Faljoritmo
Jorge Faljo
Christine Lagarde, la directora del Fondo Monetario Internacional advirtió, en un reciente discurso, sobre la posibilidad de que el crecimiento mediocre de la economía mundial se convierta en una “nueva realidad” permanente. No es tanto que el crecimiento sea bajo, sobre todo porque existen diferencias entre regiones y países. El asunto es que la Gran Recesión (2007 – 2011) produjo un alto nivel de desempleo y reducción de los niveles de vida que no se consigue solucionar. Hay países en los que el desempleo juvenil es del orden del 50 por ciento.
Señaló que la recuperación económica global continua, pero es moderada y desigual. En muchos lugares del mundo no es suficiente y la población no la siente. Además, los riesgos financieros y geopolíticos se han elevado.
Lagarde ubicó la mención de los riesgos financieros y geopolíticos en el mismo párrafo y a renglón seguido el hecho de que la población no siente los beneficios de la insuficiente recuperación. Lo cual es interpretado como un señalamiento de que el deterioro del bienestar es la causa del incremento de los conflictos sociales en buena parte del planeta. Y por conflictos sociales habría que considerar, pienso, a las nuevas guerras ideológicas, religiosas y étnicas que devastan países enteros del medio oriente y África, y que asoman la cabeza en Europa.
Sin duda alguna lo más atinado del discurso de la señora directora del FMI es que el eje de la solución del bajo crecimiento económico es el fortalecimiento de la demanda. Efectivamente, la economía mundial enfrenta un problema creciente de sobreproducción, es decir de mercancías invendibles, como petróleo, acero, alimentos, textiles y ropa, manufacturas; es decir prácticamente todo. Por otra parte la población reduce sus niveles de vida porque sencillamente no tiene dinero en los bolsillos para comprar parte de lo que los productores no pueden vender. Ambos lados se encuentran en problemas.
En nuestras economías el mecanismo que se supone conecta de manera eficiente a productores y compradores, es decir oferta y demanda, es el mercado. Pero el hecho es que esa tal eficiencia se deteriora y las empresas productoras cierran por que no venden mientras que la insuficiencia del empleo y los salarios hacen que la población no pueda consumir.
Así que el diagnóstico de Lagarde es correcto; pero sus propuestas de solución son de lo más convencionales y no van a fondo. Básicamente señala la conveniencia de seguir imprimiendo dinero y de incrementar el gasto de los gobiernos en infraestructura tipo comunicaciones físicas (caminos, puentes) y digitales (internet), servicios públicos (educación, salud, electricidad).
Sin embargo el discurso de la señora lleva implícito el fracaso de estos mecanismos. Imprimir dinero ha beneficiado con abundante liquidez al sector financiero y ha elevado los precios de las acciones en las bolsas de valores; también beneficia con menores tasas de interés a los que tienen acceso al crédito. Beneficia a pocos y no da ingresos a la mayoría.
El gasto en infraestructura para alcanzar una magnitud que realmente beneficie a la población requeriría, primero, que se incrementarán los impuestos a las ganancias financieras, grandes empresas y al uno por ciento más rico; todo lo cual es tabú en el neoliberalismo; segundo, mucho mayor endeudamiento de los gobiernos, pero esa alternativa ya se ha aprovechado al límite y ahora hay que desendeudarse (recordemos a Grecia); y por último, la tercera opción, usar la impresión de dinero para financiar al gobierno, otro tabú neoliberal.
Lagarde no propone mecanismos que eleven directamente los ingresos de la población como sería, digamos, establecer un ingreso mínimo ciudadano o reducir impuestos a los trabajadores y al consumo mayoritario.
El riesgo de que, en sus palabras, el crecimiento mediocre se convierta en la nueva realidad permanente tendría como consecuencia que cientos de millones se queden estancados en el desempleo en todo el planeta y no exista espacio para que se integren al trabajo las nuevas generaciones. Tal amenaza debiera llevar a las instituciones financieras internacionales a repensar sus conceptos básicos.
Lo que conocemos y todavía celebramos como competitividad es precisamente la habilidad de las empresas para crear menos empleos, pagar bajos salarios y reducir el precio de sus materias primas y pagar menos (o no pagar) impuestos. Lo peor es que su competitividad y baja producción de demanda lo que hace es destruir a sus competidores y a largo plazo a ellos mismos.
Aplaudimos una competitividad que ahora se empieza a ver como un comportamiento que afecta a la sociedad porque genera sobreproducción y un estancamiento de la economía que amenaza ser permanente. Lo que a su vez se asocia a conflictos cada vez peores que van del descontento, la emigración desesperada, la criminalidad o incluso guerras.
Tenemos que abandonar la idea de que la productividad y la competitividad son buenas a rajatabla. Para que la productividad sea realmente positiva tiene que generar beneficios sociales y asociarse al pago de buenos salarios y de impuestos que permitan a los gobiernos hacer fuertes inversiones en infraestructura productiva, de salud y educación sin endeudarse. También que el gobierno pueda actuar como agente de una efectiva redistribución de ingresos que fortalezca la demanda. Eso es lo que pondría en marcha a la economía con bienestar, sin encausarnos al abismo.
Los invito a reproducir con entera libertad y por cualquier medio los escritos de este blog. Solo espero que, de preferencia, citen su origen.
domingo, 12 de abril de 2015
domingo, 5 de abril de 2015
Oleadas de sobreproducción
Faljoritmo
Jorge Faljo
Hasta hace poco el sector siderúrgico de México tenía previsiones bastante optimistas y anunciaba inversiones de varios miles de millones de dólares. La buena perspectiva se debía a que la recuperación norteamericana fortalecería las exportaciones de automóviles, la reforma energética significaba fuertes inversiones en infraestructura petrolera y grandes obras como el tren bala y el nuevo aeropuerto requeriría mucho acero.
Luego, uno tras otro, han llegado los baldazos de agua helada que todos conocemos. Recientemente el presidente de la Cámara Nacional de la Industria del Hierro y el Acero, Alonso Ancira, declaró que el sector dejó de invertir 5 mil millones de dólares debido por una parte al cambio de expectativas y por otro lado a las importaciones desleales del metal.
El asunto se volvió álgido cuando la semana pasada la empresa Arcelor Mittal anunció un paro técnico en su planta siderúrgica de Lázaro Cárdenas. De inmediato el gobernador de Michoacán, Salvador Jara, fue a platicar con los directivos de la planta, y luego con los secretarios de Gobernación y de Economía, en busca de soluciones a lo que puede ser una crisis regional y un problema nacional. Se trata de una empresa que tiene 8,500 empleados directos en el país y unos 25 mil indirectos. La mayor parte de ellos en la costa de ese estado.
Un paro técnico de mayor o menor duración significa una importante baja de ingresos al puerto de Lázaro Cárdenas y para el gobierno del estado. Perder, en el peor de los casos, esos empleos sería un trastorno para una región ya acosada por la pobreza, la violencia y la ingobernabilidad.
Por eso la senadora panista, hermana de aquel y aspirante a la gubernatura del estado, Luisa María Calderón Hinojosa, exhortó a los gobiernos estatal y federal a construir las condiciones para que la siderúrgica siga trabajando. Bien dicho, aunque hubiera sido mejor dar propuestas concretas. Aunque sea solo para saber qué tan neoliberal o pragmática es la señora.
Una de las causas del problema es que hace un año China exportaba un millón de toneladas de acero en bruto al mes y ahora exporta diez veces más. Esto se explica porque su menor crecimiento en las manufacturas (debido al menor crecimiento mundial) hace que le sobre acero. Tiene un programa intensivo de reciclamiento de metales y ahora sus siderúrgicas añaden una pequeñísima cantidad de otro elemento al acero; de ese modo se reclasifica como “aleación” y evita algunos impuestos. Por angas o mangas el país oriental se ha lanzado a la exportación de grandes cantidades del metal.
Las exportaciones chinas de acero en bruto (de bajo valor agregado) están alterando el mercado mundial y preocupan a sus vecinos asiáticos (Corea, India, Japón, Malasia) y a los Estados Unidos, donde los representantes de la industria siderúrgica dicen que están en riesgo medio millón de empleos.
Para el presidente ejecutivo de la siderúrgica Ternium, Máximo Vedoya, “ellos (los chinos) no son más competitivos que nosotros (la producción mexicana), no tienen mejor mano de obra, no tienen mejor logística, no tienen mejor competitividad en energía pero sí tienen enormes subsidios y eso es competencia desleal.”
De hecho el gran factor de la competitividad china es su estrategia de exportación de capitales. Sus ganancias en dólares las revierte como préstamos al exterior; lo cual abarata su moneda y le crea clientela externa. Configuró así una espiral virtuosa en que el crecimiento de las exportaciones alimenta su capacidad para exportar capitales y viceversa. Es, por ejemplo, el principal prestamista de los Estados Unidos.
