Jorge Faljo
Un pensamiento positivo por la mañana puede cambiar tu día. Ve el lado bueno de la vida. Fuera el desaliento, toma un buen café, lee tu horóscopo y aléjate de las malas vibras. Si lo haces, oirás cantar a los pajaritos.
Mensajes similares inundan el Whatsapp, el face y el pizarrón de anuncios de muchas oficinas. No faltan amigos que buscan inspiración, o tranquilidad, en esta línea de pensamiento y los respeto. Pero cuando este enfoque se revela como filosofía presidencial, y del mensaje a la nación, la cosa toma otro cariz.
Hasta hace unos días me inquietaba el posible contenido del Informe Presidencial. La producción total, en particular la agropecuaria e industrial, se redujeron en el segundo trimestre. La deuda pública y el déficit en cuenta corriente se han disparado y ponen en duda tanto la solidez de las finanzas públicas como las del país.
Las promesas públicas de crecimiento económico y bienestar para la población se han hecho polvo. Desde la academia se cuestionan los intentos de maquillar aún más las cifras de pobreza.
La seguridad pública y el combate a la criminalidad no mejoran. A duras penas en el sexenio pasado se aceptó que entre las decenas de miles de muertos había víctimas inocentes. Ahora estamos en el trance de aceptar que el problema de la inseguridad, más allá de la mera incapacidad tiene que ver con pasividad, corrupción e incluso colusión de distintas autoridades.
Los informes de la Comisión Nacional de Derechos Humanos no dejan duda sobre la gravedad del problema de derechos humanos y la ausencia del imperio de la ley en México.
Del “momento de México” tan pregonado y celebrado hace unos años, cuando el presidente y alguno de sus secretarios aparecían en portadas internacionales, hemos pasado al desprestigio extremo.
Entonces, ¿Qué iba a informar el C. Presidente?
Muchos esperábamos que la ausencia generalizada de buenos datos daría lugar a algunas decisiones espectaculares en esta semana recién pasada. Tal vez hasta cambios de fondo en la conducción económica, la política industrial y agropecuaria; o en los derechos de los trabajadores y el salario mínimo; o en las relaciones comerciales con el exterior con el objetivo de proteger la producción interna.
Oportunidades de cambio abundan cuando casi nada marcha bien. Tal vez un simple cambio de caras en el gabinete presidencial que apuntara a una corrección del rumbo. Algo positivo o esperanzador, pues.
También estaba el temor a un golpe de mano represivo para presumir que se había impuesto la ley y el orden. Lo que afortunadamente queda descartado, creo, ante el anuncio de un encuentro con jóvenes, que no serán los dignos chicos de la Ibero al escuchar la justificación de Atenco, pero igual podrían reaccionar en contra de una mala presunción.
Pero la salida al problema de qué informar es otra, e inesperada. Para el presidente Peña Nieto lo que debe prevalecer son las buenas noticias y no las malas. Buenas noticias hay muchas, dice, y desde la presidencia se ha hecho una cuidadosa selección de ellas que, transformadas en spots publicitarios, se convierten en el eje del mensaje presidencial.
Gracias a la señora que recibió un crédito para vivienda olvidaremos a los 25.4 millones sin servicios básicos en la vivienda y a los 34 millones que viven en condiciones de hacinamiento.
El mensaje de la señora que recibió tratamiento médico apropiado puede hacernos creer que la atención es oportuna, sin largas filas ni meses de espera, con abasto de medicinas, que ninguna mujer muere de parto en el baño o en las puertas del hospital y, sobre todo, perder de vista que hay 22 millones de mexicanos sin acceso a servicios de salud.
La dama que tuvo la fortuna de alimentar a su familia en un comedor comunitario sustituirá en nuestras mentes a los 28 millones en carencia alimentaria. Los magníficos jóvenes campeones mundiales en robótica opacan el hecho de que 90 por ciento de los aspirantes son rechazados en las universidades públicas debido a décadas de abandono del sector.
Por el exitoso compa exportador de aguacate haremos caso omiso al incumplimiento de la promesa presidencial de que en 2018 el 75 por ciento del abasto de los seis principales granos básicos de la dieta nacional se producirían internamente.
La estrategia de difusión del cuarto informe eleva al pensamiento positivo al rango de política pública. Al mismo nivel que la manipulación estadística y las predicciones esperanzadoras, siempre incumplidas. Al tiempo queda si estas cortinas de humo pueden justificar la inacción; la falta de capacidad para corregir el rumbo.
Le atribuyen a Einstein haber dicho que la locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes. Está en duda que lo haya dicho, pero no por ello la frase es menos cierta. El caso es que esta administración no ha hecho sino repetir llevando al extremo las estrategias de las últimas tres y media décadas. Sus promesas de cambio desembocan a fin de cuentas en no más que el nuevo formato del mensaje a la nación: un encuentro y dialogo con jóvenes para, al parecer, explicarles las bondades del pensamiento positivo.
Los invito a reproducir con entera libertad y por cualquier medio los escritos de este blog. Solo espero que, de preferencia, citen su origen.
sábado, 27 de agosto de 2016
sábado, 20 de agosto de 2016
Ganancias acrobáticas
Jorge Faljo
La expropiación petrolera decretada por Lázaro Cárdenas el 18 de marzo de 1938 fue la culminación de una lucha obrera por el derecho a la sindicalización y a la negociación colectiva. Posteriormente se transformó en un conflicto entre el gobierno y las empresas privadas extranjeras que llegó, por parte de estas últimas al desacato a la Suprema Corte de Justicia de la Nación cuando decidió en favor de los trabajadores.
Las empresas alegaban que elevar los salarios las llevaría a la quiebra. Sin embargo “El Águila”, subsidiaria de la petrolera Shell, holandesa, vendía el petróleo mexicano a su matriz a 1.96 dólares el barril cuando este se cotizaba a 3.19 dólares en el mercado internacional. De este modo las ganancias se escapaban del país sin tener que pagar impuestos en México. Se escapaba también el potencial de inversión y, a cambio se daba una supuesta atracción de capitales externos.
El truco está en el manejo de los precios de transferencia, aquellos que las empresas determinan para la compra - venta entre filiales. La empresa productora de un conglomerado puede venderle muy barato y comprarle muy caro a su filial ubicada en un paraíso fiscal. De este modo la productora tiene pérdidas mientras la no productora, tal vez ubicada en una oficinita sin empleados acapara las ganancias. Ni siquiera se requiere que la mercancía haya pasado físicamente por un paraíso fiscal y laboral como Luxemburgo, Panamá o las Islas Caimán.
Tales manejos han dado lugar a una acrobacia internacional de las ganancias en la que ya no se sabe dónde quedó la bolita. Esto afecta todos los países y en particular a los más pobres y menos vigilantes de acuerdo a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos -OCDE-, el club de los 34 países más ricos del planeta. Se trata de un esquema financiero que despoja a los países, ciudadanos y gobiernos (muchas veces complacientes) de recursos imprescindibles para el crecimiento económico y crea un sistema fiscal mundial tremendamente desigual.
Para enfrentar esta situación la OCDE propone “medidas fuertes” que ubiquen las ganancias y los impuestos correspondientes en los países donde realmente se genera la producción. Lo que sería posible si el trato entre matrices y filiales se hiciera a precios de mercado, como si fueran empresas distintas entre sí y no parte del mismo conglomerado.
De acuerdo a la OCDE los grandes conglomerados no se comportan de acuerdo a las reglas del mercado cuando les conviene. Forzarlos a ello requiere marcos legales apropiados y, sobre todo, fuerte supervisión gubernamental.
También a la Comisión Económica para la América Latina le preocupa el asunto. Alicia Barcena, esa estupenda mexicana que dirige la CEPAL, manifiesta que el sistema tributario internacional, arcaico y disfuncional, proporciona a las empresas y a los ricos amplias oportunidades para no pagar los impuestos que les corresponden en justicia. Cada año se escapan y se esconden cientos de miles de millones de dólares de América Latina en paraísos fiscales. Un pequeño botón de muestra fue el asunto de los “Panama Papers”.
Pero no se piense que el juego del escondite de las ganancias se limita a los conglomerados internacionales. Ya el presidente López Portillo había hablado de “empresarios ricos con empresas pobres”; es decir a la práctica empresarial de despojar a sus propias empresas para escabullir lo que le corresponde a gobierno y trabajadores. Un ejemplo es el caso de Mexicana de Aviación, que fue llevada a una quiebra que le dio grandes ganancias a su dueño y despojó a los trabajadores.
