sábado, 24 de agosto de 2019

Los enemigos de Trump

Jorge Faljo

Por enemigos de Trump me refiero a los que él define de esa manera. Y estos cambian cada semana, incluso día con día. Tiene al respecto un largo historial y lo que resulta sorprendente es que buena parte de los que en algún momento son tratados como enemigos o adversarios han sido buenos aliados de los Estados Unidos durante décadas. Sus críticas han incluido a Alemania, Japón y en general a todos los países de la OTAN, la alianza militar de occidente. Paradójicamente no duda en declarar admiración por los líderes de Corea del Norte y Rusia, que la mayoría de los norteamericanos considera rivales peligrosos.

Recientemente Trump se declaró molesto con Dinamarca, un país aliado, por motivos que parecen de telenovela. Dijo que quería comprar Groenlandia y se refirió a esa propuesta como un mero asunto de bienes raíces; como una más de las muchas compras de propiedades que ha realizado a lo largo de su vida. Tal vez tiene muy presente que los Estados Unidos se expandieron a lo que hoy en día es su territorio mediante “adquisiciones” de otros países, varias de ellas etiquetadas como compras. Adquirieron Florida, Oregón, más de la mitad de lo que era México, y compraron la Luisiana, que abarcaba toda la cuenca del Misisipi, unos dos millones de kilómetros cuadrados; también Alaska y La Mesilla.

Ante la propuesta de comprarle Groenlandia la primera ministra de Dinamarca consideró que era absurda la solicitud y Trump se declaró muy ofendido. Según él se le había faltado al respeto a los Estados Unidos y en consecuencia canceló el encuentro que tendría lugar con la jefa de gobierno danesa. Esperemos que el presidente norteamericano no piense que puede, a la antigua usanza imperial, hacer a su país más grande y añada a sus locuras futuras medidas de fuerza para apoderarse de ese “terrenito”.

Pero regresemos al tema de los mayores enemigos de la semana. Este pasado viernes, en su usual papel de chivo en cristalería, Trump tuiteó: ¿Quién es nuestro mayor enemigo Jay Powell o el presidente Xi? El primero encabeza la reserva federal, el banco central norteamericano; el segundo es el presidente de China. Para Donaldo ambos son ahora enemigos de los Estados Unidos.

El paso del ataque de uno a otro supuesto enemigo puede considerarse un reflejo de la transición de la guerra comercial a la guerra de divisas. La primera incide en el comercio externo mediante aranceles o limitaciones reglamentarias. Estados Unidos estableció aranceles del 25 por ciento a 250 mil millones de dólares de importaciones chinas y amenazó con otro 10 por ciento de aranceles al resto de las importaciones. Pues bien, por su parte China también aplicó incrementos a tarifas y en respuesta, este viernes Trump elevó en un 5 por ciento más las tarifas para ambos grupos de importaciones.

Otras medidas de administración del comercio han sido las restricciones a la compra y/o venta de algunos bienes tecnológicos. Y de manera muy desconcertante este mismo viernes Trump les ordenó a las empresas norteamericanas que de inmediato buscaran alternativas a sus negocios con China, incluyendo el regresar sus fábricas y producir dentro de los Estados Unidos. Dado que lo hizo vía tuiter no tiene mayor efecto legal y no se sabe si tiene planeado algo más al respecto.

Todo lo anterior se ubica en el nivel de la guerra comercial con Xi, el presidente chino.

El pleito con Powell responde a otro nivel de conflicto que se añade al primero. Anteriormente Trump criticó a la Unión Europea y a China por, dijo, manipular sus paridades cambiarias. A esto se le llama guerra de divisas y básicamente ocurre cuando los países intentan debilitar, es decir abaratar, sus monedas para de ese modo hacer más competitivas sus exportaciones.

Hace décadas, cuando Estados Unidos era una potencia relativamente mucho más poderosa, su estrategia era presionar y obligar a Japón, Alemania y a otros competidores a fortalecer sus monedas y así reducir la competitividad de sus rivales. Ya no tiene el poder suficiente para seguir esa estrategia.

Así que ahora Trump señala que el dólar se encuentra sobrevaluado, y tanto el Fondo Monetario Internacional como su rival, la precandidata presidencial demócrata Elizabeth Warren, están de acuerdo. Lo que quiere Donald es que la Fed, el banco central, reduzca más la tasa de interés y de ese modo desaliente la entrada de capitales a los Estados Unidos y así se abarate el dólar. Como la Fed es independiente y Powell se niega, ahora Trump lo llama enemigo de los Estados Unidos.

Una consecuencia de desalentar la entrada, y de hecho la permanencia, de capitales en los Estados Unidos es que no solo se abarataría el dólar, sino que esos capitales migrarían hacia otros países que ofrezcan una mayor tasa de interés, por ejemplo México, y provocarían el fortalecimiento de sus monedas, haciéndolos menos competitivos.

Eso ocurrió de manera evidente como consecuencia de la política monetaria norteamericana posterior a la Gran Recesión de 2008 – 2010.

En esa época el Fondo Monetario le advirtió a México que procurara evitar la entrada de capitales volátiles que encarecerían el peso, provocarían inflación y tendrían otras consecuencias negativas. No obstante la estrategia mexicana fue la contraria; se movió para atraer capital volátil y de así elevar las ganancias financieras en la bolsa de valores y por el fortalecimiento del peso.

