domingo, 16 de agosto de 2020

Nuevo curso de desarrollo

Jorge Faljo

El Grupo Nuevo Curso de Desarrollo -GNCD-, está conformado por más de veinte de los más destacados pensadores de la realidad económica, social y política de México. Configuran lo que en inglés se llamaría “think tank”, o sea un equipo de reflexión, que en este caso es el mejor y más destacado. 

Sus integrantes son la crema y nata de las ciencias sociales, y recordemos que la buena economía es una ciencia eminentemente social, y entre todos acumulan muchas décadas de experiencia de trabajo en el sector público, experiencia en la academia universitaria y también en el impulso a la transformación de nuestra sociedad, es decir experiencia política. Ya no están en el sector público, ni en el privado, y su espacio de acción es la Universidad Nacional Autónoma de México. Nuestra siempre sobresaliente UNAM.

Pues este equipo, el GNCD, acaba de difundir un documento que se multiplica en las redes sociales más sensatas y al que sin rodeos titularon: “En la pandemia:

por un cambio urgente de la política económica.” En el proponen un cambio de fondo de la estrategia que no podrá ser acusado de ser de derecha, fifí, o guiado por intereses personales.

Las grandes líneas de acción, o inacción, frente a la pandemia se delinearon al inicio de la crisis sanitaria y de paralización económica cuando parecía, y así se expresó oficialmente, que el problema se resolvería en pocos meses. De acuerdo a aquellos cálculos, por estas fechas el Covid-19 sería un asunto resuelto y el gobierno, y el país, habrían retomado su ma

Pero la crisis no se comportó de acuerdo a esas previsiones optimistas y de hecho hoy en día se ha elevado el nivel de incertidumbre sobre la evolución de esta crisis. Conocemos en cambio que el daño es mayor al pensado y que la crisis hace aflorar nuestras más profundas debilidades: un sistema sanitario insuficiente, pobreza e inequidad, una población físicamente débil, familias desestructuradas por la escasa presencia de los padres, una débil gobernanza local y regional, mucha violencia y no le sigo porque esta lista es interminable.

La magnitud del daño de la pandemia aún depende de las medidas de política económica que lo reduzcan. Contener la pandemia, proteger las fuentes de empleo y reactivar la economía son objetivos complementarios, no alternativos. Se requiere una estrategia de emergencia derivada de un diagnóstico actualizado de la situación y perspectivas.

Los programas sociales actuales se enfocan a los que necesitaban apoyos antes de la crisis, no cubren a los muchos que se adicionan y también necesitan los apoyos ahora. Es imprescindible proteger el empleo y el ingreso de los trabajadores que han quedado desempleados y a los que han visto caer sus ingresos. En su mayoría eran ya los de menores ingresos. Hay que cuidar la sobrevivencia de fuentes de trabajo para que, en su momento pueda reiniciarse la recuperación.

Interpreto, una población con seguridad económica, por lo menos nutricional, puede guardar el confinamiento. De otro modo hay que salir a ganarse la vida como sea.

La enorme capacidad ociosa y pocas perspectivas de repunte de la demanda no permiten esperar que crezca la inversión privada. Solo un mayor gasto público puede dinamizar la recuperación. Al mismo tiempo hay que garantizar que las finanzas públicas sean sostenibles.

Para el financiamiento inmediato del gasto público se puede recurrir al crédito de bajo costo del FMI y al financiamiento directo del Banco de México. La banca puede cooperar apoyando el financiamiento de un mayor déficit público.

De las alternativas que propone el GNCD, la que me parece más viable e inmediata es el financiamiento directo del Banco de México. A ello se oponen reglamentos que deben modificarse de inmediato venciendo viejos temores y ortodoxias. Un mayor gasto público no sería inflacionario cuando nuestro problema es el contrario, la insuficiencia de la demanda. La recuperación de las empresas solo será posible si la gente puede comprar.

La expansión del gasto público debe concentrarse, dice el GNCD, en robustecer el sector salud; apoyar directamente a los millones de familias que han perdido ingresos y ayudar a las empresas privadas a preservar fuentes de trabajo con apoyos directos y créditos.

También hay que avanzar hacia un seguro de desempleo de emergencia y un ingreso básico para las familias más pobres; fortalecer la banca de desarrollo, definir una política industrial y regional e instrumentar un programa emergente de inversión en infraestructura.

