Faljoritmo
Jorge Faljo
Llevamos en nuestro país décadas de subutilización de recursos productivos, incremento de la dependencia alimentaria, empobrecimiento, emigración, violencia creciente y abandono de las decisiones soberanas. Algunos creemos que ante las evidencias la actual administración ha entreabierto la puerta para revisar la política agropecuaria heredada. Por eso es importante y oportuno revisar una de las experiencias más exitosas a nivel mundial: la Política Agrícola Común de la Unión Europea – la PAC.
Surge después de la segunda guerra mundial y de un largo periodo de severa escasez de alimentos en Europa. Cuando Francia, Alemania del Oeste, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo decidieron fundar la Comunidad Económica Europea como un espacio de libre comercio interno encontraron que también deberían establecer políticas agropecuarias homogéneas. Paz, seguridad alimentaria y desarrollo económico eran los móviles fundamentales de ese acuerdo.
El diseño básico era promover el desarrollo industrial mediante la creación de un gran mercado común sin descuidar el fortalecimiento agropecuario. De esa manera saldrían ganando tanto los países más industrializados como los de mayor potencial agropecuario. Sobre esta base de intereses complementarios y negociación se fueron añadiendo más países hasta configurar la actual Unión Europea con sus 28 países miembros.
La Política Agrícola Común se administra de manera centralizada por los órganos de gobierno de la Unión Europea radicados en Bruselas (Bélgica). Implica un mecanismo de transferencia en el que cada país aporta de acuerdo a su peso económico general y cada país recibe de acuerdo a la importancia de su propia agricultura. Esto ha implicado un continuo conflicto de interés porque algunos países aportan bastante más de lo que reciben (Alemania, Inglaterra, Italia, Holanda) mientras que otros son receptores netos (Polonia, Grecia, Rumania, Hungría e Irlanda). Otros, como Francia y se encuentran más o menos en situación de equilibrio. A pesar de ello las encuestas señalan que la mayor parte de la población europea apoya el PAC.
El objetivo central de la PAC es la seguridad alimentaria y sus objetivos derivados son la rentabilidad de la producción interna y el bienestar de los productores. Para ello Europa instrumentó una estrategia que en nada se parece a la que seguimos en este país.
En su primera etapa, a partir de 1962, Europa aseguró que sus productores pudieran vender a precios rentables. Para conseguir que esos precios no bajen de ciertos mínimos establecieron cuotas y aranceles a las importaciones. Además si el precio cae por debajo de lo establecido el gobierno europeo entra a comprar directamente a los productores hasta restablecer el precio. Esas compras se almacenan o exportan. Podemos hablar de precios de garantía.
La lista de los productos con precios garantizados y que el gobierno entra a comprar directamente en caso necesario incluye cereales, arroz, azúcar, papas, aceite, leche y otros alimentos básicos. También hay esas garantías en cosas que a nosotros nos podrían parecer extrañas, tales como miel, carnes, huevos, frutas y vegetales, flores, aceitunas, chicharos, forrajes, algodón y más. Es decir que es muy amplia la garantía al productor de que lo que produzca podrá venderlo a buen precio.
Al asegurar la rentabilidad tanto de grandes como de pequeños productores, el resultado fue un ritmo de incremento notable de la producción que en pocos años se tradujo en “montañas y lagos” de excedentes alimentarios acumulados en los almacenes públicos. En 2007, por ejemplo, se almacenaban 13.5 millones de toneladas de cereales, arroz, azúcar y derivados lácteos (quesos sobre todo) y de 3.5 millones de hectolitros de alcohol y vino.
Ante tal volumen de excedentes la PAC ha ido cambiando e incluyendo nuevos instrumentos de política. Para deshacerse de los excedentes se subsidiaron las ventas al exterior, se emplearon para apoyo nutricional a grupos vulnerables de adentro y fuera del continente, incluso se destruye lo que se considera invendible al precio adecuado. Los excedentes son un problema para la PAC; aunque un problema de los que ya quisiéramos tener por acá.
La política europea ha sido muy criticada por países del tercer mundo. Su alto nivel de protección de sus productores y de subsidios a la exportación la han convertido en el segundo exportador mundial de productos agropecuarios (después de los Estados Unidos). Pero dado que sus ventas son subsidiadas son vistas como competencia desleal y factor de destrucción de los sectores agropecuarios de otros países. Lo cual es cierto, aunque lo que no entiendo es porque esos países no ponen aranceles a sus importaciones y protegen a sus productores.
Debido a lo difícil de vender sus excedentes la PAC ha transitado a una segunda etapa en la que se desincentiva la producción excesiva por la vía de subsidios directos a los productores a condición de tener prácticas ecológicas.
También se sigue una estrategia de asignación de cuotas de producción por producto, región y productor individual. De este modo cada productor sabe que tiene derecho a producir tanta leche, queso, o vino, por ejemplo. En caso de excederse en más del seis por ciento de su cuota enfrenta diversas penalizaciones.
La Política Agrícola Común ha tenido un éxito resonante en proporcionar seguridad alimentaria a Europa. De hecho ha ido mucho más allá al generar altos volúmenes de producción. Ha logrado notables incrementos de la productividad; solo que para ello empezaron por asegurar la competitividad y la rentabilidad de sus productores. Sobre esa base se consiguió la eficiencia productiva.
Encuestas recientes señalan que el 75 por ciento de la población considera que la PAC conviene a todos los ciudadanos.
Tendríamos mucho que aprender de la estrategia europea y entender cuáles son los verdaderos “secretos” productivos de los poderosos del planeta.
Los invito a reproducir con entera libertad y por cualquier medio los escritos de este blog. Solo espero que, de preferencia, citen su origen.
domingo, 27 de abril de 2014
lunes, 21 de abril de 2014
Putin: Un patriotismo a la rusa.
Faljoritmo
Jorge Faljo
Rusia es el país más grande del mundo y uno de los que tiene menor densidad de población. Sus 17 millones de kilómetros cuadrados, más de ocho veces el tamaño de México, contrastan con tan solo 143 millones de habitantes concentrados en la parte europea. Eso deja a todo el norte de Asia como una zona muy poco poblada y con las mayores reservas energéticas, minerales, de agua dulce y recursos forestales del planeta. Una riqueza que muchos anhelan tener al alcance.
