financiar la inversión productiva y el gasto social.

Hay que trasladar el dinero de donde no se ocupa para que el gobierno lo ponga a trabajar por la vía de la inversión generadora de empleos e ingreso, o de las transferencias sociales que eleven el gasto de los más pobres. Hay que añadir que la demanda que generan las transferencias sociales debe amarrarse al consumo de productos nacionales para que de ese modo se convierta en una espiral positiva, de crecimiento y desarrollo.

Para la CEPAL no se trata de una mera recomendación. Lo plantea como algo inevitable para evitar recrudecer el empobrecimiento en uno de los países de menor equidad, con más bajos salarios y, aunque se haga mucha alharaca, en realidad es muy baja la proporción de gasto social.

A nadie nos gusta oír que se elevan los impuestos; porque estamos acostumbrados a que se le carguen a los pobres y clases medias mediante incrementos al IVA, o subir el precio del transporte. Ojalá que no vaya a ser así, sería suicida; aceleraría la espiral negativa y podría llevarnos a un retroceso no solo económico sino político. No podemos ignorar la lección que nos está dando Chile donde de la calma chicha se pasó a la mayor de las tempestades en pocos días.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Dos escalones resbalosos; el T-MEC y el FMI

Jorge Faljo

El T-MEC es el nuevo tratado comercial en vía de substituir al TLC. Y por Fondo Monetario Internacional me refiero en particular a la Línea de Crédito Flexible. Son dos negociaciones importantes en proceso, de las que esperamos buenos resultados, pero podrían darnos algunas sorpresas.

México se apresuró a ratificar el T-MEC en el sexenio anterior. Ahora esperamos con optimismo su ratificación por los Estados Unidos y Canadá. Un buen deseo que tiene mucho que ver con la importancia que tiene para México dar una señal fuerte de certeza a los inversionistas nacionales y extranjeros.

Para Graciela Márquez, Secretaria de Economía, algunas empresas han detenido sus inversiones porque requieren la seguridad de un tratado internacional. Arturo Herrera, Secretario de Hacienda, dice que el nuevo tratado será un “estímulo increíble”, para mejorar el clima empresarial y la inversión, particularmente en un mundo que enfrenta incertidumbres.

Aparte de que la ratificación es importante, es viable sobre todo porque el T-MEC no es motivo de disputa entre los partidos demócrata y republicano en los Estados Unidos. Las cúpulas de ambos partidos en las dos cámaras del Congreso favorecen su firma.

Sin embargo, los demócratas no quieren ponerlo a votación sin antes contar con el visto bueno de la AFL-CIO que es la principal agrupación de sindicatos dentro de los Estados Unidos. Este organismo representa a alrededor de 12.5 millones de trabajadores. Su presidente, Richard Trumka acaba de declarar que los sindicatos no están convencidos de la disposición y capacidad de México para cumplir con los acuerdos laborales y ambientales que son parte del nuevo Tratado.

Es por eso que los negociadores mexicanos han centrado su atención en los demócratas y, en particular, en los temas laborales. A mediados de octubre pasado el presidente López Obrador envió una carta a Richard Neal, del partido demócrata y presidente del Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, asegurando que destinaría más de 900 millones de dólares para impulsar la reforma laboral en México.

Tal reforma está en marcha. Son modificaciones que obedecen a la convicción presidencial respecto a mejorar la situación de los trabajadores. Pero también es innegable que es fuertemente impulsada desde los Estados Unidos con exigencias tales como que en México haya democracia sindical, que se acaben los contratos de protección y se fortalezca la capacidad de negociación de los trabajadores.

La exigencia inicial expresada por Trump era elevar directamente los salarios en México. Pronto se dieron cuenta que eso no podría ocurrir sin fortalecer de raíz las capacidades de negociación de los trabajadores. Su objetivo permanece; que aquí se eleven los salarios de los trabajadores de manera tal que disminuya lo que consideran competencia desleal. Sobre todo les interesa no perder empleos en Estados Unidos porque las empresas se trasladen a nuestro país.

A Richard Trumka el gran líder sindical no le bastan las promesas mexicanas. Así que pide mayor seguridad no en cuanto a cambiar la letra de la ley; sino en su adecuada instrumentación. Eso es lo que cabildea con los legisladores demócratas y lo que puede desembocar en cambios al Tratado.

En caso de modificaciones México tendría que renegociar o aceptar los cambios y volver a ratificarlo en el senado. Pero la situación ya no es la que existía cuando lo ratificó un senado dominado por el PRI. Ahora podrían surgir críticas internas a un tratado que es básicamente similar al anterior TLC.