Y aunque no se trata de prácticas modernas lo cierto es que han adquirido barniz de legalidad en los últimos años. Me refiero en particular a la reforma laboral que legaliza la tercerización de la contratación de trabajadores, el llamado “outsourcing”. Bajo esta modalidad los trabajadores formalmente trabajan en empresas pantalla que no tienen bienes con los cuales responder a sus obligaciones laborales. Entretanto la empresa realmente productiva puede funcionar sin que tenga, a los ojos de la justicia cegatona, trabajadores.
Por cierto, para ser una outsourcing no se requiere colocar un letrero o señal legal que lo declare. Algunas de estas empresas evitan cuidadosamente llamar empleados o incluso trabajadores a los que ejercen sus tareas sustantivas. Son más bien “colaboradores” o “asociados” contratados por “otra” empresa que puede tener un nombre engañosamente parecido pero que no es legalmente la empresa productiva. Incluso podemos sospechar que muchos trabajadores no saben que trabajan para un patrón pantalla.
Las maromas contables, internacionales y nacionales, que deslindan la ganancia de la planta productiva, incluso del país de origen, se han convertido en un extenso mecanismo que defrauda al gobierno, a los trabajadores y a la sociedad toda al restarle posibilidades de desarrollo.
Ubicar las responsabilidades patronales, fiscales y laborales en la empresa que verdaderamente produce y genera las ganancias es un imperativo de justicia social, e incluso de desarrollo nacional. Del otro lado de la ecuación se requiere promover una verdadera democracia sindical. Y transparencia en ambos lados. Cambios que deberían estar en la agenda de un gobierno, y sobre todo de un legislativo, verdaderamente comprometidos con la nación.
La expropiación petrolera decretada por Lázaro Cárdenas el 18 de marzo de 1938 fue la culminación de una lucha obrera por el derecho a la sindicalización y a la negociación colectiva. Posteriormente se transformó en un conflicto entre el gobierno y las empresas privadas extranjeras que llegó, por parte de estas últimas al desacato a la Suprema Corte de Justicia de la Nación cuando decidió en favor de los trabajadores.
Las empresas alegaban que elevar los salarios las llevaría a la quiebra. Sin embargo “El Águila”, subsidiaria de la petrolera Shell, holandesa, vendía el petróleo mexicano a su matriz a 1.96 dólares el barril cuando este se cotizaba a 3.19 dólares en el mercado internacional. De este modo las ganancias se escapaban del país sin tener que pagar impuestos en México. Se escapaba también el potencial de inversión y, a cambio se daba una supuesta atracción de capitales externos.
El truco está en el manejo de los precios de transferencia, aquellos que las empresas determinan para la compra - venta entre filiales. La empresa productora de un conglomerado puede venderle muy barato y comprarle muy caro a su filial ubicada en un paraíso fiscal. De este modo la productora tiene pérdidas mientras la no productora, tal vez ubicada en una oficinita sin empleados acapara las ganancias. Ni siquiera se requiere que la mercancía haya pasado físicamente por un paraíso fiscal y laboral como Luxemburgo, Panamá o las Islas Caimán.
Tales manejos han dado lugar a una acrobacia internacional de las ganancias en la que ya no se sabe dónde quedó la bolita. Esto afecta todos los países y en particular a los más pobres y menos vigilantes de acuerdo a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos -OCDE-, el club de los 34 países más ricos del planeta. Se trata de un esquema financiero que despoja a los países, ciudadanos y gobiernos (muchas veces complacientes) de recursos imprescindibles para el crecimiento económico y crea un sistema fiscal mundial tremendamente desigual.
Para enfrentar esta situación la OCDE propone “medidas fuertes” que ubiquen las ganancias y los impuestos correspondientes en los países donde realmente se genera la producción. Lo que sería posible si el trato entre matrices y filiales se hiciera a precios de mercado, como si fueran empresas distintas entre sí y no parte del mismo conglomerado.
De acuerdo a la OCDE los grandes conglomerados no se comportan de acuerdo a las reglas del mercado cuando les conviene. Forzarlos a ello requiere marcos legales apropiados y, sobre todo, fuerte supervisión gubernamental.
También a la Comisión Económica para la América Latina le preocupa el asunto. Alicia Barcena, esa estupenda mexicana que dirige la CEPAL, manifiesta que el sistema tributario internacional, arcaico y disfuncional, proporciona a las empresas y a los ricos amplias oportunidades para no pagar los impuestos que les corresponden en justicia. Cada año se escapan y se esconden cientos de miles de millones de dólares de América Latina en paraísos fiscales. Un pequeño botón de muestra fue el asunto de los “Panama Papers”.
Pero no se piense que el juego del escondite de las ganancias se limita a los conglomerados internacionales. Ya el presidente López Portillo había hablado de “empresarios ricos con empresas pobres”; es decir a la práctica empresarial de despojar a sus propias empresas para escabullir lo que le corresponde a gobierno y trabajadores. Un ejemplo es el caso de Mexicana de Aviación, que fue llevada a una quiebra que le dio grandes ganancias a su dueño y despojó a los trabajadores.
Y aunque no se trata de prácticas modernas lo cierto es que han adquirido barniz de legalidad en los últimos años. Me refiero en particular a la reforma laboral que legaliza la tercerización de la contratación de trabajadores, el llamado “outsourcing”. Bajo esta modalidad los trabajadores formalmente trabajan en empresas pantalla que no tienen bienes con los cuales responder a sus obligaciones laborales. Entretanto la empresa realmente productiva puede funcionar sin que tenga, a los ojos de la justicia cegatona, trabajadores.
Por cierto, para ser una outsourcing no se requiere colocar un letrero o señal legal que lo declare. Algunas de estas empresas evitan cuidadosamente llamar empleados o incluso trabajadores a los que ejercen sus tareas sustantivas. Son más bien “colaboradores” o “asociados” contratados por “otra” empresa que puede tener un nombre engañosamente parecido pero que no es legalmente la empresa productiva. Incluso podemos sospechar que muchos trabajadores no saben que trabajan para un patrón pantalla.
Las maromas contables, internacionales y nacionales, que deslindan la ganancia de la planta productiva, incluso del país de origen, se han convertido en un extenso mecanismo que defrauda al gobierno, a los trabajadores y a la sociedad toda al restarle posibilidades de desarrollo.
Ubicar las responsabilidades patronales, fiscales y laborales en la empresa que verdaderamente produce y genera las ganancias es un imperativo de justicia social, e incluso de desarrollo nacional. Del otro lado de la ecuación se requiere promover una verdadera democracia sindical. Y transparencia en ambos lados. Cambios que deberían estar en la agenda de un gobierno, y sobre todo de un legislativo, verdaderamente comprometidos con la nación.
sábado, 13 de agosto de 2016
Hora de cambiar
Faljoritmo
Jorge faljo
“Las perspectivas para el crecimiento de la economía mundial continuaron revisándose a la baja…
”
Así empieza el último comunicado del Banco de México, y a continuación detalla las malas noticias de las economías de Europa, Estados Unidos, Japón, China y otras economías emergentes. Es usual que estos reportes inicien con la situación internacional. Sirve sobre todo para decir que no estamos tan mal, o para justificar nuestro propio desempeño deficiente. Es cierto que somos muy vulnerables a la situación externa, pero también que podríamos serlo mucho menos, con una política económica adecuada.
Más adelante Banxico pasa a describir los riesgos y dificultades internos. Para empezar lo financiero, donde no descarta nuevos episodios de volatilidad, es decir que el dólar se encarezca debido, señala, a las incertidumbres que ha creado el proceso electoral en los Estados Unidos y a que, en caso de recuperación de su economía, eleven su tasa de interés.
No obstante, los datos verdaderamente malos se encuentran del lado de la economía real, la situación de la producción, el empleo y el consumo. Banxico recoge estimaciones del Instituto Nacional de Estadística –INEGI-, que indican una contracción del Producto Interno Bruto en el segundo trimestre de 2016. Al estancamiento que ya existía en el sector industrial se añadió un freno al crecimiento del sector terciario (servicios). El consumo se desaceleró y las exportaciones manufactureras y la inversión mantuvieron un débil desempeño.
Estamos en el momento del año en el que las previsiones relativamente optimistas que se le habían atribuido al futuro se van desmoronando conforme se vuelven presente. Sin embargo la descripción que hace Banxico debiera preocupar a las elites sobre todo al gobierno. Su informe es escueto pero contundente, el panorama es oscuro. En particular por lo que implica para una población que ya sufre en demasía los errores del modelo.
De acuerdo al INEGI 24.8 millones de mexicanos tienen un ingreso inferior a dos salarios mínimos. De hecho 3.2 millones no tienen ingreso por su trabajo; otros 7.1 millones ganan menos de un salario mínimo y 14.6 millones reciben entre uno y dos salarios mínimos. La mitad de la mitad de la población se encuentra en esta precariedad laboral que no da ni para comer. Más de la mitad de los mexicanos, 55.3 millones están en la pobreza. Peor; el 23.4 por ciento de la población, 28 millones, tienen carencias alimentarias. Todos son datos oficiales.
