domingo, 20 de marzo de 2022

Daños colaterales en puerta

 Jorge Faljo

 En el vocabulario de la guerra los daños colaterales se refieren a aquellos que sin ser combatientes mueren o sufren lesiones debido a operaciones militares. Es una expresión tecnocrática que reduce el sufrimiento humano a un hecho incidental, secundario a la operación militar que lo provocó.

Los daños colaterales son prácticamente inevitables en cualquier guerra: gente atrapada entre bandos en pugna, misiles o bombas que no dan en el blanco militar sino en una estructura civil. Incluyen los casos en los que el operador militar a distancia equivocadamente interpreta que los reunidos para celebrar una boda son parte del enemigo, o que los garrafones que sé que están cargando en un vehículo son peligrosas bombas. De situaciones así estuvieron plagadas las guerras en Irak y Afganistán.

Muchos de los daños colaterales a larga distancia tienden a pasar inadvertidos; la cobertura que dan los medios depende de los intereses afectados y es muy desigual.

Un ejemplo. Estados Unidos promueve el incremento de la oferta mundial de petróleo para combatir el alza de precios. El príncipe Salman le pide ser reconocido como el dirigente de Arabia Saudita y quiere decidido apoyo militar en su guerra contra Yemen.

De acuerdo a las Naciones Unidas en Yemen desde 2015 a fines de 2021 han muerto más de 377 mil personas de las que el 60 por ciento fue por causas indirectas, la principal fue el hambre debido al cerco militar saudita, al bombardeo de sus puertos y de su infraestructura. En septiembre de 2021 la Organización Mundial de la Alimentación señalaba que 16 de los 30 millones de yemenitas sufren de inanición. Esto incluye a 2.3 millones de niños menores de 5 años con malnutrición aguda y de los que 400 mil podrían morir sin un tratamiento inmediato.

Biden, al llegar a la presidencia de los Estados Unidos prometió eliminar el apoyo a Arabia Saudita en cuanto a armamento ofensivo destinado a esa guerra y ha buscado distanciarse de Salman. Ahora la prioridad ha cambiado; lo importante es reducir el costo de la gasolina y eso podría traducirse en muchas más muertes de adultos y niños yemenitas ante las que las agencias informativas occidentales, son fundamentalmente indiferentes.

Lo que esto nos enseña sobre el futuro es que los daños colaterales en los países y pueblos más vulnerables no tendrán la misma cobertura mediática que si tiene el lamentable sufrimiento de los ucranianos; una intensa cobertura que ayuda a justificar las sanciones contra Rusia y, en consecuencia, los daños colaterales que se avecinan.

El secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, Antonio Guterrez dijo que la detención de la producción y exportación agrícola en Ucrania y Rusia golpeará más fuerte a los más pobres y creará descontento e inestabilidad política en todo el mundo. La espada de Damocles se cierne sobre la economía global en particular los países en desarrollo; las cadenas de producción se dislocan y podría haber un colapso del sistema alimentario mundial. No duda Guterrez en emplear términos muy fuertes; habla de hacer todo lo posible por evitar el huracán de hambruna que amenaza al mundo.

Muchos países, el llamado tercer mundo, está apenas recuperándose del empobrecimiento de la población, de la debilidad de las arcas públicas y del dislocamiento de la producción que les dejo la pandemia. Ahora viene un nuevo golpe.

Se disparan los precios de los alimentos, el combustible y el transporte. Al mismo tiempo, para combatir la inflación los países industrializados elevan las tasas de interés y sube el costo del financiamiento en todo el mundo. Para muchos esto presionará a la devaluación de sus monedas reduciendo aún más su capacidad de compra.

Rusia y Ucrania aportan más de la mitad del aceite de girasol y cerca del 30 por ciento del trigo exportado. Son además exportadores de otros granos, fertilizantes y otras materias primas.

La agricultura moderna depende en gran medida del uso de fertilizantes sintéticos derivados de la petroquímica. Estos productos están diseñados para la absorción directa por las plantas y no para elevar la calidad y fertilidad del suelo que básicamente es un simple soporte físico. Al elevar los precios de los energéticos, gas en particular, sube el precio de los fertilizantes y se van a emplear en menos cantidad. Esto significa que la próxima cosecha se verá reducida en todo el mundo.

 Los precios de los granos, fertilizantes y materias primas están sujetos a los vaivenes especulativos, se compran paquetes de granos para entrega futura con la intención no de consumirlos sino de revenderlos más caros más adelante.

Otro factor de dislocamiento de los mercados es que diversos países están imponiendo restricciones a sus exportaciones por temor a la escases o a la inflación interna.

El aceite de palma es el más empleado a nivel mundial; es un ingrediente de la margarina, el chocolate, la fabricación de pan y hasta de detergentes. Su precio se ha elevado en más de 50 por ciento influido por la escases previsible de aceite de girasol que ya no exportará Ucrania. Indonesia, uno de los principales productores ha prohibido su exportación alegando que debe asegurar que los precios del aceite de cocinar permanezcan al alcance de su población. India le ha pedido a Indonesia que flexibilice su exportación.

Se teme en muchos países que colocada su producción o reserva en un contexto de libre mercado esos productos sean exportados en favor de los que pueden pagar más. Las medidas de restricción de las importaciones que se están expandiendo van a agravar la situación al grito de sálvese quien pueda.

¿Qué quiso decir Guterrez al hablar de un posible colapso del sistema alimentario global?

Tras décadas de globalización acelerada numerosos países son dependientes de la importación de granos y alimentos en general. México es un claro ejemplo; importamos más de la mitad de los alimentos que consumimos.

Ahora por todos lados cambia la prioridad y el nuevo orden del día es avanzar hacia la mayor autosuficiencia posible en cuanto al abasto de productos esenciales, sea energéticos, alimentos o materias primas.