Al igual que el anterior el nuevo tratado no le otorga a México un lugar de socio privilegiado; no es favorable a que aquí pueda definirse una política industrial medianamente independiente; y no protege a la agricultura mexicana y al desarrollo rural. Una nueva discusión del tratado podría dar pie a desacuerdos como los que ha generado la discusión del presupuesto para el campo.

¿Qué tan importante es el tratado? Paradójicamente durante la vigencia del TLC el grueso del intercambio comercial y las inversiones externas norteamericanas se inclinaron a favor de China.

Lo que ocurrió es que China hizo algo mucho más importante que contar con un tratado. Mantuvo una paridad cambiaria competitiva asociada a la exportación de capitales y sin permitir la entrada de capitales especulativos. Pese a ser pobre, se convirtió en prestamista de Washington. Desarrolló una estrategia industrial independiente y un crecimiento basado en la substitución de importaciones. Esa estrategia fue mucho más efectiva que cualquier tratado.

En contraparte la continuidad del modelo mexicano de crecimiento basado en la inversión privada interna y externa, con un gobierno austero y reducido, demanda crear certezas de estabilidad. Tal es el argumento para esperar que el nuevo tratado se ratifique lo antes posible.

Hay otro asunto de importancia coyuntural. Acaba de vencer, a fin de octubre, la línea de crédito flexible entre México y el Fondo Monetario Internacional. Esa línea funciona como un crédito pre aprobado que se puede solicitar en caso de que ocurriera una contingencia cambiaria, digamos fuga de capitales.

Desde el FMI se dice que México solicitó reducir el monto de esa línea de crédito de los actuales 88 mil millones de dólares a algo así como 70 mil millones de dólares y eso es lo que se está renegociando. Puede sospecharse que esa solicitud de reducción es más bien la mejor alternativa ante la posible intención de la agencia financiera para simplemente eliminar la línea de crédito.

Esto puede asociarse a dos cosas. El Fondo otorgó un crédito desproporcionado a Argentina y ahora está en riesgo de no poder cobrarlo. Lo segundo es que en México se ha incrementado la incertidumbre financiera por varias razones: retraso en la firma del T-MEC; riesgo de caída del grado de inversión; temas de inseguridad y otras. Una de ellas es precisamente que no se renueve la línea de crédito flexible.

Hace unos años, para renovar la línea de crédito el Fondo exigió que Banco de México dejara de subastar grandes cantidades de dólares en una defensa a ultranza de la paridad cambiaria que resultaba peligrosa. Al reducir las reservas internacionales alentaba la volatilidad cambiaria y se acercaba a tener que emplear la línea de crédito.

Ahora más que antes el Fondo no quiere que México recurra a ese crédito. Pero es importante para el país porque otorga certidumbre a los capitales especulativos de que incluso en una circunstancia difícil podrán reconvertirse en dólares.

Lo mejor será que el Fondo renueve la línea de crédito para desalentar la volatilidad financiera; pero el compromiso implícito de México debe ser que no se recurrirá a ese crédito. Es decir que no habrá una defensa del peso a costa de agotar las reservas. No repetir lo que pasó en 1994.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Evo, Bolivia; vertientes de conflicto

Jorge Faljo

Evo Morales nació en 1959 en una familia indígena en pobreza extrema. Cuatro de sus seis hermanos no sobrevivieron la infancia. Cuando tenía seis años su familia emigró a Argentina para trabajar en la zafra de la caña de azúcar. Cada mañana la familia invocaba la protección de la Pachamama, la madre tierra.

En Argentina Evo ingresó a la primaria. Se sentaba atrás de todos porque no entendía el español. Gracias al trabajo en la zafra su padre pudo comprar un catre que más tarde le regalaría a su hija cuando se casó.

Después de un año la familia regresó a Bolivia y durante un tiempo Evo fue pastor de llamas. Cuenta que los pasajeros de los camiones arrojaban cascaras de naranja y de plátano por la ventana. El imaginaba que algún día él también podría viajar así, comiendo naranjas.

Completó sus estudios de secundaria mientras trabajaba como ladrillero, panadero, trompetista, entre otros oficios. Dejó la escuela para hacer el servicio militar. Evo, con dotes de líder y negociador, ascendió hasta dirigir a los productores de coca del país; luego sería diputado y más adelante líder nacional indígena.

Hago un paréntesis para aclarar que millones de habitantes de las regiones altas de Bolivia y Perú mastican o hacen infusión con las hojas de coca. Es un estimulante y analgésico ligero que ayuda a soportar el hambre, el cansancio, y el mal de altura. Se emplea desde hace milenios en rituales religiosos indígenas. En Perú su uso se ha declarado patrimonio cultural. En ambos países se controla la producción para desalentar su refinamiento en cocaína; un lujo de ricos.