¿Qué hacer? Lo típico sería sostener que el año que entra nos irá mejor; que tal vez la economía norteamericana se dinamice y sea la locomotora que nos jale en nuestra calidad de furgón de cola. Se puede aderezar con expectativas de buen crecimiento para el 2017; siempre advirtiendo que si no ocurre será culpa de la economía mundial, o la norteamericana que, tercamente, se niegan a crecer.
Sin embargo el discurso de futuros sonrosados es cada vez menos creíble y la situación social y política amenaza con desbordar algunas de las costuras que las contienen.
Datos de una encuesta de El Universal indican que 63 por ciento de la población reprueba la gestión presidencial y un 84 por ciento considera que los problemas lo rebasan. Este “malestar”, reconocido pero no entendido por el C. Presidente se expande a toda la clase política y fue evidente en las pasadas elecciones estatales. La incapacidad de dialogo autentico con actores sociales y políticos, a los que muchas veces no se reconoce, o se intenta destruir, se ha convertido generadora de graves problemas.
El mayor ejemplo de esta cerrazón fue la manera en que se impuso la reforma laboral del magisterio y que ha orillado a los maestros a la estrategia de lucha de los que no son escuchados: estorbar. Lo que exacerba las tensiones incluso entre el gobierno y un sector empresarial que demanda el uso de la fuerza sin medir consecuencias. Una de las cuales, aparte del descredito internacional ya bien ganado, sería darle puntos a Trump en el proceso electoral norteamericano.
Tal vez en sentido contrario, hay que admitirlo, marchó la reunión campesina del pasado lunes en el zócalo y los encuentros entre sus líderes y varios secretarios de estado. Un ejercicio de escucha que ojalá y no termine en nada, como ocurrió en 2014 cuando el propio gobierno convocó a reformar el campo y luego no le gustó el entusiasmo que despertó.
Los campesinos se mostraron duros. Exigen que no se les trate como pobres con medidas asistencialistas, incluyendo despensas con granos importados. Lo que quieren es una estrategia que los trate como productores que pueden hacerse cargo de su propia alimentación y la del país. Requieren un entorno institucional y un manejo de merado que recupere la rentabilidad de la producción de los pequeños productores.
El Plan Nacional de Desarrollo comprometió a esta administración a que en el 2018 el 75 por ciento del consumo de los seis granos principales del consumo básico se abastezca con producción nacional. El gobierno ni siquiera lo intenta y esperamos que cambie.
Del lado del empresariado productivo demandan una auténtica política industrial y no los remedos de zonas especiales, parques y tratos de privilegio a unos cuantos.
Los productores de calzado acaban de expresar su preocupación por la reciente compra de las tiendas Suburbia por Liverpool señalando que al reducirse el número de cadenas compradoras los productores quedan en manos de oligopolios que les imponen precios bajos que afectan su rentabilidad.
Urgen cambios de fondo para levantar al campo, reindustrializar al país, hacer que el comercio funcione en beneficio de la producción interna, hacer efectivos los derechos laborales a partir del fortalecimiento de las organizaciones laborales.
Hemos seguido una estrategia de apoyo a la ganancia financiera que supuestamente se traduciría en inversiones y empleos. Pero ha fracasado en México y en todo el mundo.
Algunas de las grandes instituciones internacionales proponen alternativas. Para la Comisión Económica para la América Latina –CEPAL-, el progreso económico requiere de disminuir la inequidad; para la Organización Internacional del Trabajo –OIT- se requiere inducir el crecimiento mediante la elevación de los salarios. Solo el fortalecimiento de la demanda podrá sacarnos del atolladero de una crisis de sobreproducción en la que las empresas quiebran porque no hay compradores.
Disminuir la pobreza puede ser la mejor inversión productiva.
Jorge faljo
“Las perspectivas para el crecimiento de la economía mundial continuaron revisándose a la baja…
”
Así empieza el último comunicado del Banco de México, y a continuación detalla las malas noticias de las economías de Europa, Estados Unidos, Japón, China y otras economías emergentes. Es usual que estos reportes inicien con la situación internacional. Sirve sobre todo para decir que no estamos tan mal, o para justificar nuestro propio desempeño deficiente. Es cierto que somos muy vulnerables a la situación externa, pero también que podríamos serlo mucho menos, con una política económica adecuada.
Más adelante Banxico pasa a describir los riesgos y dificultades internos. Para empezar lo financiero, donde no descarta nuevos episodios de volatilidad, es decir que el dólar se encarezca debido, señala, a las incertidumbres que ha creado el proceso electoral en los Estados Unidos y a que, en caso de recuperación de su economía, eleven su tasa de interés.
No obstante, los datos verdaderamente malos se encuentran del lado de la economía real, la situación de la producción, el empleo y el consumo. Banxico recoge estimaciones del Instituto Nacional de Estadística –INEGI-, que indican una contracción del Producto Interno Bruto en el segundo trimestre de 2016. Al estancamiento que ya existía en el sector industrial se añadió un freno al crecimiento del sector terciario (servicios). El consumo se desaceleró y las exportaciones manufactureras y la inversión mantuvieron un débil desempeño.
Estamos en el momento del año en el que las previsiones relativamente optimistas que se le habían atribuido al futuro se van desmoronando conforme se vuelven presente. Sin embargo la descripción que hace Banxico debiera preocupar a las elites sobre todo al gobierno. Su informe es escueto pero contundente, el panorama es oscuro. En particular por lo que implica para una población que ya sufre en demasía los errores del modelo.
De acuerdo al INEGI 24.8 millones de mexicanos tienen un ingreso inferior a dos salarios mínimos. De hecho 3.2 millones no tienen ingreso por su trabajo; otros 7.1 millones ganan menos de un salario mínimo y 14.6 millones reciben entre uno y dos salarios mínimos. La mitad de la mitad de la población se encuentra en esta precariedad laboral que no da ni para comer. Más de la mitad de los mexicanos, 55.3 millones están en la pobreza. Peor; el 23.4 por ciento de la población, 28 millones, tienen carencias alimentarias. Todos son datos oficiales.
¿Qué hacer? Lo típico sería sostener que el año que entra nos irá mejor; que tal vez la economía norteamericana se dinamice y sea la locomotora que nos jale en nuestra calidad de furgón de cola. Se puede aderezar con expectativas de buen crecimiento para el 2017; siempre advirtiendo que si no ocurre será culpa de la economía mundial, o la norteamericana que, tercamente, se niegan a crecer.
Sin embargo el discurso de futuros sonrosados es cada vez menos creíble y la situación social y política amenaza con desbordar algunas de las costuras que las contienen.
Datos de una encuesta de El Universal indican que 63 por ciento de la población reprueba la gestión presidencial y un 84 por ciento considera que los problemas lo rebasan. Este “malestar”, reconocido pero no entendido por el C. Presidente se expande a toda la clase política y fue evidente en las pasadas elecciones estatales. La incapacidad de dialogo autentico con actores sociales y políticos, a los que muchas veces no se reconoce, o se intenta destruir, se ha convertido generadora de graves problemas.
El mayor ejemplo de esta cerrazón fue la manera en que se impuso la reforma laboral del magisterio y que ha orillado a los maestros a la estrategia de lucha de los que no son escuchados: estorbar. Lo que exacerba las tensiones incluso entre el gobierno y un sector empresarial que demanda el uso de la fuerza sin medir consecuencias. Una de las cuales, aparte del descredito internacional ya bien ganado, sería darle puntos a Trump en el proceso electoral norteamericano.
Tal vez en sentido contrario, hay que admitirlo, marchó la reunión campesina del pasado lunes en el zócalo y los encuentros entre sus líderes y varios secretarios de estado. Un ejercicio de escucha que ojalá y no termine en nada, como ocurrió en 2014 cuando el propio gobierno convocó a reformar el campo y luego no le gustó el entusiasmo que despertó.
Los campesinos se mostraron duros. Exigen que no se les trate como pobres con medidas asistencialistas, incluyendo despensas con granos importados. Lo que quieren es una estrategia que los trate como productores que pueden hacerse cargo de su propia alimentación y la del país. Requieren un entorno institucional y un manejo de merado que recupere la rentabilidad de la producción de los pequeños productores.
El Plan Nacional de Desarrollo comprometió a esta administración a que en el 2018 el 75 por ciento del consumo de los seis granos principales del consumo básico se abastezca con producción nacional. El gobierno ni siquiera lo intenta y esperamos que cambie.
Del lado del empresariado productivo demandan una auténtica política industrial y no los remedos de zonas especiales, parques y tratos de privilegio a unos cuantos.