El otro lado de la moneda son los países que, como México, atraen dólares y son básicamente importadores de manufacturas y, ahora, del acero oriental. México subió sus importaciones de acero laminado chino de 49 mil toneladas en enero del 2014 a 209 mil toneladas en enero de este año. También nos está llegando más acero de Rusia y Ucrania, dos países que han devaluado fuertemente sus monedas y se reorientan a la exportación.
Una visión amplia nos revela que el planeta existe un potencial de sobreproducción de acero de más de 600 millones de toneladas. Eso es lo que se puede producir por arriba de la demanda existente.
Lo que está en juego a nivel mundial es la definición de cuáles y en qué países están las plantas siderúrgicas que serán eliminadas. De resignarse a las reglas del libre comercio se cerraran plantas y empleos en Estados Unidos, India, Japón, otros países y, no podíamos faltar, México.
Se trata de una oleada de destrucción que no debió tomarnos por sorpresa. Ya hace más de un año se veía llegar una marejada de excedentes de acero y caída de precios mundiales. Tal y como ocurrió con los precios del petróleo.
Cierto que empezamos a experimentar con medidas de control de importaciones subvaluadas en el caso de textiles, ropa y calzado. En muchos casos los precios son ridículamente bajos y serian incomprensibles si no entendemos que de ese modo China protege a su sector social y su empleo. En vez de regalar dinero para que compren importaciones prefiere comprarles su producción no competitiva y exportarla. De ese modo combate su desempleo y podríamos decir que lo exporta; lo que tiene una racionalidad social, aunque no económica.
Hay que entender que la sobreproducción y baja de precios internacionales del petróleo y el acero; así como la existencia de grandes volúmenes de mercancías subvaluadas en el mercado mundial no es sino la cresta de una gran ola que buscará colocar los excesos de producción en los países con mayor apertura al mercado internacional.
Nuestra situación es particularmente delicada; vivimos ya una importante baja en la entrada de dólares. Lo que hace absurdo incrementar en este momento las importaciones de lo que podemos producir nosotros mismos.
Habrá que tomar alguna opción radical. Por un lado pregonar la libre competencia que permite el deterioro de la producción con el consiguiente desempleo y descontento social. Del lado contrario instrumentar medidas de gobierno para priorizar importaciones, hacer un uso eficiente de capacidades instaladas y, a cambio de crear condiciones de rentabilidad a las empresas, establecer acuerdos tripartitas para la generación de empleos dignos, recuperar la capacidad de compra de los salarios y fortalecer el mercado interno.
Jorge Faljo
Hasta hace poco el sector siderúrgico de México tenía previsiones bastante optimistas y anunciaba inversiones de varios miles de millones de dólares. La buena perspectiva se debía a que la recuperación norteamericana fortalecería las exportaciones de automóviles, la reforma energética significaba fuertes inversiones en infraestructura petrolera y grandes obras como el tren bala y el nuevo aeropuerto requeriría mucho acero.
Luego, uno tras otro, han llegado los baldazos de agua helada que todos conocemos. Recientemente el presidente de la Cámara Nacional de la Industria del Hierro y el Acero, Alonso Ancira, declaró que el sector dejó de invertir 5 mil millones de dólares debido por una parte al cambio de expectativas y por otro lado a las importaciones desleales del metal.
El asunto se volvió álgido cuando la semana pasada la empresa Arcelor Mittal anunció un paro técnico en su planta siderúrgica de Lázaro Cárdenas. De inmediato el gobernador de Michoacán, Salvador Jara, fue a platicar con los directivos de la planta, y luego con los secretarios de Gobernación y de Economía, en busca de soluciones a lo que puede ser una crisis regional y un problema nacional. Se trata de una empresa que tiene 8,500 empleados directos en el país y unos 25 mil indirectos. La mayor parte de ellos en la costa de ese estado.
Un paro técnico de mayor o menor duración significa una importante baja de ingresos al puerto de Lázaro Cárdenas y para el gobierno del estado. Perder, en el peor de los casos, esos empleos sería un trastorno para una región ya acosada por la pobreza, la violencia y la ingobernabilidad.
Por eso la senadora panista, hermana de aquel y aspirante a la gubernatura del estado, Luisa María Calderón Hinojosa, exhortó a los gobiernos estatal y federal a construir las condiciones para que la siderúrgica siga trabajando. Bien dicho, aunque hubiera sido mejor dar propuestas concretas. Aunque sea solo para saber qué tan neoliberal o pragmática es la señora.
Una de las causas del problema es que hace un año China exportaba un millón de toneladas de acero en bruto al mes y ahora exporta diez veces más. Esto se explica porque su menor crecimiento en las manufacturas (debido al menor crecimiento mundial) hace que le sobre acero. Tiene un programa intensivo de reciclamiento de metales y ahora sus siderúrgicas añaden una pequeñísima cantidad de otro elemento al acero; de ese modo se reclasifica como “aleación” y evita algunos impuestos. Por angas o mangas el país oriental se ha lanzado a la exportación de grandes cantidades del metal.
Las exportaciones chinas de acero en bruto (de bajo valor agregado) están alterando el mercado mundial y preocupan a sus vecinos asiáticos (Corea, India, Japón, Malasia) y a los Estados Unidos, donde los representantes de la industria siderúrgica dicen que están en riesgo medio millón de empleos.
Para el presidente ejecutivo de la siderúrgica Ternium, Máximo Vedoya, “ellos (los chinos) no son más competitivos que nosotros (la producción mexicana), no tienen mejor mano de obra, no tienen mejor logística, no tienen mejor competitividad en energía pero sí tienen enormes subsidios y eso es competencia desleal.”
De hecho el gran factor de la competitividad china es su estrategia de exportación de capitales. Sus ganancias en dólares las revierte como préstamos al exterior; lo cual abarata su moneda y le crea clientela externa. Configuró así una espiral virtuosa en que el crecimiento de las exportaciones alimenta su capacidad para exportar capitales y viceversa. Es, por ejemplo, el principal prestamista de los Estados Unidos.
El otro lado de la moneda son los países que, como México, atraen dólares y son básicamente importadores de manufacturas y, ahora, del acero oriental. México subió sus importaciones de acero laminado chino de 49 mil toneladas en enero del 2014 a 209 mil toneladas en enero de este año. También nos está llegando más acero de Rusia y Ucrania, dos países que han devaluado fuertemente sus monedas y se reorientan a la exportación.
Una visión amplia nos revela que el planeta existe un potencial de sobreproducción de acero de más de 600 millones de toneladas. Eso es lo que se puede producir por arriba de la demanda existente.
Lo que está en juego a nivel mundial es la definición de cuáles y en qué países están las plantas siderúrgicas que serán eliminadas. De resignarse a las reglas del libre comercio se cerraran plantas y empleos en Estados Unidos, India, Japón, otros países y, no podíamos faltar, México.
Se trata de una oleada de destrucción que no debió tomarnos por sorpresa. Ya hace más de un año se veía llegar una marejada de excedentes de acero y caída de precios mundiales. Tal y como ocurrió con los precios del petróleo.
Cierto que empezamos a experimentar con medidas de control de importaciones subvaluadas en el caso de textiles, ropa y calzado. En muchos casos los precios son ridículamente bajos y serian incomprensibles si no entendemos que de ese modo China protege a su sector social y su empleo. En vez de regalar dinero para que compren importaciones prefiere comprarles su producción no competitiva y exportarla. De ese modo combate su desempleo y podríamos decir que lo exporta; lo que tiene una racionalidad social, aunque no económica.
Hay que entender que la sobreproducción y baja de precios internacionales del petróleo y el acero; así como la existencia de grandes volúmenes de mercancías subvaluadas en el mercado mundial no es sino la cresta de una gran ola que buscará colocar los excesos de producción en los países con mayor apertura al mercado internacional.
Nuestra situación es particularmente delicada; vivimos ya una importante baja en la entrada de dólares. Lo que hace absurdo incrementar en este momento las importaciones de lo que podemos producir nosotros mismos.
Habrá que tomar alguna opción radical. Por un lado pregonar la libre competencia que permite el deterioro de la producción con el consiguiente desempleo y descontento social. Del lado contrario instrumentar medidas de gobierno para priorizar importaciones, hacer un uso eficiente de capacidades instaladas y, a cambio de crear condiciones de rentabilidad a las empresas, establecer acuerdos tripartitas para la generación de empleos dignos, recuperar la capacidad de compra de los salarios y fortalecer el mercado interno.
domingo, 29 de marzo de 2015
A otra cosa mariposa
Jorge Faljo
La Secretaría de Hacienda ha anunciado que para el 2016 se diseñará un presupuesto “base cero”. Lo que significa es un presupuesto que no responde a inercias sino que se elabora sobre, digamos, una hoja de papel en blanco para expresar lo ideal y no lo que realmente existe.
Haga de cuenta que usted toma lápiz y papel y, según sus ingresos, empieza a decidir cuánto gastar en alimentos, en transporte, ropa, diversiones y demás. La palabra clave es “debería” porque ello significa que ya tiene en mente como deben ser las cosas. Lo cual podría ser diferente, o incluso estar bastante alejado de cómo es que realmente distribuye su dinero.