Los pueblos tienen memoria histórica, y en el alma del pueblo ruso existen traumas que provienen de lo más grave que puede ocurrir. Haber estado al borde de la muerte como individuos e incluso como pueblo. Una sensación de que para sobrevivir se requiere de audacia.
Rusia perdió entre 26 y 43 millones de habitantes en la segunda guerra mundial. El cálculo suena muy incierto pero es explicable. Durante décadas esta mortandad fue un secreto de guerra para no revelar el estado de debilidad en que quedó. Además entre 12 y 15 millones de muertos no fueron por causas directas sino asociada a la guerra: como el hambre.
Pero hay otra herida, mucho más cercana y también muy grave. Es la que corresponde al periodo muy traumático de disolución de la Unión Soviética.
Hacia 1985 el sistema de planificación burocrática ya no funcionaba debido a que sus excesos de control impedían el desarrollo de iniciativas personales y locales. El presidente Gorbachov inició un periodo de transformación estructural incluía la apertura al exterior, el retiro de apoyos a sectores y empresas de baja productividad y la apertura política interna (Perestroika y Glasnot). Con ello se aceleró el final del comunismo centralizado.
A fines de 1991 se declaró la disolución de la unión de las trece repúblicas socialistas; lo que se plasmó simbólicamente con el traspaso de los códigos de lanzamiento de los misiles nucleares del presidente soviético al presidente de Rusia el 25 de diciembre de 1991.
Rusia pasó de ser una economía socialista a una del más salvaje capitalismo. Yeltsin, presidente de Rusia de 1991 a 1999 instrumento un choque económico centrado en la liberación de precios y la privatización en gran escala. Por ejemplo, y esto es verídico, el más grande y lujoso hotel de Moscú fue privatizado a un precio inferior al valor del candelabro que colgaba en el vestíbulo de entrada.
Y aún más importante: en 1995 se vendió la empresa petrolera Yukos al ruso Mikhail Khodorkovsky en menos del uno por ciento de su valor real. De burócrata socialista pasó a tener una fortuna calculada en 72 mil millones de dólares. Se privatizó a precios de regalo el 70 por ciento de los bienes públicos de lo que había sido una gran nación. Los beneficiarios fueron una docena de oligarcas que pasaron a controlar la economía, los medios y la política del país.
La gran promesa del periodo fue que la privatización, la liberalización económica, la llegada de capitales externos y la asociación con empresas internacionales de alta tecnología crearían empleos y bienestar generalizado. Pero esta historia ya la conocemos y la estamos viviendo.
Simplemente no se materializó aquel engaño y el resultado fue que la economía rusa se autodestruyó a menos de la mitad de su tamaño previo. Algunas de las riquezas privadas más grandes del planeta se crearon en medio del cierre de empresas y la pérdida de millones de empleos. Los ingresos de la población se hundieron a un nivel de mera supervivencia. Más de 30 millones de rusos subsistían en los noventa con menos de 50 dólares al mes y en 2002 más de cuarenta millones sufrían desnutrición. Se incrementó la mortalidad y la vida media de los rusos se redujo en cinco años; lo que se compara a un periodo de guerra o hambruna.
La caída de la economía y el desmantelamiento del estado ruso abrieron la puerta a una oleada de cambios de gobiernos pro rusos a pro norteamericanos en la esfera de interés ruso (Polonia, Serbia, Hungría, Rumanía, Libia, Checoeslovaquia) o incluso en países que eran parte de la Unión Soviética (Estonia, Letonia, Lituania, Ucrania, Kyrgistan, Uzbekistán, Tadjikistan. Buena parte de estos países se inscribieron en la OTAN, la alianza militar entre Europa y los Estados Unidos e incluso en ellos se establecieron bases militares norteamericanas. Sin olvidar las invasiones a Irak y Afganistán y el asedio a Irán y Siria.
En 1999 ascendió al poder Vladimir Putin, un desconocido que parecía estar en buenos términos con los oligarcas pero que poco a poco fue instrumentando un cambio fundamental. Uno por uno arrestó o expulsó a los grandes oligarcas. En 2000 a Guzinsky, que controlaba los medios privados; en 2003 a Khodorkovsky que había comprado la gigantesca empresa petrolera y planeaba venderla a la Chevron y Exxon norteamericanas sin consultar al gobierno. De hecho la estrategia de los oligarcas era abrir las inmensas riquezas naturales del país a sus asociados externos.
Pero Putin se les atravesó en el camino con una estrategia de recambio de los oligarcas por otros grandes capitalistas que pueden conservar sus riquezas de origen sospechoso siempre y cuando se subordinen al interés del estado ruso y a sus mecanismos de intervención en la economía.
Este cambio de modelo dio lugar al periodo de alto crecimiento económico de 1999 a 2008; (con crisis en 2009 y crecimiento moderado después), que sustentó una importante recuperación de los niveles de bienestar. La desilusión de la etapa de neoliberalismo salvaje, quedó atrás y la mejora económica reforzó la popularidad de la nueva estrategia.
Vladimir Putin enfrentó los grandes poderes fácticos de Rusia y consiguió revertir el modelo oligárquico extranjerizante. Hay que ser claros; no digo que su modelo es democrático, igualitario, transparente y honesto. Pero hay un cambio radical por el hecho de ser un capitalismo ruso más que globalizado, dirigido por un estado fuerte que ha sido capaz de conseguir crecimiento económico y trasminar sus beneficios a la mayoría de la población.
Para un pueblo que se ha sentido al borde de la desaparición la exigencia se reduce a lo elemental: El patriotismo. Y Putin se ha revelado en el momento oportuno de la historia como el líder que encarna una característica clave: un patriotismo audaz que puede enfrentar a los poderes fácticos internos, contener a los internacionales y evitar la desintegración nacional.
Cierto que en el discurso occidental, el de Europa y los Estados Unidos, la confrontación en torno a Crimea y Ucrania se plantea como la defensa de valores democráticos y de libre mercado. Sin embargo en la perspectiva rusa el tema es más elemental: sobrevivencia.
lunes, 14 de abril de 2014
Ucrania; ¿Quién da más?
