Jorge Faljo
Los invito a reproducir con entera libertad y por cualquier medio los escritos de este blog. Solo espero que, de preferencia, citen su origen.
martes, 17 de mayo de 2022
La pandemia en China; el terror del triunfo
martes, 10 de mayo de 2022
Crisis alimentaria y nueva estrategia de desarrollo rural
Jorge Faljo
Pronto enfrentaremos en México fuertes presiones tendientes a agravar el deterioro de la alimentación. Según la Organización Mundial de la Alimentación entre 2001 y 2019 el número de mexicanos desnutridos, una situación compatible con el sobrepeso, subió de 3.3 a 9.2 millones. Esto hace que cada mexicano pierda, en promedio, 4.2 años de vida debido a enfermedades asociadas tales como diabetes y cardiopatías. Además, se generan incapacidades tempranas que empobrecen a las familias, tienen impactos que afectan a las siguientes generaciones y tienen un alto costo para la sociedad.
La pandemia empeoró esta situación y ahora se nos avecinan los impactos inescapables de una crisis alimentaria global que se origina en la guerra en Ucrania y en las sanciones que Estados Unidos y sus aliados europeos le han impuesto a Rusia. El problema es que la región en conflicto es llamada el granero de Europa, y de hecho del mundo, por su gran importancia en la producción para el mercado global de trigo, aceite de girasol y otros granos. Además es importante proveedora de fertilizantes y energéticos.
El problema va a empeorar en 12 a 18 meses debido a que no se puede sembrar en Ucrania y a que el alto precio de combustibles y fertilizantes obstaculizará las siembras en prácticamente todo el mundo.
Alguien que no acostumbra ser alarmista, el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterrez, habla de hacer todo lo posible para evitar un huracán de hambruna y el colapso del sistema alimentario mundial.
Que el sistema alimentario pueda colapsarse es un hecho. Durante décadas se propició que un gran número de países elevaran su dependencia de las importaciones para alimentar a su población. El argumento es que es más barato importar que producir internamente.
Buena parte del mundo cayó en la trampa de olvidar que los alimentos son un insumo estratégico de la supervivencia y bienestar de la población y de la estabilidad social.
El año pasado México fue el principal importador de maíz del mundo, con algo más de 17 millones de toneladas; los cereales que consumimos provienen en un 54 por ciento de importaciones, así como prácticamente el total de los fertilizantes que requiere la producción agrícola convencional. El superávit agropecuario que justificaba los apoyos a la exportación y el descuido de la producción interna se redujo en un 40 por ciento.
No nos queda sino instrumentar medidas inusuales para contener el incremento de los precios de la canasta de consumo básica. Pero eso no es suficiente. Hay que atender a la raíz del problema y hacer un gran esfuerzo por incrementar la producción interna en dos vertientes paralelas: la producción de la agricultura moderna industrializada y, por otra parte, la pequeña producción convencional campesina.
Ambas enfrentarán importantes dificultades; en la agricultura moderna el encarecimiento o incluso desabasto de insumos fundamentales como combustibles y fertilizantes. En la economía campesina un problema fundamental es el acceso al mercado de una producción no competitiva.
Lo esencial será aplicar la insistente recomendación de la FAO, que nunca se atendió, de diseñar estrategias diferenciadas por tipo de productor. En lugar de ello se ha seguido una estrategia de apoyo a la agricultura moderna mientras que a la producción campesina se le recetaba lo mismo, en forma de caricatura, con la idea de que algunos pocos de estos productores podrían ser “viables”, es decir competitivos en el mercado nacional – globalizado.
Nunca funcionó esta idea, pero propició una estrategia de “desarrollo rural” basada en la distribución de algunos elementos que, como en aparador, parecen distinguir a la agricultura comercial. Y así, el estado no ha sido capaz de dar un trato apropiado a la mayoría de los productores rurales.
La muy poca asistencia técnica prestada operó como agente de productos comerciales adquiridos por el sector público de manera centralizada. Se distribuían productos que los campesinos nunca comprarían con su propio dinero, pero… dadas hasta patadas. Esta falsa modernización sembró cientos de miles de inútiles ratoncitos, que no elefantes, blancos para atender nichos del mercado sin ocuparse de lo fundamental, el acceso a la comercialización.
Reorientar con urgencia la estrategia de desarrollo rural requiere en primer lugar de una verdadera interlocución con los productores más desatendidos. Los programas públicos acostumbran generar sus propias micro organizaciones de productores con las cuales “dialogar”. Se generó así un gran entramado de falsas representaciones destinadas a fingir y evitar el dialogo.