En este caso Hacienda emplea el término para advertirnos no solo de una redistribución del gasto, sino de un recorte severo. Ante ello muchos señalan que buena parte del gasto está comprometido y el porcentaje susceptible de modificación es bajo como para hablar de un presupuesto base cero. Pero otros se han entusiasmado con la idea e incluso hablan de modificaciones legales que le eliminen responsabilidades al Estado, tales como sus compromisos de gasto en educación, salud, programas sociales, relaciones laborales, pensiones y más. Es decir que desde el extremo neoliberal se aprestan a una reducción del gasto público fuertemente en contra del interés mayoritario.
Regresando al ejemplo hogareño si Ud. quisiera modificar a fondo su distribución del gasto no sería tan fácil e inmediato. Supongamos que decide que no más del 20 por ciento de su ingreso debe ir al alquiler de vivienda y no más del 15 a gastos escolares; entonces tal vez se vea obligado a buscar otro departamento y a cambiar a sus hijos de escuela.
Lo más saludable para reformar su presupuesto sería consultar a su mujer y a sus hijos, sobre todo si son adolescentes rebeldones. Es decir que diseñar un presupuesto base cero debe hacerse siempre de manera participativa, tomando en cuenta los diversos intereses y dispuesto a negociar. Hacerlo porque le bajaron el sueldo complica fuertemente la situación.
Elaborar el presupuesto público federal es responsabilidad de la Cámara de Diputados para, supuestamente, tomar en cuenta todos los intereses y equilibrarlos de acuerdo a su fuerza política. Esa es la teoría; la práctica nos señala que en realidad lo hace Hacienda y los diputados solo regatean ajustes menores.
Hacienda informa que el presupuesto lo hará con el apoyo del Banco Mundial. Conjuntamente definirán el presupuesto ideal y lo deberán someter a la aprobación de la Cámara de Diputados. Así que los resultados de las elecciones de junio próximo serán determinantes de lo fácil o problemático que será negociarlo. Lo más preocupante es que este gobierno no ha mostrado comprensión de los intereses mayoritarios sino que se guía por sus intereses de grupo y dogmas casi religiosos en su mala comprensión de la economía y la política.
El ajuste presupuestal incluye lo que amenaza ser un severo recorte de empleos. El subsecretario de Egresos de Hacienda, Fernando Galindo declaró que se debe redimensionar el tamaño del sector público para contar con un gobierno austero, que se apriete el cinturón y “que tenga las mínimas plazas indispensables para operar de manera eficiente”. ¿De qué tamaño es la pedrada?
Supongamos (es decir que invento) que se deshacen del 15 por ciento de los empleados públicos de los tres niveles de gobierno; eso significaría despedir a unas 350 mil personas. Eso en un país con un gran rezago en la creación de empleos.
Banco de México acaba de declarar que tenemos un débil desempeño económico por un menor dinamismo en las exportaciones y la debilidad del consumo. El problema no es producir, campo e industria están funcionando por debajo de sus capacidades instaladas y su potencial de crecimiento. El problema fuerte es el deterioro en las capacidades de compra a pesar de los avances tecnológicos y de productividad.
El gobierno es un consumidor clave en México. La experiencia reciente nos muestra que el rezago en el gasto, como en el 2013, le pega muy duro a todos sus proveedores y a la economía en general. Reducir su gasto será un golpe a la economía y despedir personal reducirá las capacidades de negociación de las clases medias. Lo que las empresas aprovecharán para apretar salarios. Hay que entender que golpear al consumo es golpear la producción y genera una espiral de deterioro.
La austeridad y el recorte de empleos son medidas simplemente reactivas. Lo peor es que están centradas en el gobierno, como diseñadas por un administrador de empresas. Es decir que les falta visión nacional y es en ese espacio donde es posible pensar en alternativas.
El problema coyuntural es la fuerte caída en la captación de dólares; lo que los elevará de precio todavía más. La estrategia neoliberal sería dejar que todo suba por igual. Una alternativa sería limitar la entrada de ciertos productos para ahorrar dólares en esos rubros y dejar que haya más dólares para lo que se considere más importante.
Por ejemplo, establecer aranceles a las importaciones de productos asiáticos, región con la que tenemos un enorme déficit comercial, tendría un triple efecto positivo. Ahorraría dólares para dedicarlos a otras prioridades. Crearía espacio de mercado para la producción interna mediante el aprovechamiento de capacidades instaladas. Sería una fuente importante de nuevos ingresos para el gobierno.
Una política industrial proteccionista generaría condiciones de rentabilidad que abriría una oportunidad para revertir el terrible deterioro salarial que ahoga el mercado interno. Podríamos entonces generar una espiral positiva de rentabilidad, producción y fortalecimiento del mercado interno.
Ante todo hay que reconocer que el dogma neoliberal no nos funcionó; así que a otra cosa mariposa.
La Secretaría de Hacienda ha anunciado que para el 2016 se diseñará un presupuesto “base cero”. Lo que significa es un presupuesto que no responde a inercias sino que se elabora sobre, digamos, una hoja de papel en blanco para expresar lo ideal y no lo que realmente existe.
Haga de cuenta que usted toma lápiz y papel y, según sus ingresos, empieza a decidir cuánto gastar en alimentos, en transporte, ropa, diversiones y demás. La palabra clave es “debería” porque ello significa que ya tiene en mente como deben ser las cosas. Lo cual podría ser diferente, o incluso estar bastante alejado de cómo es que realmente distribuye su dinero.
En este caso Hacienda emplea el término para advertirnos no solo de una redistribución del gasto, sino de un recorte severo. Ante ello muchos señalan que buena parte del gasto está comprometido y el porcentaje susceptible de modificación es bajo como para hablar de un presupuesto base cero. Pero otros se han entusiasmado con la idea e incluso hablan de modificaciones legales que le eliminen responsabilidades al Estado, tales como sus compromisos de gasto en educación, salud, programas sociales, relaciones laborales, pensiones y más. Es decir que desde el extremo neoliberal se aprestan a una reducción del gasto público fuertemente en contra del interés mayoritario.
Regresando al ejemplo hogareño si Ud. quisiera modificar a fondo su distribución del gasto no sería tan fácil e inmediato. Supongamos que decide que no más del 20 por ciento de su ingreso debe ir al alquiler de vivienda y no más del 15 a gastos escolares; entonces tal vez se vea obligado a buscar otro departamento y a cambiar a sus hijos de escuela.
Lo más saludable para reformar su presupuesto sería consultar a su mujer y a sus hijos, sobre todo si son adolescentes rebeldones. Es decir que diseñar un presupuesto base cero debe hacerse siempre de manera participativa, tomando en cuenta los diversos intereses y dispuesto a negociar. Hacerlo porque le bajaron el sueldo complica fuertemente la situación.
Elaborar el presupuesto público federal es responsabilidad de la Cámara de Diputados para, supuestamente, tomar en cuenta todos los intereses y equilibrarlos de acuerdo a su fuerza política. Esa es la teoría; la práctica nos señala que en realidad lo hace Hacienda y los diputados solo regatean ajustes menores.
Hacienda informa que el presupuesto lo hará con el apoyo del Banco Mundial. Conjuntamente definirán el presupuesto ideal y lo deberán someter a la aprobación de la Cámara de Diputados. Así que los resultados de las elecciones de junio próximo serán determinantes de lo fácil o problemático que será negociarlo. Lo más preocupante es que este gobierno no ha mostrado comprensión de los intereses mayoritarios sino que se guía por sus intereses de grupo y dogmas casi religiosos en su mala comprensión de la economía y la política.
El ajuste presupuestal incluye lo que amenaza ser un severo recorte de empleos. El subsecretario de Egresos de Hacienda, Fernando Galindo declaró que se debe redimensionar el tamaño del sector público para contar con un gobierno austero, que se apriete el cinturón y “que tenga las mínimas plazas indispensables para operar de manera eficiente”. ¿De qué tamaño es la pedrada?
Supongamos (es decir que invento) que se deshacen del 15 por ciento de los empleados públicos de los tres niveles de gobierno; eso significaría despedir a unas 350 mil personas. Eso en un país con un gran rezago en la creación de empleos.
Banco de México acaba de declarar que tenemos un débil desempeño económico por un menor dinamismo en las exportaciones y la debilidad del consumo. El problema no es producir, campo e industria están funcionando por debajo de sus capacidades instaladas y su potencial de crecimiento. El problema fuerte es el deterioro en las capacidades de compra a pesar de los avances tecnológicos y de productividad.
El gobierno es un consumidor clave en México. La experiencia reciente nos muestra que el rezago en el gasto, como en el 2013, le pega muy duro a todos sus proveedores y a la economía en general. Reducir su gasto será un golpe a la economía y despedir personal reducirá las capacidades de negociación de las clases medias. Lo que las empresas aprovecharán para apretar salarios. Hay que entender que golpear al consumo es golpear la producción y genera una espiral de deterioro.