Faljoritmo
Jorge Faljo
En Ucrania conviven dos grandes grupos: la mayoría de la población de habla ucraniana ubicada sobre todo en el centro, norte y occidente del país y una importante minoría de alrededor del 30 por ciento de ruso parlantes que se concentran en el sur y oriente, en las regiones más cercanas a Rusia. Tal vez la mayoría habla los dos idiomas que a fin de cuentas son muy similares.
Fue en 1991 con la disolución de la Unión Soviética que el país alcanzó la independencia. Su economía se contrajo en un 15 por ciento en la crisis mundial del 2009 y a partir de entonces se estancó. Lo que disminuyó los niveles de vida de la población.
Su economía es predominantemente rural en las regiones de habla ucraniana y sus mayores exportaciones son agropecuarias y minerales. Por otra parte las regiones cercanas a Rusia tienen alguna industria y comercian sobre todo con ese vecino. La balanza comercial tiene un fuerte déficit que es financiado por capitales rusos, endeudamiento externo y medidas insólitas, como rentarle tres millones de hectáreas agrícolas a China. Algo patético que otros países se han negado a aceptar.
Hace seis semanas las manifestaciones masivas derrumbaron al gobierno del presidente Yanukovich. Los motivos del descontento eran fuertes: el deterioro de los niveles de vida y la corrupción rampante por una parte. Pero también la decisión de suspender el proceso de integración a la Unión Europea y virar a favor de la alianza económica con Rusia. En ello influyeron las exigencias de Europa y el Fondo Monetario Internacional de transitar a una economía mayormente privatizada, con ajustes al gasto público, que habría de implicar mayor sacrificio social.
Sin embargo gran parte de la población, tal vez la mayoría, ve en la integración a Europa una ruta de salida del estancamiento económico, la corrupción y el autoritarismo.
En este contexto caótico Rusia se anexó la península de Crimea, de mayoría rusa y donde se encuentra su gran base naval de Sebastopol en un área que era rentada a Ucrania. Un referéndum inmediato mostró que la gran mayoría de la población aprobaba la anexión. Estados Unidos ha repudiado como ilegitima esa votación y anexión.
Ucrania vive fuertes tensiones internas y es factor de disputa internacional. La convivencia interna se ve amenazada. En algunas ciudades de mayoría ruso parlante centenares de manifestantes han tomado edificios públicos en una estrategia que remeda el modo en que fue derribado el gobierno pro ruso de Yanukovich; solo que ellos exigen anexarse a Rusia o, por lo menos, conseguir un mayor grado de autonomía respecto del gobierno central de Ucrania.
El gobierno ucraniano, receloso de las peticiones de autonomía, amenaza con reprimir a los manifestantes pro rusos. El presidente Putin, de Rusia, dijo que no permitiría que se lastime a la población de origen ruso. Algo que es denunciado por los Estados Unidos como amenaza de invasión.
Afortunadamente predominó la prudencia y la ocupación de Crimea no derivó en violencia. Puestos frente a frente ambos bandos llegaron a tratarse con respeto y hay anécdotas de que en algunos puntos hasta compartieron alimentos o jugaron futbol.
Rusia provee alrededor del 30 por ciento de las necesidades energéticas de Europa y casi la mitad de este suministro transcurre por ductos que atraviesan el territorio ucraniano. Como parte del alquiler de la base militar naval de Sebastopol en Crimea Rusia le vendía gas a Ucrania a un precio subsidiado. En las nuevas condiciones le subió el precio del gas en un 80 por ciento.
El presidente ruso, Putin, acusa a Europa de tratar a Ucrania como mero proveedor agropecuario y minero al tiempo que le venden productos químicos e industriales; lo cual le generó un déficit comercial estructural. Así remarca que Rusia si le compra a Ucrania productos industriales dando lugar a un intercambio más equilibrado con las regiones ruso parlantes.
Las potencias han acordado un encuentro, la semana que entra, entre Estados Unidos, Europa, Rusia y el gobierno provisional de Ucrania (que ha convocado a elecciones en el mes de mayo). La negociación será difícil.
Putin les escribió a 18 gobiernos europeos que exige el inmediato pago de la deuda de gas de Ucrania que alcanza los 2.2 mil millones de dólares. Les recuerda que durante años subsidió el consumo de gas de Ucrania pero que ahora esto debe ser una responsabilidad compartida. Y señala que en caso de que no se pague esta deuda podrá llegar a la suspensión del suministro. Exige seguridad en el paso del gas a Europa sin que Ucrania “ordeñe” este abasto. En la práctica le exige a Europa que pague la deuda de Ucrania o se quedan sin gas. La amenaza es fuerte.
Lo que Europa y los Estados Unidos van a encontrar es que atraer a Ucrania a su esfera de influencia les va a salir sumamente costoso: cubrir sus deudas, financiar su déficit y levantar su economía es algo que no hicieron por Grecia, Portugal o España. ¿Por qué lo van a hacer por Ucrania? Alemania, la de mayor capacidad económica no lo aceptará.
Creo que inevitablemente tendrán que avanzar en el sentido de la propuesta rusa para crear un estado federado con regiones bastante autónomas en las que unas se inclinarían hacia Europa, que por cierto no levanta el vuelo y su población se empobrece. Así que muy posiblemente los ucranianos se desilusionarán. Otras regiones fortalecerían sus lazos con Rusia en un comercio marcado por la conveniencia geopolítica y decisiones de estado, no de mercado. Les podría ir mejor.
Jorge Faljo
En Ucrania conviven dos grandes grupos: la mayoría de la población de habla ucraniana ubicada sobre todo en el centro, norte y occidente del país y una importante minoría de alrededor del 30 por ciento de ruso parlantes que se concentran en el sur y oriente, en las regiones más cercanas a Rusia. Tal vez la mayoría habla los dos idiomas que a fin de cuentas son muy similares.
Fue en 1991 con la disolución de la Unión Soviética que el país alcanzó la independencia. Su economía se contrajo en un 15 por ciento en la crisis mundial del 2009 y a partir de entonces se estancó. Lo que disminuyó los niveles de vida de la población.