Valga un ejemplo. En 2020 SEGALMEX formó 24 mil comités de contraloría social, cada uno de los cuales sin ninguna fuerza de negociación y enfocado en un micro segmento de su operación. Al mismo tiempo SEGALMEX y DICONSA rompieron el dialogo con la organización campesina que opera las cerca de 30 mil tiendas rurales. No es un caso aislado, sino la forma típica de operación institucional.
Hay que modificar a fondo la interlocución con los productores, sus pueblos y comunidades.
Lo fundamental de una nueva estrategia es orientarse a la reactivación de capacidades productivas que son técnicamente viables, pero no lucrativas en el mercado nacional. A los productores campesinos hay que generarles un nuevo mercado, básicamente ellos mismos, donde puedan colocar su producción. El eje de esta operación sería la distribución creciente de transferencias sociales por medio de las tiendas de Diconsa y en forma de vales para adquirir bienes de una canasta básica producidos en la localidad, la región o el país. Es decir que, a diferencia del diseño neoliberal impuesto en la administración de Salinas, las tiendas deben hacer compras locales. Lo que la población rural pide desde hace mucho.
Con la comercialización interna las transferencias adquirirían un doble papel: apoyar el consumo básico de la población más vulnerable y promover la reactivación de capacidades productivas campesinas y agroecológicas. Las actividades de productores no modernizados no son competitivas en el mercado globalizado, pero deben considerarse estratégicas para el bienestar de la población y ser objeto de una política particular.
martes, 3 de mayo de 2022
Pandemia; recuento global, bien por África
Jorge Faljo
México, los Estados Unidos, Europa, África y China transitan hacia una nueva fase de la pandemia, pero no todos en la misma dirección ni con la misma estrategia. Lo primero que hay que decir es que los casos y muertes por Covid-19 siguen existiendo, que son importantes sobre todo en algunas regiones, pero que están disminuyendo rápidamente en prácticamente todas partes.
Sin embargo, las diferencias en el impacto de la enfermedad, y en las estrategias para enfrentarla son abismales.
La Organización Mundial de la Salud indica que en la semana del 18 al 24 de abril de 2022 se reportaron 2 mil 354 muertes por Covid-19 en los Estados Unidos y 6 mil 811 en Europa. En agudo contraste las muertes por la enfermedad en África, es decir en todo el continente, fueron únicamente 185, en India ascendieron a 442 y en China a 215.
Estados Unidos, la mayor potencia del planeta, sede de los mayores avances tecnológicos en producción de vacunas y en la que el 66 por ciento de la población tiene el esquema de vacunación completo, sigue estando a la cabeza en cuanto a mortalidad por la pandemia. África, con un 16 por ciento de la población con esquema de vacunación completo, es decir la región menos vacunada del planeta, es la que tiene hoy en día la menor mortalidad por la enfermedad.
La clave para entender esta paradoja se encuentra en la inmunidad natural generada por la enfermedad y no tanto en la aplicación de las vacunas.
Datos provenientes de la revisión de muestras sanguíneas en los Estados Unidos revelan que en diciembre de 2021 cerca de la tercera parte de la población se había infectado de Covid-19, al fin de febrero de 2022 la tasa de infectados se elevó de manera sorprendente al doble, al 60 por ciento de la población incluyendo al 75 por ciento de los niños. Ómicron, la familia de variantes que se expande con mucha mayor rapidez que las anteriores fue la que produjo este incremento de infectados, por lo menos 190 millones de norteamericanos. Dada la rapidez de la difusión de la enfermedad entre diciembre y febrero es posible suponer que hoy en día, a fin de abril, casi toda la población haya sido infectada y los norteamericanos tengan un muy alto nivel de inmunidad debido tanto a las vacunas como a la inmunidad natural, la mejor de todas y la más duradera, generada por la enfermedad.
Los datos de infectados derivados de las muestras de sangre no concuerdan con las cifras oficiales de infectados debido a que la enorme mayoría del por lo menos centenar de millones de infectados con Ómicron no presentaron síntomas, o lo hicieron de forma muy leve.
Este alto nivel de inmunidad le permite ahora al Dr. Fauci, asesor médico principal de la Casa Blanca declarar que los Estados Unidos han superado la fase epidémica de la pandemia, para pasar a una nueva fase endémica, de convivencia y control de la enfermedad. En este contexto las autoridades sanitarias y los medios expresan con gran énfasis que hay que seguirse vacunando, recibiendo refuerzos y expandiendo la administración de vacunas a los niños.
Dinamarca por otra parte es el primer país que suspenderá su programa de vacunación a mediados de mayo porque considera que dado el alto nivel de inmunidad de la población la enfermedad ya no constituye un riesgo mayor. Desde hace un par de meses su autoridad sanitaria dijo que era inútil tratar de impedir la expansión de la variante Ómicron y había que dejarla correr entre la población. Desde entonces suspendió todas las restricciones a la movilidad, el uso de tapabocas y medidas de higiene. Hoy en día tiene 733 personas hospitalizadas, 13 en cuidados intensivos y en su último reporte fallecieron 4 personas en un día.