Los productores de calzado acaban de expresar su preocupación por la reciente compra de las tiendas Suburbia por Liverpool señalando que al reducirse el número de cadenas compradoras los productores quedan en manos de oligopolios que les imponen precios bajos que afectan su rentabilidad.
Urgen cambios de fondo para levantar al campo, reindustrializar al país, hacer que el comercio funcione en beneficio de la producción interna, hacer efectivos los derechos laborales a partir del fortalecimiento de las organizaciones laborales.
Hemos seguido una estrategia de apoyo a la ganancia financiera que supuestamente se traduciría en inversiones y empleos. Pero ha fracasado en México y en todo el mundo.
Algunas de las grandes instituciones internacionales proponen alternativas. Para la Comisión Económica para la América Latina –CEPAL-, el progreso económico requiere de disminuir la inequidad; para la Organización Internacional del Trabajo –OIT- se requiere inducir el crecimiento mediante la elevación de los salarios. Solo el fortalecimiento de la demanda podrá sacarnos del atolladero de una crisis de sobreproducción en la que las empresas quiebran porque no hay compradores.
Disminuir la pobreza puede ser la mejor inversión productiva.
sábado, 6 de agosto de 2016
TLC: el menor de los males.
Jorge Faljo
Cerré mi artículo de hace una semana con un “Tratado de Libre Comercio si, Acuerdo Transpacífico no” y al parecer algunos piensan que me contradigo. No puedo, me dicen, estar en favor de un tratado de libre comercio y en contra de otro.
Los lectores que leen mis artículos con regularidad saben que no soy “fan” del TLC. A más de veinte años de su entrada en vigor ha contribuido, por una parte, al crecimiento de sectores productivos como las maquiladoras, la industria automovilística y las exportaciones industriales concentradas en pocas grandes empresas, en general extranjeras. De hecho todo el sector exportador opera como maquiladora; es una industria de ensamble de partes importadas. El valor que aquí se incorpora es el consumo de agua, electricidad y otros servicios; además de una muy mal pagada mano de obra.
A cambio de este remedo de industrialización se sacrificaron los avances alcanzados previamente en la agricultura y la manufactura. La destrucción no fue total pero si masiva; en el campo se hundió a la agricultura familiar y campesina; en la industria, a la mediana y pequeña manufactura convencional. El modelo abanderado por el TLC no se planteó una estrategia de coexistencia y construcción sobre la base de lo que ya existía. Por lo contrario, las nuevas reglas determinaron que aquel aparato productivo que tanto esfuerzo le costó al país, fuera inutilizado.
Lo verdaderamente grave fue que el declive y el callejón sin salida en que se colocó a estos sectores obligó a emigrar a millones de mexicanos. El costo en sufrimiento familiar, desintegración comunitaria, ruptura en la transmisión de valores personales y sociales a las nuevas generaciones, y la pérdida de gobernabilidad, ha sido gigantesco. Solo que un hecho social de esta magnitud no entra en la contabilidad numérica de los economistas antisociales.
Definitivamente no defiendo a este TLC. Sin embargo la exigencia de la población norteamericana para cambiarlo, sumado a su rechazo a los inmigrantes mexicanos, impone la necesidad de cambiar a fondo no solo el tratado, sino toda la estrategia económica de México.
En algún momento tuve la oportunidad de escuchar a muy altos funcionarios mexicanos quejándose de haber sido traicionados. Del TLC esperaban, como muchos lo pensábamos, que por lo menos garantizaba una clara preferencia de los Estados Unidos a las importaciones mexicanas. Sin embargo, tras la firma del TLC, los Estados Unidos siguieron una estrategia de libre comercio abierta a todos. México hizo lo mismo. Podría decirse que la ideología neoliberal rebasó al TLC al grado de invalidarlo.
En la práctica no se instrumentó una verdadera preferencia mutua entre los tres países firmantes. Por lo contrario, se favorecieron las importaciones de China, con la que los tres tienen fuertes déficits comerciales. Y esto sin que ninguno haya firmado con esta potencia un tratado similar al TLC.
Desde la perspectiva de México habría que decir que hoy en día lo que más daña nuestras posibilidades de desarrollo es el déficit de más de 50 mil millones de dólares anuales con China y no el superávit de similar tamaño con los Estados Unidos.
Por su parte el Acuerdo Transpacífico –TPP, por sus siglas en inglés-, aunque también sea un tratado de libre comercio, tiene un sentido muy distinto al TLC. De acuerdo al Banco Mundial no tiene nada que ofrecer a México porque ya estamos totalmente abiertos.
Peor, mientras que el TLC suponía un acuerdo entre economías complementarias, el TPP incluye a países como Chile, Malasia, Perú, Vietnam y potencialmente a Cambodia, Colombia, Bangla Desh, Filipinas, India, Indonesia y varios más. Abriría más el mercado norteamericano a países netamente competidores con México; resentiríamos en nuestro mercado la importación, por ejemplo, de café de Vietnam, o de textiles del sureste asiático. El TPP amenaza crear en México un impacto destructivo en sectores de alto impacto social.
Afortunadamente el rechazo de la población norteamericana al TPP es fuerte, sobre todo por la pérdida de soberanía que les implicaría someterse a tribunales privados internacionales. También rechazan al TLC porque les genera un déficit de más de 50 mil millones de dólares al año. Lo que ocurre porque México en vez de comprar producción industrial norteamericana se la compramos a China.
Estamos ante la oportunidad de montarnos en la exigencia de cambio de la población norteamericana y hacerles una buena propuesta de renegociación del TLC. Esta sería sencilla: comprometer a México, los Estados Unidos y Canadá a darse verdadera preferencia mutua en las importaciones industriales. Lo cual podría hacerse únicamente a costa de limitar severamente las importaciones de China, y subordinar las de la cuenca del Pacífico al TLC.
A cambio de la decidida preferencia mexicana por las manufacturas hechas por los trabajadores norteamericanos ellos deberán permitirnos una estrategia de desarrollo rural orientado a la autosuficiencia, así como un desarrollo industrial que preserve lo ya construido y pueda fortalecerse en sectores acordados. En este último punto lo fundamental será mantener una cuenta corriente equilibrada; es decir que las importaciones se paguen con exportaciones y no con la venta país.
Lo que verdaderamente ofreceríamos a los norteamericanos es algo que les interesa; de este lado habría tranquilidad social, gobernabilidad y la posibilidad de que los mexicanos tengan una vida digna sin necesidad de emigrar.
Cerré mi artículo de hace una semana con un “Tratado de Libre Comercio si, Acuerdo Transpacífico no” y al parecer algunos piensan que me contradigo. No puedo, me dicen, estar en favor de un tratado de libre comercio y en contra de otro.
Los lectores que leen mis artículos con regularidad saben que no soy “fan” del TLC. A más de veinte años de su entrada en vigor ha contribuido, por una parte, al crecimiento de sectores productivos como las maquiladoras, la industria automovilística y las exportaciones industriales concentradas en pocas grandes empresas, en general extranjeras. De hecho todo el sector exportador opera como maquiladora; es una industria de ensamble de partes importadas. El valor que aquí se incorpora es el consumo de agua, electricidad y otros servicios; además de una muy mal pagada mano de obra.
A cambio de este remedo de industrialización se sacrificaron los avances alcanzados previamente en la agricultura y la manufactura. La destrucción no fue total pero si masiva; en el campo se hundió a la agricultura familiar y campesina; en la industria, a la mediana y pequeña manufactura convencional. El modelo abanderado por el TLC no se planteó una estrategia de coexistencia y construcción sobre la base de lo que ya existía. Por lo contrario, las nuevas reglas determinaron que aquel aparato productivo que tanto esfuerzo le costó al país, fuera inutilizado.
Lo verdaderamente grave fue que el declive y el callejón sin salida en que se colocó a estos sectores obligó a emigrar a millones de mexicanos. El costo en sufrimiento familiar, desintegración comunitaria, ruptura en la transmisión de valores personales y sociales a las nuevas generaciones, y la pérdida de gobernabilidad, ha sido gigantesco. Solo que un hecho social de esta magnitud no entra en la contabilidad numérica de los economistas antisociales.
Definitivamente no defiendo a este TLC. Sin embargo la exigencia de la población norteamericana para cambiarlo, sumado a su rechazo a los inmigrantes mexicanos, impone la necesidad de cambiar a fondo no solo el tratado, sino toda la estrategia económica de México.
En algún momento tuve la oportunidad de escuchar a muy altos funcionarios mexicanos quejándose de haber sido traicionados. Del TLC esperaban, como muchos lo pensábamos, que por lo menos garantizaba una clara preferencia de los Estados Unidos a las importaciones mexicanas. Sin embargo, tras la firma del TLC, los Estados Unidos siguieron una estrategia de libre comercio abierta a todos. México hizo lo mismo. Podría decirse que la ideología neoliberal rebasó al TLC al grado de invalidarlo.