Las medidas inmediatas requieren gasto público pero el endeudamiento debe ser visto como transitorio y circunscrito a la emergencia. Para solventar las necesidades futuras de bienes públicos (salud, educación, infraestructura) en una nueva economía se requiere una reforma fiscal producto de un amplio pacto de las fuerzas políticas y sociales y los agentes económicos.

No hay que dejar pasar más tiempo porque será más grave el deterioro económico, laboral y el empobrecimiento y más tardaremos en salir de esta grave situación. La restricción del gasto público no es aconsejable en estas circunstancias extraordinarias.

El Grupo Nuevo Curso de Desarrollo hace un llamado escueto, referido a lo esencial. Lo hace desde convicciones de una verdadera izquierda, progresista, informada y pensante. Esperemos que sea escuchado en múltiples espacios, en particular en las deliberaciones del congreso en cuanto a las definiciones del gasto público y su financiamiento, para el 2021, que ya se aproximan.

Hay que pensar en grande, como grande es nuestra crisis.

 

lunes, 10 de agosto de 2020

De la pandemia a un mejor equilibrio social

 

Jorge Faljo

 

Las primeras señales de alarma se dieron en Wuhan, China, a fines del 2019. Hubo un doctor en particular que señaló el incremento de muertes por una enfermedad extraña y las autoridades locales lo obligaron a callarse para no alterar el orden público; ese doctor fue una de las primeras víctimas de Covid19.

 

Meses más tarde, para ser precisos el 11 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud declaró la existencia de una pandemia. En ese momento el director general del organismo habló de la existencia de 118 mil casos en 114 países, con miles de hospitalizados y 4,291 muertes confirmadas a causa de la enfermedad.

 

En un par de días se cumplen 5 meses de la declaración de pandemia, es decir una epidemia de carácter mundial, y al 8 de agosto, había más de 19 millones de casos confirmados, en 213 países, con 715 mil muertes e incontables miles hospitalizados.

 

Las cifras, impresionantes, no bastan para señalar el impacto total de la pandemia. Solo desde la perspectiva de salud los expertos señalan que esas cifras tienen algún grado de subestimación, que el viraje de los sistemas de salud a la atención del Covid19 ha obligado al descuido de la atención de la vacunación preventiva y la atención de otras enfermedades, en particular los tratamientos que también requieren hospitalización. También muy grave es que el empobrecimiento masivo está provocando, entre otros retrocesos, un deterioro nutricional que tendrá efectos de salud negativos de largo plazo. Habrá que lidiar durante mucho tiempo con el incremento de enfermedades crónicas como obesidad, diabetes e hipertensión. Los más afectados serán los niños en su desarrollo físico y mental.

 

Pandemia y parálisis económica van de la mano y ambas empeoran de manera exponencial los problemas que ya existían: extrema inequidad económica, tendencias al empobrecimiento, nutrición deficiente y mala atención a la salud, deterioro ambiental. Importa señalar que de estos problemas no se salvan ni las sociedades industrializadas; mucho menos los países periféricos. 

 

No sabemos que sigue. El daño ya causado es superior a cualquier problema del último siglo y habrá de persistir durante mucho tiempo. Sin embargo, no es momento de resignación; hay que afirmar de manera contundente que la reacción de nuestras sociedades será determinante para paliar los efectos inmediatos y definir el futuro.

 

La tunda que nos está dando el virus ha obligado a muchos a repensar a fondo el rumbo que seguíamos. Cierto que algunos piensan que básicamente regresaremos a lo acostumbrado; en unos casos porque les conviene, en otros porque no vislumbran alternativas. Sin embargo, también surgen otras voces que con una visión global y desde espacios anteriormente impensados proponen cambios de fondo.

 

De acuerdo al informe de las Naciones Unidas sobre el impacto del Covid19 la recuperación debe ser una oportunidad para transformar el modelo de desarrollo de América Latina y fortalecer los derechos humanos. Su diagnóstico es que los costos de la desigualdad ya eran insostenibles y la clave para el control de la pandemia y una recuperación económica sostenible será el avance a la igualdad.

 

Para ello, señala el documento, la situación exige encontrar un nuevo equilibrio entre el papel del Estado, el mercado y la sociedad civil, poner el énfasis en la transparencia y la rendición de cuentas, fortaleciendo el estado de derecho y promoviendo los derechos humanos.

 

Se requieren nuevos pactos sociales para darle base social y legitimidad a cuatro dimensiones clave del cambio. En lo social un nuevo esquema de protección social; en lo económico la creación de empleos decentes, sostenida por mayor capacidad tecnológica local; en lo ambiental la protección de la naturaleza para las generaciones presentes y futuras; en lo político, la reafirmación de la democracia, el estado de derecho, la transparencia y rendición de cuentas de la mano de la participación de la sociedad civil y las comunidades locales a la formulación, aplicación y evaluación de las políticas públicas.