En 2002 Evo perdió la presidencia de Bolivia por un pequeño margen (1.6 por ciento de los votos), en una elección teñida de sospechas de fraude. En 2006 volvió a ser candidato y ganó de manera abrumadora.

Bolivia ha sido un país de muy difícil gobernabilidad. En 1982 un presidente completó su mandato; desde entonces 10 presidentes no lo consiguieron. Los cuatro presidentes anteriores a Evo duraron en promedio 13 meses una semana, el inmediatamente anterior estuvo 227 días en la silla presidencial.

Así que ser presidente durante 14 años es un hecho histórico; nadie había logrado permanecer tanto tiempo y mucho menos manteniendo un clima predominantemente de paz social. Este largo periodo fue interrumpido por el golpe de estado número 189 en la historia de Bolivia.

¿Qué ocurrió en los 14 años del gobierno de Evo?

Dicen que Evo Morales ha sido el primer presidente de Bolivia que parece boliviano. Siendo indígena y con poca educación le vaticinaban un mal desempeño. Sin embargo su presidencia, en realidad tres periodos, se significó por el auge económico, con una tasa de crecimiento cercana al 4.5 por ciento anual mientras América Latina lo hacía al 1.6 por ciento. El producto per cápita se duplicó en los primeros ocho años de su gestión. Por eso el Banco Mundial reclasificó a Bolivia de país de ingresos bajos a medios.

Lo más importante es que los beneficios de ese crecimiento no se concentraron en pocas manos, sino que redujeron la pobreza mucho más que en ningún otro país latinoamericano. La pobreza extrema se redujo del 38.5 por ciento en 2005 al 15.2 por ciento en 2018; la pobreza moderada bajó de 60.6 a 34.6 por ciento de la población en el mismo periodo.

Ayudó mucho el auge internacional de los precios de las materias primas. Pero no se habría aprovechado sin la nacionalización de los recursos naturales: gas, otros hidrocarburos y minería. Y sin liberar a Bolivia de la tutela del Fondo Monetario Internacional.

Otro factor es que Bolivia evitó la apreciación de su moneda mediante la regulación de flujos financieros y un control flexible de la paridad cambiaria. El país contó con una moneda barata, competitiva, que le permitió elevar salarios. Bolivia acumuló importantes reservas internacionales generadas por sus exportaciones y no por endeudamiento financiero.

Su modelo de desarrollo, en palabras del vicepresidente, Álvaro García Linera (ahora en México), es heterodoxo, un capitalismo con fuerte presencia del Estado. Apostamos, dijo, a las exportaciones donde nos conviene y protegemos nuestra industria y mercado interno donde necesitamos.

Dos han sido los factores centrales del reciente golpe de Estado. La economía de Bolivia mantiene una alta dependencia de las exportaciones de materias primas. En un contexto de bajo crecimiento mundial y caída de precios de las materias primas, se redujeron los ingresos y el gasto público, así como la posibilidad de generar empleos. Esto en una sociedad donde el buen crecimiento ha generado altas expectativas.

Lo segundo es una disputa histórica de la sociedad boliviana; un conflicto económico, social y religioso asociado a un profundo racismo.

Evo se reconoce cristiano de base y también practica el culto a la Madre Tierra, Pachamama. Impulsó el laicismo y defendió que los estudiantes de las escuelas públicas pudieran optar por no estudiar catolicismo. En 2008 la iglesia católica apoyó públicamente un levantamiento armado en las zonas más ricas y blancas del país. En 2009 el catolicismo dejo de ser culto oficial del Estado y se reconoció la plurinacionalidad del país e importantes derechos indígenas.

En 2015 el Papa Francisco visitó Bolivia y dijo: queremos un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no lo aguantan los campesinos, los trabajadores, los pueblos. Y tampoco lo aguanta la hermana Madre Tierra. Entonces Evo declaró: Ahora si tengo Papa.

Esto no lo aceptan las elites bolivianas fundamentalmente blancas y católicas. Es muy representativo que la autoproclamada, es decir espuria, presidenta de Bolivia, Jeanine Áñez, dijera que con ella regresaba la biblia al palacio de gobierno. Y ciertamente llevaba una gran biblia en la mano. Más tarde tomó juramento a su gabinete frente a la biblia, velas encendidas y un crucifijo.

Jeanine Añez ha dicho que hay que desterrar a los ritos satánicos indígenas y que los indios no deben vivir en las ciudades. De ser por ella, Bolivia puede entrar en un grave conflicto racial y religioso.

Evo Morales en una actitud humanista y responsable renunció para evitar violencia y muertes. Escapó porque su vida estaba en fuerte riesgo. El gobierno de México se comportó con enorme dignidad frente a las presiones norteñas que tanto dificultaron la salida de Evo. La OEA quedó de nuevo cuestionada por su complicidad, declaraciones sesgadas y sin fundamento.