Si no se llega pronto a un arreglo de paz en Ucrania, y al levantamiento de las sanciones, la marcha hacia un nuevo orden económico mundial basado en autosuficiencias estratégicas será irreversible. Y nos veremos en una transición difícil y dolorosa en el corto plazo.

domingo, 6 de marzo de 2022

Segalmex; más que el escándalo, la sombra de la tragedia.

 Jorge Faljo 

El escándalo de Seguridad Alimentaria Mexicana -Segalmex-, es mayúsculo. Desde julio de 2021 la Unidad de Inteligencia Financiera investiga anomalías al interior de Segalmex y sus filiales, Diconsa y Liconsa. En enero de este año la Secretaría de la Función Pública -SFP-, presentó denuncias ante la Fiscalía General de la República -FGR- que, a la fecha tiene abiertas unas 20 carpetas de investigación en contra de la triada de instituciones alimentarias. Las denuncias de productores y supuestos beneficiarios abundan desde 2019.

La Auditoría Superior de la Federación le echa números al asunto y señala irregularidades por más de 8 mil 600 millones de pesos en la revisión de la cuenta pública de 2020.

No obstante, aunque toda la atención se centra en la corrupción esta no es el problema mayor; se queda chiquita ante la magnitud del daño que el mal manejo de Segalmex le infligió a la nación, a su población y al desempeño de la administración pública.

Segalmex debe promover la seguridad alimentaria del país, la buena nutrición de la población, fomentar la producción, en particular la campesina, y fomentar la producción mediante, sobre todo, un acopio y distribución eficiente de alimentos básicos. Es el instrumento para hacer efectivo el derecho humano, establecido en la Constitución a una alimentación nutritiva y de calidad. También es el mecanismo para cumplir con el objetivo de “Autosuficiencia alimentaria y rescate del campo” al que la actual administración federal se comprometió en el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024.

Nada de lo anterior avanzó durante la existencia de Segalmex. Éramos, y seguimos siendo una población mal alimentada donde lo mismo hay niños que no tienen el desarrollo físico y mental adecuado como la población con mayor sobrepeso del mundo. Lo que se asocia a fuertes incidencias de diabetes, enfermedades cardiovasculares, entre otras que les restan a los mexicanos un promedio de más de cuatro años de vida.

Estábamos mal… y llegó la pandemia. Y Segalmex, en medio del deterioro nutricional de la población en los últimos dos años no ha contribuido al incremento de la producción ni a la mejoría, o por lo menos a mitigar el empeoramiento nutricional.

En 2021 México fue el principal importador de maíz del mundo al mismo tiempo que la superficie sembrada de todo tipo de cultivos sigue decreciendo.

Los problemas de Segalmex no son solo corrupción sino una estrategia operativa equivocada. 

En noviembre de 2019 la Coordinadora Nacional de Consejos Comunitarios de Abasto, la organización que en la práctica opera las 30 mil tiendas de Diconsa (que son propiedad comunitaria) dirigió una carta a los diputados de todos los partidos manifestando su preocupación por el alarmante y crítico desabasto de las tiendas rurales.

La Coordinadora señaló que productos como carnes en conserva, frutas deshidratadas, concentrados de sabores y medicamentos no se vendían. Pedían incorporar a la canasta básica manteca vegetal, harina de trigo, cereales, café soluble, alimentos para aves y cerdos, machetes, clavos, limas, alambre de púas, entre otros. Pidió además ofrecer canastas de consumo regionalizadas.

El esquema de adquisiciones y distribución determinado de manera participativa había sido substituido por otro decidido por la burocracia central que llevó a un fuerte inventario invendible que paralizó el capital de trabajo de la institución.

En 2019 Segalmex vendió como chatarra el parque vehicular que manejaban choferes de las comunidades para la distribución de mercancías y contrató, por alrededor de 4 mil 500 millones de pesos el alquiler y distribución de mercancías durante cuatro años con empresas privadas. Habría sido mucho más barato reparar y comprarle llantas a los vehículos existentes.

Segalmex siguió una estrategia de alquiler, contratar en comodato y/o construir centros de acopio de granos en vez de aprovechar la infraestructura existente en el Programa de Abasto, miles de tiendas y almacenes.

El promedio de compras de granos a precios de garantía linda los 70 mil pesos; es decir que compra a grandes productores o intermediarios y no a pequeños productores campesinos. Tampoco adquiere variedades locales.

Segalmex se negó a instrumentar una estrategia de integración creciente de productos locales y regionales a la canasta de consumo.

Esta estrategia operativa anti campesina, incluso sin corrupción habría sido extremadamente irresponsable. Implicó que en plena pandemia Segalmex no tuvo recursos para cumplir con sus objetivos institucionales. Esta es la verdadera tragedia.

Ahora las sanciones aplicadas a Rusia y el conflicto en Ucrania amenazan dificultar la salida y venta de casi el 30 por ciento de las exportaciones de trigo cuyos futuros se han elevado ya en 40 por ciento en este año.

El riesgo es enorme para nuestro país que importa cerca del 57 por ciento de los alimentos que consume.

Urge rescatar a Segalmex, recapitalizarla y ponerla en manos de un consejo de administración con alta representación de sus consumidores y productores campesinos. Urge vocación de servicio, compromiso con el medio rural, honestidad supervisada desde abajo y, sobre todo, democracia participativa.

O seguiremos en el retroceso del objetivo de autosuficiencia y rescate del campo. Al tiempo que el mercado global se convierte en una grave amenaza por irresponsabilidad interna.

martes, 1 de marzo de 2022

Ucrania fue engañada

Jorge Faljo

El presidente de Ucrania, Volodymyr Selensky, se lamenta de que han dejado sola a Ucrania frente al ataque ruso. Se refiere obviamente a Estados Unidos, la alianza militar OTAN y Europa que han dicho que no entrarán directamente al conflicto en Ucrania. El presidente norteamericano Biden habla de sanciones y envía tropas y armamento a países que sabe que no serán atacados, pero nada de pisar suelo ucraniano.