 

La ONU plantea una fuerte agenda de transformación que solo será posible sobre la base de la movilización y organización de nuestras sociedades.

 

Desconocemos cuanto más durará la pandemia y su impacto en los ingresos y el consumo de la población. Podrían ser años. No es fácil predecir la respuesta social que podría tomar la vía de la resignación y pasividad; o una reacción impulsiva, asociada a desorganización, caos y violencia; o la mejor respuesta qué sería de organización e impulso transformador.

 

Me vienen a la mente momentos de nuestra historia para ilustrar esas posibilidades. Durante 35 años de porfiriato predominó la resignación; dio paso a la violencia y caos revolucionario; y solo décadas más tarde, con el cardenismo, se encauzó en organización e impulso transformador. Ruego a mis amigos historiadores la libertad que me he tomado al describir así esos momentos de gran complejidad.

 

La respuesta a la gran depresión norteamericana y mundial iniciada en 1929 provocó una gran pobreza en los Estados Unidos. A México regresaron cerca de 300 mil trabajadores que perdieron sus trabajos en los Estados Unidos y a los que la economía nacional, también golpeada, no tenía manera de absorber. Pero la exigencia social de cambios de fondo terminó por encontrar una respuesta apropiada en ambos gobiernos. En los Estados Unidos el “nuevo trato” y una gran movilización laboral en obras públicas. En México, una gran reforma agraria que configuró una fuerte propiedad social en el campo.

 

Hay que acelerar el paso de la resignación, saltarnos el caos y aterrizar rápidamente en la exigencia social organizada y constructiva de una nueva gran transformación en las vertientes que propone la Organización de las Naciones Unidas.

 

Para ello habrá que desterrar los dogmas mentales que aún nos tienen amarrados. Uno de ellos, tal vez el principal, es el de que tenemos que competir en un libre mercado porque eso beneficia al consumidor. Bueno, el caso es que ya competimos y hasta los consumidores perdieron. Ahora hay que hacer prevalecer el interés de los productores; todos los productores, los grandes y los pequeños.

domingo, 2 de agosto de 2020

Transformación sin retrocesos

Jorge Faljo

En su documento sobre los impactos económicos de la pandemia en México Gerardo Esquivel, subgobernador del Banco de México aclara que expresa su posición personal y no la de la institución. No obstante, por su sólida formación en economía, que incluye un doctorado en Harvard, su cercanía a la toma de decisiones de enorme relevancia y que seguramente cuenta con un equipo técnico de excelencia, hacen que el escrito, localizado en el portal de internet institucional, haya circulado ampliamente.

Buena parte del documento es un buen recuento, sintético, de datos relevantes emanados de distintas fuentes; todas muy serias, no siempre con metodologías comparables, pero que a final de cuentas concuerdan en cuanto a la enormidad de la crisis que vivimos. Aquí evito muchas de las finezas informativas de su escrito para, sin deformar lo esencial, ir directo a los mayores impactos que Esquivel señala.

En el periodo marzo – julio el gasto real en tarjetas de crédito y débito se redujo en 30 por ciento, lo que indica una fuerte reducción del consumo en un subsector de la población que es posiblemente de los menos afectados.

A los que peor les ha ido es a los más de 11.4 millones de personas, en su mayoría del sector informal que perdieron sus empleos y a los 8.7 millones que pasaron a trabajar de tiempo parcial. Un conjunto de más de 20 millones con severa reducción de su ingreso de los que la gran mayoría ganaba menos de dos salarios mínimos.

Del impacto en los ingresos deriva un fuerte empobrecimiento de los mexicanos, que afecta sobre todo a los que se ubicaban ligeramente por arriba del umbral de pobreza y ahora han caído por abajo y los que ya siendo pobres pasan a ser pobres extremos. El caso es que estos últimos, los que ni siquiera tienen para alimentarse, crecerán entre 6 y 16 millones de personas. El número de pobres totales nuevos podría ser de más de 40 millones de personas. Podríamos entonces llegar a tener 70 millones de pobres en México; cerca del 56 por ciento de la población total.