China enfrenta un repunte de Covid-19 y ha respondido con el reforzamiento extremo de las medidas de confinamiento de la población. Cerca de 185 millones en una veintena de ciudades, incluidas las principales, Beijing y Shanghái, se encuentran confinados. Muchos de ellos en condiciones extremas, separando a los niños de sus padres, enviando gente al equivalente a campos de concentración de infectados o encerrando a la gente al grado de soldar las puertas de edificios o cercar con vallas unidades habitacionales en las que los residentes pasan a depender enteramente de la distribución de paquetes de alimentos por agentes del gobierno. Y esa distribución no siempre funciona bien.
La estrategia de confinamiento permitió que en toda la pandemia solo haya tenido alrededor de 5 mil muertos. Y el gobierno chino lo ha presumido a toda voz como una estrategia muy superior a la de los Estados Unidos y otros países industrializados.
En China es baja la vacunación completa de la población anciana por desconfianza. Lo que no importó cuando el confinamiento fue efectivo en 2020. Pero la estrategia está fracasando frente al Ómicron y el país está en un callejón sin salida. Si abandona el confinamiento ocurrirán más muertes que las muy pocas acumuladas hasta ahora y eso es políticamente inadmisible.
Así que el confinamiento se refuerza en China y la situación amenaza con volver a generar un dislocamiento de cadenas de producción con efectos disruptivos e inflacionarios en todo el mundo.
Mientras se atendía a la población de países de altos y medianos ingresos el ritmo de aplicación era de más de 40 millones de vacunas al día. Hoy en día es de apenas 11 y medio millones. El hecho es que la solidaridad en la vacunación fue un fracaso estrepitoso y África presenta las tasas de vacunación más bajas… y el menor número de muertes.
Lo que ocurrió es que la enfermedad, en particular la variante Ómicron, se difundió incluso con mayor celeridad que lo ocurrido en los Estados Unidos dadas las condiciones de hacinamiento y menores medidas de protección. Así fuera a un importante costo inicial, la difusión de esta variante elevó los niveles de inmunidad natural de la población de África al grado de ahora es la más protegida del planeta.
Las grandes farmacéuticas buscan seguir vacunando lo más posible mientras que los gobiernos y los medios cooperan ocultando que la mejor inmunidad es la natural y que ya prácticamente toda la población tiene altos niveles de protección. Esto no es negar que las vacunas tuvieron una contribución fundamental ante las variantes anteriores, mucho más letales. Y siguen siendo importantes para algunos grupos muy vulnerables. Solo que en lo fundamental ya cumplieron su papel.
Tan solo duplicar el porcentaje de vacunados en África, del 16 al 32 por ciento, implicaría un costo económico demasiado alto para sus gobiernos en un momento en que a la mayoría de la población ya no le interesa. Lo mejor sería un cambio de prioridades y aplicar esos recursos económicos a la descuidada vacunación contra el sarampión que presenta un riesgo mucho más grave para la niñez del continente. También sería útil combatir otras infecciones mediante, por ejemplo, un mejor acceso al agua potable, o prepararse ante la muy real amenaza de desabasto alimentario.
En México ya se anunció el fin de la fase epidémica; ya puede abandonarse el uso de tapabocas y los trapitos para mojarse los zapatos y enlodarlo todo. No se acaba la enfermedad, pero todo indica que muy probablemente estamos bastante inmunizados, con vacunas e incluso sin saberlo de manera natural. Podemos convivir con el Covid-19, como lo hacemos con la influenza o la gripa y recuperar la normalidad en nuestras vidas.
domingo, 24 de abril de 2022
La guerra fría, encrucijada mortal
Jorge Faljo
El documento Perspectiva de la Economía Mundial publicado por el Fondo Monetario Internacional -FMI-, este mes de abril plantea, en sus dos primeros renglones lo siguiente:
“La guerra en Ucrania ha desatado una costosa crisis humanitaria que, sin una rápida y pacifica resolución, puede ser abrumadora.”
Que equivocado estaba porque primero pensé que este documento se sumaba a la avalancha repetitiva de los medios que nos muestran los horrores de la guerra en sus víctimas directas: muertos, heridos, falta de alimentos, agua y medicinas, y millones que lo han perdido todo.