Un enfrentamiento directo con Rusia sería demasiado peligroso para Estados Unidos, Europa y el mundo entero. Tarde están entendiendo el mensaje absolutamente serio del presidente ruso, Vladimir Putin, de que no permitiría a Ucrania la entrada a la OTAN, ni misiles balísticos tan cercanos a su frontera.

Estados Unidos había promovido en 1999 el ingreso a la OTAN de la república Checa, Hungría y Polonia, países que no tienen fronteras con Rusia. En 2004 la expansión de la OTAN llegó a las fronteras de Rusia con la entrada de Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Eslovenia y Eslovaquia. 

Desde abril de 2008, cuando la OTAN invitó a Georgia y a Ucrania a entrar a esa alianza militar, Putin dijo que esa era una amenaza a la seguridad de Rusia. A esa invitación se opusieron Alemania, España, Francia e Italia, en general los viejos miembros de la OTAN. Fueron los nuevos miembros de la OTAN los que le dieron mayoría de votos a la propuesta norteamericana. Pero en aras de la cohesión interna de la alianza militar la entrada de Georgia y Ucrania no sería inmediata.

Cuatro meses más tarde, en agosto de 2008, llego la respuesta rusa: apoyar la independencia de las repúblicas de Abhasia y Ossetia del Sur y desmembrar a Georgia. Lo hizo en contra de las leyes internacionales y reconfigurando las fronteras de Europa. Siguió el mismo esquema de la “guerra humanitaria” de Estados Unidos y la OTAN contra Serbia en 1999 también denunciada por ir contra las leyes internacionales. El resultado fue la creación de la república de Kosovo que reconfiguró las fronteras de Europa.

¿Es que solo los bribones, como Putin, deben acatar las leyes internacionales? Si es así, entonces estuvo bien la invasión a Irak con el pretexto de las armas de destrucción masiva que argumentaba Estados Unidos y que nunca encontró. También estarían bien los bombardeos a Siria. O la invasión a Panamá en 1989 con el expreso propósito de cambiar su gobierno y encarcelar a su presidente. Al parecer los buenos si tienen el derecho de atacar o acosar a los malos, digan lo que digan las leyes internacionales.

En 1961 fracasó la invasión a Cuba patrocinada por los Estados Unidos. En 1962 el mundo estuvo aterradoramente cercano a una guerra nuclear debido a que Rusia se había metido en el área de influencia norteamericana instalando misiles nucleares en Cuba. Afortunadamente se llegó a un acuerdo: Rusia retiraría los misiles y Estados Unidos dejaría de atacar a Cuba y desmantelaría sus propios misiles instalados secretamente en Turquía.

La intervenciones norteamericanas en Serbia, Siria y Afganistán, el área de influencia rusa, son datos menores frente a la expansión de la OTAN hasta la frontera rusa después de las promesas del presidente norteamericano Bush padre, el canciller alemán Helmut Kohl, la primer ministro inglesa Thatcher, el presidente Mitterrand de Francia, y otros, de que no se afectarían los intereses de seguridad de la URSS cuando esta aceptó la reunificación de Alemania. El secretario de estado norteamericano James Baker pronunció la famosa frase de que la OTAN no se expandiría una sola pulgada hacia el este.

Lo peor de la Guerra Fría terminó con la firma del Tratado sobre Misiles Anti-Balísticos de 1972 que aseguraba que ambas partes se mantendrían vulnerables al prohibir el desarrollo de misiles anti misiles y otras limitaciones. Es un terrible absurdo pero la paz mundial se basa en el terror de que dos potencias nucleares en conflicto puedan destruirse mutuamente.

Solo que, en 2002, el presidente Bush hijo rompió el tratado antimisiles de 1972 diciendo que le impedía desarrollar métodos para proteger a la población ante futuros ataque de Estados enemigos o terroristas. La debilidad económica y territorial en que había quedado Rusia tras la disolución de la URSS abrió la oportunidad para que Estados Unidos se reafirmara como potencia hegemónica en un mundo unipolar y avanzara a romper el equilibrio basado en la mutua vulnerabilidad.

En 2020 la OTAN instaló bases de misiles antibalísticos en Polonia y Rumania. Putin declaró que eso podía hacer inefectivo su armamento nuclear y crear una ruptura del equilibrio que disminuía el riesgo de guerra. Además, de que una base de misiles defensivos es fácil transformarla para emplear misiles ofensivos.

El antecedente inmediato de lo que ahora ocurre es el golpe de estado de 2014 al gobierno ucraniano electo de manera democrática y transparente, según los observadores internacionales. El gobierno norteamericano tuvo una participación decidida en la promoción del golpe. John McCain, el republicano de mayor rango en el Comité de las fuerzas armadas del Senado norteamericano se unió a las manifestaciones en Kiev; la subsecretaria norteamericana Victoria Nuland repartía galletas a los manifestantes y acordaba con los opositores la composición del nuevo gobierno al que de inmediato le acordó prestamos por mil millones de dólares.

Rusia reaccionó al golpe invadiendo Crimea. Una región que Rusia le regaló a Ucrania para conmemorar la unidad de los dos pueblos en 1954. Además, apoyó a las regiones que se rebelaron al golpe de estado, los llamados separatistas.