La austeridad y el recorte de empleos son medidas simplemente reactivas. Lo peor es que están centradas en el gobierno, como diseñadas por un administrador de empresas. Es decir que les falta visión nacional y es en ese espacio donde es posible pensar en alternativas.
El problema coyuntural es la fuerte caída en la captación de dólares; lo que los elevará de precio todavía más. La estrategia neoliberal sería dejar que todo suba por igual. Una alternativa sería limitar la entrada de ciertos productos para ahorrar dólares en esos rubros y dejar que haya más dólares para lo que se considere más importante.
Por ejemplo, establecer aranceles a las importaciones de productos asiáticos, región con la que tenemos un enorme déficit comercial, tendría un triple efecto positivo. Ahorraría dólares para dedicarlos a otras prioridades. Crearía espacio de mercado para la producción interna mediante el aprovechamiento de capacidades instaladas. Sería una fuente importante de nuevos ingresos para el gobierno.
Una política industrial proteccionista generaría condiciones de rentabilidad que abriría una oportunidad para revertir el terrible deterioro salarial que ahoga el mercado interno. Podríamos entonces generar una espiral positiva de rentabilidad, producción y fortalecimiento del mercado interno.
Ante todo hay que reconocer que el dogma neoliberal no nos funcionó; así que a otra cosa mariposa.
lunes, 23 de marzo de 2015
De todo y nada
Faljoritmo
Jorge Faljo
Se aproxima la hora de entregar mi artículo semanal y aún no puedo definir el tema a tratar. El problema es que todos los asuntos a la vista me parecen temas muy sobados; no solo por los otros analistas sino por mí mismo.
Podría hablar del aumento del precio del huevo. Entonces hablaría de recuerdos de mis vacaciones en una pequeña ciudad de Jalisco hace algo más de 50 años. Vienen al caso porque entonces, uno o dos días a la semana sacábamos de sus jaulas a las encogidas gallinas de mi tía y las dejábamos moverse libremente durante unas horas. Luego en la tarde había que corretearlas para atrapar una por una y regresarlas a una jaula.
Eran algo más de 400 gallinas en el traspatio de una linda y vieja casa pueblerina, donde a un lado se encontraban las viejas letrinas de pozo donde daba miedo ir en la noche. Con esas gallinas todos los días se llenaba una caja de exactamente 360 huevos que ya traía la marca de la empresa distribuidora. Sobraban algunos huevos y no recuerdo que se hacía con ellos, tal vez venderlos directamente en el zaguán de la casa.
Unidades de producción así, informales, pequeñas, sobre todo para el abasto local, había decenas de miles en el país. Fueron destruidas y ahora cinco o seis empresas gigantescas, productoras y distribuidoras, dominan el mercado de lo que es la principal fuente de proteínas de los mexicanos. Las alzas de precios son recurrentes y para millones la solución solo puede ser recrear la producción y el empleo locales lo que no sería difícil de diseñar sobre la base de programas sociales enfocados en la comercialización dentro del sector social de la economía. Pero lo fácil, el enfoque moderno, es importar. Así fue como se destruyó el sector.
O podría escribir sobre la decisión, una de las pocas atinadas, de posponer el plan de desgravación de las importaciones de textiles y ropa. Un poco de control en las importaciones ha logrado disminuir la entrada de mercancía subvaluada y darle aire a la producción interna. A pesar de ello la producción de ropa en el 2014 se redujo en 2.1 por ciento. Pero no fue por mayores importaciones subvaluadas; sino simplemente porque la población se empobreció.
Otro tema posible pero sobado sería el del próximo encuentro entre Alex Tsipras el primer ministro de Grecia y Ángela Merkel, Canciller de Alemania. Hablaría de cómo Grecia se encuentra continuamente al borde de la quiebra si no le renuevan los préstamos para que siga pagando sus deudas. Deudas que adquirió por su déficit comercial con el resto de Europa y que apoyaron el desarrollo industrial de otros. Ese encuentro es otro de los pequeños triunfos que va consiguiendo Grecia en sus pasos para ablandar las condiciones de “austeridad” que le impone Europa.
La carta fuerte de negociación de Grecia es la posibilidad de que tenga que salir abruptamente del Euro en medio de una grave crisis que destruiría la credibilidad de la Unión Europea y generaría una crisis humanitaria. No sería lo mismo para Europa tratar de contener la migración de africanos en el mediterráneo que la de griegos ya dentro del continente. Una situación que podría ahondar diferencias políticas dentro de cada país europeo.
En este mundo de exclusión creciente la única carta de negociación que les va quedando a los marginados y empobrecidos de Grecia, del mundo y de México es su capacidad de estorbar. Cosa que los que aún no somos excluidos tendremos que aguantar, no sin enojos, cada día más.
Otro tema es el de los altibajos del dólar en un país, el nuestro, que decidió globalizarse más que los demás y fragilizar su producción, su empleo y sus finanzas colocándose de pechito ante los vendavales financieros donde los grandes jugadores buscan ganar miles de millones de dólares en instantes mediante el método de apretar las teclas correctas en las computadoras.
Juegos que pueden destruir empleos, empresas y sectores productivos también en segundos. Nosotros somos meros “daños colaterales” porque no me atrevo a llamarlo “fuego amigo.
Ni modo de volver a hablar de la ineficacia de los controles fiscales a las grandes fortunas y de cómo aquí, a diferencia de los Estados Unidos, Bélgica, España, Francia y demás, se decidió no investigar las fortunas ocultas que se descubrieron en Suiza.
Otro tema sería el artículo de la revista británica The Economist sobre el despido de Carmen Aristegui señalando el control político de la prensa en México y de cómo esto podría ser parte de los preparativos de control de información previos a las próximas elecciones. Una raya más al tigre del desprestigio internacional de este régimen y que posiblemente contribuye a explicar porque Peña Nieto regreso de su paseo en la carreta de oro de la reina de Inglaterra sin lograr concretar el anuncio de inversiones externas relevantes. La línea de crédito por mil millones de dólares para que les compremos fierros no llega ni a premio de consolación. Parece que 200 acompañantes y ponerse frac no basta.
Así que hoy no escribo de nada, les ruego paciencia y tal vez la semana que entra me regrese el entusiasmo; esa pequeña sensación de que vale la pena hacerlo porque así se da un pequeño empujoncito para mejorar el mundo. Lo que en mi actual estado de ánimo me parece presuntuoso.
Jorge Faljo
Se aproxima la hora de entregar mi artículo semanal y aún no puedo definir el tema a tratar. El problema es que todos los asuntos a la vista me parecen temas muy sobados; no solo por los otros analistas sino por mí mismo.
Podría hablar del aumento del precio del huevo. Entonces hablaría de recuerdos de mis vacaciones en una pequeña ciudad de Jalisco hace algo más de 50 años. Vienen al caso porque entonces, uno o dos días a la semana sacábamos de sus jaulas a las encogidas gallinas de mi tía y las dejábamos moverse libremente durante unas horas. Luego en la tarde había que corretearlas para atrapar una por una y regresarlas a una jaula.
Eran algo más de 400 gallinas en el traspatio de una linda y vieja casa pueblerina, donde a un lado se encontraban las viejas letrinas de pozo donde daba miedo ir en la noche. Con esas gallinas todos los días se llenaba una caja de exactamente 360 huevos que ya traía la marca de la empresa distribuidora. Sobraban algunos huevos y no recuerdo que se hacía con ellos, tal vez venderlos directamente en el zaguán de la casa.
Unidades de producción así, informales, pequeñas, sobre todo para el abasto local, había decenas de miles en el país. Fueron destruidas y ahora cinco o seis empresas gigantescas, productoras y distribuidoras, dominan el mercado de lo que es la principal fuente de proteínas de los mexicanos. Las alzas de precios son recurrentes y para millones la solución solo puede ser recrear la producción y el empleo locales lo que no sería difícil de diseñar sobre la base de programas sociales enfocados en la comercialización dentro del sector social de la economía. Pero lo fácil, el enfoque moderno, es importar. Así fue como se destruyó el sector.
O podría escribir sobre la decisión, una de las pocas atinadas, de posponer el plan de desgravación de las importaciones de textiles y ropa. Un poco de control en las importaciones ha logrado disminuir la entrada de mercancía subvaluada y darle aire a la producción interna. A pesar de ello la producción de ropa en el 2014 se redujo en 2.1 por ciento. Pero no fue por mayores importaciones subvaluadas; sino simplemente porque la población se empobreció.
Otro tema posible pero sobado sería el del próximo encuentro entre Alex Tsipras el primer ministro de Grecia y Ángela Merkel, Canciller de Alemania. Hablaría de cómo Grecia se encuentra continuamente al borde de la quiebra si no le renuevan los préstamos para que siga pagando sus deudas. Deudas que adquirió por su déficit comercial con el resto de Europa y que apoyaron el desarrollo industrial de otros. Ese encuentro es otro de los pequeños triunfos que va consiguiendo Grecia en sus pasos para ablandar las condiciones de “austeridad” que le impone Europa.