Sin embargo, el FMI no se enfoca en que ocurre dentro de Ucrania sino en sus consecuencias externas: una previsible crisis humanitaria global que puede ser mucho peor. El costo de la guerra dice este organismo, se propagará hasta muy lejos, de hecho, a todo el mundo. La energía y los alimentos suben de precio y las cadenas productivas se dislocan. Los nuevos confinamientos en China empeoran la situación. Y como cereza de este amargo pastel está la previsible elevación de las tasas de interés por los bancos centrales para combatir la inflación, lo cual impactará la dinámica económica.
Una nueva paliza cuando todavía no nos recuperamos de los estragos de la pandemia.
Estos azotes tendrán su impacto más severo en las poblaciones vulnerables de los países pobres cuyos gobiernos enfrentan dificultades financieras y para pagar sus deudas a tasas de interés mayores a las previstas.
El FMI pinta una perspectiva terrible pero realista y plantea lo obvio que muy pocos dicen: la mejor y única medida para evitar lo peor es la paz inmediata en la guerra que las grandes potencias libran en suelo ucraniano.
Aunque no bastaría la paz por si sola, hay que hacer mucho más. La paz sería la precondición para permitir la salida de decenas de millones de toneladas de cereales varados en Ucrania y Rusia; además se requerirá reconstruir vías de transporte, el barrido de minas en mar y tierra, y apoyar la próxima siembra de granos en Ucrania y Rusia con financiamiento, maquinaria, agroquímicos, combustible, y el regreso de los trabajadores reclutados como milicianos para que vuelvan a participar en la producción.
Se requerirán esfuerzos internacionales enfocados en cambiar el gasto en armamentos por gastos para la paz en Ucrania, Rusia y el resto del mundo; para acelerar la producción, resolver los problemas de transporte y, en general, enfrentar la amenaza de desabastos estratégicos que podrían provocar la muerte de millones y el sufrimiento de gran parte de la humanidad. Algo peor, insisto, que lo muy malo que ya ocurre en Ucrania.
La guerra fría entre Estados Unidos y Rusia le impone un costo altísimo no solo al pueblo ucraniano sino a una humanidad excesivamente globalizada y, por tanto, muy vulnerable.
Urge un dialogo verdaderamente constructivo entre las partes en conflicto, Rusia, Ucrania, Estados Unidos y Europa, que tome en consideración los intereses vitales del resto de la humanidad.
Sin embargo, no se ve un camino hacia lo que propone el FMI; que es una rápida y pacifica resolución.
Cuando se le preguntó a la vocera de Biden de que manera los Estados Unidos contribuyen al dialogo para la paz en Ucrania, la respuesta fue que se apoya el dialogo dándole armas a Ucrania para que de esa manera tenga mayor capacidad de negociación. Es la posición oficial norteamericana; o sea mera continuidad de la negativa a negociar con Rusia un estatus de neutralidad para Ucrania.
Curiosamente Noam Chomsky, un muy prestigiado intelectual, propone que Ucrania sea como México; un país dice, con alta capacidad para determinar su política interna y externa mientras no represente una amenaza a la seguridad de los Estados Unidos.
Los medios nos bombardean no solo con imágenes dolorosas sino con el mensaje de que Rusia está perdiendo la guerra. Putin quería, dicen, conquistar toda Ucrania y no lo logró; quería tomar la capital Kiev, y no pudo; esperaba la rendición del gobierno ucraniano y no ocurrió. El método es sencillo, le adivinan el pensamiento a Putin para argumentar que fracasó.
El mensaje lo resume un reciente artículo del que posiblemente es el más importante periódico norteamericano, el New York Times: ¿Puede Ucrania seguir ganando la guerra? Un titulo absurdo sino es que risible. De esta manera se convence a la población norteamericana y europea de que no urge la paz dado que occidente va ganando la guerra.
Lo cierto es que Estados Unidos si está obteniendo importantes logros: toda Europa se ha alineado bajo su liderazgo y si se está debilitando la economía rusa. Tal vez por ello están empeñados en que se siga combatiendo hasta el último ucraniano.
Pero hay otras señales. En la reunión del G-20 de esta semana los representantes de los Estados Unidos, Inglaterra y Canadá se salieron de la reunión cuando habló el representante ruso.
Lo verdaderamente sorprendente es que el ministro de finanzas de Indonesia, Sri Muyani Indrawati, que presidia la reunión declaró que esa salida no fue una sorpresa y que no descarriló los objetivos de la reunión. Indonesia insiste en que todos los miembros del G20 están invitados a la próxima reunión de noviembre en Bali.
Putin considera la posibilidad de asistir y los buenos de esta película se manifiestan indignados por esa posibilidad. No parece que lo puedan impedir porque buena parte del G-20 y los países que representan a tres cuartas partes de la humanidad están alarmados por las consecuencias globales del conflicto y su interés es que haya un pronto acuerdo de paz.