Ucrania es un país binacional; según el censo de 2001 el 29 por ciento de la población habla ruso y se localiza sobre todo en las provincias del este y sur donde son más del 80 por ciento de la población. En las provincias del norte y oeste no llegan al 5 por ciento las personas que hablan ruso. A partir de 2014 el gobierno surgido del golpe inició una estrategia de “ucranización” del país que prohibió la educación media y superior en ruso, la conducción de asuntos públicos e incluso los letreros públicos que no fueran en ucraniano. Y en los últimos años, gracias al armamento norteamericano arreció la presión militar sobre los enclaves ruso-parlantes. Estados Unidos había pasado a considerar en la práctica a Ucrania no como país neutral, sino aliado al que daba cada vez más apoyo militar.

Hasta que Rusia volvió a reaccionar acumulando tropas en la frontera con Ucrania y pidiendo negociar la neutralidad de ese país. Demandó el compromiso firme de que Ucrania no sería jamás parte de la OTAN. Estados Unidos y Europa se negaron a negociar ese punto fundamental.

Puede entenderse que los buenos se nieguen a negociar con el maloso. Pero que además crean que este no va a reaccionar es un error estratégico garrafal. Engañaron a Rusia con la promesa de la no expansión de la NATO, se engañaron a si mismos creyendo que Rusia podría ser contenida una y otra vez con la amenaza de sanciones económicas y, lo peor, engañaron a Ucrania al convencerla de picarle los ojos al oso ruso dándole a entender que tendría todo su apoyo.

Así es la guerra fría. El conflicto entre las potencias se dirime en suelo ajeno en el que los pueblos son meros peones que sufrirán la devastación, muertes, miseria, y el convertirse en refugiados. 

Ahora Zelensky, ya postrado y pidiendo a la población que fabrique bombas molotov, le pide a Rusia negociar todo, incluyendo la neutralidad del país. Un poco tarde.

La situación amenaza convertirse en un problema económico mayor. Elevación de precios, dislocación del comercio y desabastos que sufriremos en mayor o menor medida todos; incluso los europeos y norteamericanos. Sube el precio de los energéticos y los ricos pueden sin problemas apretarse un poquito el cinturón. Pero sube el precio del trigo y eso en el pasado ha provocado revueltas en el medio oriente. El costo puede ser muy alto.

Pero aclaremos; no es la guerra la que causa inflación y desabastos. Son las sanciones con las que los buenos piensan castigar al maloso.  

Recuento final. Estados Unidos gana la sumisión de Europa, pero pierde a Ucrania y provoca algo que le costará muy caro en el futuro. Ha empujado a Rusia a los brazos amorosos de China. Y si bien Rusia es en realidad una economía pequeña, con un ingreso per cápita inferior al de Rumania o Panamá, su acercamiento a China, con los inmensos recursos naturales de su territorio, crea una alianza económico militar muy poderosa. El verdadero competidor mundial del mundo occidental.

Hay otra posibilidad. Estados Unidos abandona el rencor y acepta que Ucrania será un país neutral en el que se compromete a no intervenir; Ucrania se transforma en una confederación democrática de comunidades que respetan los derechos de las minorías a su idioma y cultura. Y todos respiramos mejor gracias a un buen acuerdo.

domingo, 22 de agosto de 2021

Afganistán. Hay de tragedias a tragedias

 

Jorge Faljo

Los medios de todo el planeta están enfocados en “la tragedia” de Afganistán. Por ello me parece oportuno hablar de las diversas tragedias que confluyen en ese país. Las llamaré la tragedia menor, la gigantesca tragedia que no ocurrió, la larga tragedia, la tragedia política norteamericana, y la tragedia que podría ocurrir.

Impactan las imágenes de miles de personas irrumpiendo en el último bastión norteamericano en ese país, el aeropuerto de Kabul. Masas de gente acicateada por el pánico y la posibilidad de ir a vivir en el primer mundo, hizo que miles invadieran hasta las pistas. Es triste que un joven integrante del equipo nacional de futbol, y otros más, se aferrasen a un avión en pleno despegue para luego caer y morir, o congelarse en el compartimento de las llantas.

Son sucesos muy lamentables que han provocado una docena de muertes. Me atrevo a llamar a estos hechos la tragedia menor por comparación a lo que afortunadamente no ocurrió.

Kabul, la capital de Afganistán cayó en manos de los talibanes sin un solo muerto, sin un disparo. Contra lo que el gobierno norteamericano esperaba, y no duda en reprochar amargamente, un ejército de 300 mil soldados bien entrenado y fuertemente armado se disolvió sin presentarle combate al tsunami talibán. No le falta razón al reproche de Biden porque Estados Unidos pagaba los sueldos de esos soldados. Eran sus soldados, pero estos a final de cuentas decidieron no defender un gobierno y un modelo de desarrollo que ya naufragaban.

Si ese ejercito hubiera combatido, en estos momentos en las noticias veríamos ciudades y pueblos arrasados, miles de muertos y cientos de miles, tal vez millones de afganos huyendo de la guerra en el mayor de los pánicos y desesperación. Esa habría sido una tragedia gigantesca, una hecatombe prepagada, esperada por occidente y que afortunadamente no ocurrió. Algo que celebrar.

No fue un hecho único en la historia; en las revueltas populares llamadas primaveras árabes, en Egipto y en Túnez ocurrieron rebeliones de sargentos que se negaron, en momentos clave, a acribillar a su propia población. En este caso los sargentos del ejército afgano no se volvieron contra el patrón, simplemente se disolvieron en el pueblo, o cambiaron de bando, con todo y sus muy costosas armas.  

Durante los últimos 20 años el gobierno norteamericano inyectó 145 mil millones de dólares en el ejército, las instituciones públicas, la economía y el apoyo a organismos civiles en Afganistán. Varios países y organizaciones, como el Banco Mundial, también contribuyeron con miles de millones. Los gastos de guerra consumieron otros 837 mil millones de dólares. Una guerra en la que murieron mil 144 soldados “aliados”, 66 mil soldados afganos y un número imposible de precisar de decenas de miles de muertos y heridos civiles, así como centenares de miles de refugiados que ya empiezan a regresar a su tierra.