Un ejemplo positivo del impacto del cambio de paridad en el comercio ocurrió en México a raíz de la devaluación de fin de 1994. En los dos años siguientes, de 1994 a 1996 las exportaciones de manufacturas del país se elevaron en un 80 por ciento. Algo sorprendente, sobre todo en dos años en que prácticamente no hubo crédito, ni inversión productiva y con una severa reducción de insumos externos. El salto exportador se explicó por el mejor aprovechamiento de capacidades instaladas.

La posibilidad de que Trump entre a una guerra de divisas, por ejemplo imponiendo un impuesto a la entrada de capitales financieros y, de que en caso de recesión la Fed genere dinero, abriría riesgos importantes para México. Un nuevo influjo de capitales especulativos que fortaleciera el peso tendría el peor efecto en competitividad y constituiría una barrera a los incrementos salariales.

En tal caso ¿Banco de México se alinearía de nuevo con los intereses financieros o con los de la producción y los salarios?

domingo, 18 de agosto de 2019

Toco madera

Jorge Faljo

De nuevo el fantasma de una posible recesión provoca grandes inquietudes. Hace un par de semanas se trataba de la posibilidad de que la economía de México fuera declarada en recesión. Los primeros tres meses el país redujo su economía en un 0.2 por ciento; los siguientes tres la elevó en un 0.1 por ciento. Así que escapamos por un pelito de la definición técnica de recesión que sería tener dos trimestres seguidos de crecimiento negativo.

Ahora la incertidumbre es mundial. ¿Estamos en vísperas de una nueva recesión global?

Si así fuera la perspectiva es preocupante. La última, la Gran Recesión del 2008 al 2010, tuvo graves consecuencias. Tan solo en los Estados Unidos se perdieron 8.7 millones de empleos, cerraron 2.5 millones de empresas y alrededor de nueve millones de familias perdieron sus casas, por embargo bancario o porque tuvieron que hacer ventas de emergencia. La población blanca sin estudios universitarios redujo su esperanza de vida debido sobre todo a un incremento del alcoholismo, la drogadicción y menor acceso a servicios médicos. Millones de familias tuvieron que solicitar asistencia nutricional.

La Gran Recesión inició en los Estados Unidos cuando cada vez más familias no pudieron seguir pagando sus deudas al elevarse la tasa de interés; en particular el de las hipotecas de sus casas. Pronto se inundó el mercado de casas en venta sin compradores viables y los precios se fueron al suelo. Millones se encontraron con que debían mucho más que el valor reducido de sus casas. La industria de la construcción paró en seco y con ella la fabricación de todo tipo de materiales y aditamentos como muebles, alfombras, electrodomésticos, aparatos de ejercicio, automóviles y demás.

Los bancos norteamericanos habían vendido los títulos de deuda en todo el mundo y cuando estos se convirtieron en basura, porque eran incobrables, la recesión se extendió al sistema financiero mundial.

En Europa y Japón la producción se redujo en 4.1 y 5.2 por ciento respectivamente. En México la caída se estima que fue de alrededor del 4 por ciento. Así que una nueva recesión no sería cosa de broma.

¿Cuáles son ahora las señales preocupantes?

Alemania e Inglaterra redujeron su producción en el segundo trimestre del año, mientras que Italia no creció. Al parecer Brasil entró en recesión mientras que México la esquivó por muy poco. Son cinco economías que se encuentran entre las 20 más grandes del mundo y en conjunto hacen que la situación sea preocupante. Otras economías como las de Hong Kong y Singapur, también están en problemas. Cierto que son más pequeñas, pero generalmente son buenos indicadores de la situación internacional.

El Fondo Monetario Internacional –FMI-, proyecta para 2019 un crecimiento mundial del 3.2 por ciento. Pero los datos duros indican que en el último trimestre del 2018 el comercio mundial creció por abajo del 2 por ciento y en el primer trimestre del 2019 tan solo un 0.5 por ciento en comparaciones con los mismos periodos de un año antes.

Hay que recordar que desde los años setentas el incremento del comercio internacional ha sido el gran motor de un crecimiento mundial centrado en los grandes conglomerados transnacionales. Este año el crecimiento posible estará centrado en el fortalecimiento de los mercados internos.

Lo esencial a entender de una recesión es que es una caída de la producción, el empleo, los ingresos y el consumo que no ocurre por causas naturales. No hay terremoto, inundación o desastre natural explique estos desastres. ¿Entonces a que se deben?

El problema básico es, de acuerdo al FMI, la debilidad de la demanda, tanto de consumo final como la asociada a la inversión. Visto más a fondo el hecho es que con la globalización se exacerbó una dinámica en la que crece mucho más rápido la productividad que los salarios. Se genera un desequilibrio entre las mercancías que entran al mercado y la capacidad de compra de la población.

Las grandes empresas y la elite mundial acumulan enormes fortunas, pero les resulta cada vez más difícil encontrar oportunidades de inversión rentable. Ante este problema encontraron una solución… de corto plazo. Prestar sus fortunas para generar demanda.

Así que endeudaron a los gobiernos, a las clases medias, a los estudiantes, sobre todo de los países industriales, aunque también a países subdesarrollados. Según el FMI la deuda global alcanzó en 2017 el 225 por ciento del producto mundial; visto en términos per cápita cada habitante del planeta debe unos 86 mil dólares. Lo curioso es que la deuda se concentra en los más ricos.

Importa entender el doble papel del endeudamiento. En su fase inicial genera demanda y de ese modo resuelve el problema de la insuficiencia de los ingresos de la población para consumir todo lo que se ofrece en el mercado, y la insuficiencia de los ingresos de los gobiernos (impuestos) para cumplir con sus tareas.