Esa es ahora la prioridad del mundo para no seguir el camino a la hambruna.
domingo, 10 de abril de 2022
Los jaloneos por la inflación
Jorge Faljo
Hace unos días unos pocos clientes de un supermercado de la ciudad de Shanghái, China, se dieron de golpes en un pleito por algunas verduras. Se habían detectado casos de Covid-19 en la ciudad y las autoridades, muy al estilo de ese país, acababan de decretar un confinamiento riguroso de la población durante varios días. Así que muchos corrieron a los supermercados a abastecerse de alimentos en previsión del encierro. Una nota peculiar dado que el pueblo chino tiende a comportarse de manera muy controlada, pero en este caso imperaba la prisa y el miedo.
Me viene a la mente la noticia en este momento porque me parece una buena representación de lo que ocurre cuando una mercancía no alcanza para todos los que la quieren, sobre todo si ese producto es verdaderamente necesario. Eso es más o menos lo que es la inflación: una situación en la que la demanda supera a la oferta y se crea un problema de distribución del bien escaso. Usualmente el problema no se resuelve a golpes, sino que el bien sube de precio y la gente debe pagar más si es que lo quiere comprar.
Solo que el dinero es otra manifestación del poder de algunos y de la debilidad de otros. Aquellos que tienen poder de compra, es decir dinero en el bolsillo, podrán pagar más por el bien escaso, mientras que otros posiblemente no puedan comprar todo lo que quieren o necesitan. Golpearse, ejercer el poder de los que tienen más dinero, o de plano el conflicto violento, son a final de cuentas mecanismos, unos peores que otros, de obtener lo que no alcanza para todos.
Lamentablemente este año y el siguiente estarán marcados por una inflación de lo peor. Ya vivimos una situación de elevación de precios que todos resentimos; lo grave es que va a empeorar y se convertirá en un monstruo que asolará al mundo generando hambrunas, empobrecimiento masivo y conflictos. Revisemos la situación en dos etapas; lo que ya ocurrió y la amenaza para un futuro a la vuelta de la esquina.
Los datos son duros. Basten algunos ejemplos. Según el Banco Mundial el precio del trigo subió de un promedio de 201.7 dólares la tonelada métrica-tm-, en 2019 a 315.2 dólares en 2021. Un incremento de 56 por ciento en dos años. El precio del maíz subió de 170.1 a 259.5 dólares la tm. Un incremento de 52 por ciento. Para el mismo periodo el precio de los fertilizantes se elevó en 62 por ciento.
Estos incrementos se debieron sobre todo a que la pandemia provocó confinamientos masivos en ciudades y puertos, con cierres de fábricas y comercios y ausentismo laboral en actividades clave. En suma, paralización de la producción con cuellos de botella en el sistema de distribución internacional, esencialmente naviero, y en las redes nacionales de transporte. Otro de sus impactos fue la multiplicación por cinco del costo del transporte naviero a granel, además de mayores tiempos de entrega.
Datos más actualizados indican un importante empeoramiento de la situación. Para efectos de comparación me referiré a las mismas mercancías.
Los precios mensuales promedio, de enero a marzo de este año, subieron en el caso del trigo, de 374.2 a 486.3 dólares la tonelada; un incremento de 30 por ciento en solo tres meses. El precio del maíz fue, en marzo de este año, un 21 por ciento superior al de enero. Los fertilizantes subieron de precio un 18 por ciento de enero a marzo.
Los promedios del año 2019 comparados con marzo de este año han subido 141% en el caso del trigo, 97% en el maíz y los fertilizantes se incrementaron un 192%.
Mención aparte merece el incremento de precios de los energéticos. El precio del gas natural en Europa subió de 4.80 dólares la unidad de medida internacional en 2019, a 28.26 en enero de este año y a 42.39 en el promedio de marzo. El precio se ha multiplicado casi por 9. Y recordemos que la subida de precio del petróleo se refleja en mayor costo de la gasolina y, en el caso de México, en menores ingresos para el gobierno.
Estos aumentos de precios ocurren al mismo tiempo que se empobrece la mayor parte de la población del planeta.
Las consecuencias del conflicto en Ucrania y de las sanciones de la alianza occidental contra Rusia apenas se empiezan a reflejar. Ambos países tienen una enorme importancia como proveedores de alimentos en el mundo, sobre todo granos y aceite. Rusia es muy importante como exportadora de energéticos, sobre todo gas.
Ahora la guerra obstaculiza la salida de la producción de alimentos almacenada en ambos países y pone en duda la capacidad para las próximas siembras en Ucrania. De hecho, el alza de precios de la energía y de los fertilizantes provocará que las próximas siembras rindan menores cosechas y que estas salgan muy caras en todo el mundo.