Su economía es predominantemente rural en las regiones de habla ucraniana y sus mayores exportaciones son agropecuarias y minerales. Por otra parte las regiones cercanas a Rusia tienen alguna industria y comercian sobre todo con ese vecino. La balanza comercial tiene un fuerte déficit que es financiado por capitales rusos, endeudamiento externo y medidas insólitas, como rentarle tres millones de hectáreas agrícolas a China. Algo patético que otros países se han negado a aceptar.
Hace seis semanas las manifestaciones masivas derrumbaron al gobierno del presidente Yanukovich. Los motivos del descontento eran fuertes: el deterioro de los niveles de vida y la corrupción rampante por una parte. Pero también la decisión de suspender el proceso de integración a la Unión Europea y virar a favor de la alianza económica con Rusia. En ello influyeron las exigencias de Europa y el Fondo Monetario Internacional de transitar a una economía mayormente privatizada, con ajustes al gasto público, que habría de implicar mayor sacrificio social.
Sin embargo gran parte de la población, tal vez la mayoría, ve en la integración a Europa una ruta de salida del estancamiento económico, la corrupción y el autoritarismo.
En este contexto caótico Rusia se anexó la península de Crimea, de mayoría rusa y donde se encuentra su gran base naval de Sebastopol en un área que era rentada a Ucrania. Un referéndum inmediato mostró que la gran mayoría de la población aprobaba la anexión. Estados Unidos ha repudiado como ilegitima esa votación y anexión.
Ucrania vive fuertes tensiones internas y es factor de disputa internacional. La convivencia interna se ve amenazada. En algunas ciudades de mayoría ruso parlante centenares de manifestantes han tomado edificios públicos en una estrategia que remeda el modo en que fue derribado el gobierno pro ruso de Yanukovich; solo que ellos exigen anexarse a Rusia o, por lo menos, conseguir un mayor grado de autonomía respecto del gobierno central de Ucrania.
El gobierno ucraniano, receloso de las peticiones de autonomía, amenaza con reprimir a los manifestantes pro rusos. El presidente Putin, de Rusia, dijo que no permitiría que se lastime a la población de origen ruso. Algo que es denunciado por los Estados Unidos como amenaza de invasión.
Afortunadamente predominó la prudencia y la ocupación de Crimea no derivó en violencia. Puestos frente a frente ambos bandos llegaron a tratarse con respeto y hay anécdotas de que en algunos puntos hasta compartieron alimentos o jugaron futbol.
Rusia provee alrededor del 30 por ciento de las necesidades energéticas de Europa y casi la mitad de este suministro transcurre por ductos que atraviesan el territorio ucraniano. Como parte del alquiler de la base militar naval de Sebastopol en Crimea Rusia le vendía gas a Ucrania a un precio subsidiado. En las nuevas condiciones le subió el precio del gas en un 80 por ciento.
El presidente ruso, Putin, acusa a Europa de tratar a Ucrania como mero proveedor agropecuario y minero al tiempo que le venden productos químicos e industriales; lo cual le generó un déficit comercial estructural. Así remarca que Rusia si le compra a Ucrania productos industriales dando lugar a un intercambio más equilibrado con las regiones ruso parlantes.
Las potencias han acordado un encuentro, la semana que entra, entre Estados Unidos, Europa, Rusia y el gobierno provisional de Ucrania (que ha convocado a elecciones en el mes de mayo). La negociación será difícil.
Putin les escribió a 18 gobiernos europeos que exige el inmediato pago de la deuda de gas de Ucrania que alcanza los 2.2 mil millones de dólares. Les recuerda que durante años subsidió el consumo de gas de Ucrania pero que ahora esto debe ser una responsabilidad compartida. Y señala que en caso de que no se pague esta deuda podrá llegar a la suspensión del suministro. Exige seguridad en el paso del gas a Europa sin que Ucrania “ordeñe” este abasto. En la práctica le exige a Europa que pague la deuda de Ucrania o se quedan sin gas. La amenaza es fuerte.
Lo que Europa y los Estados Unidos van a encontrar es que atraer a Ucrania a su esfera de influencia les va a salir sumamente costoso: cubrir sus deudas, financiar su déficit y levantar su economía es algo que no hicieron por Grecia, Portugal o España. ¿Por qué lo van a hacer por Ucrania? Alemania, la de mayor capacidad económica no lo aceptará.
Creo que inevitablemente tendrán que avanzar en el sentido de la propuesta rusa para crear un estado federado con regiones bastante autónomas en las que unas se inclinarían hacia Europa, que por cierto no levanta el vuelo y su población se empobrece. Así que muy posiblemente los ucranianos se desilusionarán. Otras regiones fortalecerían sus lazos con Rusia en un comercio marcado por la conveniencia geopolítica y decisiones de estado, no de mercado. Les podría ir mejor.
lunes, 7 de abril de 2014
Europa: entre la espada y la pared
Faljoritmo
Jorge Faljo
Europa sigue mal. No logra recuperarse de la crisis del 2009. La media de desempleo es superior al 12 por ciento y llega a casi el doble en algunos países del sur. Los salarios reales han bajado para, supuestamente, adquirir competitividad y exportar más; lo que habría de generar más empleo e inversión. Sin embargo en 2012 su economía se redujo en un 0.4 por ciento y en 2013 creció a apenas un 0.1 por ciento. Este año empieza creciendo al 0.3 por ciento lo que no es suficiente para salir del agujero.
Sus gobiernos se encuentran entre la espada y la pared: pagar su deuda o proporcionar servicios básicos a la población. Aunque han hecho esfuerzos por desendeudarse, a un alto costo social, la deuda gubernamental del continente se ubica en un nivel histórico, equivale al 93 por ciento del Producto Interno Bruto.
Ahora un nuevo peligro amenaza esa endeble recuperación: Su nivel de inflación es demasiado bajo, de apenas el 0.5 por ciento anual y podría llegar a una situación de deflación. El riesgo es que produzca una situación de baja generalizada y permanente de los precios en una espiral sin fondo. De hecho en España el año pasado los precios se redujeron en un 0.2 por ciento.