La carta fuerte de negociación de Grecia es la posibilidad de que tenga que salir abruptamente del Euro en medio de una grave crisis que destruiría la credibilidad de la Unión Europea y generaría una crisis humanitaria. No sería lo mismo para Europa tratar de contener la migración de africanos en el mediterráneo que la de griegos ya dentro del continente. Una situación que podría ahondar diferencias políticas dentro de cada país europeo.
En este mundo de exclusión creciente la única carta de negociación que les va quedando a los marginados y empobrecidos de Grecia, del mundo y de México es su capacidad de estorbar. Cosa que los que aún no somos excluidos tendremos que aguantar, no sin enojos, cada día más.
Otro tema es el de los altibajos del dólar en un país, el nuestro, que decidió globalizarse más que los demás y fragilizar su producción, su empleo y sus finanzas colocándose de pechito ante los vendavales financieros donde los grandes jugadores buscan ganar miles de millones de dólares en instantes mediante el método de apretar las teclas correctas en las computadoras.
Juegos que pueden destruir empleos, empresas y sectores productivos también en segundos. Nosotros somos meros “daños colaterales” porque no me atrevo a llamarlo “fuego amigo.
Ni modo de volver a hablar de la ineficacia de los controles fiscales a las grandes fortunas y de cómo aquí, a diferencia de los Estados Unidos, Bélgica, España, Francia y demás, se decidió no investigar las fortunas ocultas que se descubrieron en Suiza.
Otro tema sería el artículo de la revista británica The Economist sobre el despido de Carmen Aristegui señalando el control político de la prensa en México y de cómo esto podría ser parte de los preparativos de control de información previos a las próximas elecciones. Una raya más al tigre del desprestigio internacional de este régimen y que posiblemente contribuye a explicar porque Peña Nieto regreso de su paseo en la carreta de oro de la reina de Inglaterra sin lograr concretar el anuncio de inversiones externas relevantes. La línea de crédito por mil millones de dólares para que les compremos fierros no llega ni a premio de consolación. Parece que 200 acompañantes y ponerse frac no basta.
Así que hoy no escribo de nada, les ruego paciencia y tal vez la semana que entra me regrese el entusiasmo; esa pequeña sensación de que vale la pena hacerlo porque así se da un pequeño empujoncito para mejorar el mundo. Lo que en mi actual estado de ánimo me parece presuntuoso.
domingo, 15 de marzo de 2015
Un país donde hay gobierno
Jorge Faljo
Faljoritmo
Ecuador acaba de sorprender a sus países vecinos, Colombia, Chile y Perú, imponiendo una sobretasa de aranceles a 2,800 productos que constituyen el 32 por ciento de sus importaciones. El incremento no es parejo sino que va del 5 al 45 por ciento según el tipo de mercancía y el gobierno señala que se trata de importaciones no esenciales y que la medida no habrá de impactar al grueso de las importaciones y al consumo mayoritario. Es decir que le pega sobre todo a los estratos de ingresos medios y superiores.
Las sobretasas son: los bienes de capital y materias primas no esenciales pagarán un cinco por ciento más de arancel; los bienes de “sensibilidad media”, un 15 por ciento. Todos los productos que contienen alcohol (licores, cerveza, vino), todo tipo de calzado, textiles y ropa, así como llantas, cerámica, partes electrónicas y refacciones para automotores pagarán un 25 por ciento más.
Finalmente la mayor sobretasa, la del 45 por ciento, se aplica a bienes de consumo como algunas frutas, carnes frías, alimentos procesados (salsas, mostaza, galletas, jugos), lácteos (quesos, leche en polvo, yogurt), adornos, aparatos musicales, electrónicos, televisores y motocicletas.
Las sobretasas no se aplican al 68 por ciento de las importaciones y se excluye explícitamente por ejemplo, a los aceites y harinas comestibles, el atún, los medicamentos, productos de higiene personal, herramientas manuales y artículos para la producción interna en las industrias de cuero, papel y textil.
Algunos aranceles y tasas han sido renegociados con los países vecinos para mantener, en lo posible, una buena relación comercial. No obstante para el gobierno de Ecuador el asunto de fondo es que la medida es indispensable para proteger su economía dolarizada. Hay que recordar que desde el año 2000 no cuenta con moneda propia; abandonó el sucre y decidió emplear el dólar en su interior. Lo más que hace es emitir lo que llamaríamos morralla, monedas de escaso valor. Pero los billetes que circulan son dólares y obviamente no está en libertad de imprimir los que necesita.
Tal situación le impone a Ecuador límites infranqueables; si entran menos dólares tendrá que amarrarse el cinturón y reducir sus importaciones. Justo es este el caso. Poco más de la mitad de sus ingresos de exportación se originaba en la venta de petróleo y la fuerte caída del precio significa una reducción de aproximadamente la cuarta parte de sus ingresos.
Hay un problema adicional; el dólar se ha encarecido frente a casi todas las monedas del mundo. Y eso significa que las mercancías ecuatorianas se encarecen y se hacen menos competitivas. Lo que también impacta su capacidad de exportación de productos no petroleros.
Con el incremento de aranceles el gobierno espera reducir las importaciones en 2,200 millones de dólares, lo suficiente para obtener un superávit en su balanza comercial. Un efecto adicional es que los aranceles le proporcionan ingresos al gobierno que los podrá emplear en programas que mitiguen el impacto y promuevan la producción para el mercado interno.
Ecuador se encuentra altamente globalizado y el impacto externo es inevitable. Sin embargo lo que muestran las decisiones de su gobierno es la posibilidad de no simplemente dejarse llevar, sino de manejar el impacto. Encarecer unas importaciones significa también proteger que no se encarezcan otras. Hacer que se gasten menos dólares en ropa importada o televisores significa que haya suficientes dólares para comprar, harina o medicinas.
Que va a ser golpeado es algo que conoce el gobierno: tendrá menos dólares. Pero por lo menos decide de cuales mercancías va a comprar menos; cuáles precios van a subir y cuales no; que grupos serán más afectados y que otros serán protegidos.
Eso es gobernar a diferencia de ir al garete de las condiciones que dicte el mercado; es decir los de mejores ingresos.
Por otra parte es cierto que el gobierno ecuatoriano tiene otras opciones para cubrir la baja de ingresos en dólares. Podría vender propiedades (subsuelo, playas, minería o alentar la venta de sus bancos, industrias, comercios); o podría endeudarse, lo que tarde o temprano llevaría a vender propiedades.
Sin embargo su elección es aguantar el golpe, encarecer las importaciones de manera selectiva y diferenciada y promover la substitución de importaciones al tiempo que defiende el mercado interno. Esto último es lo más interesante; impulsar la producción interna de lo que se va a dejar de comprar. Lo cual no es posible en muchas cosas, por ejemplo televisores; pero si se puede en otras, como textiles y ropa. Lo cual requiere defender la capacidad de compra de la mayoría.
En la última negociación salarial los trabajadores y los patrones no lograron ponerse de acuerdo; así que fue el gobierno el que decretó el monto del incremento, más cercano a la posición empresarial que a la de los trabajadores pero de cualquier manera superior a la inflación. Es interesante saber que el salario mínimo ecuatoriano es, para el 2015, de 354 dólares. Unos 5,400 pesos mexicanos; es decir que allá si alcanza para comer.
En los últimos años Ecuador ha mejorado el nivel de vida de su población, crece a un ritmo acelerado y tiene un gobierno con amplio apoyo popular. Pero es un país pequeño y sigue siendo pobre; así que sus noticias no llaman mucho la atención internacional. Aquí la retomo como un caso de política pública interesante; de un país donde hay gobierno.
Aquí estamos acostumbrados al no gobierno; a negar, como el avestruz, que pase nada, a echarle la culpa al exterior y a dejar que “las fuerzas del mercado” decidan que, cuando y como han de ocurrir las cosas. Yo preferiría un gobierno que gobierne; sobre todo cuando viene el golpe.
Faljoritmo
Ecuador acaba de sorprender a sus países vecinos, Colombia, Chile y Perú, imponiendo una sobretasa de aranceles a 2,800 productos que constituyen el 32 por ciento de sus importaciones. El incremento no es parejo sino que va del 5 al 45 por ciento según el tipo de mercancía y el gobierno señala que se trata de importaciones no esenciales y que la medida no habrá de impactar al grueso de las importaciones y al consumo mayoritario. Es decir que le pega sobre todo a los estratos de ingresos medios y superiores.
Las sobretasas son: los bienes de capital y materias primas no esenciales pagarán un cinco por ciento más de arancel; los bienes de “sensibilidad media”, un 15 por ciento. Todos los productos que contienen alcohol (licores, cerveza, vino), todo tipo de calzado, textiles y ropa, así como llantas, cerámica, partes electrónicas y refacciones para automotores pagarán un 25 por ciento más.