Ahora en México se publicita en los medios la mezquindad de nuestra derecha que se siente amenazada por el ejemplo de Evo.

Lamentablemente este evento golpista no ha terminado. Por un lado la agresión contra los indígenas apenas empieza. En una perspectiva legal la renuncia de Evo no ha sido aceptada por el congreso; al que se le impide reunirse. Y mientras las ciudades y barrios blancos celebran, las organizaciones indígenas no están amarradas de manos y se empiezan a movilizar.

Ojalá y en Bolivia se celebren las nuevas elecciones anunciadas y sea por la vía democrática que se resuelvan los diferendos y se restablezca el orden legal.

domingo, 10 de noviembre de 2019

Entre criminalidad y desarrollo

Jorge Faljo

El asesinato brutal de mujeres y niños de la familia LeBarón señala una terrible ausencia de límites, éticos, humanitarios, o de cualquier tipo en sus verdugos. El hecho ha conmocionado a la opinión pública de México y los Estados Unidos.

Los LeBarón son una extensa familia de cerca de 5 mil personas dedicadas a la agricultura en el norte de México. Sus antepasados vinieron de los Estados Unidos desde hace varias generaciones porque su religión, una rama independiente de la iglesia mormona, alentaba la poligamia, pero allá se prohibió. Encontraron que en México podían seguir practicándola.

Entre los antepasados no tan lejanos de esta familia varios tuvieron más de diez esposas. En un caso un abuelo tuvo más de 400 nietos. Lo cual explica que estas 5 mil personas estén cercanamente emparentadas.

Hago un paréntesis para decir que la poligamia genera situaciones muy conflictivas por la exclusión de los jóvenes menos adinerados. Pero ese es otro tema; además de que al parecer esa costumbre ya casi se ha extinguido.

Las víctimas LeBarón tenían una doble nacionalidad: mexicana y estadounidense. Es por ello que este horrendo crimen abre la puerta a la injerencia norteamericana y explica también el rápido apersonamiento de nuestro secretario de relaciones exteriores, Marcelo Ebrard, en la escena del crimen. Declaró que se va a hacer justicia. Eso esperan con impaciencia los mexicanos y muchos norteamericanos; su gobierno incluido.

Trump ofreció ayuda militar y, aparte de que AMLO rechazo esta posibilidad, la mejor respuesta la dio un familiar de los asesinados. Alex LeBarón le envió un mensaje (tweet) al presidente Trump diciendo: ¿quieres ayudar? Baja el consumo de drogas en los Estados Unidos. ¿quieres ayudar más? Cambia las leyes que permiten la entrada sistemática de armas de alto poder a México.

Sin embargo, sería iluso esperar que los gringos reconozcan y corrijan su contribución al crimen organizado en México. Más bien anuncian fuertes presiones sobre México.

Varios senadores norteamericanos apuntan en esa dirección. Lindsey Graham, un importante senador republicano dijo que prefería viajar a Siria que a México. También dijo que las organizaciones criminales de México deberían ser declaradas como terroristas bajo la ley norteamericana; algo que no es inocente pues le daría al gobierno norteamericano, en particular a Trump, facultades de intervención en México en defensa de ciudadanos e intereses norteamericanos.

Otro senador, Tom Cotton esgrime que si el gobierno mexicano no puede proteger a los ciudadanos estadounidenses en México tal vez ellos tengan que tomar el asunto en sus manos. Un tercer senador, Ben Sasse, supone que México se encuentra peligrosamente cerca de ser un estado fallido. Lo que ha sido ampliamente citado por los medios.

Afortunadamente Trump se encuentra entrampado en su juicio político. Pero si acaso libra su defenestración lo más probable es que esto le sirva de munición en su campaña electoral.

La situación obliga a México a combatir la inseguridad en dos vertientes; la inmediata es lo que prometió Ebrard, hacer justicia, ojalá que sea para todos, y la otra. La de mediano plazo es la propuesta de AMLO, combatir la criminalidad con desarrollo. No la continuidad del mero crecimiento, débil, sesgado, inequitativo y empobrecedor de los últimos treinta años; sino un desarrollo incluyente, generador de empleo, con equidad social. Ninguna de las dos maneras es sencilla y de bajo riesgo.

Reconstruir una senda de desarrollo requiere abandonar ortodoxias profundamente enraizadas que no generan suficiente empleo y bienestar.

El mercado mundial está saturado, nuestro mercado interno es muy débil tras décadas de empobrecimiento masivo y el gasto público no alcanza ni para lo esencial. Las transferencias sociales, educación, salud, seguridad e inversión compiten entre sí y al final todos son insuficientes. Tampoco alcanza para inyectar falsa competitividad en áreas clave de la producción.