Pero, así como cualquiera de nosotros con una nueva tarjeta de crédito podemos al principio comprar más, posteriormente la deuda se convierte en nuestra enemiga y nos obliga a apretarnos el cinturón. Es nuestra recesión personal.

El endeudamiento ha sido compañero inseparable de la globalización. Se nos prestó para que pudiéramos comprar. Con ello se generó el negocio adicional de cobrarnos intereses. Pero esta solución es meramente temporal y cuando se agota conduce a la verdadera pesadilla: la destrucción de capacidades de producción sobrantes. Una quiebra masiva de empresas que ya no pueden seguir vendiendo lo que producen.

Cada recesión global destruye millones de empresas; las más débiles, las de tecnología rezagada, las que generan más empleos. Son periodos en los que se afianzan y expanden su espacio de mercado los grandes conglomerados, los monopolios que así salen adelante a costa de los débiles.

Algunos piensan que las guerras comerciales impulsadas por Trump, y las devaluaciones competitivas, como la de China, generan la recesión. Más bien hay que ver que son respuestas agresivas que buscan redefinir donde recaerá lo peor de la destrucción de capacidades productivas.

El contexto es ya bastante malo para una economía sobreglobalizada como la de México. Si el entorno cambia hacia uno de recesión global habrá que instrumentar fuertes medidas de protección de la producción interna, de los ingresos de la población y los del gobierno. Una de las medidas indispensables es substituir el endeudamiento gubernamental por una mayor captación fiscal de ingresos sólidos. Y si no hay recesión… también.

Por el momento repito lo que dijo AMLO ante la perspectiva de una recesión global… toco madera.

domingo, 11 de agosto de 2019

Esto se está calentando

Jorge Faljo

En los últimos tres meses se presentaron olas de calor extremo, el suficiente para motivar alertas, medidas especiales y ser tema noticioso, en muchas partes del planeta. Entre ellas, Norteamérica, Europa, Siberia, el Ártico y Japón. En México en 16 estados hubo zonas con temperaturas de 40 grados o más y en otras muchas superaron los 35 grados.

La mayor parte de la información periodística se refirió al impacto en la vida cotidiana. Calles desiertas y medidas para protegerse del sol, en particular quemaduras en la piel y deshidratación.

En Europa las visitas guiadas a grandes monumentos como el coliseo romano, se convirtieron en largas lecciones de historia con turistas sentados a la sombra. Hubo abundancia de bañistas en todo tipo de fuentes y espejos de agua, por ejemplo en los jardines de la torre Eiffel. Refrescarse era la prioridad.

En Holanda se registraron unas 400 muertes más de las habituales, que son atribuidas a la más alta temperatura registrada en 120 años. En el resto de Europa hubo una docena de casos comprobados de golpes de calor mortales.

Paradójicamente las cifras mortales son muy bajas, comparadas con las 15 mil personas que fallecieron en Francia en 2003 por una ola de calor similar. Lo que reflejó que en esta ocasión hubo mucha mayor preparación de la población y de los servicios sociales y de emergencia que crearon refugios, repartieron grandes cantidades de agua y atendieron centenares de casos.

Lo ocurrido en otras partes es parecido. Pero una vez pasados los momentos más difíciles queda la reflexión de fondo. ¿Es esto normal? La respuesta es que antes han ocurrido olas de calor; pero hay diferencias. Ahora ocurren más seguido, duran más tiempo y cubren mayores extensiones geográficas. Y eso se relaciona directamente con dos factores relacionados entre sí: el aumento del bióxido (o dióxido) de carbono en la atmosfera y el calentamiento global.

Cuando se leen las cifras del incremento del bióxido de carbono y de la temperatura estas parecen insignificantes. Y sin embargo sus efectos, que apenas empiezan, ya apuntan a ser mayúsculos.

En 2016 por vez primera en millones de años la atmosfera del planeta rebasó de manera sostenida, a lo largo de todo el año, el nivel de 400 partes por millón –ppm-, de bióxido de carbono. Su nivel de concentración era de 280 ppm en la era preindustrial. Cierto que si nos remontamos mucho tiempo, digamos 500 millones de años, las concentraciones eran mayores, alrededor de 7 mil partes de CO2 por millón.

Sin embargo hace unos 350 millones de años la vida vegetal evolucionó de seres unicelulares a plantas de gran tamaño que se extendieron por todo el planeta atrapando en sus propios tejidos cada vez mayores porciones del carbono de la atmosfera. Sus raíces se enterraban y al fallecer el carbono seguía atrapado en la tierra e incluso en rocas formadas por compresión. La vida se formó de carbono y al hacerlo lo extrajo de la atmosfera y lo hizo formar parte incluso del subsuelo.

Pero desde la revolución industrial el ser humano lo ha devuelto de manera masiva a la atmosfera al quemar sus enormes reservas en forma de carbón y petróleo. Otras actividades, como la quema de selvas y la expansión de la agricultura y la contaminación de los mares también reducen la masa orgánica y sueltan su carbono en la atmosfera.

Se calcula que en 1950 las emisiones de bióxido de carbono derivado de actividades humanas eran de unos cinco mil millones de toneladas al año; ahora superan 35 mil millones de toneladas. Este ha sido el factor fundamental por el que el planeta se ha calentado aproximadamente un 1.1 grados centígrados.