Ese enorme flujo de recursos permitió crear y blindar enclaves que se presentaron al mundo como escaparates de modernidad, democracia, respeto a los derechos humanos y de las mujeres. Pero eran islotes urbanos en un mar rural en el que no mejoraba el bienestar de la población ni el de las mujeres. Se calcula que el 23 por ciento del Producto Interno Bruto, PIB, del país eran sobornos a las cupulas burocráticas que lograron apropiarse del grueso de los recursos externos. Una porción de los donativos externos permitió modernizar las ciudades y crear, junto a los muy pocos extremadamente ricos, una especie de clase media.

Pero Afganistán salía muy caro. En el 2009 la ayuda externa fue equivalente al 100 por ciento del PIB, es decir igual a toda la producción interna; pero esta ayuda iba en descenso y se redujo al 42.9 por ciento del PIB en 2020. Con menos donativos en dólares decayeron los servicios y ocurrió un importante deterioro del empleo y los ingresos urbanos.  

En noviembre de 2020 una conferencia de países donantes exigió, a cambio de seguir dando apoyos económicos, que el gobierno afgano combatiera la corrupción, redujera la pobreza y avanzara en las negociaciones de paz. También lo exigió Biden, y acaba de declarar que el gobierno afgano no cumplió.

La reducción de la ayuda externa no era el único problema. El modelo de desarrollo sí. En 2012 el 38 por ciento de los afganos eran pobres; es decir que tenían ingresos inferiores a un dólar con 90 centavos al día; en 2017 los pobres se incrementaron al 55 por ciento y el Banco Mundial calculaba que en el 2020 más del 70 por ciento de la población sería pobre. En los últimos cinco años, antes de la pandemia, la inseguridad alimentaria creció en 14 por ciento y el 41 por ciento de los niños menores de cinco años no alcanzan hoy en día la talla y peso que corresponde a su edad.

Podríamos hablar de una doble corrupción. Aquella evidente en los sobornos exigidos cotidianamente para todo servicio público, incluida la impartición de justicia. Y la corrupción de fondo que es la instauración de un modelo de inequidad extrema, en el que bajo la bandera del libre mercado muy pocos se enriquecían mucho, varios millones accedían a un consumo clasemediero y decenas de millones se empobrecían cada vez más. A esto es a lo que llamo la larga tragedia.

Luego viene la tragedia política norteamericana que básicamente consiste en los golpes de pecho y los reproches al gobierno del presidente Biden por no haber previsto el desmoronamiento acelerado del gobierno afgano, empezando por la huida de la cúpula política y la desaparición del ejército. Pero al interior de esta tragedia con olor a farsa existe otra que es la incapacidad norteamericana para enfrentar una revuelta campesina. No aprendieron de Vietnam, donde otra revuelta campesina los derrotó hace décadas. En ambos casos no entienden que su modelo americano de desarrollo no es exportable y puede ser incluso contraproducente.

Los “estudiantes”, que ese es el significado de Talibán, son el brazo armado de un campesinado esencialmente contrarrevolucionario; es decir opuesto a una modernización que los daña. Prefieren regresar al pasado. La derrota norteamericana es resultado del fracaso de un modelo de desarrollo que no le ofreció un camino de mejoría a la mayoría campesina; que no supo integrarla en condiciones de equidad a una modernidad de utilería… con pies de lodo.

En esa tragedia que es la incomprensión norteamericana ante lo campesino, pretendieron no darse cuenta de que las condiciones de la gran mayoría de las mujeres nunca cambiaron. El 80 por ciento de los matrimonios siguieron siendo forzados y de prácticamente niñas en el medio rural. Ahora el mundo se alista a exigir a los triunfadores que hagan lo que ellos mismos no hicieron fuera de los enclaves de modernidad.

Sorprende la colaboración de los talibanes en regular el flujo de los que quieren entrar al aeropuerto; dan preferencia de paso, sin cortapisas, a los extranjeros y sus barreras permitieron ordenar el interior del aeropuerto. El gobierno norteamericano amenaza con graves represalias si se ataca a sus militares. Pero los talibanes en otra demostración de sensatez, organización y disciplina no solo no han atacado, sino que no han permitido que algún descarriado lo haga.

No olvidamos que la rebelión campesina camboyana se convirtió en un espantoso auto genocidio. Por otro lado, la rebelión campesina vietnamita logró encaminar a su país en una ruta de paz y bienestar social. Entre esos dos extremos no sabemos que camino seguirán los campesinos talibanes.

De momento el fantasma de una posible tragedia futura no surge de los hechos y si como gritos de distracción con los que los Estados Unidos pretenden evadir su propia responsabilidad vaticinando que los talibanes se comportarán como monstruos. Podría ocurrir, pero no nos adelantemos, habrá que esperar y ver si lo que los talibanes ofrecen es, o no, mejor a los últimos veinte años de exclusión, guerra, empobrecimiento y hambre. Su tarea será difícil; heredan un país semidestruido y ya se instrumenta el aislamiento financiero y comercial, y las medidas de guerra fría para hacerlos fracasar. Pero a final de cuentas Estados Unidos tapa un barril sin fondo y Afganistán tiene la oportunidad de hacer una sociedad mas equitativa. Ojalá.

domingo, 25 de julio de 2021

Razones y sinrazones del libre comercio

 Jorge Faljo

Esto del libre comercio no es un asunto sencillo. Es un concepto que se refiere, en principio, a la posibilidad de venderle al que más pague y, en sentido contrario, la conveniencia de comprarle al productor que venda más barato y de mejor calidad. Hacerlo en el plano internacional requiere libertad para exportar e importar. En absoluta libertad de comercio bien podríamos hacer de cuenta, cuando menos en teoría, que no hay fronteras.