Ahora que se reducen los apoyos gubernamentales a la agricultura comercial resulta que esta no puede nadar sin ese salvavidas. Y no es claro que los apoyos redirigidos a la producción campesina vayan a dar el resultado deseado en el corto plazo.

No obstante, requerimos que el grueso de la producción rural y urbana sea competitiva dentro del mercado interno frente a las importaciones de manufacturas asiáticas y la compra de granos norteamericanos. No se logrará con ilusorios y lentos incrementos de productividad que no se dieron en el pasado. Hay que voltear la ecuación: primero competitividad, luego productividad.

Y la competitividad se puede obtener abandonando la muy costosa defensa a ultranza de la paridad cambiaria. Presumimos la entrada de inversión especulativa que viene a aprovechar una de las tasas de interés más altas del mundo. Se le llama inversión, pero lo cierto es que no incrementa la producción, sino que la deteriora; abarata el dólar y fortalece nuestra vocación importadora.

Para echar a andar el potencial productivo del país, o por lo menos preservar la producción nacional, tendríamos que tener una paridad competitiva. La producción de maíz en la agricultura comercial es un buen referente. Si no se le va a apoyar con gasto público, y no es viable poner aranceles a las importaciones, la única alternativa a la destrucción es una paridad que le permita competir y ser rentable.

Hay señales crecientes de que una devaluación puede ser inevitable. Morgan Stanley, una importante firma financiera, aconseja desinvertir en pesos y en bonos de Pemex. El Fondo Monetario Internacional no da señales de renovar la línea de crédito flexible por cerca de 80 mil millones de dólares, que vence a fin de este mes. Las calificadoras desconfían de los cálculos financieros optimistas en torno a Pemex y las finanzas públicas.

Devaluar sería un trago amargo; pero nos acercamos a la disyuntiva entre conducir el proceso tomando el toro por los cuernos, o dejarnos arrastrar. Habrá que hacer de tripas corazón y convertir lo que parece inevitable en eje de un nuevo proyecto de desarrollo.

domingo, 3 de noviembre de 2019

Globalización; una ruta que se cierra.

Jorge Faljo

El contexto económico internacional es cada vez menos favorable a la estrategia de crecimiento fincado en la globalización. Una ruta que no hemos abandonado pero que es cada vez más estrecha. De hecho, ya no parece funcionar para algunas de las más grandes potencias industriales.

Japón, la tercera economía más grande del mundo, después de los Estados Unidos y China, experimenta una contracción de su producción industrial que la retrae a cifras de hace tres años. Esta situación se asocia a dos factores; el primero es que elevó el impuesto a las ventas de ocho a diez por ciento y provocó una contracción del consumo. El segundo, más importante, es que sus exportaciones, fundamentalmente de manufacturas, llevan 10 meses a la baja y han caído en un 5.2 por ciento respecto al año anterior.

De acuerdo a su banco central Alemania podría encontrarse en recesión; su economía se contrajo en 0.1 por ciento de abril a junio y al parecer esta tendencia está a punto de confirmarse para el siguiente trimestre. Muy posiblemente su crecimiento en 2019 no rebasará el 0.3 por ciento. La causa principal de este bajo dinamismo es la caída en sus exportaciones de manufacturas que en agosto se redujo en 3.9 por ciento comparado con el mismo mes del año anterior.

Inglaterra por su parte también redujo su producción en un 0.2 por ciento durante el segundo trimestre y se calcula que habrá crecido en 0.3 por ciento en los siguientes tres meses. Escapa a la definición de recesión, pero son sus peores datos económicos de los últimos siete años. Sin embargo, de acuerdo a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE, su salida de la Unión Europea podría empujarla a la recesión en este y el siguiente año.

Italia tiene una perspectiva ligeramente peor a los anteriores. Un crecimiento de cero por ciento para 2019.

Una excepción dentro de este panorama oscuro beneficia a casi el 20 por ciento de la población mundial. Se trata de la economía de China que, aunque se desacelera, crecerá este año en un 6.1 por ciento. Esto a pesar de que sus exportaciones caerán en alrededor del 3 por ciento. Conviene aquí recordar los tres pilares básicos del notable crecimiento chino en las últimas décadas: uno, una moneda barata y altamente competitiva; dos, una fuerte estrategia de substitución de importaciones y; tres, un decidido fortalecimiento de su mercado interno sustentado sobre todo en alzas salariales que promedian el 8.2 por ciento anual en los últimos diez años.

En suma, de acuerdo a la OCDE este año será el peor desde el 2009. Un referente nefasto en el que la economía mundial retrocedió fuertemente dejando a cientos de millones empobrecidos y sin empleo.