Son cambios que impactan toda la vida. Un ejemplo curioso. La temperatura es determinante del sexo de muchas especies de reptiles. En una zona de anidamiento de tortugas marinas se alteró la relación entre hembras y machos de dos a 1, a una nueva relación de 99 a 1. Es decir que en algunos sitios prácticamente ya no nacen machos, a diferencia de zonas de anidamiento ubicadas en latitudes más frías.

Pero si este dato suena meramente anecdótico, otro es más preocupante. El aumento del bióxido de carbono incide de manera importante en el desarrollo de muchas plantas. Científicos han lanzado la alerta de que a mayor bióxido de carbono las semillas de arroz pierden contenido de vitaminas y proteínas; lo que puede afectar la nutrición de 600 millones de seres humanos. Otros datos son también preocupantes; el calor acelera la descomposición de los alimentos, favorece plagas y enfermedades.

Un aspecto importante del problema es que el bióxido de carbono y la temperatura no crecen a un ritmo aritmético, tipo 1, 2, 3, 4, 5. Lo hacen de manera exponencial tipo 1, 2, 4, 8, 16. Las olas de calor recientes lo han ejemplificado de maneras que no nos eran evidentes anteriormente.

En este pasado mes de julio se quemaron 2.8 millones de hectáreas de bosques en Siberia y otro millón en Alaska, más una cantidad indeterminada en Groenlandia. Aparte de la enorme cantidad de carbono que se suelta en la atmosfera el descongelamiento de capas de tierra de algunos metros de profundidad hacen que suelten gas metano atrapado, que también tiene un efecto de invernadero.

Por otra parte grandes cantidades de ceniza se asentaron zonas cubiertas de nieve y hielo en Groenlandia, Canadá, Alaska y Siberia; al cambiar el tono de blanco a gris redujeron su capacidad para reflejar la luz y aceleran su calentamiento. El deshielo acelerado transforma el color de la superficie del planeta al perder zonas blancas en favor de tierra al descubierto y mar azul que son más favorables para crear altas temperaturas.

Las olas de calor son una alerta climática que aún con su gravedad, todavía no nos hace repensar y actuar en nuestra relación con la naturaleza. En particular en las vertientes de energía contaminante; los plásticos que invaden tierra y mar; y el uso de la tierra.

Cambiar requerirá de importantes alteraciones en nuestra forma de vida; algunas pueden ser muy positivas. Por ejemplo, una dieta basada en plantas y no en animales, nos haría menos propensos a la obesidad, las enfermedades cardiacas y la diabetes, con mejor salud e importantes ahorros económicos. Algo similar podría decirse de organizar nuestra sociedad para que la producción y el consumo, vivir y trabajar, se encuentren cercanos uno al otro y con mucho menos necesidades de transporte.

Algunos cambios pueden parecer utópicos. Pero si no son esos los que instrumentamos vendrán otros cambios, los verdaderamente indeseables.

domingo, 4 de agosto de 2019

Estancados ¿sin salida?

Jorge Faljo

En el primer trimestre de este año la economía mexicana tuvo un “crecimiento negativo” del 0.2 por ciento respecto al trimestre anterior. Si este decrecimiento se hubiera repetido en el segundo trimestre se hablaría de recesión. Por un pelito no fue así. Durante el segundo trimestre la economía creció en 0.1 por ciento.

Para el resto del año la perspectiva es más positiva. Según CEPAL y el Fondo Monetario Internacional la economía crecería entre 0.9 y 1 por ciento en todo el año. Se evitó la calificación técnica de recesión, pero de cualquier modo la situación es básicamente de estancamiento.

México presenta dificultades específicas que explican en parte la situación: la sobre explotación irresponsable que convirtió a Pemex en una pesada carga; la caída del gasto público y de la inversión privada; el impacto por el combate al huachicol a principios de año.

También hay factores internacionales que son posiblemente más amenazadores en el mediano y largo plazos. Toda la economía mundial está en declive. Una de las regiones más afectadas es América Latina. De acuerdo al Fondo Monetario Internacional la perspectiva de crecimiento para la región en 2019 es de tan solo 0.6 por ciento. Aunque si se sustrae a Venezuela de la ecuación, el resto de la región crecería 1.3 por ciento.

Se señala como factor la reducción del crecimiento del comercio mundial a resultas de guerras comerciales impulsadas por la nueva administración norteamericana.

Hace apenas un par de días Trump anunció la imposición de un arancel del 10 por ciento a las importaciones procedentes de China que estaban libres del impuesto del 25 por ciento. Es una escalada más en una disputa comercial que también golpea a buena parte de las exportaciones norteamericanas a ese país. Si bien en menor escala también hay un conflicto similar con la India y un reparto de amenazas que ha incluido a Alemania, Japón, Canadá y, lo sabemos bien, a México.

La creciente incertidumbre que se genera se asocia a una caída de la inversión a nivel planetario. Pero llevamos años en los que las empresas gigantes acumulan enormes montos de capital financiero para el que no encuentran oportunidades de emprendimientos rentables. Gran parte de los capitales del mundo se colocan incluso a tasas de interés negativas en países que ofrecen la máxima seguridad financiera.

Es decir que hay algo más que es lo que en el fondo provoca la baja de inversión y las guerras comerciales. Se trata de la sobreproducción debido a la baja de los ingresos relativos de la mayoría de los consumidores. Pasaron ya los años en que los grandes conglomerados transnacionales se expandían en nuevos mercados; muchos de ellos sostenidos artificiosamente mediante un endeudamiento que los hacia buenos clientes.