Finalmente la mayor sobretasa, la del 45 por ciento, se aplica a bienes de consumo como algunas frutas, carnes frías, alimentos procesados (salsas, mostaza, galletas, jugos), lácteos (quesos, leche en polvo, yogurt), adornos, aparatos musicales, electrónicos, televisores y motocicletas.
Las sobretasas no se aplican al 68 por ciento de las importaciones y se excluye explícitamente por ejemplo, a los aceites y harinas comestibles, el atún, los medicamentos, productos de higiene personal, herramientas manuales y artículos para la producción interna en las industrias de cuero, papel y textil.
Algunos aranceles y tasas han sido renegociados con los países vecinos para mantener, en lo posible, una buena relación comercial. No obstante para el gobierno de Ecuador el asunto de fondo es que la medida es indispensable para proteger su economía dolarizada. Hay que recordar que desde el año 2000 no cuenta con moneda propia; abandonó el sucre y decidió emplear el dólar en su interior. Lo más que hace es emitir lo que llamaríamos morralla, monedas de escaso valor. Pero los billetes que circulan son dólares y obviamente no está en libertad de imprimir los que necesita.
Tal situación le impone a Ecuador límites infranqueables; si entran menos dólares tendrá que amarrarse el cinturón y reducir sus importaciones. Justo es este el caso. Poco más de la mitad de sus ingresos de exportación se originaba en la venta de petróleo y la fuerte caída del precio significa una reducción de aproximadamente la cuarta parte de sus ingresos.
Hay un problema adicional; el dólar se ha encarecido frente a casi todas las monedas del mundo. Y eso significa que las mercancías ecuatorianas se encarecen y se hacen menos competitivas. Lo que también impacta su capacidad de exportación de productos no petroleros.
Con el incremento de aranceles el gobierno espera reducir las importaciones en 2,200 millones de dólares, lo suficiente para obtener un superávit en su balanza comercial. Un efecto adicional es que los aranceles le proporcionan ingresos al gobierno que los podrá emplear en programas que mitiguen el impacto y promuevan la producción para el mercado interno.
Ecuador se encuentra altamente globalizado y el impacto externo es inevitable. Sin embargo lo que muestran las decisiones de su gobierno es la posibilidad de no simplemente dejarse llevar, sino de manejar el impacto. Encarecer unas importaciones significa también proteger que no se encarezcan otras. Hacer que se gasten menos dólares en ropa importada o televisores significa que haya suficientes dólares para comprar, harina o medicinas.
Que va a ser golpeado es algo que conoce el gobierno: tendrá menos dólares. Pero por lo menos decide de cuales mercancías va a comprar menos; cuáles precios van a subir y cuales no; que grupos serán más afectados y que otros serán protegidos.
Eso es gobernar a diferencia de ir al garete de las condiciones que dicte el mercado; es decir los de mejores ingresos.
Por otra parte es cierto que el gobierno ecuatoriano tiene otras opciones para cubrir la baja de ingresos en dólares. Podría vender propiedades (subsuelo, playas, minería o alentar la venta de sus bancos, industrias, comercios); o podría endeudarse, lo que tarde o temprano llevaría a vender propiedades.
Sin embargo su elección es aguantar el golpe, encarecer las importaciones de manera selectiva y diferenciada y promover la substitución de importaciones al tiempo que defiende el mercado interno. Esto último es lo más interesante; impulsar la producción interna de lo que se va a dejar de comprar. Lo cual no es posible en muchas cosas, por ejemplo televisores; pero si se puede en otras, como textiles y ropa. Lo cual requiere defender la capacidad de compra de la mayoría.
En la última negociación salarial los trabajadores y los patrones no lograron ponerse de acuerdo; así que fue el gobierno el que decretó el monto del incremento, más cercano a la posición empresarial que a la de los trabajadores pero de cualquier manera superior a la inflación. Es interesante saber que el salario mínimo ecuatoriano es, para el 2015, de 354 dólares. Unos 5,400 pesos mexicanos; es decir que allá si alcanza para comer.
En los últimos años Ecuador ha mejorado el nivel de vida de su población, crece a un ritmo acelerado y tiene un gobierno con amplio apoyo popular. Pero es un país pequeño y sigue siendo pobre; así que sus noticias no llaman mucho la atención internacional. Aquí la retomo como un caso de política pública interesante; de un país donde hay gobierno.
Aquí estamos acostumbrados al no gobierno; a negar, como el avestruz, que pase nada, a echarle la culpa al exterior y a dejar que “las fuerzas del mercado” decidan que, cuando y como han de ocurrir las cosas. Yo preferiría un gobierno que gobierne; sobre todo cuando viene el golpe.
lunes, 9 de marzo de 2015
Regreso al futuro
Faljoritmo
Jorge Faljo
En esta semana el peso rebasó, a la baja, la paridad que tuvo al final de enero del 2009. Dicho de manera más sencilla; nunca el dólar había estado más caro para nosotros los mexicanos. No se trata, sin embargo, del regreso a una situación ya vivida. Sería demasiado simple creerlo y alentaría la falsa esperanza de que el peso se repondrá de esta caída.
La situación es muy diferente a la de hace seis años. En aquel entonces acababa de ocurrir la crisis financiera norteamericana que golpeó a las economías de todo el planeta y ese problema externo parecía explicación suficiente a nuestras dificultades.
Debido a la apertura de nuestra economía fuimos particularmente vulnerables a la crisis iniciada en los Estados Unidos y sufrimos una caída del 6.0 por ciento del PIB. Bueno, no tanto porque en 2013 el INEGI cambió la metodología del cálculo y resultó que en realidad solo se redujo en un 4.7 por ciento.
Lo que me recuerda una novela en la que el oficio de historiador consistía en reescribir y reinterpretar los hechos del pasado de acuerdo a lo más conveniente como experiencia y guía para el presente (pequeña disgresión que me dicta el inconsciente).
Aquel tropezón parecía explicable en primer lugar por el problema externo y en segundo, de manera más concreta, por el puñado de empresas mexicanas que se habían dedicado a la especulación financiera, habían perdido mucho dinero y desde fines del 2008 y a principios del 2009 compraban dólares en México para pagar sus deudas en los Estados Unidos.
De fines del 2008 a principios del 2009 Banco de México vendió unos 30 mil millones de dólares de reservas y a pesar de ello la presión de salida de capitales seguía devaluando al peso. Se empezaba a generalizar la inquietud y parecía iniciarse, como en las caricaturas, una bola de nieve que crecía en su descenso. Seguir vendiendo reservas contenía la devaluación pero incrementaba la inquietud y era a fin de cuentas contraproducente.
Cuando ya Calderón se resignaba a la devaluación y empezaba a señalar sus bondades resultó que Banco de México, el Fondo Monetario Internacional y el tesoro norteamericano instrumentaron una estrategia de generación de confianza. Los dos últimos le extendieron líneas de crédito a Banxico para emplearse en la defensa del peso, y este último ofreció endeudarse lo que fuera necesario para contar con los dólares que le fueran demandados. A esta estrategia se le llamó blindaje financiero.
Aparte de la seguridad de que habría dólares para cuando quisieran hacer su toma de ganancias (vulgo salida de capitales), se les ofreció a los inversionistas atractivas tasas de interés, ganancias en la bolsa libres de impuestos, efectivas protecciones legales y mucha vista gorda para transacciones dudosas. Se garantizó también que la moneda flotaría y se encarecería; es decir, libertad especulativa.
Tal conjunto de medidas, conocidas como blindaje financiero, tuvo éxito. Los años siguientes se caracterizaron por una fuerte entrada de capitales, el peso se encareció y la bolsa de valores destacó por su racha de ganancias.
Fueron también años de venta del país acelerada. Año tras año buena parte de los grandes empresarios mexicanos decidieron aprovechar el buen momento para vender sus empresas e internacionalizar su fortuna. Hicieron un gran negocio.
Así que el blindaje financiero nos trajo varios años de lo que pomposamente llaman estabilidad macroeconómica. Acompañado de un crecimiento económico cada vez más raquítico, sin generación de empleo, con empobrecimiento de las mayorías y con un atroz incremento de la violencia. Sería el equivalente a un “mal del puerco” originado en el buen comer grasa financiera improductiva.
Durante años nuestra clase política defendió esa artificiosa solidez macroeconómica como lo realmente importante; lo demás parecían problemas de nacos, muy por abajo de su campo de visión.
Hemos regresado a la paridad de principios del 2009 pero ahora en una situación radicalmente diferente. La imagen de la clase política mexicana se encuentra deteriorada; ya no parece capaz de garantizar las ganancias y seguridad de los grandes capitales en equilibrio con un clima de credibilidad interna en la autoridad y con paz social.
Ya no quedan muchos activos nacionales atractivos que vender. La última gran oferta era la propiedad del subsuelo a costa de los derechos de la propiedad social y de la nación. Pero el precio del petróleo se desplomó apachurrando fantasías al nivel de la revista ¡Hola!