Para la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, UNCTAD, no solo 2019 será malo, sino que la situación apunta a que en 2020 pudiera ocurrir una recesión global.

La ruta que se cierra es la del crecimiento exportador en el que los mercados internos fueron despreciados y el esfuerzo se concentró en la conquista de mercados externos bajo un mecanismo esencialmente perverso. Me refiero a los préstamos al tercer mundo con los que múltiples países se endeudaron para obtener un superficial desarrollo importado. Y para pagar subastaron su patrimonio.

Bajo esa lógica México privatizó lo que era patrimonio del Estado y luego vendió al extranjero lo que incluso siendo privado era por lo menos nacional. A cambio consiguió crear un segmento moderno, exportador, que ahora se encuentra en un callejón sin salida.

Hay quienes consideran que las guerras comerciales y el creciente proteccionismo son los factores que ocasionan las dificultades para exportar y por tanto el estancamiento de la economía mundial. Lo que yo creo es que son las tendencias al estancamiento las que provocan las guerras comerciales.

El avance en las capacidades de producción ha ocurrido al mismo tiempo que crece la inequidad y se genera una triada maligna: no crecen los ingresos de la mayoría; el endeudamiento ya no aumenta el consumo y la incertidumbre obliga a la cautela en el gasto.

La recomendación de la OCDE a los gobiernos es que gasten, que generen ingreso. Los gobiernos industrializados reducen las tasas de interés hasta niveles negativos e incluso inyectan dinero fresco a sus economías. Pero no parece ser suficiente. Si algo debió enseñarnos la gran crisis económica de fines de los años veinte del siglo pasado es que la austeridad es venenosa.

No es de extrañar que también en México la producción amenaza con reducirse este año por vez primera desde el 2009. No estamos en condiciones de competir en un mercado mundial donde ni Japón, Alemania o China logran seguir vendiendo como en años anteriores.

Cierto que la economía norteamericana crecerá en cerca del 1.9 por ciento este año; pero ya no “jala” a la economía mexicana como antes. Y lo que era una relación provechosa en el esquema globalizador, ahora se convierte en fuente de incertidumbre y exigencias de cambio. ¿Firmarán el T-MEC este año? Y ¿qué hacer frente a sus exigencias donde pide democracia sindical y aumentos salariales en México?

Presumíamos de ser una de las economías más globalizadas del planeta por número de tratados internacionales y el peso del comercio exterior en la economía nacional. Seguimos siéndolo, pero lo que era ventaja ahora es pesada carga, sobre todo si no nos decidimos al abandono radical de esa inercia.

Que el mundo no crezca no justificará nuestro estancamiento. Es, por el contrario, un llamado a la acción decidida. Lo primero es una reforma fiscal que ponga en manos del Estado los recursos para invertir y dinamizar la economía, lo que implica abandonar la austeridad; lo segundo es una política industrial y agropecuaria que abra espacios a la inversión privada para sobre todo substituir importaciones; lo tercero es fortalecer el ingreso urbano y rural fuertemente reconectado al consumo de productos nacionales, lo que implica regular las importaciones y apoyar, como lo ofrece el Plan Nacional de Desarrollo, una economía social y solidaria. .

Hoy existe el apoyo popular que le permitiría a este gobierno convocar a los cambios de gran envergadura. ¿Ese apoyo lo seguirá teniendo en un par de años?

domingo, 27 de octubre de 2019

Chile. No son alienígenas, es el pueblo.

Jorge Faljo

Hace poco el presidente de Chile, Sebastián Piñera, declaró al diario Financial Times que su país es un oasis en la región, con democracia estable, economía en crecimiento, generación de empleos y mejora de salarios.

Esa entrevista ha adquirido cierto parecido con la que el presidente Porfirio Díaz le dio al periodista James Creelman en marzo de 1908. En ella justificaba su gobierno dictatorial y aseguraba, más bien para lectores del extranjero, que los mexicanos ya estaban preparados para la democracia. No esperaba, Porfirio, que sus declaraciones provocarían una fuerte turbulencia y contribuirían a desatar la revolución.

Piñera no esperaba que a pocas semanas de presentar a su país como paraíso se desataría una de las más fuertes revueltas sociales en América Latina. El contraste entre los que pintan a Chile como ejemplo de un neoliberalismo exitoso y lo que ahora sale a la luz, es extremo.

La revuelta empezó con la convocatoria de los estudiantes a saltarse los torniquetes del metro en respuesta a un aumento del precio del boleto. Un aumento que podríamos pensar más bien pequeño, de 800 a 830 pesos chilenos; es decir poco menos de un 4 por ciento. Pero hay contextos en los que una chispa puede incendiar la pradera. Y en este caso la represión de la revuelta estudiantil atizó el fuego.