Para sus proponentes ortodoxos esa situación conduce al bienestar de todos: los productores más eficientes son los que mejor venden, reinvierten y crecen, mientras que los consumidores pueden comprar más barato y de mejor calidad. Y todos salen ganando.

A menos que… no todos. Porque mientras los productores más eficientes crecen y se apoderan del mercado los no tan eficientes son gradualmente expulsados del mercado y deben buscarse otro quehacer. O hacerse más eficientes; lo que es poco viable porque eficientes y no eficientes tienen que vender a precios similares y los menos capaces no tienen suficiente rentabilidad para invertir.   

Podría pensarse que si los productores no eficientes son substituidos por los más eficientes todos los consumidores se benefician con mejores productos a mejores precios.

Solo que aparece un problema cuando resulta que los productores menos capaces son también consumidores y viceversa; es decir que una porción importante de los consumidores son parte de los productores menos eficientes que están siendo gradualmente expulsados del mercado y en los hechos se están empobreciendo. Los consumidores que dejaron de producir son meramente pobres que buscan sobrevivir en actividades informales, que reciben transferencias sociales del gobierno, o parte de los que, aunque tienen un empleo formal no dejan de ser pobres.  

Para esa multitud de pobres, la mayoría de la población de México, por cierto, poco importa que exista una oferta de productos cada vez mejores y más baratos cuando ellos tienen cada vez menos ingresos y menos seguridad laboral.

En aras de la modernidad y los beneficios que traería el libre comercio este país sacrificó no solo al  campesinado sino, también, a gran parte de las medianas, pequeñas y microempresas orientadas a la producción para el mercado interno, dando preferencias a productos importados.

El pretexto fue que el libre comercio, particularmente el regulado en un tratado comercial con los Estados Unidos, abriría las puertas a la exportación hacia los consumidores norteamericanos asegurando así un moderno y acelerado crecimiento de la producción nacional. Hacer moderna la producción era compatible destruir lo que teníamos y substituirlo con inversión extranjera. Serían los grandes corporativos internacionales los que modernizarían la producción nacional.

En cuanto a lo del acelerado crecimiento de las exportaciones eso es algo más bien relativo. A lo largo de la existencia del “libre comercio regulado”, el TLCAN, lo que creció de manera realmente acelerada fue el libre comercio no regulado. Me refiero al comercio de México, los Estados Unidos y Canadá con China.

Fue hacia China que se fueron las grandes empresas, con sus inversiones y tecnologías modernas, hábilmente copiadas por la nación asiática hasta convertirse en potencia industrial y tecnológica. Fue con China que los tres países del TLCAN establecieron un gran comercio deficitario.

Desde esta perspectiva el TLCAN fue un gran fracaso; los tres países signatarios prefirieron a China para comprar, para invertir y… para pedir prestado.

Poco importa el libre comercio, regulado o no, cuando no se tiene, ni en México, ni en Estados Unidos, una estrategia de crecimiento, industrialización, empleo y fortalecimiento del mercado interno. En los dos países la población se ha empobrecido, la inequidad ha llegado a extremos inconcebibles y el mercado interno se debilita. Mientras los mega multimillonarios juegan a hacer vuelos espaciales que venderán a decenas de miles de dólares el minuto, parte de la población, allá y aquí, requiere ayuda alimentaria o de plano no tiene para comer.

Ahora los Estados Unidos han sorprendido a México y Canadá al interpretar que el 75 por ciento de un automóvil tiene que ser producido en cada país y no que ese 75 por ciento, aunque ensamblado en México, o Canadá, deba ser producido en la región tri nacional. La lectura del tratado no deja lugar a dudas, México podía alcanzar ese 75 por ciento con partes compradas en Estados Unidos o Canadá y de ese modo no pagar aranceles en Estados Unidos.

Ya había ejemplos de renegociaciones paralelas al tratado en los casos del tomate y el azúcar donde, para no ponerle aranceles a las exportaciones mexicanas el gobierno norteamericano hizo un trato, no con el gobierno de México, sino con los productores agrícolas para establecerle precios de referencia a esos productos. De ese modo protegió a sus productores internos contra los, en estos dos casos, más eficientes productores mexicanos

El T-MEC es muy claro en afirmar que México conserva su plena soberanía en materia energética. Pero desde Estados Unidos se levantan voces diciendo que las reformas en materia energética afectan el espíritu del tratado.

Y viene más. Un grupo de senadores demócratas acordaron proponer un impuesto sobre las importaciones de países que carecen de políticas agresivas contra el cambio climático. La propuesta es prácticamente simultánea a la de la Unión Europea para establecer un arancel a la generación de carbono. Es decir que en ambos casos las empresas que quieran vender acero, hierro y otros bienes industriales pagarían por el dióxido de carbono que emitan durante sus procesos de fabricación. Lo que obviamente favorecería a los más eficientes desde estándares establecidos en esos países.

No es casual que existen en el planeta excesos de producción de acero, hierro y, en general, manufacturas. Esta abundancia de capacidades enfrenta el debilitamiento de la demanda que ya era crónico y que se ha acentuado por los impactos económicos de la pandemia. Una situación que impulsa nuevas formas de protección a las industrias de los países centrales.

Atrapados en un juego que no da para más, el libre comercio se resquebraja y los tratados de libre comercio de México, que de poco han servido para el crecimiento del país, y menos para el bienestar de su población, pasan gradualmente a ser letra muerta con nuevos condicionamientos que debilitan aquello de libre y acentúan lo de regulado.