No hay manera de hacer productivo al capital. El deterioro del mercado interno no hace atractiva la producción y durante años ha sido mejor negocio traer importaciones. Pese a ciertas ventajas naturales no hemos podido demostrar competitividad internacional, excepto en la maquila automovilística. Lo peor es que se han perdido las condiciones mínimas de seguridad personal incluso para hacer inversiones de medio pelo.
Así que no estamos como en el 2009; esta vez la devaluación va en serio. No la contendrán los viajes a Buckingham y más valdría pensar en decididos planes de contingencia para producir aquí lo que tendremos que dejar de comprar afuera. La solución no será el empobrecimiento desestabilizador sino un cambio de estrategia que ponga la prioridad en producir para nosotros mismos y en consumir lo que podemos producir; es decir, en reconstruir el mercado interno.
Jorge Faljo
En esta semana el peso rebasó, a la baja, la paridad que tuvo al final de enero del 2009. Dicho de manera más sencilla; nunca el dólar había estado más caro para nosotros los mexicanos. No se trata, sin embargo, del regreso a una situación ya vivida. Sería demasiado simple creerlo y alentaría la falsa esperanza de que el peso se repondrá de esta caída.
La situación es muy diferente a la de hace seis años. En aquel entonces acababa de ocurrir la crisis financiera norteamericana que golpeó a las economías de todo el planeta y ese problema externo parecía explicación suficiente a nuestras dificultades.
Debido a la apertura de nuestra economía fuimos particularmente vulnerables a la crisis iniciada en los Estados Unidos y sufrimos una caída del 6.0 por ciento del PIB. Bueno, no tanto porque en 2013 el INEGI cambió la metodología del cálculo y resultó que en realidad solo se redujo en un 4.7 por ciento.
Lo que me recuerda una novela en la que el oficio de historiador consistía en reescribir y reinterpretar los hechos del pasado de acuerdo a lo más conveniente como experiencia y guía para el presente (pequeña disgresión que me dicta el inconsciente).
Aquel tropezón parecía explicable en primer lugar por el problema externo y en segundo, de manera más concreta, por el puñado de empresas mexicanas que se habían dedicado a la especulación financiera, habían perdido mucho dinero y desde fines del 2008 y a principios del 2009 compraban dólares en México para pagar sus deudas en los Estados Unidos.
De fines del 2008 a principios del 2009 Banco de México vendió unos 30 mil millones de dólares de reservas y a pesar de ello la presión de salida de capitales seguía devaluando al peso. Se empezaba a generalizar la inquietud y parecía iniciarse, como en las caricaturas, una bola de nieve que crecía en su descenso. Seguir vendiendo reservas contenía la devaluación pero incrementaba la inquietud y era a fin de cuentas contraproducente.
Cuando ya Calderón se resignaba a la devaluación y empezaba a señalar sus bondades resultó que Banco de México, el Fondo Monetario Internacional y el tesoro norteamericano instrumentaron una estrategia de generación de confianza. Los dos últimos le extendieron líneas de crédito a Banxico para emplearse en la defensa del peso, y este último ofreció endeudarse lo que fuera necesario para contar con los dólares que le fueran demandados. A esta estrategia se le llamó blindaje financiero.
Aparte de la seguridad de que habría dólares para cuando quisieran hacer su toma de ganancias (vulgo salida de capitales), se les ofreció a los inversionistas atractivas tasas de interés, ganancias en la bolsa libres de impuestos, efectivas protecciones legales y mucha vista gorda para transacciones dudosas. Se garantizó también que la moneda flotaría y se encarecería; es decir, libertad especulativa.
Tal conjunto de medidas, conocidas como blindaje financiero, tuvo éxito. Los años siguientes se caracterizaron por una fuerte entrada de capitales, el peso se encareció y la bolsa de valores destacó por su racha de ganancias.
Fueron también años de venta del país acelerada. Año tras año buena parte de los grandes empresarios mexicanos decidieron aprovechar el buen momento para vender sus empresas e internacionalizar su fortuna. Hicieron un gran negocio.
Así que el blindaje financiero nos trajo varios años de lo que pomposamente llaman estabilidad macroeconómica. Acompañado de un crecimiento económico cada vez más raquítico, sin generación de empleo, con empobrecimiento de las mayorías y con un atroz incremento de la violencia. Sería el equivalente a un “mal del puerco” originado en el buen comer grasa financiera improductiva.
Durante años nuestra clase política defendió esa artificiosa solidez macroeconómica como lo realmente importante; lo demás parecían problemas de nacos, muy por abajo de su campo de visión.
Hemos regresado a la paridad de principios del 2009 pero ahora en una situación radicalmente diferente. La imagen de la clase política mexicana se encuentra deteriorada; ya no parece capaz de garantizar las ganancias y seguridad de los grandes capitales en equilibrio con un clima de credibilidad interna en la autoridad y con paz social.
Ya no quedan muchos activos nacionales atractivos que vender. La última gran oferta era la propiedad del subsuelo a costa de los derechos de la propiedad social y de la nación. Pero el precio del petróleo se desplomó apachurrando fantasías al nivel de la revista ¡Hola!
No hay manera de hacer productivo al capital. El deterioro del mercado interno no hace atractiva la producción y durante años ha sido mejor negocio traer importaciones. Pese a ciertas ventajas naturales no hemos podido demostrar competitividad internacional, excepto en la maquila automovilística. Lo peor es que se han perdido las condiciones mínimas de seguridad personal incluso para hacer inversiones de medio pelo.
Así que no estamos como en el 2009; esta vez la devaluación va en serio. No la contendrán los viajes a Buckingham y más valdría pensar en decididos planes de contingencia para producir aquí lo que tendremos que dejar de comprar afuera. La solución no será el empobrecimiento desestabilizador sino un cambio de estrategia que ponga la prioridad en producir para nosotros mismos y en consumir lo que podemos producir; es decir, en reconstruir el mercado interno.
domingo, 1 de marzo de 2015
Palo dado…
Faljoritmo
Jorge Faljo
No le fue nada bien a México en las notas internacionales de los últimos días. Se publicó un correo personal del Papa, dirigido en confianza a un viejo amigo, en el que refiriéndose a la criminalidad en Argentina le decía: “Ojalá estemos a tiempo de evitar la mexicanización. Estuve hablando con algunos obispos mexicanos y la cosa es de terror”.
Ante la reacción de indignación de la cancillería mexicana Jorge Bergoglio dijo que no tenía la intención de ofender a México. Tal vez el Papa no consideró que su cuate aprovecharía el mensaje para advertir a sus compatriotas argentinos del riesgo en que están. Pero de que lo dijo, lo dijo. Y según el dicho los niños, los borrachos y el Papa siempre dicen la verdad (¿o no era así?).
Casi al mismo tiempo Alejandro González Iñárritu, al recibir en Hollywood el Oscar como director de la mejor película del 2014, convocó a las fuerzas celestiales para cambiar la situación en su país de origen. En uno de los foros más vistos del planeta, de resonancia mediática mundial, con 36 millones de telespectadores, dedicó el premio a sus compatriotas en México y dijo: “Rezo para que podamos encontrar y tener el gobierno que merecemos.”
La ceremonia de entrega de estos premios no es un lugar propicio para discursos políticos ni palabras altisonantes, pero rezar por un buen gobierno no les suena mal a los gringos y el mensaje fue breve pero clarísimo.
Donald Trump, uno de los milmillonarios más seguidos por la prensa mundial, indignado porque un mexicano (Iñárritu) fuera tan aclamado desfogó su rabia en su cuenta de Twitter diciendo que el sistema legal mexicano es corrupto y fue terminante al decir: “No hagan negocios en México.”
Hay que señalar que Trump no es cualquier magnate. Además de una fortuna de cuatro mil millones de dólares, tiene 2.8 millones de seguidores en Twitter; fue conductor de un “reality show” durante tres temporadas; ha escrito varios libros sobre cómo enriquecerse y ha comprado y organizado el concurso Miss Universo. Es decir que, a diferencia de otros súper ricos, a este le gusta mucho llamar la atención, y lo consigue.
De lo anterior concluyo que nuestro gobierno ya perdió la batalla mediática mundial. La imagen del país se ha desbarrancado en los últimos meses y esto último es parte de la andanada de cerezas que le caen a este pastel. Lejos están los momentos felices de la visita de los recién casados al Papa; de presumir la casa blanca en la revista emblemática de la nobleza española; de los premios internacionales, o de salir en la portada de la revista Time como el salvador de México.
Tan abismal perdida de “rating” indica que se perdió la guerra de las apariencias y ahora habrá, espero, que pensar en lo substancial. Un primer paso será escuchar en serio y con serenidad los mensajes del exterior.