Se podría pensar que los múltiples programas sociales existentes ya atienden o que podrían atender a esta problemática. Sin embargo, dice Esquivel, esto no es así. La multitud de nuevos pobres no eran beneficiarios de ningún programa social porque no eran pobres, aunque si económicamente vulnerables. Estas personas no saldrán fácilmente de la pobreza en que han caído.

Esquivel desemboca en un breve, muy breve recuento de opciones de política que considera disponibles: un seguro de desempleo de emergencia para el millón de trabajadores formales que perdieron su empleo, un apoyo mínimo a los informales, protección a la nómina que ayude a las empresas a sostener los empleos formales, diferir las contribuciones sociales a micro, pequeñas y medianas empresas, apoyo al pago de rentas y costos fijos a restaurantes y otros negocios.

Por otro lado, Esquivel cierra posibilidades. No a un mayor esfuerzo fiscal, no a un mayor endeudamiento gubernamental, no a una renta básica universal, no al incremento substancial del gasto público, aunque tampoco una austeridad que desaliente el crecimiento económico.

Termina su escrito con un mensaje de gran intensidad. Llama a tomar medidas adicionales para paliar los enormes costos económicos y sociales que dejará esta crisis, cita a Franklín D. Rooselvelt en un discurso asociado a su política de “New Deal” y exhorta a aprender de la historia, actuar con inteligencia y evitar que más gente caiga en situación de pobreza. Hagámoslo, dice, antes de que sea demasiado tarde.

Un final intenso, que no obstante deja la impresión de poca congruencia. A diferencia de lo que hace la mayoría de los bancos centrales de otros países, que han abandonado la ortodoxia para inyectar fuertes recursos al crédito público y privado, y a la demanda, no propone que Banxico, su institución, haga algo relevante, como el financiar al gobierno con la emisión de papel. Todo queda en manos de un poder ejecutivo que hereda pequeñez y pobreza. Su documento termina siendo una especie de lavado de manos.

Básicamente, interpreto, propone seguir más o menos como estamos y atender a una recuperación que nos regrese a lo que existía antes.

Enfrentamos la que apunta a ser la crisis más grave de los últimos 100 años. Es una multi crisis económica, social, ambiental, de la globalización y finalmente del libre mercado. Cada vez es más claro que el retorno no es posible. Ser el cabus de la locomotora norteamericana al mismo tiempo que expulsamos millones de mexicanos en lo mejor de sus capacidades laborales ya no es viable. Ni podrán seguir los salarios de hambre, ni el descuido del medio rural.

Cierto que hay que actuar con inteligencia; y por ello habría que entender el diseño de un cambio de rumbo, no el regreso a un modelo económico, social y sanitario estrepitosamente fracasado.

Tendremos que salir adelante, como país, rascándonos con nuestras propias uñas. Desechemos la idea de que seremos rescatados por la llegada del capital internacional, su tecnología y sus, pocos, empleos. Dejado a sus propias reglas el libre mercado opera de manera natural en favor de los que ya tienen mucho hasta que de plano tienen demasiado. Y ese demasiado ocurre cuando esas riquezas no le sirven al conjunto de la sociedad, no generan producción y empleo.

Hay que acabar con la corrupción, pero no basta. El neoliberalismo honesto, la globalización honrada, el libre mercado sin pecados, no son solución. De hecho no existen a menos que sean severamente regulados por un Estado y una sociedad muy fuertes.

Requerimos que, al gigante, el mercado, se enfrenten otros gigantes; un Estado democrático, que tampoco puede existir sino como expresión de una sociedad altamente organizada. La gran transformación cardenista se hizo sobre la base del impulso a la organización social: ejidos en el campo, sindicatos en las empresas. Solo así pudo operar un gobierno orientado por el interés popular.

Descuidar la organización nos lleva a un tremendo riesgo ilustrado por los altibajos y retrocesos ocurridos en el signo político de los gobiernos de Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador.

Crisis es oportunidad y aprovecharla para el cambio requiere imaginación inteligente y, sobre todo, dialogo social intenso. Urge rediseñar caminos que no sean de retorno al modelo depredador en lo ecológico y en lo social. Es la hora de la austeridad que nos lleve al consumo racional; sin los excesos que destruyen al planeta y sin carencias para aquellos que han sido marginados.

Pero no se trata de austeridad del Estado. Conducir la transición requiere un Estado gigante, fuerte y generoso, creador de empleo, redistribuidor de ingresos, y reactivador de recursos y capacidades existentes. Un Estado como el que cita Esquivel, el del nuevo trato, el que opera en el país que describe la Constitución, con tres sectores fuertes, el público, el privado y el social.