Los países industrializados son pragmáticos. Nosotros, en un mundo cambiante, debemos revisar a fondo lo que no nos ha funcionado y abandonar las ilusiones teóricas que nos han tenido atrapados durante décadas. Esa es la transformación que falta.

domingo, 11 de julio de 2021

Con la recaudación, al baile vamos

 Jorge Faljo

Posiblemente el Sr. Presidente López Obrador se siente bastante presionado en cuanto al tema hacendario cuando por enésima ocasión ha salido al ruedo a afirmar que no habrá reforma fiscal porque no se necesita. Es cosa de continuar con el combate a la corrupción, de mantener la austeridad republicana y de esperar que el crecimiento económico ayude. Estos son los pilares de la ideología macroeconómica de la actual administración.

Estos dogmas al parecer necesitan ser repetidos con firmeza y cada vez mayor frecuencia debido a que son crecientemente cuestionados desde el exterior y el interior del país.

Se ha alterado radicalmente la visión imperante en las sociedades más ricas debido a la pandemia y su cola de empobrecimiento masivo, inequidad y una perspectiva de estancamiento económico con posibles deterioros en la estabilidad social.

La pandemia derrumbó el mito de que todo lo resuelve el mercado actuando en libertad y ahora, con una notable rapidez se entendió que los gobiernos tenían la responsabilidad de hacerle frente, no solo como enfermedad, sino en un segundo paso como mitigadores de sus consecuencias sociales y en un tercer paso, como impulsores de la reactivación económica.

De manera prácticamente simultanea el mundo entero está entendiendo que el problema del deterioro ambiental es un asunto de la mayor gravedad. El incremento de los huracanes, incendios, inundaciones, sequías han obligado a dejar atrás el desdén y tomar la cosa en serió. Como cereza de un mal pastel se encuentra el azote de altas temperaturas nunca antes vistas en algunas regiones de los Estados Unidos, Canadá, e incluso en Siberia en las colindancias del círculo polar.

Si antes el gobierno norteamericano ya reconocía el desastre climático en Centroamérica, con huracanes, inundaciones y sequías, en cruel sucesión, como un factor de la emigración hacia su frontera, estos días le está llegando la lumbre a los aparejos.

El cambio decisivo a nivel global lo encabeza la administración del presidente Biden con una política de decidido apoyo económico a las familias y a las pequeñas empresas y con una propuesta de fuerte gasto en inversión en infraestructura y servicios públicos que solo se equipara con la intervención gubernamental que sacó a los Estados Unidos de la Gran Depresión hace unos 80 años.

La economía mundial ya trastabillaba antes de la pandemia a causa del rezago en los ingresos y consumo de la población que contrastaban con los fuertes incrementos en producción asociados a tecnologías más productivas. Avances impresionantes y en principio positivos que, sin embargo, aceleraron la monopolización de la producción y provocaron una enorme destrucción de empresas que ya no pudieron competir, sobre todo en los países periféricos.

Esa ruta de inequidad y empobrecimiento fue enormemente acelerada por la pandemia y su consecuente paralización económica.

Los gobiernos de economías avanzadas han entrado al quite con, en primer lugar, un fuerte gasto en salud que, transferido a sus farmacéuticas, fue lo que consiguió el desarrollo de vacunas en tiempo record. A ese se han ido sumando los otros gastos que ya mencioné y para los cuales fue fundamental el apoyo de sus bancos centrales, que ni tardos ni perezosos echaron a andar la máquina de hacer dinero.

Las grandes economías ahora están dirigidas por gobiernos “desarrollistas” con una importante perspectiva social y con un nuevo componente que por fin se empieza a tomar en serio; el de combatir el deterioro ambiental. Y todo eso cuesta…y cuesta mucho.

El gasto inmediato se ha solventado en buena medida mediante endeudamiento a las muy bajas tasas de interés propiciadas en las economías desarrolladas por sus bancos centrales. Hay un siguiente paso ineludible. Ese endeudamiento, y el gasto que todavía falta por hacer y sostener por lo menos durante una década, obligan a incrementar los ingresos gubernamentales. Solo así podrán cumplir como líderes de la transformación social, económica y ambiental que requieren sus países y el mundo entero. 

Vemos los pasos en ese sentido: reformas fiscales para incrementar la captación tributaria en buena parte de los países del mundo, con nuestro vecino del norte dando el ejemplo y ahora, la aceptación de los principales líderes mundiales de una reforma tributaria global largamente cabildeada por la mayoría de los países.

Los mensajes del exterior son muy claros. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), nos dice que somos un paraíso fiscal y que es necesaria una recaudación progresiva, extender el alcance de los impuestos sobre la renta, la propiedad y el patrimonio. Es decir, impuestos a los que tienen más y no tocar la capacidad de demanda de la gran mayoría.

No es un asunto limitado a las finanzas públicas; esa sería una visión muy pequeña. El verdadero gran tema es el bienestar de la mayoría y la posibilidad de un desarrollo económico, ambientalmente sustentable, basado en la defensa e incremento de la capacidad de consumo del 90 por ciento de la población.

Así que si el presidente se siente presionado, tiene razones para estarlo. En el resto del planeta los gobiernos asumen una nueva visión en la que encabezan la transformación socioeconómica y ambiental a partir de su propio fortalecimiento. Dejaron atrás los dogmas que pregonaban la conveniencia de gobiernos pequeños, de no tocar a los dueños de las riquezas y de dejar el crecimiento en manos del libre mercado y sus tratados internacionales.

Esta administración enfrenta la posibilidad de dejar como herencia mayor inequidad; una población más pobre, desnutrida, obesa y con mayor proporción de enfermedades crónicas; sin recuperar el ingreso per cápita previo a la pandemia; con una menor proporción de empleo digno; con mayores niveles de desintegración social y violencia.

Ante esta perspectiva desoladora apenas es tiempo de aprender lo que hace el resto del mundo.  

lunes, 5 de julio de 2021

Entusiasmo global por una reforma tributaria insuficiente.