Es decir que las fuertes elevaciones de precios mencionadas no han sido sino el calentamiento de motores de una montaña rusa altamente volátil. Hasta ahora la inflación ha reflejado sobre todo problemas de la mecánica de distribución; más adelante reflejará situaciones de grave desabasto.
Las Organización de las Naciones Unidas, la Organización para la Agricultura y la Alimentación, el Programa Mundial de Alimentos y otras agencias internacionales advierten que el desabasto e incremento de precios provocará hambrunas en las que pueden morir millones. Sobre todo, en los países más vulnerables como Afganistán y Yemen. También en los países del medio oriente, fuertes importadores de granos y aceites comestibles.
Más cerca de nosotros, en América Latina, llama la atención las protestas masivas en Perú por el aumento del costo de la vida, sobre todo de combustibles y alimentos. En la represión a los bloqueos de carreteras y manifestaciones han muerto varias personas; el gobierno estableció un toque de queda que quitó horas más tardes para tomar medidas de alivio social como el incremento en 10 por ciento del salario mínimo del país.
En Egipto y Líbano el alza de precios de los alimentos rebasa la capacidad de las finanzas públicas para seguirlos subsidiando y situaciones como esta han conducido en el pasado a protestas sociales que han llegado a tumbar sus gobiernos. En Tunes la distribución de pan se raciona a varias piezas por persona. En España una nueva reglamentación autoriza a que los comercios puedan limitar la venta por persona para enfrentar señales de compras adelantadas
Cuando veas las barbas de tu vecino cortar pon las tuyas a remojar. En México es muy posible que más adelante el gobierno tenga que optar entre subsidiar la gasolina, o tomar opción por los fertilizantes, o las tortillas.
No nos queda sino esperar lo mejor, pero hay que irnos preparando para lo peor.
domingo, 3 de abril de 2022
Desglobalización en marcha; riesgos y oportunidad
Jorge Faljo
La globalización económica tuvo un serio tropezón en la Gran Recesión de 2008 disparada por la incapacidad de millones de familias norteamericanas para pagar sus deudas hipotecarias. Millones perdieron sus hogares y sus ahorros. El problema de fondo fue que durante décadas el notable crecimiento de las capacidades productivas no se vio acompañado de mayores ingresos de los hogares y de los gobiernos. En Estados Unidos el ingreso de los hogares se sostuvo gracias a la entrada masiva de las mujeres al trabajo.
La brecha creciente entre mayor producción y que la gente no tenía mayor capacidad de compra se resolvió empleando las enormes ganancias acumuladas en pocas manos para prestar, es decir endeudar, a las clases medias y a los gobiernos de todo el planeta.
En 2008 el esquema tronó ya que el endeudamiento revolvente ya no generaba nueva capacidad de demanda, sino que al exigir su pago reducía la demanda.
La estrategia empobreció a la mayoría de la población y concentró enormemente la producción y las riquezas. Buena parte de la población pasó a depender de transferencias sociales en casi todos los países del mundo.
La escasez de demanda hizo subir las rivalidades comerciales entre países y obligó al abandono parcial del libre mercado para proteger industrias y empleos internos en los Estados Unidos y otros países.
Más adelante vendría la pandemia de Covid-19 que redujo el volumen del comercio internacional en 8 por ciento en 2020 sin que se haya recuperado plenamente en 2021. La pandemia dislocó las cadenas de producción y el transporte. La estrategia de confinamiento estricto en China disminuyó su producción industrial y la enfermedad disminuyó la capacidad operativa de los puertos y el transporte terrestre en casi todo el mundo.
Numerosos países descubrieron que dependían del comercio internacional para abastecerse lo mismo de mascarillas y jeringas que de partes electrónicas y componentes clave de su producción industrial. Con la globalización el intercambio productos terminados se había transformado en un complejo comercio de componentes parciales. La fabricación de un solo automóvil puede requerir miles de piezas producidas en centenares de fábricas de decenas de países.
La pandemia cimbró el comercio internacional e impulsó medidas de autosuficiencia en mercancías estratégicas.
La guerra en Ucrania le ha dado otro mazazo a la globalización. Las sanciones impuestas a Rusia, el congelamiento (apropiación) de 300 mil millones de dólares y euros de sus reservas internacionales y su exclusión parcial del sistema financiero global ha llevado a la suspensión de muchas de sus importaciones. Su respuesta refuerza lo que hizo tras las sanciones de 2014; volverse más autosuficiente.
Europa declara que lo más pronto posible dejará de depender de la compra de gas, energéticos, materias primas y productos agropecuarios rusos.