Pero esa expansión y el endeudamiento que la sostenía llegaron a sus límites. Y en el camino destruyeron buena parte de las formas de producción pre-globalizadas. Muchos de los pequeños productores convencionales dejaron de serlo para ser reclasificados como pobres necesitados de asistencia. Eso en lugar de ser vistos como productores necesitados de un mercado apropiado a sus condiciones y potencial para la generación de bienes y servicios.

En los Estados Unidos Trump supo abanderar, de manera perversa, el grito nostálgico de los excluidos con la falsa promesa del regreso a un viejo orden. Volver a ser el gran país que ofrecía millones de empleos industriales bien pagados a una clase media mayoritariamente blanca y sin necesidad de estudios universitarios. Pero como la necia realidad no le facilita cumplir esa promesa busca chivos expiatorios, los que sean de otro color, religión o cultura.

Aquí como allá no será fácil salir del estancamiento sin cambios de fondo. No es una mera coyuntura, sino todo un fin de época. Aquí termina el neoliberalismo corrupto que nos deja un país empobrecido, desnacionalizado y con un sector público muy acotado. En el mundo termina la globalización exitosa, que también deja en los Estados Unidos una población traumatizada que exige cambios.

No es tiempo de nostalgias; pero es útil recapitular en los modelos básicos de interacción con el mundo. Los limito a tres grandes opciones.

El primero es el del comercio internacional administrado, o proteccionista. Bajo este modelo México tuvo su época de crecimiento acelerado de los años cuarenta a los setenta del año pasado. La estrategia básica era la substitución de importaciones. Un modelo muy estatista plagado de defectos que, no obstante, permitió elevar substancialmente los niveles de vida de la población.

El segundo sería el modelo de globalización con una competitividad basada en el abaratamiento de la mano de obra y la atracción de capitales externos. Una estrategia que empobreció a los trabajadores, expulsó a millones de ellos, debilitó al mercado interno y dejó la conducción económica en manos del gran capital, en buena medida transnacional. Esta fue la estrategia mexicana de las últimas cuatro décadas.

El tercer modelo es el de competitividad basada en una moneda barata. Se trata de un estilo de globalización tipificado por China que en lugar de atraer capitales externos prestó al resto del mundo sus ganancias en divisas para generarse demanda externa. De ese modo, con escasez interna de dólares, se desalentó el consumo de importaciones y se impulsaron las exportaciones. Bajo esa estrategia China sacó de la miseria a centenares de millones y elevó substancialmente los salarios.

Estados Unidos, anteriormente puntero en la exigencia de libre comercio, tiene ahora un presidente que empuja en favor del primer modelo; el de comercio administrado. Trump acaba de anunciar que impondrá un arancel de 10 por ciento a 300 mil millones de dólares de importaciones procedentes de China; es decir todas la que no son parte de los 250 mil millones de dólares de mercancías que ya están sujetas a un arancel del 25 por ciento.

No es seguro que lo haga. Pero su estrategia no deja las decisiones en manos del mercado; así sea a patadas y jaloneos busca revertir el déficit norteamericano con el resto del mundo. Aparte de administrar el comercio Trump y parte de la elite política señalan que el dólar se encuentra sobrevaluado y piden medidas para tener una moneda más competitiva.

Si Trump sigue adelante con su guerra comercial la situación presentará una importante oportunidad para México. Se trataría de substituir a China como principal socio comercial de los Estados Unidos. Pero ello requeriría un viraje importante en el comercio mexicano. Para venderle más a Estados Unidos tendríamos también que comprometernos a comprarles más. No productos agropecuarios porque aquí es prioritaria la autosuficiencia y generar empleo en el campo. Pero si substituir productos chinos por norteamericanos.

Reducir substancialmente el superávit que tenemos con los Estados Unidos, comprándoles más y, en paralelo, comprarle menos a china, parece la salida más viable a la perspectiva de continuar con décadas de estancamiento. Eso siempre y cuando sea acompañada de una política industrial y agropecuaria fuertemente orientada a la substitución de importaciones.

domingo, 28 de julio de 2019

De los güeros, los subsidios y una burla.

Jorge Faljo

Trump declaró que los agricultores norteamericanos están mejor que nunca gracias a los 16 mil millones de dólares en subsidios que su gobierno acaba de otorgarles. Esta cantidad pretende compensar a los productores afectados por las represalias comerciales chinas que redujeron severamente las compras soya, carne de cerdo y otras mercancías provenientes de los Estados Unidos. Los productores señalan que los subsidios son buenos pero que no son más que una compensación parcial del impacto de menores ventas y la baja de precio de sus productos.

Los agricultores son el sector mayormente afectado por la guerra comercial establecida por Trump con el objetivo inicial, muy ambicioso, de eliminar el déficit comercial con China. El cual ascendió, en 2018, a casi 420 mil millones de dólares -mmd. Estados Unidos le hizo compras por casi 540 mmd y China a su vez solo le compró 120 mmd. Algo que empeora esta relación es que China se sitúa crecientemente como exportador de bienes manufacturados crecientemente sofisticados mientras que Estados Unidos tiende a ubicarse como proveedor de materias primas de baja complejidad.

Esta relación contribuye a que en 2018 la producción norteamericana creciera al 2.5 por ciento y la de China al 6.2 por ciento. No solo eso, el ingreso promedio chino crece aceleradamente mientras que el de la mayoría de los norteamericanos está estancado desde hace décadas.

Para Trump y sus principales asesores el tema no se limita a aspectos comerciales aislados y a la reubicación de millones de empleos industriales del otro lado del mar. Lo que no pudo ocurrir sin la entusiasta ayuda de los conglomerados norteamericanos. El asunto de fondo es que el rápido crecimiento del poderío industrial y tecnológico chino, incluso militar, amenaza suplantar a los Estados Unidos como primera potencia mundial para mediados de siglo.