En la práctica no se instrumentó una verdadera preferencia mutua entre los tres países firmantes. Por lo contrario, se favorecieron las importaciones de China, con la que los tres tienen fuertes déficits comerciales. Y esto sin que ninguno haya firmado con esta potencia un tratado similar al TLC.
Desde la perspectiva de México habría que decir que hoy en día lo que más daña nuestras posibilidades de desarrollo es el déficit de más de 50 mil millones de dólares anuales con China y no el superávit de similar tamaño con los Estados Unidos.
Por su parte el Acuerdo Transpacífico –TPP, por sus siglas en inglés-, aunque también sea un tratado de libre comercio, tiene un sentido muy distinto al TLC. De acuerdo al Banco Mundial no tiene nada que ofrecer a México porque ya estamos totalmente abiertos.
Peor, mientras que el TLC suponía un acuerdo entre economías complementarias, el TPP incluye a países como Chile, Malasia, Perú, Vietnam y potencialmente a Cambodia, Colombia, Bangla Desh, Filipinas, India, Indonesia y varios más. Abriría más el mercado norteamericano a países netamente competidores con México; resentiríamos en nuestro mercado la importación, por ejemplo, de café de Vietnam, o de textiles del sureste asiático. El TPP amenaza crear en México un impacto destructivo en sectores de alto impacto social.
Afortunadamente el rechazo de la población norteamericana al TPP es fuerte, sobre todo por la pérdida de soberanía que les implicaría someterse a tribunales privados internacionales. También rechazan al TLC porque les genera un déficit de más de 50 mil millones de dólares al año. Lo que ocurre porque México en vez de comprar producción industrial norteamericana se la compramos a China.
Estamos ante la oportunidad de montarnos en la exigencia de cambio de la población norteamericana y hacerles una buena propuesta de renegociación del TLC. Esta sería sencilla: comprometer a México, los Estados Unidos y Canadá a darse verdadera preferencia mutua en las importaciones industriales. Lo cual podría hacerse únicamente a costa de limitar severamente las importaciones de China, y subordinar las de la cuenca del Pacífico al TLC.
A cambio de la decidida preferencia mexicana por las manufacturas hechas por los trabajadores norteamericanos ellos deberán permitirnos una estrategia de desarrollo rural orientado a la autosuficiencia, así como un desarrollo industrial que preserve lo ya construido y pueda fortalecerse en sectores acordados. En este último punto lo fundamental será mantener una cuenta corriente equilibrada; es decir que las importaciones se paguen con exportaciones y no con la venta país.
Lo que verdaderamente ofreceríamos a los norteamericanos es algo que les interesa; de este lado habría tranquilidad social, gobernabilidad y la posibilidad de que los mexicanos tengan una vida digna sin necesidad de emigrar.
sábado, 30 de julio de 2016
Hillary y el libre comercio
Jorge Faljo
Hillary Clinton ya es la candidata del partido demócrata a la presidencia de los Estados Unidos. A diferencia de Trump que surgió de la nada y arrolló a sus rivales ella no llega como gran triunfadora. Tuvo dificultades para vencer a Bernie Sanders, su rival socialista. Ahora este último le ha dado su apoyo incondicional con el objetivo declarado de impedir que Trump llegue a la presidencia.
El partido demócrata está dividido; muchos seguidores de Sanders se sienten traicionados sobre todo ahora que se descubrió que la estructura partidaria no jugó limpio, sino que conspiró en contra del socialista.
Para ganar la presidencia Clinton requiere del apoyo de los seguidores de Sanders. Sin embargo, eligió como su candidato a la vicepresidencia a Tim Kaine, un hombre blanco, político tradicional centrista que compite con la imagen de Trump pero que no le asegura los votos de la juventud y la izquierda demócrata.
Según Michael Moore (“Cinco razones por las que Trump será presidente”), los seguidores de Sanders votarán por Clinton, pero sin entusiasmo, sin arrastrar a sus familias y amigos; tan solo por evitar un mal mayor. Eso no basta para ganar.
Clinton es vista con desconfianza, como una política demasiado asociada al gran poder económico, que se acercó a las posiciones de izquierda de Sanders, pero sin verdadera convicción ni real compromiso a futuro. Ahora ella ofrece que renegociará el TLC para asegurar la creación de empleos, muchos y bien pagados, para los norteamericanos. Sin embargo, no es lo suficientemente clara respecto al nuevo Acuerdo Transpacífico (TPP). Dice que no le gusta, pero no lo repudia en su totalidad, lo que hace pensar a muchos que, con algunos cambios, terminará por apoyarlo.
Estos serán los grandes temas de la campaña electoral norteamericana. La confiabilidad de Clinton y el repudio o enmienda de los acuerdos de libre comercio.
Del lado mexicano el Presidente Peña Nieto ha manifestado su disposición a modernizar el TLC mediante el impulso al Acuerdo Transpacífico. Plantea ampliar el libre comercio; justo lo que se rechaza del otro lado de la frontera. La aparente flexibilidad de México es de hecho incapacidad para reconocer, o incluso entender, el nuevo giro.
Aquí conviene repasar algo de historia. El avance tecnológico y la mayor productividad sustentaron durante buena parte del siglo pasado el aumento salarial generalizado y un mayor bienestar para las familias norteamericanas. En los años setenta la tendencia se alteró de manera drástica; los trabajadores dejaron de compartir los beneficios de la mayor productividad, porque su ingreso se quedó rezagado. Eso creo un desequilibrio en el mercado; crecía la oferta, pero no la demanda.
La “solución” de las grandes empresas al problema que ellas mismas crearon fue exigir la apertura de los mercados de los países periféricos. Al mismo tiempo destinaron sus enormes ganancias a financiar la demanda de su propio gobierno (a cambio de la disminución de impuestos), de sus trabajadores (endeudamiento de la clase media) y de los países en desarrollo (reconvertidos a clientes). Es decir que para vender endeudaron a todo su entorno.
El éxito del libre comercio abrió el paso a la globalización de la producción; las grandes empresas relocalizaron sus plantas productivas en el exterior y convirtieron a Estados Unidos en un país importador, altamente endeudado. Lo mismo hicieron en otros lados, como México.
Hubo millones de víctimas colaterales; al producir más y pagar menos las empresas exitosas “secaron” la demanda y destruyeron la competitividad de sus rivales, los productores menos avanzados dentro y fuera de los Estados Unidos. En México se destruyó a la producción manufacturera y agropecuaria orientadas al mercado interno.
Quiénes producen, y cómo se reparten los beneficios de la mayor productividad, son los verdaderos asuntos de fondo en la discusión del libre comercio. Limitar las importaciones de México les permitiría una reactivación industrial con un enfoque nacionalista estrecho que nos dejaría muy mal parados.
Lo que debemos proponer es fortalecer el TLC en contra y no a favor del Acuerdo Transpacífico. Lo que van a exigir Trump, o Clinton, es equilibrar el comercio. Puede ser por la vía de comprarnos menos (poniendo aranceles); pero también es posible si nosotros les compramos más. Este podría ser el eje de una transformación del TLC para beneficio mutuo.
Podemos convertirnos en clientes preferentes de las manufacturas norteamericanas si dejamos de preferir las importaciones chinas. En lugar de que los Estados Unidos nos impongan aranceles, nosotros se los ponemos a China.
A cambio pediríamos ser los proveedores de los Estados Unidos en sectores manufactureros ya existentes (automovilístico), e intensivos en mano de obra (textil, por ejemplo). Como parte de la renegociación pediríamos la libertad de proteger y desarrollar nuestro sector agropecuario, alimentario y de consumo básico y el desarrollo de algunos sectores de manufactura, sobre todo orientados a tecnologías apropiadas, industria rural y de pequeñas y medianas empresas.
Son propuestas vitales para el empleo y la gobernabilidad internas. Lo que también es un argumento convincente y preferible a que tengan que atrincherarse detrás de una muralla.
Si ambos, México y Estados Unidos, dejamos de ser clientes preferentes de China y el sureste asiático, podemos fortalecer el TLC en beneficio de ambas poblaciones. Es decir: TLC si, acuerdo Transpacífico no.
Hillary Clinton ya es la candidata del partido demócrata a la presidencia de los Estados Unidos. A diferencia de Trump que surgió de la nada y arrolló a sus rivales ella no llega como gran triunfadora. Tuvo dificultades para vencer a Bernie Sanders, su rival socialista. Ahora este último le ha dado su apoyo incondicional con el objetivo declarado de impedir que Trump llegue a la presidencia.
El partido demócrata está dividido; muchos seguidores de Sanders se sienten traicionados sobre todo ahora que se descubrió que la estructura partidaria no jugó limpio, sino que conspiró en contra del socialista.