Ya antes los estudiantes habían protestado debido a que la educación, privatizada, es cara y tienen que endeudarse para después encontrar un empleo mal pagado.

Al descontento se sumaron los jubilados, cuyas pensiones los tienen en la pobreza. Hace unos días leí en una publicación financiera que el sistema pensionario de Chile es uno de los mejores del mundo. México lo copió y pronto empezaremos a ver cómo nos va.

Los sindicatos convocaron a una huelga general. Los transportistas cerraron casetas de pago en las carreteras porque las consideran caras. Y todos se sienten afectados por el alto costo de las medicinas y la privatización del sistema de salud.

Inicialmente Piñera reaccionó con medidas de fuerza. Declaró: estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, dispuesto a usar la violencia y quemar hospitales, el metro y los supermercados. Son vándalos criminales.

Cierto, hubo episodios de violencia, saqueos, quema de autobuses y han ocurrido unas veinte muertes. Son las fotos, videos y notas de hechos lamentables las que destacan en los medios y ocultan los problemas de fondo.

Uno de los lemas destacados de la revuelta es “no se trata de 30 pesos, sino de 30 años”, refiriéndose a los decenios de neoliberalismo depredador.

El hecho es que la revuelta tomó por sorpresa a la clase política. No la podían entender. El ministro del interior habló de una escalada organizada, sin aclarar quienes la organizan. La primera dama, Cecilia Morel, dijo “Estamos absolutamente sobrepasados. Es como una invasión extranjera, alienígena, y no tenemos las herramientas para combatirla”.

Difícil que la primera familia entienda el malestar popular cuando el presidente Piñera ha amasado una fortuna calculada en 2 mil 800 millones de dólares de los años de la dictadura de Pinochet a la fecha.

A los señores que tienen este nivel de fortunas les gusta mostrarse como filántropos y ambientalistas. Piñera compró 118 mil hectáreas con propósitos de conservación y servicios para 100 mil visitantes al año. Lo hizo con capital de una de sus empresas radicada en Panamá para evadir impuestos. Lo más controvertido surge del reclamo de la población indígena de que parte de esa zona son tierras ancestrales sobre las que no logran el reconocimiento de sus derechos.

Piñera ejemplifica mejor que nadie el problema de fondo, la inequidad. A su favor está que cambió de posición y a unos días de iniciada la revuelta lanzó una agenda social de unidad nacional que da marcha atrás al alza del metro y la electricidad. También elevó el salario mínimo, redujo la semana laboral de 45 a 40 horas, creó un fondo para complementar las pensiones más bajas y se comprometió a negociar con las farmacéuticas bajar el precio de las medicinas.

Para solventar estos gastos anunció que se eleva al 40 por ciento el impuesto sobre la renta de los que ganen más de 11 mil dólares al mes. Cabe suponer que el presidente mismo y las grandes familias seguirán guardando capitales en paraísos fiscales extranjeros.

Sin embargo, estos cambios podrían no ser suficientes para enfrentar el cansancio de una mayoría de la población que percibe claramente la inequidad económica y social, en mucho asociada a la corrupción y a componendas legaloides entre el poder público y la minoría enriquecida a niveles fantásticos.

A partir de una revuelta en un principio desordenada y sin cabezas visibles está ocurriendo un proceso de creciente organización y nuevas demandas. Según encuestas el 83 por ciento de la ciudadanía apoya las protestas y el 7 por ciento las rechaza. Este viernes más de un millón de personas marcharon en la capital exigiendo cambios. Destaca el llamado a convocar a una Asamblea Constituyente que anule la Constitución neoliberal heredada de la dictadura sangrienta de Augusto Pinochet y que deja el timón del país en manos del mercado; es decir del dinero.

Aquí en México, parece que vemos los toros desde la barrera, pero nos vendría bien algún aprendizaje. Este sería, entre otros, que la democracia convencional no es adecuada para detectar resentimientos largamente acumulados que pueden explotar de manera sorpresiva. Las pasadas elecciones presidenciales expresaron y desfogaron algo de ese malestar; también crearon expectativas que requieren ser satisfechas. A veces dar poco a destiempo exacerba el problema.

El mejor antídoto es propiciar una real democracia participativa. Afortunadamente contamos con una Constitución con medula social. Infortunadamente décadas de neoliberalismo nos dejan un país en el que la medición de la inequidad arroja el mismo dato que el de la República de Chile.

domingo, 20 de octubre de 2019

Culiacán, punto de inflexión

Jorge Faljo

Lo ocurrido este pasado jueves en Culiacán cimbró al país. La población local vivió horas de terror encerrada en los lugares donde estaban al iniciarse las balaceras. Estas fueron desatadas por el crimen organizado que se enseñoreo de buena parte de la ciudad; circulaban exhibiendo armas de alto calibre, cerraron los puntos de acceso a la ciudad, el aeropuerto, y derrumbaron el muro de un penal provocando una fuga de reos. Fue su respuesta a la detención de Ovidio Guzmán, un hijo del Chapo, preso en los Estados Unidos.

el resto del país seguíamos con alarma y desconcierto lo que ocurría en la capital de uno de los estados con mayor pujanza económica. La situación era confusa y hasta este momento muchos detalles de lo ocurrido siguen siendo inciertos o borrosos.