Estados Unidos impuso aranceles a las importaciones de acero y aluminio chino y pretende impedir su apropiación de tecnología norteamericana.

Para enfrentar la represalia china que perjudica al medio rural, que es una de sus más importantes bases políticas, el gobierno norteamericano absorberá el costo de las represalias. Es un enfrentamiento que altera el comercio mundial.

China reorientó sus compras en favor de Brasil y aumentó el precio de la soya de ese país mientras que se acumula sobreproducción y baja de precios en los Estados Unidos. Lo que llevó a Europa a cambiar su aprovisionamiento de los mismos productos en favor de los norteamericanos. Pero no ha sido suficiente; las compras europeas equivalen a la mitad de lo que dejó de comprar China.

La historia de los subsidios norteamericanos a su agricultura se remonta a más de un siglo, aunque ha empleado distintos mecanismos. Cuando la estrategia era apuntalar el precio de mercado incluso la producción mexicana se vio beneficiada. Pero la estrategia cambió a subsidios directos que generan excesos de producción y caída de precios. Lo que hace más competitiva a la agricultura norteamericana.

Los apoyos norteamericanos a su agricultura adoptan varias formas. La principal es un fuerte subsidio a los seguros agrícolas. Alrededor del 20 por ciento del aseguramiento previene impactos negativos originados en causas naturales, como sequía, inundaciones, heladas, plagas y similares.

Lo más importante es que el 80 por ciento del aseguramiento protege las bajas de cualquier origen en el ingreso de los productores, lo que incluye las fluctuaciones de precios en el mercado. Así se establece un piso mínimo de rentabilidad que se concentra en la producción de maíz, sorgo, trigo, algodón y arroz.

Algo parecido a lo que lograba CONASUPO en sus buenos tiempos, con precios de garantía de incidencia general que limitaban el margen de comercialización de los intermediarios en beneficio de productores y consumidores. En aquel entonces México era un importante exportador de granos.

La fuerza política de los productores agrícolas en Estados Unidos no es solo el voto rural; sus representantes han logrado que el subsidio a la alimentación que reciben 40 millones de norteamericanos se negocie siempre de manera simultánea, en el mismo decreto. Lo que constituye de hecho una alianza entre productores agropecuarios fuertes y ciudadanos pobres de sectores urbanos.

La preferencia de los productores agropecuarios es reanudar sus ventas a China. Tienen segundas opciones, tales como ampliar de manera substancial sus ventas en otros mercados. Es decir que en México no podremos simplemente ver los toros desde la barrera. Trump ha sido muy explícito, quiere que les compremos más.

En condiciones de libre mercado México no puede competir con los subsidios, el menor precio de combustibles y las tasas de interés que reciben los productores agrícolas norteamericanos. ¿Significa eso que sacrificaremos el objetivo de reducir nuestra dependencia alimentaria, crear empleo en el campo y reducir la emigración forzada?

Espero que no.

No viene al caso, pero… hace unos días, Trump, el presidente norteamericano número 45, hizo uno de sus shows políticos delante de una audiencia de fervientes jóvenes admiradores. Atrás de Trump se proyectó un escudo que simulaba ser el de la presidencia norteamericana solo que modificado. Con el águila bicéfala de la bandera rusa; en la pata izquierda en vez de trece flechas, trece palos de golf, en lugar de una rama de olivo en la derecha, un puñado de dólares y el mensaje en la banda superior decía en español “45 es un títere”.

Charles Leazott, el diseñador de ese escudo burlón declaró que no sabía si lo habían copiado de internet por brutal incompetencia o como una magnifica broma. En todo caso se declaró encantado.

domingo, 21 de julio de 2019

Rebeldía rural

Jorge Faljo

Desde hace unos meses crecen las inquietudes de los productores rurales. Saltó primero el asunto de la distribución de fertilizantes en el estado de Guerrero. Hace 24 años se inició su entrega gratuita en cantidades suficientes para el cultivo de una a tres hectáreas de maíz para el autoconsumo de las familias campesinas de una de las regiones más pobres del país.

Sin el fertilizante aplicado oportunamente la cosecha se pierde. Tiene que ser con las lluvias y no después. Si no es así las consecuencias pueden llegar a la hambruna regional, la emigración temporal o definitiva de decenas de miles, y un descontento que puede expresarse de múltiples maneras en una zona brava.

La distribución del fertilizante en Guerrero es una transferencia social indispensable. Pero también tiene su lado oscuro. En manos de los municipios la manipulación del padrón de beneficiarios fue caldo de corrupción y de control político.

Al tomar en sus manos el reparto de fertilizantes el gobierno federal ha enfrentado una tarea que lo ha rebasado en una proporción que tomará un tiempo conocer. No es tan solo haber distribuido los cupones a los 233 mil beneficiarios de un padrón original, al parecer muy inflado, que para los municipios era de 400 mil. Falta saber que tantos consiguieron trasladarlo a sus parcelas antes de las lluvias y aplicarlo a tiempo.

El coordinador del programa federal de fertilizantes Jorge Gage Francois señaló que las experiencias buenas, y sobre todo las malas, dan lecciones sobre la complejidad de la tarea que serán aplicables a otras entidades. Bien dicho, en la medida en que se asume la necesidad de aprender y estar mejor preparados… para la próxima.