Para ganar la presidencia Clinton requiere del apoyo de los seguidores de Sanders. Sin embargo, eligió como su candidato a la vicepresidencia a Tim Kaine, un hombre blanco, político tradicional centrista que compite con la imagen de Trump pero que no le asegura los votos de la juventud y la izquierda demócrata.
Según Michael Moore (“Cinco razones por las que Trump será presidente”), los seguidores de Sanders votarán por Clinton, pero sin entusiasmo, sin arrastrar a sus familias y amigos; tan solo por evitar un mal mayor. Eso no basta para ganar.
Clinton es vista con desconfianza, como una política demasiado asociada al gran poder económico, que se acercó a las posiciones de izquierda de Sanders, pero sin verdadera convicción ni real compromiso a futuro. Ahora ella ofrece que renegociará el TLC para asegurar la creación de empleos, muchos y bien pagados, para los norteamericanos. Sin embargo, no es lo suficientemente clara respecto al nuevo Acuerdo Transpacífico (TPP). Dice que no le gusta, pero no lo repudia en su totalidad, lo que hace pensar a muchos que, con algunos cambios, terminará por apoyarlo.
Estos serán los grandes temas de la campaña electoral norteamericana. La confiabilidad de Clinton y el repudio o enmienda de los acuerdos de libre comercio.
Del lado mexicano el Presidente Peña Nieto ha manifestado su disposición a modernizar el TLC mediante el impulso al Acuerdo Transpacífico. Plantea ampliar el libre comercio; justo lo que se rechaza del otro lado de la frontera. La aparente flexibilidad de México es de hecho incapacidad para reconocer, o incluso entender, el nuevo giro.
Aquí conviene repasar algo de historia. El avance tecnológico y la mayor productividad sustentaron durante buena parte del siglo pasado el aumento salarial generalizado y un mayor bienestar para las familias norteamericanas. En los años setenta la tendencia se alteró de manera drástica; los trabajadores dejaron de compartir los beneficios de la mayor productividad, porque su ingreso se quedó rezagado. Eso creo un desequilibrio en el mercado; crecía la oferta, pero no la demanda.
La “solución” de las grandes empresas al problema que ellas mismas crearon fue exigir la apertura de los mercados de los países periféricos. Al mismo tiempo destinaron sus enormes ganancias a financiar la demanda de su propio gobierno (a cambio de la disminución de impuestos), de sus trabajadores (endeudamiento de la clase media) y de los países en desarrollo (reconvertidos a clientes). Es decir que para vender endeudaron a todo su entorno.
El éxito del libre comercio abrió el paso a la globalización de la producción; las grandes empresas relocalizaron sus plantas productivas en el exterior y convirtieron a Estados Unidos en un país importador, altamente endeudado. Lo mismo hicieron en otros lados, como México.
Hubo millones de víctimas colaterales; al producir más y pagar menos las empresas exitosas “secaron” la demanda y destruyeron la competitividad de sus rivales, los productores menos avanzados dentro y fuera de los Estados Unidos. En México se destruyó a la producción manufacturera y agropecuaria orientadas al mercado interno.
Quiénes producen, y cómo se reparten los beneficios de la mayor productividad, son los verdaderos asuntos de fondo en la discusión del libre comercio. Limitar las importaciones de México les permitiría una reactivación industrial con un enfoque nacionalista estrecho que nos dejaría muy mal parados.
Lo que debemos proponer es fortalecer el TLC en contra y no a favor del Acuerdo Transpacífico. Lo que van a exigir Trump, o Clinton, es equilibrar el comercio. Puede ser por la vía de comprarnos menos (poniendo aranceles); pero también es posible si nosotros les compramos más. Este podría ser el eje de una transformación del TLC para beneficio mutuo.
Podemos convertirnos en clientes preferentes de las manufacturas norteamericanas si dejamos de preferir las importaciones chinas. En lugar de que los Estados Unidos nos impongan aranceles, nosotros se los ponemos a China.
A cambio pediríamos ser los proveedores de los Estados Unidos en sectores manufactureros ya existentes (automovilístico), e intensivos en mano de obra (textil, por ejemplo). Como parte de la renegociación pediríamos la libertad de proteger y desarrollar nuestro sector agropecuario, alimentario y de consumo básico y el desarrollo de algunos sectores de manufactura, sobre todo orientados a tecnologías apropiadas, industria rural y de pequeñas y medianas empresas.
Son propuestas vitales para el empleo y la gobernabilidad internas. Lo que también es un argumento convincente y preferible a que tengan que atrincherarse detrás de una muralla.
Si ambos, México y Estados Unidos, dejamos de ser clientes preferentes de China y el sureste asiático, podemos fortalecer el TLC en beneficio de ambas poblaciones. Es decir: TLC si, acuerdo Transpacífico no.
domingo, 24 de julio de 2016
¿Y si gana Trump?
Jorge Faljo
Donald Trump alcanzó, con notable éxito, su investidura como candidato del partido republicano a la presidencia de los Estados Unidos. Su triunfo no es un triunfo cualquiera; arrolló en su camino a otros 16 precandidatos representantes del “establishment” político y lo hizo con un estilo peculiar y desafiando valores tradicionales de la derecha ideológica norteamericana. Hace un año su candidatura era de chiste, todavía hace unas semanas se rumoraba la posibilidad de una jugada de las estructuras partidarias para arrebatarle la candidatura.
Su estilo es rudo, alejado de lo políticamente correcto y despojado de las buenas maneras, con un frecuente toque de hipocresía, que caracterizan a la élite política. Muchas de sus afirmaciones resultaron insultantes para las mujeres, las minorías raciales, los inmigrantes, sobre todo mexicanos, los musulmanes y otros. Lo paradójico es que este estilo le abrió el camino a la candidatura, primero porque acaparó la información política a un costo muy bajo. Segundo porque en ese estilo se vio representado una gran parte del electorado que se encuentra realmente encabronado por el deterioro de sus niveles de vida.
Es un hecho que la gran mayoría de los hogares norteamericanos han reducido sus ingresos por debajo de los niveles de hace 15 y 30 años. Eso a pesar de que la presión económica los hace trabajar horas extras y ha empujado para que más mujeres y adolescentes entren al mercado de trabajo. Es mucho más cara la educación universitaria y los egresados se encuentran con una carga de deuda prácticamente impagable con los bajos sueldos que les ofrece el mercado de trabajo.
Peor aún, el deterioro económico se traduce en un hecho casi inconcebible: la reducción de los niveles de salud y de la esperanza de vida de la población blanca sin estudios universitarios, mientras que otros grupos étnicos, al correr de los años, han mejorado en su bienestar.
Trump con su estilo grosero, fuertemente crítico, aunque vago y escaso de propuestas, supo acercarse a las víctimas del libre mercado y que exportó los empleos manufactureros al exterior. Que, además, hizo competir a los trabajadores norteamericanos de baja calificación con los expulsados por México y Centroamérica. Prisioneros de esta pinza y del retroceso democrático que colocó el sistema político en manos del gran dinero, los norteamericanos no pudieron enfrentar el deterioro salarial y el crecimiento extremo de la inequidad. Ahora los más golpeados se han rebelado siguiendo al peor de los líderes posibles. Un empresario depredador acostumbrado a la negociación ruda y al pragmatismo extremo, más que a principios y valores explícitos.
El hecho es que Trump puede llegar a la presidencia norteamericana. Las encuestas hablan de una ligera ventaja para Hillary Clinton. Pero este candidato ha superado las mayores adversidades y se caracteriza por una extraordinaria capacidad para sintonizarse con los descontentos; así que puede hacer los ajustes necesarios para la siguiente etapa.
Hay otro argumento, tal vez más importante, a favor de esta posibilidad. Y es que muchos no admiten que lo prefieren, pero que en la intimidad de la casilla votarán por él. Por ejemplo, en Inglaterra las encuestas no favorecían el Brexit, pero ganó. En México las encuestas no mostraban el descontento que se expresó el cinco de junio en las elecciones estatales. Ocurre que ante la intimidación mediática, el riesgo real o intuido, el sentirse en minoría, o incluso la vergüenza, muchos no revelan su verdadera preferencia. Sospecho que en los Estados Unidos hay muchos pro Trump de closet. Ya veremos.
El fracaso de la globalización neoliberal se han traducido en empobrecimiento generalizado a nivel planetario. Mientras se golpeaba a la población de los países periféricos, supuestamente en desarrollo, el problema no era reconocido. Ahora que la lumbre les llega a los aparejos a los países ricos su población exige cambios de fondo.