A primera vista esto no suena tan mal sobre todo si nos han hecho creer que el verdadero mal es la inflación. Pero resulta que una inflación moderada puede ser muy positiva y la deflación es en cambio muy peligrosa, sobre todo en una situación como la que vive Europa y de hecho el mundo entero.
Cuando la inflación es alta todos corremos a comprar apenas antes de que nos suban los precios. La situación es desagradable pero el hecho es que en épocas de inflación se vende aceleradamente y eso mismo significa fábricas trabajando y empleo. El riesgo es quedarse rezagado en el aumento de precios.
Pero cuando los precios van a la baja todo mundo, sobre todo si de por si tiene poco dinero, prefiere esperar las ofertas y estas ocurren pero no porque todo vaya bien sino porque las empresas al no poder vender reducen sus precios en una competencia feroz en la que todas pierden. Más que ofertas son remates y quiebras; se genera desempleo. Obviamente tampoco hay inversión productiva cuando lo que se tiene es un mercado saturado con mercancía invendible.
La situación es tan amenazante que todos los lideres financieros de Europa, el presidente del banco central y los de los bancos centrales nacionales, así como el Fondo Monetario Internacional, declaran la necesidad de poner en marcha políticas monetarias no convencionales. Es decir aquello que los neoliberales bien portados no harían.
Una de estas políticas sería bajar aún más la tasa de interés de referencia que ahora es de 0.25 por ciento y llevar los intereses que paga el banco central a los bancos privados a márgenes negativos. Esto podría forzar a los bancos a prestar en lugar de almacenar el dinero y tener pérdidas.
Pero la perla madre de todas las políticas no convencionales y que ahora es aceptada incluso por el presidente del banco central alemán, el más conservador, es lo que se llama “quantitative easing”. Lo que en lenguaje llano significa simplemente echar a andar la máquina de imprimir dinero. Produciendo dinero el banco central puede comprar la deuda pública en manos de los inversionistas privados que se verían obligados a buscarse otro negocio. La abundancia de dinero en el sistema reduciría su valor a prácticamente cero, lo que facilitaría el desendeudamiento de gobiernos y familias.
Tal vez lo más importante es que muchos capitales buscarían salirse del euro y esto provocaría alguna devaluación. De este modo las importaciones costarían más caras y se daría un proceso de substitución de importaciones con producción interna. No sería un experimento loco. El quantitative easing se ha puesto a prueba en Estados Unidos, Europa y Japón y les ha resultado muy positivo; los ha alejado del borde del abismo.
Las decisiones que hay que tomar y su instrumentación son simples pero conciernen a intereses contrarios. De un lado seguir protegiendo una acumulación de capital financiero excesiva y cada vez más destructiva de la economía real; del otro transferir capacidades de compra a la mayoría para que su demanda reactive la producción y el empleo.
Tal vez el problema de fondo es que la solución está en manos de tecnócratas blindados en sus autonomías en lugar de aquellos elegidos por el voto popular y que le deben rendir cuentas a la población.
Jorge Faljo
Europa sigue mal. No logra recuperarse de la crisis del 2009. La media de desempleo es superior al 12 por ciento y llega a casi el doble en algunos países del sur. Los salarios reales han bajado para, supuestamente, adquirir competitividad y exportar más; lo que habría de generar más empleo e inversión. Sin embargo en 2012 su economía se redujo en un 0.4 por ciento y en 2013 creció a apenas un 0.1 por ciento. Este año empieza creciendo al 0.3 por ciento lo que no es suficiente para salir del agujero.
Sus gobiernos se encuentran entre la espada y la pared: pagar su deuda o proporcionar servicios básicos a la población. Aunque han hecho esfuerzos por desendeudarse, a un alto costo social, la deuda gubernamental del continente se ubica en un nivel histórico, equivale al 93 por ciento del Producto Interno Bruto.
Ahora un nuevo peligro amenaza esa endeble recuperación: Su nivel de inflación es demasiado bajo, de apenas el 0.5 por ciento anual y podría llegar a una situación de deflación. El riesgo es que produzca una situación de baja generalizada y permanente de los precios en una espiral sin fondo. De hecho en España el año pasado los precios se redujeron en un 0.2 por ciento.
A primera vista esto no suena tan mal sobre todo si nos han hecho creer que el verdadero mal es la inflación. Pero resulta que una inflación moderada puede ser muy positiva y la deflación es en cambio muy peligrosa, sobre todo en una situación como la que vive Europa y de hecho el mundo entero.
Cuando la inflación es alta todos corremos a comprar apenas antes de que nos suban los precios. La situación es desagradable pero el hecho es que en épocas de inflación se vende aceleradamente y eso mismo significa fábricas trabajando y empleo. El riesgo es quedarse rezagado en el aumento de precios.
Pero cuando los precios van a la baja todo mundo, sobre todo si de por si tiene poco dinero, prefiere esperar las ofertas y estas ocurren pero no porque todo vaya bien sino porque las empresas al no poder vender reducen sus precios en una competencia feroz en la que todas pierden. Más que ofertas son remates y quiebras; se genera desempleo. Obviamente tampoco hay inversión productiva cuando lo que se tiene es un mercado saturado con mercancía invendible.
La situación es tan amenazante que todos los lideres financieros de Europa, el presidente del banco central y los de los bancos centrales nacionales, así como el Fondo Monetario Internacional, declaran la necesidad de poner en marcha políticas monetarias no convencionales. Es decir aquello que los neoliberales bien portados no harían.
Una de estas políticas sería bajar aún más la tasa de interés de referencia que ahora es de 0.25 por ciento y llevar los intereses que paga el banco central a los bancos privados a márgenes negativos. Esto podría forzar a los bancos a prestar en lugar de almacenar el dinero y tener pérdidas.
Pero la perla madre de todas las políticas no convencionales y que ahora es aceptada incluso por el presidente del banco central alemán, el más conservador, es lo que se llama “quantitative easing”. Lo que en lenguaje llano significa simplemente echar a andar la máquina de imprimir dinero. Produciendo dinero el banco central puede comprar la deuda pública en manos de los inversionistas privados que se verían obligados a buscarse otro negocio. La abundancia de dinero en el sistema reduciría su valor a prácticamente cero, lo que facilitaría el desendeudamiento de gobiernos y familias.