Pero existe en el campo un problema mucho mayor, es de orden nacional y no se le reconoce en su real magnitud. Esta semana centenares de productores agropecuarios hicieron bloqueos intermitentes en docenas de carreteras, casetas de cobro y otros puntos de 14 estados. Paradójicamente gran parte de los movilizados simpatizan con Morena y sus demandas se expresan también por legisladores de ese partido.

José Narro Céspedes y Eraclio Rodríguez Gómez son, el primero senador y el segundo diputado, y cada uno presidente de comisiones legislativas encargadas de asuntos del campo en sus respectivas cámaras. Ambos reclaman que tras un fuerte recorte de recursos ahora se retiene el presupuesto asignado al campo. Hay un rezago del gasto del orden de 8 mil millones de pesos en la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural –SADER.

José Narro apunta a que existe un desmantelamiento de las instituciones que tienen que ver con el campo por pérdida de personal operativo en tanto que SADER pierde capacidad para impulsar la producción y únicamente aplica políticas asistenciales. Eraclio Rodríguez recalcó que la retención de recursos pone en riesgo la comercialización de maíz, trigo, sorgo, soya, algodón y otros productos.

Ahora numerosas organizaciones rurales han convocado a una concentración el próximo 22 de julio en la CDMX para entregar una carta en Palacio Nacional buscando un dialogo respetuoso y propositivo con el Presidente Andrés Manuel López Obrador.

En su convocatoria reconocen como un acto de justicia social positivo canalizar subsidios y apoyos a los campesinos e indígenas minifundistas más pobres del país, de manera directa y sin intermediarios. Aclaran que ellos, las organizaciones, no se proponen como intermediarios en la distribución de apoyos.

Piden que haya inversión productiva, recuperar el mercado interno, rescatar la soberanía alimentaria, fortalecer la economía social y el bienestar rural. Señalan que transformar el campo requiere la participación de todos, individuos, grupos, instituciones y organizaciones campesinas.

Al igual que la distribución de fertilizantes en Guerrero, el cambio en la operación de los programas rurales presenta problemas que deben reconocerse y corregirse. Con dialogo. Sobre todo, porque a nivel nacional se heredan décadas de abandono y destrucción rural. Y porque en el nivel gubernamental era conocido que el fuerte gasto público en desarrollo rural tenía muy bajo impacto positivo.

Hay mucho por avanzar. Para empezar, hay que evitar un distanciamiento entre este gobierno y su base social rural.

Uno de los asuntos a resolver es la contradicción naciente entre gasto productivo y asistencial. Aumentar el segundo es un acto de justicia social; pero quitarle al primero pone en riesgo parte de lo ya construido y obstruir el avance a la autosuficiencia alimentaria. La respuesta se encuentra en implementar soluciones novedosas.

El gasto asistencial, las transferencias sociales, pueden ser un motor de la rentabilidad y la inversión productiva si se garantiza que el incremento del consumo se amarre a la producción interna en forma solidaria. Esto requiere mayores capacidades institucionales y la organización de productores y consumidores.

En un plano superior será necesario cuestionar si los apoyos puntuales a productores individuales pueden seguir haciendo frente a las condiciones del mercado. O si, por lo contrario, hay que regular el mercado.

No se podrá levantar al conjunto de la producción agropecuaria y conseguir la prometida autosuficiencia alimentaria a partir de gasto público en un mercado adverso. Ni siquiera la agricultura comercial dejada a su suerte podría competir con la producción altamente subsidiada de los Estados Unidos. No en un mercado abierto, no con esta paridad cambiaria.

Un tercer pilar de un mercado que funcione para todos será ampliar la influencia de los precios de garantía a todos los productores de todo el país. CONASUPO nunca compró más del diez por ciento de la cosecha de trigo; pero la posibilidad de venderle lograba que los productores obtuvieran un mejor precio de los compradores privados.

Soy optimista y creo que pronto habrá un buen dialogo entre productores agropecuarios y el gobierno federal. Lo pienso porque hace apenas unos días se negaba el desabasto en el sistema de salud casi como conspiración de adversarios; hasta que AMLO hizo una gira por hospitales del sureste y pasó a denunciar el fuerte rezago heredado en infraestructura, equipos y personal médico.

Hay que pasar de la celebración prematura a reconocer que los problemas existentes son enormes y que apenas estamos empezando a reconocerlos en toda su magnitud.

lunes, 15 de julio de 2019

Migración, la solución en sus orígenes

Jorge Faljo

La foto del papá y su niña ahogados en el rio Bravo impactó las conciencias norteamericanas. El padre, Oscar de 25 años, la madre, Tania de 21 años y la niña, Valeria de 23 meses, venían de El Salvador, habían solicitado asilo en los Estados Unidos y llevaban meses esperando respuesta en Matamoros. Hasta que se desesperaron y decidieron cruzar el rio. A los tres se los llevó la corriente y a Tania otras personas la ayudaron a salir. El padre y la niña fallecieron.

Para muchos norteamericanos, educados en la ilusión de su alto comportamiento ético como nación, esa foto fue impactante. Como lo son muchas otras fotos de los miles de hacinados en centros de detención de migrantes. Sobre todo cuando se trata de niños que no se pueden lavar los dientes o bañarse durante semanas, que en esas jaulas hay infestaciones de piojos, que reciben una pésima alimentación y que ha habido muertos por falta de atención médica. Muchos de estos niños han sido clasificados como menores no acompañados, cuando en realidad llegaron con una tía, un abuelo o un amigo de la familia que los llevaba a reunirse con su padre o madre.