Lo que es seguro y sorprendente es la capacidad de organización y respuesta inmediata de estas bandas que en un par de horas pusieron en jaque no solo al gobierno local, sino incluso al federal. La confrontación de fuerzas fue totalmente favorable a los seguidores y aliados del Chapo en detrimento de las fuerzas institucionales.

Finalmente, el gobierno retrocedió en su intención de detener y, posiblemente, extraditar a Ovidio y, puesto que ya estaba en sus manos, lo liberó. Fue una decisión del gabinete de seguridad federal, con la aprobación del Presidente López Obrador de la que se responsabiliza plenamente.

AMLO explica que era mucho más importante preservar la vida de los seres humanos que la detención de un presunto delincuente. Decide no enfrentar la violencia con la violencia, y está por la paz, la fraternidad y el amor. Menciona en favor de esta actitud al nuevo testamento. Es decir que se vuelve a declarar cristiano.

No obstante, la decisión presidencial es muy controvertida y algunas de sus expresiones, del fuchi guacala, al papel de las madres y abuelas en el control de los delincuentes son objeto de franco pitorreo en las redes sociales. Pero hacer chistes no le quita seriedad al asunto, buena parte de la población se siente insegura y este es un tema mayor de la vida nacional.

Los adversarios políticos del Presidente hablan de una rendición ante el crimen y de un estado fallido. Argumentan que se debió dar una fuerte demostración de poder por parte de las fuerzas armadas institucionales.

Pero si se hubiera seguido ese camino el costo en vidas humanas podría haber sido inmenso. Se amenazó en particular a un conjunto habitacional de militares, es decir a sus familias, incluyendo niños.

El presidente tomó la decisión que en ese momento era la correcta. Pero no deja de preocupar que, más allá de su convicción cristiana, exista en esta administración la percepción de que en una guerra contra el crimen organizado saldríamos perdiendo.

Los que exigen someter al crimen organizado por la fuerza de las armas asumen que el gobierno ganaría en corto tiempo y a un bajo costo en sangre tanto de militares como de civiles. Culiacán, y Aguilillas, nos demuestran que no es así. Y este es un diagnóstico terrible, tenemos un estado débil y eso no se remediaría mediante enfrentamientos que más bien podrían demostrar su debilidad y un costo inaceptable en vidas.

El camino planteado por este régimen es el del desarrollo, la inclusión de los jóvenes con educación y preparación para el trabajo; elevar el bienestar de los más vulnerables mediante transferencias sociales; conseguir la autosuficiencia alimentaria sustentada en la producción campesina e indígenas, entre otras medidas.

Pero Culiacán es un parteaguas. Demuestra la inaceptable debilidad heredada del Estado y la convierte en argumento político en contra de toda la cuarta transformación. Abre una herida que se irá ensanchando y que se convierte en una de las principales amenazas a la propuesta de desarrollo del régimen.

Reconocer la debilidad obliga a acciones de fortalecimiento rápido; hay que acelerar el paso. Con una captación fiscal de nivel paraíso no hemos podido crecer. Urge elevar la captación. Si no se hace pronto y se traduce en desarrollo social se perderá la oportunidad de la actual alta popularidad del régimen. Entre más se tarde será más difícil.

El Fondo Monetario Internacional sugiere fortalecer al sector privado. Pero el problema de fondo de la inversión privada es que el entorno mundial es crecientemente hostil, y al interior tenemos un mercado empobrecido. El mejor impulso a la inversión privada es una política industrial que le abra vertientes de producción en substitución de importaciones chinas tanto para el mercado interno como para elevar el contenido nacional de las exportaciones.

Lo principal es configurar un fuerte sector social. Y el primer paso es que las transferencias sociales se amarren al consumo de productos nacionales. No a un mecanismo de transferencias que favorece la globalización del consumo.

Acelerar la transformación requiere promover a las organizaciones sociales independientes y democráticas y dejar de verlas como adversarias.

Culiacán obliga a redoblar el paso transformador; aún hay tiempo y sustento social. Solo acelerando el crecimiento de los elementos sanos de la economía y de la sociedad podrá irse desplazando y debilitando el poder del crimen organizado y también los argumentos de aquellos que quieren una confrontación que hundiría en sangre la transformación de México.