Tal vez lo más importante es que muchos capitales buscarían salirse del euro y esto provocaría alguna devaluación. De este modo las importaciones costarían más caras y se daría un proceso de substitución de importaciones con producción interna. No sería un experimento loco. El quantitative easing se ha puesto a prueba en Estados Unidos, Europa y Japón y les ha resultado muy positivo; los ha alejado del borde del abismo.
Las decisiones que hay que tomar y su instrumentación son simples pero conciernen a intereses contrarios. De un lado seguir protegiendo una acumulación de capital financiero excesiva y cada vez más destructiva de la economía real; del otro transferir capacidades de compra a la mayoría para que su demanda reactive la producción y el empleo.
Tal vez el problema de fondo es que la solución está en manos de tecnócratas blindados en sus autonomías en lugar de aquellos elegidos por el voto popular y que le deben rendir cuentas a la población.
lunes, 31 de marzo de 2014
Dime cuánto ganas… y te diré cuánto vives
Faljoritmo
Jorge Faljo
La relación entre el nivel de ingreso, el bienestar a lo largo de la vida y el tiempo que se puede vivir se ha modificado de manera substancial en el último siglo. La mayor parte de la población vive ahora mejor de lo que se vivía hace un siglo. Hoy hay mayor acceso a agua potable; la urbanización ha generalizado el alcantarillado y un mejor manejo de desechos; hay nuevas vacunas, antibióticos y atención básica en salud que nos protegen de enfermedades. Ha mejorado la alimentación de la mayoría.
Un bebé nacido en 2014 tiene la expectativa de una vida bastante más larga que si hubiera nacido en 1914. Esto en base a factores que influyen en la vida de todos. Además existen elementos solo al alcance de minorías que favorecen un estilo de vida más saludable, cuidados de salud sofisticados y otras ventajas. Así que aunque la mejora en bienestar y vida es general no es pareja. En adelante me referiré a datos norteamericanos para ilustrar este asunto.
En los últimos treinta y cinco años la población que alcanza los 65 años de edad ha elevado su expectativa de vida en seis años si se ubica dentro de la mitad de la población de mayor ingreso y tan solo en 1.3 años si es parte de la mitad de menos ingreso. Todos han elevado su expectativa de vida pero la tendencia es clara; los que están en mejor situación económica la están elevando mucho más rápido que los demás.
Es un asunto de creciente interés dentro de los Estados Unidos. Universidades, investigadores, gobiernos locales y hacedores de política se interesan en estudiar con mayor precisión este tema y en reflexionar sobre sus consecuencias para las políticas y programas públicos.
Una investigación reciente compara la situación de dos condados norteamericanos (similares a municipios). Fairfax, con un ingreso medio por hogar de 107 mil dólares anuales, entre los más altos de los Estados Unidos, tiene un alto nivel de empleo y educación y buena parte de la población trabaja para empresas de alta tecnología que son contratistas del ejército norteamericano.
McDowell es otro condado, entre los más pobres y con apenas la quinta parte del ingreso por hogar. Carece de industria y el declive de la producción de minas de carbón ha llevado a mucha gente al desempleo. Paradójicamente también vive del gasto público; solo que en este caso de las ayudas al desempleo, a la nutrición y a la vejez.
En el condado rico abundan los doctores, hospitales, supermercados, restaurantes, tiendas de frutas y verduras, centros de cuidados para adultos mayores, escuelas del más alto nivel, espacios deportivos y recreativos públicos y servicios gubernamentales de excelencia. La población vive con altos niveles de seguridad pública, económica y confianza en el futuro.
En el condado pobre hay carencias de todo tipo; la infraestructura es mala y el transporte público casi inexistente. La principal fuente de nutrición son las cadenas de comida rápida y la obesidad es endémica. Además los problemas de diabetes, tabaquismo, corazón o riñones son más altos. Cerca de la mitad de la población muere antes de los cincuenta años. A ello contribuye una situación de stress continuado en que vive su población.
Hoy en día los hombres de Fairfax tienen una expectativa de vida de 82 años y las mujeres de 85. Para los hombres de MacDowell la expectativa es de 64 años y para las mujeres de 73. Cifras que son uno y dos años menos, respectivamente, que en 1990. Es decir que mientras los primeros elevaron su rango de vida los segundos podrían haberlo disminuido. No se puede afirmar con seguridad debido a que muchos han emigrado y esto podría alterar los resultados si, por ejemplo, los que se fueron eran los más sanos.
Existen otros estudios que comparan nivel de ingreso y longevidad en grandes ciudades norteamericanas. Son más precisos en tanto que comparan áreas más delimitadas, en este caso zonas postales. Resulta que en estas grandes ciudades las diferencias de longevidad entre las zonas postales más ricas y las más pobres pueden ser de 18, 24, 30 o incluso 33 años.
Aunque no se cuenta todavía con la precisión deseable los indicios son contundentes. La población más rica ha mejorado notablemente su expectativa de vida en los últimos 30 años mientras que los más pobres la han mejorado poco. La diferencia es notable. Los más pobres viven no solo con menos bienestar, sino entre 15 y 25 años menos que los más ricos.
Estamos hablando de una perspectiva de la inequidad socioeconómica que debe ser considerada en el diseño de políticas públicas. Sería el colmo elevar la edad de retiro o posponer el derecho a alguna modesta pensión debido a que las cifras generales indican que vivimos y podemos trabajar hasta una mayor edad. Es tanto como pedir que los pobres trabajen más años debido a que los ricos viven más tiempo.
Hoy en día los más pobres tienen suerte si logran trabajar hasta morir a los 65 o 70 años. Mientras que los más ricos pueden disfrutar un par de décadas de retiro en buenas condiciones. La desigualdad es canija.
Jorge Faljo
La relación entre el nivel de ingreso, el bienestar a lo largo de la vida y el tiempo que se puede vivir se ha modificado de manera substancial en el último siglo. La mayor parte de la población vive ahora mejor de lo que se vivía hace un siglo. Hoy hay mayor acceso a agua potable; la urbanización ha generalizado el alcantarillado y un mejor manejo de desechos; hay nuevas vacunas, antibióticos y atención básica en salud que nos protegen de enfermedades. Ha mejorado la alimentación de la mayoría.