Miles de norteamericanos se han unido a protestas que piden que se cierren los campos. Una palabra ominosa que recuerda lo mismo a la Alemania nazi que al encierro de norteamericanos de ascendencia japonesa durante la segunda guerra mundial. No se encerró en cambio a los de ascendencia alemana.

Otros norteamericanos han llevado alimentos y artículos sanitarios a los centros de detención y estos son rechazados por las autoridades. Porque todo apunta a que la crueldad no es accidente o descuido; es una estrategia disuasiva de la migración. Interrogado al respecto Trump declara que de cualquier modo están mejor que en sus lugares de origen.

Ahora Trump anuncia una amplia cacería de indocumentados con la intención de expulsar hasta un millón de inmigrantes. Se sabe que es una cifra inalcanzable y que la verdadera meta es de varios miles. Pero el temor a que la policía llegue en la madrugada, de que incluso asesine ante la menor percepción de resistencia, real o inventada, o a que los padres no regresen del trabajo, es muy real. Las noticias de brutalidad policiaca son frecuentes y recientemente se ha descubierto una red social en la que muchos policías se manifestaban con mensajes claramente racistas y agresivos.

¿Es que el destino de los migrantes son campos de concentración y familias destruidas? ¿O esperas interminables dentro de México en contextos de rechazo y malas condiciones de vida?

La solución se encuentra muy lejos de la frontera. El gobierno de México ha encabezado la propuesta de hacer vivibles los lugares de origen de los migrantes convocando a la coordinación entre naciones, en particular México, El Salvador, Guatemala y Honduras. A esta iniciativa se han sumado oferentes de apoyo de otros países y de organismos internacionales como la ONU y la FAO. Brilla por su ausencia el gobierno norteamericano.

Lo primero a entender es que la migración jugaba el papel de válvula de escape para los excluidos de la estrategia económica en estos cuatro países.

Consideremos que las remesas de 12 millones de mexicanos en los Estados Unidos benefician a millones de familiares. Esas remesas representaron alrededor del 2.3 por ciento del Producto Interno Bruto –PIB-, de México en 2017. Una proporción moderada si se compara con el 10 por ciento del PIB que alcanzaron en Guatemala, el 17 por ciento en El Salvador y el 20 por ciento en Honduras, en el mismo año. Son ahora una fuente vital para la supervivencia de buena parte de la población de esos países. Pero no bastan ante el deterioro sostenido de las condiciones de vida.

Graziano Da Silva, el director general del Fondo para la Agricultura y la Alimentación ubica al incremento reciente de la emigración centroamericana como resultado directo del cambio climático. En 2018 la sequía en El Salvador, Guatemala y Honduras destruyó el 70 por ciento de las primeras cosechas, maíz, sobre todo, y el 50 por ciento del segundo ciclo agrícola. Lo que deriva en que ahora dos millones de personas necesitan ayuda alimentaria. La concentración de las lluvias en periodos de tiempo más cortos genera a la vez sequía e inundaciones.

En la reciente reunión de representantes de México, El Salvador, Guatemala y Honduras, donde habló Da Silva, el asunto central fue el desarrollo rural y la seguridad alimentaria en las zonas de expulsión de migrantes.

Existen respuestas tecnológicas de resistencia al cambio. Para Da Silva las principales son la construcción de multitud de micro reservas de agua, incluso en cada casa, escuela y, por supuesto en el campo, que permitan almacenarla en la época de lluvias; la protección de los suelos amenazados por los torrentes de agua y de hecho ya bastante dañados por la deforestación y sobreexplotación, y tercera, generar cadenas cortas de producción consumo.

La última se refiere a que los programas de apoyo alimentario hagan uso de alimentos de producción local. Lo que para el permitiría también contrarrestar la epidemia de obesidad que se extiende en esos países.

Su propuesta alude a un problema económico y social fundamental. Los pequeños productores campesinos de los tres países centroamericanos, lo mismo que en México, perdieron el acceso a sus mercados nacionales crecientemente globalizados. Datos de CEPAL indican que les ha ocurrido lo mismo que a México, un notable incremento de la dependencia alimentaria, sobre todo de maíz procedente de los Estados Unidos. En paralelo la población cambió su alimentación en favor de productos chatarra industrializados.

No dejan de existir otros problemas graves, como la mayor inseguridad. En México la tasa de homicidios subió de 13 por cada 100 mil habitantes en 2008 y a 25 en 2017. En Guatemala, para este último año la cifra fue de 26; en Honduras de 43 y en El Salvador de 60. Son indicadores de la expansión del crimen organizado, la extorsión y el cobro de derechos de piso, elementos que obstaculizan severamente cualquier posible mejoría de la pequeña agricultura, negocios y talleres.

Por eso Da Silva colocó como primera condición del cambio la voluntad política de los gobernantes. Otra condición sería participación social efectiva, es decir organizada, para el ejercicio de derechos ciudadanos. Lo que pide en pocas palabras es democracia efectiva. Un verdadero reto que requeriría presiones externas. En particular la norteamericana; pero lamentablemente la posición norteamericana ha sido históricamente contraria a un cambio de este tipo; al grado de propiciar golpes de estado cuando surge la amenaza de gobiernos de izquierda. Y a Trump no le gustaría perder clientes agropecuarios.

Resolver el problema migratorio demanda ubicar la mirada en sus orígenes y plantearse un cambio radical, es decir profundo, de las causas que lo originan. El diagnóstico es correcto; llevarlo a cabo no será fácil. Pero la alternativa sería más costosa en términos económicos, sociales y humanitarios.