En los países con muchos trabajadores inmigrantes, como Europa central y los Estados Unidos, el enojo popular se orienta en contra de estos competidores por puestos de trabajo escasos. Situación que está siendo encauzada políticamente por la ultraderecha, tipo Trump.
Por otro lado, en países con bajo perfil de inmigrantes, como América Latina, España y Grecia, el descontento popular ha sido encauzado por partidos de izquierda neoliberal. Una izquierda que instrumenta políticas populistas de reparto del ingreso por la vía de programas sociales. Solo que estos programas en los hechos amarran el consumo popular a la producción globalizada y la distribución monopólica, con lo que destruyen la base productiva de pueblos y barrios y acrecientan la desigualdad y el empobrecimiento.
La población norteamericana se plantea una disyuntiva, la continuidad neoliberal o un pragmatismo sin principios que resulta amenazador hasta para sus aliados. La continuidad sería insoportable y enfrentaría cada vez más descontentos. Las soluciones que propone Trump dejarán muchos heridos en el camino.
Entre los heridos podríamos estar nosotros si no nos preparamos. Cuando en los años treinta los Estados Unidos expulsaron a cientos de miles de mexicanos, de este lado hubo una respuesta nacionalista y estabilizadora; Cárdenas aceleró el reparto agrario y creo un fuerte aparato institucional de apoyo al desarrollo rural. Eran otros tiempos pero siguen siendo un ejemplo.
Si Trump gana la presidencia norteamericana necesitaremos un cambio de timón en México. No bastará el populismo neoliberal que trata a docenas de millones como meros pobres y marginados. Platear una simple redistribución del ingreso en situación de estancamiento económico es inviable.
Requerimos repensar a los excluidos como población que puede producir lo que requieren en una estrategia de autosuficiencias crecientes de lo local, a lo regional, a lo nacional. Hay que construir un fuerte sector social de la economía con un aparato productivo fundado en la movilización de las capacidades de trabajo y producción que tiene en sus manos la población. De este modo podría construirse una fuerte gobernabilidad asociada a la seguridad, la paz, y la liberación del hambre y la pobreza. Solo así podrán convivir los ahora excluidos con los incluidos.
Donald Trump alcanzó, con notable éxito, su investidura como candidato del partido republicano a la presidencia de los Estados Unidos. Su triunfo no es un triunfo cualquiera; arrolló en su camino a otros 16 precandidatos representantes del “establishment” político y lo hizo con un estilo peculiar y desafiando valores tradicionales de la derecha ideológica norteamericana. Hace un año su candidatura era de chiste, todavía hace unas semanas se rumoraba la posibilidad de una jugada de las estructuras partidarias para arrebatarle la candidatura.
Su estilo es rudo, alejado de lo políticamente correcto y despojado de las buenas maneras, con un frecuente toque de hipocresía, que caracterizan a la élite política. Muchas de sus afirmaciones resultaron insultantes para las mujeres, las minorías raciales, los inmigrantes, sobre todo mexicanos, los musulmanes y otros. Lo paradójico es que este estilo le abrió el camino a la candidatura, primero porque acaparó la información política a un costo muy bajo. Segundo porque en ese estilo se vio representado una gran parte del electorado que se encuentra realmente encabronado por el deterioro de sus niveles de vida.
Es un hecho que la gran mayoría de los hogares norteamericanos han reducido sus ingresos por debajo de los niveles de hace 15 y 30 años. Eso a pesar de que la presión económica los hace trabajar horas extras y ha empujado para que más mujeres y adolescentes entren al mercado de trabajo. Es mucho más cara la educación universitaria y los egresados se encuentran con una carga de deuda prácticamente impagable con los bajos sueldos que les ofrece el mercado de trabajo.
Peor aún, el deterioro económico se traduce en un hecho casi inconcebible: la reducción de los niveles de salud y de la esperanza de vida de la población blanca sin estudios universitarios, mientras que otros grupos étnicos, al correr de los años, han mejorado en su bienestar.
Trump con su estilo grosero, fuertemente crítico, aunque vago y escaso de propuestas, supo acercarse a las víctimas del libre mercado y que exportó los empleos manufactureros al exterior. Que, además, hizo competir a los trabajadores norteamericanos de baja calificación con los expulsados por México y Centroamérica. Prisioneros de esta pinza y del retroceso democrático que colocó el sistema político en manos del gran dinero, los norteamericanos no pudieron enfrentar el deterioro salarial y el crecimiento extremo de la inequidad. Ahora los más golpeados se han rebelado siguiendo al peor de los líderes posibles. Un empresario depredador acostumbrado a la negociación ruda y al pragmatismo extremo, más que a principios y valores explícitos.
El hecho es que Trump puede llegar a la presidencia norteamericana. Las encuestas hablan de una ligera ventaja para Hillary Clinton. Pero este candidato ha superado las mayores adversidades y se caracteriza por una extraordinaria capacidad para sintonizarse con los descontentos; así que puede hacer los ajustes necesarios para la siguiente etapa.
Hay otro argumento, tal vez más importante, a favor de esta posibilidad. Y es que muchos no admiten que lo prefieren, pero que en la intimidad de la casilla votarán por él. Por ejemplo, en Inglaterra las encuestas no favorecían el Brexit, pero ganó. En México las encuestas no mostraban el descontento que se expresó el cinco de junio en las elecciones estatales. Ocurre que ante la intimidación mediática, el riesgo real o intuido, el sentirse en minoría, o incluso la vergüenza, muchos no revelan su verdadera preferencia. Sospecho que en los Estados Unidos hay muchos pro Trump de closet. Ya veremos.
El fracaso de la globalización neoliberal se han traducido en empobrecimiento generalizado a nivel planetario. Mientras se golpeaba a la población de los países periféricos, supuestamente en desarrollo, el problema no era reconocido. Ahora que la lumbre les llega a los aparejos a los países ricos su población exige cambios de fondo.
En los países con muchos trabajadores inmigrantes, como Europa central y los Estados Unidos, el enojo popular se orienta en contra de estos competidores por puestos de trabajo escasos. Situación que está siendo encauzada políticamente por la ultraderecha, tipo Trump.
Por otro lado, en países con bajo perfil de inmigrantes, como América Latina, España y Grecia, el descontento popular ha sido encauzado por partidos de izquierda neoliberal. Una izquierda que instrumenta políticas populistas de reparto del ingreso por la vía de programas sociales. Solo que estos programas en los hechos amarran el consumo popular a la producción globalizada y la distribución monopólica, con lo que destruyen la base productiva de pueblos y barrios y acrecientan la desigualdad y el empobrecimiento.
La población norteamericana se plantea una disyuntiva, la continuidad neoliberal o un pragmatismo sin principios que resulta amenazador hasta para sus aliados. La continuidad sería insoportable y enfrentaría cada vez más descontentos. Las soluciones que propone Trump dejarán muchos heridos en el camino.
Entre los heridos podríamos estar nosotros si no nos preparamos. Cuando en los años treinta los Estados Unidos expulsaron a cientos de miles de mexicanos, de este lado hubo una respuesta nacionalista y estabilizadora; Cárdenas aceleró el reparto agrario y creo un fuerte aparato institucional de apoyo al desarrollo rural. Eran otros tiempos pero siguen siendo un ejemplo.
Si Trump gana la presidencia norteamericana necesitaremos un cambio de timón en México. No bastará el populismo neoliberal que trata a docenas de millones como meros pobres y marginados. Platear una simple redistribución del ingreso en situación de estancamiento económico es inviable.
Requerimos repensar a los excluidos como población que puede producir lo que requieren en una estrategia de autosuficiencias crecientes de lo local, a lo regional, a lo nacional. Hay que construir un fuerte sector social de la economía con un aparato productivo fundado en la movilización de las capacidades de trabajo y producción que tiene en sus manos la población. De este modo podría construirse una fuerte gobernabilidad asociada a la seguridad, la paz, y la liberación del hambre y la pobreza. Solo así podrán convivir los ahora excluidos con los incluidos.
sábado, 16 de julio de 2016
Cómo mentir con estadísticas
Faljoritmo
Jorge Faljo
“Cómo mentir con estadísticas” es el nombre de un libro de divulgación que leí hace décadas y me resultó iluminador. No habla de México, sino de metodología estadística elemental. Tras este comercial, abordemos el tema.
En un año, el último con información estadística, los hogares más pobres del país elevaron en 33.6 por ciento sus ingresos. Es una noticia de la mayor importancia, que acaba de dar a conocer el Instituto Nacional de Estadística y Geografía –INEGI-, y que puede tener importantes repercusiones en la política de desarrollo social, laboral y económico en general. A este paso el problema de la pobreza en México estaría prácticamente solucionado para el final del sexenio.