Un bebé nacido en 2014 tiene la expectativa de una vida bastante más larga que si hubiera nacido en 1914. Esto en base a factores que influyen en la vida de todos. Además existen elementos solo al alcance de minorías que favorecen un estilo de vida más saludable, cuidados de salud sofisticados y otras ventajas. Así que aunque la mejora en bienestar y vida es general no es pareja. En adelante me referiré a datos norteamericanos para ilustrar este asunto.
En los últimos treinta y cinco años la población que alcanza los 65 años de edad ha elevado su expectativa de vida en seis años si se ubica dentro de la mitad de la población de mayor ingreso y tan solo en 1.3 años si es parte de la mitad de menos ingreso. Todos han elevado su expectativa de vida pero la tendencia es clara; los que están en mejor situación económica la están elevando mucho más rápido que los demás.
Es un asunto de creciente interés dentro de los Estados Unidos. Universidades, investigadores, gobiernos locales y hacedores de política se interesan en estudiar con mayor precisión este tema y en reflexionar sobre sus consecuencias para las políticas y programas públicos.
Una investigación reciente compara la situación de dos condados norteamericanos (similares a municipios). Fairfax, con un ingreso medio por hogar de 107 mil dólares anuales, entre los más altos de los Estados Unidos, tiene un alto nivel de empleo y educación y buena parte de la población trabaja para empresas de alta tecnología que son contratistas del ejército norteamericano.
McDowell es otro condado, entre los más pobres y con apenas la quinta parte del ingreso por hogar. Carece de industria y el declive de la producción de minas de carbón ha llevado a mucha gente al desempleo. Paradójicamente también vive del gasto público; solo que en este caso de las ayudas al desempleo, a la nutrición y a la vejez.
En el condado rico abundan los doctores, hospitales, supermercados, restaurantes, tiendas de frutas y verduras, centros de cuidados para adultos mayores, escuelas del más alto nivel, espacios deportivos y recreativos públicos y servicios gubernamentales de excelencia. La población vive con altos niveles de seguridad pública, económica y confianza en el futuro.
En el condado pobre hay carencias de todo tipo; la infraestructura es mala y el transporte público casi inexistente. La principal fuente de nutrición son las cadenas de comida rápida y la obesidad es endémica. Además los problemas de diabetes, tabaquismo, corazón o riñones son más altos. Cerca de la mitad de la población muere antes de los cincuenta años. A ello contribuye una situación de stress continuado en que vive su población.
Hoy en día los hombres de Fairfax tienen una expectativa de vida de 82 años y las mujeres de 85. Para los hombres de MacDowell la expectativa es de 64 años y para las mujeres de 73. Cifras que son uno y dos años menos, respectivamente, que en 1990. Es decir que mientras los primeros elevaron su rango de vida los segundos podrían haberlo disminuido. No se puede afirmar con seguridad debido a que muchos han emigrado y esto podría alterar los resultados si, por ejemplo, los que se fueron eran los más sanos.
Existen otros estudios que comparan nivel de ingreso y longevidad en grandes ciudades norteamericanas. Son más precisos en tanto que comparan áreas más delimitadas, en este caso zonas postales. Resulta que en estas grandes ciudades las diferencias de longevidad entre las zonas postales más ricas y las más pobres pueden ser de 18, 24, 30 o incluso 33 años.
Aunque no se cuenta todavía con la precisión deseable los indicios son contundentes. La población más rica ha mejorado notablemente su expectativa de vida en los últimos 30 años mientras que los más pobres la han mejorado poco. La diferencia es notable. Los más pobres viven no solo con menos bienestar, sino entre 15 y 25 años menos que los más ricos.
Estamos hablando de una perspectiva de la inequidad socioeconómica que debe ser considerada en el diseño de políticas públicas. Sería el colmo elevar la edad de retiro o posponer el derecho a alguna modesta pensión debido a que las cifras generales indican que vivimos y podemos trabajar hasta una mayor edad. Es tanto como pedir que los pobres trabajen más años debido a que los ricos viven más tiempo.
Hoy en día los más pobres tienen suerte si logran trabajar hasta morir a los 65 o 70 años. Mientras que los más ricos pueden disfrutar un par de décadas de retiro en buenas condiciones. La desigualdad es canija.
domingo, 23 de marzo de 2014
Desempleo: el miedo de todos
Jorge Faljo
El último informe emitido por la Organización Internacional del Trabajo –OIT, se titula “¿Recuperación sin empleos?”. Su mensaje es que existe una débil recuperación económica después de la gran recesión iniciada en el 2008 pero que esta no se traduce en creación de empleos y más que algo pasajero parece una tendencia permanente. En 2013 se alcanzó la cifra de 202 millones de personas en busca de trabajo sin poder encontrarlo. Otros 23 millones no se consideraron desempleados porque, desalentados, dejaron de buscar empleo.
Centenares de millones de trabajadores no ganan lo suficiente para satisfacer mínimos de bienestar. Cerca de 839 millones de trabajadores tuvieron que sobrevivir con menos de dos dólares al día en 2013 y otros 375 millones con menos de 1.25 dólares al día.
Christine Lagarde, Directora General del Fondo Monetario Internacional, señaló que Europa emerge lentamente de una profunda recesión. Pero 20 millones de europeos siguen desempleados y la mitad de ellos tienen más de un año en esa situación. Los más vulnerables son los jóvenes.
Janet Yellen, la presidenta del sistema de la reserva federal norteamericana, anunció que la política monetaria de bajas tasas de interés –cercanas a cero- continuará incluso después de que el desempleo norteamericano se reduzca al 6.5 por ciento. Esto se debe a que el desempleo norteamericano se reduce debido a que muchos dejan de buscar empleo y otros tienen empleos de tiempo parcial que no les satisfacen. Es decir que en el fondo no hay una real mejoría.
Estas fuentes comparten elementos de diagnóstico: El crecimiento económico, de por si bajo, no está generando empleos suficientes y adecuado. La razón de fondo es la insuficiencia de la demanda. No se crece más rápido porque la capacidad de compra está estancada o en deterioro.