 

Jorge Faljo

Un total de 130 países, que generan más del 90 por ciento del producto mundial acordaron reformar el marco fiscal internacional. Ocurre a menos de tres semanas después del encuentro donde los líderes del G7 consensuaron que para combatir la pandemia, recuperar la economía y proteger el medio ambiente era indispensable incrementar la captación tributaria global y de cada país.

No es que 130 países se sumen de inmediato a la propuesta del G7. El secretario general de la OCDE, Mathias Cormann, señaló que "tras años de intenso trabajo y negociaciones, este paquete histórico garantizará que las grandes empresas multinacionales paguen su parte justa de impuestos en todo el mundo".

La reforma tributaria global era ya parte del interés y del esfuerzo de la mayoría de los países del mundo desde hace años, pero no había logrado cuajar hasta que las potencias económicas le dieron su visto bueno formal. Ya con el permiso de los poderosos, por así decirlo, el resto de los países se sumó a una “iniciativa” que más que iniciar recogía una aspiración compartida pero anteriormente reprimida.

Los esfuerzos previos se hicieron sobre todo en el llamado proyecto BEPS (Base Erosion and Profit Shifting), iniciado en 2013 y encaminado a combatir la erosión de la base fiscal y el traslado de utilidades a paraísos fiscales. Entre los mecanismos de traslado de las utilidades se encuentra ubicar el domicilio fiscal de un corporativo transnacional en un país que cobra impuestos muy bajos y ahí reportar sus ganancias.

Otro mecanismo recurrente es la manipulación de las cuentas entre filiales de una misma transnacional. Digamos, para ejemplificar, que la transnacional A, produce en su filial A1, y exporta sus mercancías al costo, o incluso por debajo, a su filial A2 ubicada en la isla (ficticia) Gran Lagartija, que cobra muy pocos impuestos. Esta a su vez le revende a un alto precio a sus filiales A3, A4, A5 ubicadas en países consumidores. De este modo resulta que la unidad productora A1 tiene muy poca rentabilidad, hasta posiblemente pérdidas, al igual que sus filiales A3, A4 y A5. Pero resulta que la intermediaria A2 se hincha con las utilidades. Pero las declara en un paraíso fiscal donde no tiene empleados, no realiza actividades productivas y no tiene consumidores.

Estos son parte de los mecanismos de traslado de utilidades que se propone combatir el proyecto BEPS y que ahora, por fin, se abrió una rendija para hacerlo.  

La oportunidad consta de dos pilares. El primero es que las grandes empresas multinacionales paguen impuestos en donde tienen operaciones productivas y comerciales reales, incluso sin su presencia física.  Esto es posible en la economía moderno donde las empresas digitales, tipo Netflix, Facebook y similares, pueden tener presencia comercial y ganancias por su operación en internet sin que tengan oficinas, dispositivos o empleados en el país.

El segundo pilar pone un límite a la competencia entre países que, mediante la reducción de impuestos, tratos privilegiados e incluso normas laborales contrarias a los trabajadores, intentan atraer capitales transnacionales. Durante décadas las transnacionales consiguieron que los países bailaran al son de este juego perverso que precipitó a la baja la captación tributaria mundial y contribuyó al empobrecimiento de la población. Incluso la de los países industriales del primer mundo.

La secretaria del Tesoro de Estados Unidos, Janet Yellen declaró hace poco que durante décadas lo predominante ha sido reducir y limitar el tamaño del gobierno como porcentaje de la economía. Un enfoque que tuvo un profundo efecto en el país y su gente. No se dio mantenimiento a la infraestructura y mucho menos se modernizó; no se apoyó la investigación y el desarrollo; no se invirtió en educación y formación para el cambio tecnológico y no se crearon sistemas de apoyo a las familias para mejorar la sanidad infantil, la educación y el bienestar, explicó Yellen.

Y si ese recuento de carencias se dio allá, aquí en este paraíso fiscal mexicano, donde el empobrecimiento de la población ha corrido al parejo con el empobrecimiento del gobierno, el recuento de carencias y rezagos sería exponencialmente mayor.

Se abrió dije, una rendija, a la transformación tributaria global. Pero es notoriamente insuficiente. Joseph Stiglitz, ganador del premio nobel, Thomas Piketty y Gabriel Zucman notables economistas de fama internacional la califican de “oportunidad perdida” debido a que solo abarca a un número reducido de multinacionales con un porcentaje de impuesto mínimo, al nivel de paraíso fiscal. Unas 100 compañías digitales y unas 4 mil corporaciones que facturan más de 750 millones de dólares.

Los gobiernos de Argentina, India, el Foro Africano de Administración Tributaria, con 37 países miembros que han sido actores centrales en estos largos años de negociación del BEPS consideran que el acuerdo tiene múltiples fallas y favorece a los países desarrollados.

Si lo critican, ¿porque son parte de los 130 países que apoyaron la propuesta? El motivo es que su única opción era aceptar todo o rechazarlo todo y lo más sensato fue aceptar esta primera reforma seria de la situación fiscal de las transnacionales, así fuera insuficiente.

La reforma, podemos concluir, es un giro de gran importancia ideológica en la dirección correcta; pero su impacto efectivo será limitado.

Para México podría significar unos 30 mil millones de pesos –mdp-, de recaudación adicional. Menos que las remesas que reciben las familias de trabajadores mexicanos en Estados Unidos. Si estos 30 mdp se suman a la perspectiva planteada por la directora del SAT de recaudar 200 mdp adicionales en 2022, se aumentaría la captación tributaria en casi un punto porcentual del PIB. Lo que nos llevaría a captar casi la mitad del promedio de tributación de los países de la OCDE.

Insuficiente para dejar de ser un paraíso fiscal y empezar a saldar carencias y rezagos. Pero la idea parece ser que a caballo regalado no se le ve el colmillo.