¿Y cómo se consiguió este notable avance? Mediante la aplicación de lo mejor de la vieja tradición estadística: la manipulación metodológica. Por lo menos eso es lo que señala el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social –CONEVAL-,cuando señala que cualquier cambio para captar adecuadamente las variables económicas y sociales “debe ser realizado con transparencia y planeación, permitiendo generar certidumbre a los usuarios; sin embargo, este “no fue el proceso que siguió el INEGI en esta ocasión”.
CONEVAL abunda en que los cambios que hizo el INEGI carecen de documentos públicos de carácter técnico que los justifiquen; fueron su decisión exclusiva y al margen del convenio de colaboración con el primero.
Que se lo diga en la cara un organismo oficial a otro es un hecho inusitado que en este caso señala la profundidad de la discrepancia. Lo menos que puede decirse es que, independientemente de que toda estadística es una aproximación a la realidad, una de sus características de mayor importancia es su capacidad para medir tendencias. Esto se ha roto para dar lugar a la nueva metodología de la no transparencia.
En los últimos quince años el notorio estancamiento, o empeoramiento, de las condiciones de pobreza de la población mexicana ha contrastado con la eficaz reducción de la pobreza ocurrida en Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador y otros países. Cabría pensar que este terrible fracaso es lo que lleva a una modificación metodológica que permita taparle el ojo al macho.
No sería la primera vez. Recuerdo que en los años ochenta la información sobre el hato ganadero en manos campesinas reflejaba cifras terribles. Este se había disminuido en millones de reses, cerdos, cabras y aves. Los datos reflejaban una profunda crisis en el medio rural y, en particular el deterioro de las fuentes de alimentación de la población campesina.
Lo cual fue decisivo para un cambio “metodológico” al final de los años ochenta: se substituyó la información de hato ganadero por la de la producción de los nuevos y modernos rastros TIF (tipo inspección federal). Y claro, las nuevas cifras mostraban importantes incrementos en la producción de carne TIF, es decir no campesina. El cambio metodológico sustentó una reorientación de la política rural que se olvidó de los campesinos, del alivio a la pobreza y de lo que ahora es, de palabra al menos, un derecho humano básico, el de la alimentación.
En el mismo sentido puede apuntarse que hasta los primeros años de este siglo, la encuesta industrial mensual permitía, así fuera de manera imperfecta, darse cuenta de la quiebra de centenares de destacadas empresas industriales. Proteger el modelo de transnacionalización monopólica podría ser la causa del cambio metodológico del 2009 que ya no nos permitió enterarnos de los detalles de la desindustrialización en marcha.
Con estos antecedentes hay motivo para desconfiar. ¿Acaso este cambio metodológico está hecho a modo para cambiar la política social? Si así fuera la dirección a la que apunta es a seguirla debilitando.
Hay que señalar que la discrepancia, para decirlo suavecito, entre INEGI y CONEVAL, es un asunto mayor. El primero es una dependencia directa del ejecutivo en la que el presidente Peña nombró hace relativamente poco al nuevo titular que impulsa estos cambios. El segundo es un organismo público descentralizado con autonomía y capacidad técnica para generar información objetiva sobre la pobreza que permita mejorar la política social.
CONEVAL nació en 2004 por una decisión del legislativo originada en la desconfianza de la información oficial sobre aspectos sociales y de bienestar. Por ello nació con autonomía técnica. Se trató de un arreglo a medias en el que habrían de coexistir la entidad controlada por el ejecutivo y el nuevo organismo.
Lo que es indudable es que la generación de estadísticas es un elemento fundamental para saber cuáles son las tendencias de nuestra evolución en aspectos fundamentales del bienestar social, del empleo e ingresos, de escolaridad y acceso a servicios públicos, derechos humanos básicos, entre otros datos. Conocernos a detalle, objetivamente, debe ser la base del diseño de políticas y programas públicos que incidan y modifiquen la realidad económica y social.
La crítica al INEGI nos retrae a la situación previa al 2004; desconfianza de las cifras oficiales. Solucionarlo en serio requiere revisar un arreglo institucional que en el pasado, y el presente, nos deja en manos de intereses sesgados. Por México, lléguenle señores diputados.
Jorge Faljo
“Cómo mentir con estadísticas” es el nombre de un libro de divulgación que leí hace décadas y me resultó iluminador. No habla de México, sino de metodología estadística elemental. Tras este comercial, abordemos el tema.
En un año, el último con información estadística, los hogares más pobres del país elevaron en 33.6 por ciento sus ingresos. Es una noticia de la mayor importancia, que acaba de dar a conocer el Instituto Nacional de Estadística y Geografía –INEGI-, y que puede tener importantes repercusiones en la política de desarrollo social, laboral y económico en general. A este paso el problema de la pobreza en México estaría prácticamente solucionado para el final del sexenio.
¿Y cómo se consiguió este notable avance? Mediante la aplicación de lo mejor de la vieja tradición estadística: la manipulación metodológica. Por lo menos eso es lo que señala el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social –CONEVAL-,cuando señala que cualquier cambio para captar adecuadamente las variables económicas y sociales “debe ser realizado con transparencia y planeación, permitiendo generar certidumbre a los usuarios; sin embargo, este “no fue el proceso que siguió el INEGI en esta ocasión”.
CONEVAL abunda en que los cambios que hizo el INEGI carecen de documentos públicos de carácter técnico que los justifiquen; fueron su decisión exclusiva y al margen del convenio de colaboración con el primero.
Que se lo diga en la cara un organismo oficial a otro es un hecho inusitado que en este caso señala la profundidad de la discrepancia. Lo menos que puede decirse es que, independientemente de que toda estadística es una aproximación a la realidad, una de sus características de mayor importancia es su capacidad para medir tendencias. Esto se ha roto para dar lugar a la nueva metodología de la no transparencia.
En los últimos quince años el notorio estancamiento, o empeoramiento, de las condiciones de pobreza de la población mexicana ha contrastado con la eficaz reducción de la pobreza ocurrida en Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador y otros países. Cabría pensar que este terrible fracaso es lo que lleva a una modificación metodológica que permita taparle el ojo al macho.
No sería la primera vez. Recuerdo que en los años ochenta la información sobre el hato ganadero en manos campesinas reflejaba cifras terribles. Este se había disminuido en millones de reses, cerdos, cabras y aves. Los datos reflejaban una profunda crisis en el medio rural y, en particular el deterioro de las fuentes de alimentación de la población campesina.
Lo cual fue decisivo para un cambio “metodológico” al final de los años ochenta: se substituyó la información de hato ganadero por la de la producción de los nuevos y modernos rastros TIF (tipo inspección federal). Y claro, las nuevas cifras mostraban importantes incrementos en la producción de carne TIF, es decir no campesina. El cambio metodológico sustentó una reorientación de la política rural que se olvidó de los campesinos, del alivio a la pobreza y de lo que ahora es, de palabra al menos, un derecho humano básico, el de la alimentación.
En el mismo sentido puede apuntarse que hasta los primeros años de este siglo, la encuesta industrial mensual permitía, así fuera de manera imperfecta, darse cuenta de la quiebra de centenares de destacadas empresas industriales. Proteger el modelo de transnacionalización monopólica podría ser la causa del cambio metodológico del 2009 que ya no nos permitió enterarnos de los detalles de la desindustrialización en marcha.
Con estos antecedentes hay motivo para desconfiar. ¿Acaso este cambio metodológico está hecho a modo para cambiar la política social? Si así fuera la dirección a la que apunta es a seguirla debilitando.
Hay que señalar que la discrepancia, para decirlo suavecito, entre INEGI y CONEVAL, es un asunto mayor. El primero es una dependencia directa del ejecutivo en la que el presidente Peña nombró hace relativamente poco al nuevo titular que impulsa estos cambios. El segundo es un organismo público descentralizado con autonomía y capacidad técnica para generar información objetiva sobre la pobreza que permita mejorar la política social.
CONEVAL nació en 2004 por una decisión del legislativo originada en la desconfianza de la información oficial sobre aspectos sociales y de bienestar. Por ello nació con autonomía técnica. Se trató de un arreglo a medias en el que habrían de coexistir la entidad controlada por el ejecutivo y el nuevo organismo.
Lo que es indudable es que la generación de estadísticas es un elemento fundamental para saber cuáles son las tendencias de nuestra evolución en aspectos fundamentales del bienestar social, del empleo e ingresos, de escolaridad y acceso a servicios públicos, derechos humanos básicos, entre otros datos. Conocernos a detalle, objetivamente, debe ser la base del diseño de políticas y programas públicos que incidan y modifiquen la realidad económica y social.
La crítica al INEGI nos retrae a la situación previa al 2004; desconfianza de las cifras oficiales. Solucionarlo en serio requiere revisar un arreglo institucional que en el pasado, y el presente, nos deja en manos de intereses sesgados. Por México, lléguenle señores diputados.
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