La guerra y las sanciones encarecen y obstaculizan las exportaciones rusas y ucranianas y amenazan generar una marejada de hambruna, en palabras del secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres. Es momento en que los países importadores de alimentos están profundamente consternados y diseñando estrategias para elevar su auto abasto.
La exigencia rusa de que se le pague el gas, y posiblemente más adelante otras mercancías, en rublos implica un cambio substancial en el sistema financiero global. El presidente Putin lo expone de esta manera: el sistema financiero se utiliza como arma y se han congelado los activos rusos en dólares y euros por lo que no tiene sentido aceptar esas divisas; cuando nos pagaron en euros y dólares y luego nos congelaron las reservas es como si hubiéramos suministrado prácticamente gratis el gas enviado a Europa.
El congelamiento de las reservas en dólares a Irán, Afganistán y ahora a Rusia genera desconfianza en el dólar. Tener reservas en dólares es ubicarse bajo la soberanía y las decisiones de los Estados Unidos.
India y Rusia están en dialogo para intercambiar en rupias y rublos. Como India le compra bastante más a Rusia este país va a tener un exceso de rupias cuya utilidad posible será comprarle más a India. China plantea pagar en yuanes las importaciones de petróleo de Arabia Saudita. Arabia usará esa moneda para incrementar sus importaciones chinas. En ambos casos la orientación es al fortalecimiento de la relación bilateral.
Cuando un país recibe un pago en dólares puede comprarle a cualquier otro país del mundo. Pero si recibe el pago en la moneda del país importador, solo la puede usar para comprarle al emisor de esa moneda. El uso de monedas nacionales amarra compras y ventas entre países.
Supongamos que México le paga a China con pesos; entonces China tendría que comprarle mucho más a México. Pero este es un sueño guajiro.
De manera gradual las rivalidades comerciales, el dislocamiento de las cadenas de producción por la pandemia, el encarecimiento del transporte, la guerra en Ucrania, las sanciones a Rusia, y el abandono gradual del dólar para las transacciones comerciales internacionales nos han ido alejando del libre comercio. Ahora las decisiones comerciales de mayor envergadura priorizan consideraciones de seguridad nacional (económica, militar o alimentaria) que a su vez dependen del alineamiento geoestratégico de cada país.
Debemos, en México, estar atentos a los riesgos globales que surgen. El encarecimiento del transporte marítimo, de los energéticos, de los fertilizantes y de los cereales nos representa un alto riesgo alimentario y de empobrecimiento masivo. El regreso de China al confinamiento en grandes ciudades industriales como Shenzhen y Shanghái puede volver a generar desabastos industriales.
Hay riesgos y oportunidades. Es momento de plantearnos un impulso vigoroso a la producción alimentaria interna como eje del combate a la inflación y una integración industrial protegida, menos vulnerable a los vaivenes externos.
domingo, 27 de marzo de 2022
Ucrania; todos obligados a ceder
Jorge Faljo
En la preocupante tendencia de incremento de las tensiones en la guerra que devasta a Ucrania y amenaza al mundo entero, por fin aparece una noticia positiva. Rusia ha declarado que sus objetivos iniciales han sido completados y da por terminada la primera fase de su operación militar. De ahora en adelante se enfocará en lo que llama la liberación de las repúblicas separatistas de Donetsk y Luhanks.
Ante una disyuntiva terrible; aceptar un alto número de bajas de sus soldados, o incrementar los bombardeos para “ablandar” (un feo término de guerra) la resistencia del resto del país, tomó una tercera opción, reducir la magnitud del conflicto.
Ojalá y esto aleje al mundo de una escalada en la que incluso un malentendido cultural o de interpretación podía ser una peligrosa chispa que podría encender el infierno de una guerra nuclear.
El 26 de febrero, dos días después de iniciada la invasión de Ucrania el presidente norteamericano Biden declaró que tenía dos opciones, iniciar la tercera guerra mundial contra Rusia o, segundo, asegurarse de que el invasor pagara un alto precio por sus acciones. En la perspectiva mediática de occidente se trató simplemente del uso banal del fantasma de una guerra de enorme magnitud para justificar la aplicación de sanciones. No había que darle mayor atención.
Pero esto al parecer no fue visto de la misma manera por Rusia. Para ellos era el presidente norteamericano, el jefe de estado de la mayor potencia nuclear del planeta sopesando dos posibles opciones. Minutos después, ya con fecha 27 de febrero, dadas las diferencias de horario, el presidente Putin, declaraba en estado de alerta las capacidades nucleares rusas. Los medios occidentales consideraron que la medida era un no provocado incremento de la tensión bélica. Más bien parece que se trató de un peligroso malentendido cultural.