Es cierto, lamentablemente, que la situación en “de terror”; es cierto que impera la corrupción y la impunidad; y es verdad que ya no se podrá depender de la entrada de capitales externos, del petróleo y de los migrantes para contar con los dólares que nos han permitido ser grandes consumidores de productos importados. No es solo un problema económico; todo apunta a una pérdida de legitimidad de las instituciones en más de un sentido: nuestras elites no saben gobernar, son autoritarias y no se les da la economía (solo las finanzas, que no es lo mismo).
Hay que cambiar de rumbo. Así que ¿por dónde empezar? Diría que por no jugar al avestruz, ni a la dignidad ofendida. Hay problemas muy serios que exigen solución real y no anuncios triunfales sobre, por ejemplo, los miles de comedores militares en los que no se puede comer en familia.
Son tantos los asuntos que es difícil seleccionar donde empezar. Como quiera que sea me brincan a la mente dos, fuertemente interrelacionados: democracia y mercado interno.
Hay un enorme monopolio del poder que no admite disidencia alguna y que nos debilita. No hay municipio libre, sindicatos independientes, comunidades y ejidos autogestionarios, o un congreso y una suprema corte eficaces para marcar límites al ejecutivo y a los poderes fácticos que lo respaldan. Todos estos espacios se han vertebrado y subordinado a un poder superior que no tiene respuestas adecuadas para todos los de abajo. No se permite la inteligencia, organización e iniciativas locales para resolver problemas locales. La toma de decisiones está muy lejos de los ciudadanos.
La democracia real se sustenta en la existencia de actores independientes, capaces de expresar su propia voz, sus intereses y negociarlos en un juego complejo de equilibrios entre todos ellos. Para ello se requiere que todos estos espacios rindan cuentas hacia abajo; hacia la ciudadanía.
Sin embargo hoy en día el gobierno le tiene más miedo a la sociedad organizada (que le pide cambios de fondo) que al crimen organizado (con el que con frecuencia entra en relaciones de complicidad). Lo que existe es una red de complicidades entre actores que se cubren las espaldas unos a otros y que garantiza la impunidad de todos.
Cambiar requiere una reconfiguración institucional de fondo que no se logrará en las siguientes elecciones. Pero servirán para marcar el distanciamiento entre la sociedad y el cuerpo político que dice representarla.
Lo segundo es rehabilitar el mercado interno como motor de una economía incluyente y con bienestar social. No crecemos porque la población se empobrece y ahora la situación empeorará por la enanización de un gobierno de por si pequeño y la disminución de la inversión externa. Más temprano que tarde los inversionistas empezarán a abandonar el barco.
Así que urge recrear las condiciones en las que el campo y la industria puedan producir a plena marcha; en primer lugar con las capacidades que ya tienen. Hay tierra que sembrar, maquinaria y equipos subutilizados y millones en busca de empleo productivo y digno.
Abandonemos la idea de que es imprescindible la inversión externa. Lo que necesitamos es recuperar el mercado nacional para centrar el esfuerzo en producir y consumir lo nuestro. Sobre esa base se puede si, conquistar mercados externos. Esa sería la cereza del pastel; primero hay que cocinar el pastel. Y para eso necesitamos tener el chef que nos merecemos.
Jorge Faljo
No le fue nada bien a México en las notas internacionales de los últimos días. Se publicó un correo personal del Papa, dirigido en confianza a un viejo amigo, en el que refiriéndose a la criminalidad en Argentina le decía: “Ojalá estemos a tiempo de evitar la mexicanización. Estuve hablando con algunos obispos mexicanos y la cosa es de terror”.
Ante la reacción de indignación de la cancillería mexicana Jorge Bergoglio dijo que no tenía la intención de ofender a México. Tal vez el Papa no consideró que su cuate aprovecharía el mensaje para advertir a sus compatriotas argentinos del riesgo en que están. Pero de que lo dijo, lo dijo. Y según el dicho los niños, los borrachos y el Papa siempre dicen la verdad (¿o no era así?).
Casi al mismo tiempo Alejandro González Iñárritu, al recibir en Hollywood el Oscar como director de la mejor película del 2014, convocó a las fuerzas celestiales para cambiar la situación en su país de origen. En uno de los foros más vistos del planeta, de resonancia mediática mundial, con 36 millones de telespectadores, dedicó el premio a sus compatriotas en México y dijo: “Rezo para que podamos encontrar y tener el gobierno que merecemos.”
La ceremonia de entrega de estos premios no es un lugar propicio para discursos políticos ni palabras altisonantes, pero rezar por un buen gobierno no les suena mal a los gringos y el mensaje fue breve pero clarísimo.
Donald Trump, uno de los milmillonarios más seguidos por la prensa mundial, indignado porque un mexicano (Iñárritu) fuera tan aclamado desfogó su rabia en su cuenta de Twitter diciendo que el sistema legal mexicano es corrupto y fue terminante al decir: “No hagan negocios en México.”
Hay que señalar que Trump no es cualquier magnate. Además de una fortuna de cuatro mil millones de dólares, tiene 2.8 millones de seguidores en Twitter; fue conductor de un “reality show” durante tres temporadas; ha escrito varios libros sobre cómo enriquecerse y ha comprado y organizado el concurso Miss Universo. Es decir que, a diferencia de otros súper ricos, a este le gusta mucho llamar la atención, y lo consigue.
De lo anterior concluyo que nuestro gobierno ya perdió la batalla mediática mundial. La imagen del país se ha desbarrancado en los últimos meses y esto último es parte de la andanada de cerezas que le caen a este pastel. Lejos están los momentos felices de la visita de los recién casados al Papa; de presumir la casa blanca en la revista emblemática de la nobleza española; de los premios internacionales, o de salir en la portada de la revista Time como el salvador de México.
Tan abismal perdida de “rating” indica que se perdió la guerra de las apariencias y ahora habrá, espero, que pensar en lo substancial. Un primer paso será escuchar en serio y con serenidad los mensajes del exterior.
Es cierto, lamentablemente, que la situación en “de terror”; es cierto que impera la corrupción y la impunidad; y es verdad que ya no se podrá depender de la entrada de capitales externos, del petróleo y de los migrantes para contar con los dólares que nos han permitido ser grandes consumidores de productos importados. No es solo un problema económico; todo apunta a una pérdida de legitimidad de las instituciones en más de un sentido: nuestras elites no saben gobernar, son autoritarias y no se les da la economía (solo las finanzas, que no es lo mismo).
Hay que cambiar de rumbo. Así que ¿por dónde empezar? Diría que por no jugar al avestruz, ni a la dignidad ofendida. Hay problemas muy serios que exigen solución real y no anuncios triunfales sobre, por ejemplo, los miles de comedores militares en los que no se puede comer en familia.
Son tantos los asuntos que es difícil seleccionar donde empezar. Como quiera que sea me brincan a la mente dos, fuertemente interrelacionados: democracia y mercado interno.
Hay un enorme monopolio del poder que no admite disidencia alguna y que nos debilita. No hay municipio libre, sindicatos independientes, comunidades y ejidos autogestionarios, o un congreso y una suprema corte eficaces para marcar límites al ejecutivo y a los poderes fácticos que lo respaldan. Todos estos espacios se han vertebrado y subordinado a un poder superior que no tiene respuestas adecuadas para todos los de abajo. No se permite la inteligencia, organización e iniciativas locales para resolver problemas locales. La toma de decisiones está muy lejos de los ciudadanos.
La democracia real se sustenta en la existencia de actores independientes, capaces de expresar su propia voz, sus intereses y negociarlos en un juego complejo de equilibrios entre todos ellos. Para ello se requiere que todos estos espacios rindan cuentas hacia abajo; hacia la ciudadanía.
Sin embargo hoy en día el gobierno le tiene más miedo a la sociedad organizada (que le pide cambios de fondo) que al crimen organizado (con el que con frecuencia entra en relaciones de complicidad). Lo que existe es una red de complicidades entre actores que se cubren las espaldas unos a otros y que garantiza la impunidad de todos.
Cambiar requiere una reconfiguración institucional de fondo que no se logrará en las siguientes elecciones. Pero servirán para marcar el distanciamiento entre la sociedad y el cuerpo político que dice representarla.
Lo segundo es rehabilitar el mercado interno como motor de una economía incluyente y con bienestar social. No crecemos porque la población se empobrece y ahora la situación empeorará por la enanización de un gobierno de por si pequeño y la disminución de la inversión externa. Más temprano que tarde los inversionistas empezarán a abandonar el barco.
Así que urge recrear las condiciones en las que el campo y la industria puedan producir a plena marcha; en primer lugar con las capacidades que ya tienen. Hay tierra que sembrar, maquinaria y equipos subutilizados y millones en busca de empleo productivo y digno.
Abandonemos la idea de que es imprescindible la inversión externa. Lo que necesitamos es recuperar el mercado nacional para centrar el esfuerzo en producir y consumir lo nuestro. Sobre esa base se puede si, conquistar mercados externos. Esa sería la cereza del pastel; primero hay que cocinar el pastel. Y para eso necesitamos tener el chef que nos merecemos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)