De ahí en adelante la situación no hizo sino empeorar. El 14 de marzo el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, dijo que un conflicto nuclear, anteriormente impensable, era ahora posible. El 23 de marzo en la cumbre de la OTAN el secretario general de esa alianza militar, Jens Stoltenberg, declaró que Rusia debe suspender sus tambores de guerra nuclear y entender que no debe haber guerra nuclear y que no podría ganarla.
Esa reunión cumbre, a la que asistió el presidente Biden y los líderes de cerca de 30 países tuvo como asuntos centrales advertir a Rusia en contra del uso de armas nucleares y como responder en caso de que lo hiciera y, segundo, elevar el nivel de sanciones impuestas en su contra. Parte de la agenda a discutir era si la emanación de un arma química, o la radiación de una bomba nuclear, llegara a territorio de un país de la OTAN, esto debería considerarse agresión y dar pie a una contramedida militar, además de las muchas sanciones en marcha.
El caso es que un día después de terminada esa cumbre Rusia decide enviar un mensaje de apaciguamiento. Dice el refrán que a enemigo que huye puente de plata. Esta debería ser la oportunidad para calmar los ánimos lo suficiente para abrir espacio a una real negociación entre occidente y Rusia. Se trata de llegar a un acuerdo entre la alianza militar occidental encabezada por los Estados Unidos, Rusia y por supuesto Ucrania.
Un acuerdo en el que nadie quedará contento porque no tendrá todo lo que quiere. Estados Unidos tendrá que dejar que Ucrania sea un país neutral y desmilitarizado. Este es en realidad un bajo precio a pagar, se trata simplemente de dejar de acosar al oso feroz para propiciar un cambio de régimen.
Rusia tendrá que dejar que Ucrania se convierta en una democracia tipo occidental a cambio de la seguridad de que no se convertirá en espacio de experimentación de posibles armas biológicas, como se ha descubierto recientemente, o de bases militares amenazantes. Esto es lo que algunos llaman el modelo Finlandia en el que un país comprometido con la neutralidad ha sido sumamente exitoso en construir una democracia prospera.
Ucrania tendrá que renunciar a las partes de su territorio que ya había perdido desde antes del inicio de la guerra. Recuperar Crimea y las zonas que son rebeldes desde el golpe de estado de 2014 es imposible. A cambio debe contar con un acuerdo internacional que establezca los compromisos necesarios entre la alianza occidental y Rusia.
Seamos optimistas, pensemos que el acuerdo es posible y que entonces se podrá abordar el siguiente problema de enorme gravedad.
En el contexto de la cumbre de la OTAN el presidente francés Emmanuel Macron, advirtió sobre una crisis alimentaria sin precedentes y destacó la dificultad para abastecer de trigo y cereales como Egipto y varios otros del norte de África y el cercano y medio oriente. Centro su discurso más en insistir en que la culpa es de Rusia que en plantear una verdadera solución.
El presidente francés pidió que Rusia permita sembrar los millones de hectáreas que Ucrania dedica a la producción de cereales en el próximo ciclo otoño – invierno, de otra manera la situación que ya es mala debido a las alzas de precios empeoraría aún más en un plazo de 12 a 18 meses. Planteo también elevar en lo posible la producción europea para paliar, mitigar, sus palabras, la crisis que ya está en marcha.
No basta lo planteado por el presidente francés y la petición de las agencias internacionales de que los países no hagan acopio de emergencia de cereales, aceites comestibles y otros alimentos impidiendo su libre exportación. Ante la amenaza de crisis esto se convertirá en un “sálvese quien pueda”.
La verdadera solución es un acuerdo de paz que incluya la restitución del mecanismo de pagos internacionales, que no castigue el comercio con Rusia, que incida en bajar los precios de los energéticos y, en consecuencia, de los fertilizantes. De otro modo la alianza occidental derramará lágrimas de cocodrilo y le echará la culpa a Rusia mientras el mundo es azotado por la hambruna.
Mientras tanto en México debemos seguir la máxima de esperar lo mejor y prepararnos para lo peor. Hay que ser optimistas, pero urge replantear la estrategia de producción rural en dialogo con los productores, desde los más modernos del norte hasta los campesinos del sur para diseñar estrategias de promoción apropiadas a cada tipo de productor y a sus condiciones socioeconómicas.
Una de las dificultades principales es que eso del dialogo no se nos da; ni al interior con las organizaciones de productores, ni al exterior en donde tenemos el mal tino diplomático de no quedar bien ni con nuestro principal proveedor de alimentos, los Estados Unidos, ni con el de fertilizantes, que es Rusia.
No somos colonia, pero importamos más de la mitad de lo que comemos. Esa es la dependencia que urge disminuir; ya el tiempo nos esta pisando los talones.