Nos encontramos, en el planeta entero, en un círculo vicioso. Crece el desempleo y con ello el deterioro de las condiciones laborales y del ingreso. Esto a su vez implica poca capacidad de demanda, debilitamiento del mercado interno y dificultades para que las empresas coloquen su producción en el mercado. Lo que hace quebrar a las empresas que mayor empleo generan, agravando la situación.
Para la OIT, Lagarde y Yellen no habrá real recuperación en tanto que no se consiga reintegrar a los desempleados al trabajo formal, por lo menos al nivel existente antes del 2008. Tal objetivo requiere considerar la generación de empleos como un eje del diseño de las políticas macroeconómicas.
México no se encuentra fuera de este agujero negro. El mercado interno se encuentra deprimido. El Instituto Nacional de Geografía y Estadística reporta una caída de 0.3 por ciento de las ventas al por menor en enero de este año comparado con el año anterior. Por su parte la asociación de tiendas departamentales reportó una caída de un 1.7 por ciento de sus ventas en enero. Los datos indican una reducción del consumo de la mayor parte de la población.
Nuestro sector privado le apuesta a demandar mayor rapidez en el desembolso del gasto público y el gobierno parece haber aprendido la lección. El presidente Peña Nieto le ha indicado a todas las dependencias públicas que aceleren el desembolso. Pero ¿es esa toda la respuesta posible? ¿Es suficiente?
La actual administración ha reconocido, en boca del secretario de Hacienda, Videgaray, que llevamos tres décadas de crecimiento insuficiente, inaceptable. Ya es hora de cuestionar aspectos de la estrategia económica de ese periodo que parecen permanecer por inercia más que racionalidad.
Para empezar es urgente revertir el proceso de empobrecimiento de la masa de trabajadores. Hay que empezar a elevar el ingreso real de la mayoría de manera substancial y sostenida. He dicho antes que si eleváramos el salario mínimo real en 12 por ciento anual tardaríamos quince años en llegar al nivel de ingreso real que existía en 1978. Es una meta realista.
Urge elevar el nivel de ingreso de la población, pero ello no es viable si se traduce en demanda de productos importados. Por lo contrario, debe hacerse en paralelo a la reactivación de las múltiples capacidades productivas que existen en el medio rural y manufacturero, de manera tal que el fortalecimiento del mercado interno se traduzca en fortalecimiento de la producción y viceversa.
Adicionalmente habría que combatir la intermediación excesiva y la ganancia monopólica. Para ello se requieren mecanismos legales e incluso intervenciones directas del estado o apoyos a las organizaciones de productores para participar y o crear nuevos canales de comercialización.
Un tercer eje estaría en la reactivación de capacidades productivas convencionales, medianas y pequeñas, como proveedores de los actuales programas de atención social a población vulnerable, pobres, tercera edad y otros. Lo que no implica ampliación del gasto sino su reorientación para que la demanda que genere el estado sea detonador de la reactivación productiva del sector social.
Debemos plantearnos una redistribución del ingreso que no reduzca el consumo de nadie (ni de los más ricos) pero que si transfiera recursos que hoy en día no se traducen en consumo o en inversión creadora de empleos para generar demanda. Un fortalecimiento de la demanda que se conecte a producción interna como eje generador de un empleo que incremente la equidad y, sobre todo, la paz y seguridad en nuestra sociedad.
El último informe emitido por la Organización Internacional del Trabajo –OIT, se titula “¿Recuperación sin empleos?”. Su mensaje es que existe una débil recuperación económica después de la gran recesión iniciada en el 2008 pero que esta no se traduce en creación de empleos y más que algo pasajero parece una tendencia permanente. En 2013 se alcanzó la cifra de 202 millones de personas en busca de trabajo sin poder encontrarlo. Otros 23 millones no se consideraron desempleados porque, desalentados, dejaron de buscar empleo.
Centenares de millones de trabajadores no ganan lo suficiente para satisfacer mínimos de bienestar. Cerca de 839 millones de trabajadores tuvieron que sobrevivir con menos de dos dólares al día en 2013 y otros 375 millones con menos de 1.25 dólares al día.
Christine Lagarde, Directora General del Fondo Monetario Internacional, señaló que Europa emerge lentamente de una profunda recesión. Pero 20 millones de europeos siguen desempleados y la mitad de ellos tienen más de un año en esa situación. Los más vulnerables son los jóvenes.
Janet Yellen, la presidenta del sistema de la reserva federal norteamericana, anunció que la política monetaria de bajas tasas de interés –cercanas a cero- continuará incluso después de que el desempleo norteamericano se reduzca al 6.5 por ciento. Esto se debe a que el desempleo norteamericano se reduce debido a que muchos dejan de buscar empleo y otros tienen empleos de tiempo parcial que no les satisfacen. Es decir que en el fondo no hay una real mejoría.
Estas fuentes comparten elementos de diagnóstico: El crecimiento económico, de por si bajo, no está generando empleos suficientes y adecuado. La razón de fondo es la insuficiencia de la demanda. No se crece más rápido porque la capacidad de compra está estancada o en deterioro.
Nos encontramos, en el planeta entero, en un círculo vicioso. Crece el desempleo y con ello el deterioro de las condiciones laborales y del ingreso. Esto a su vez implica poca capacidad de demanda, debilitamiento del mercado interno y dificultades para que las empresas coloquen su producción en el mercado. Lo que hace quebrar a las empresas que mayor empleo generan, agravando la situación.
Para la OIT, Lagarde y Yellen no habrá real recuperación en tanto que no se consiga reintegrar a los desempleados al trabajo formal, por lo menos al nivel existente antes del 2008. Tal objetivo requiere considerar la generación de empleos como un eje del diseño de las políticas macroeconómicas.
México no se encuentra fuera de este agujero negro. El mercado interno se encuentra deprimido. El Instituto Nacional de Geografía y Estadística reporta una caída de 0.3 por ciento de las ventas al por menor en enero de este año comparado con el año anterior. Por su parte la asociación de tiendas departamentales reportó una caída de un 1.7 por ciento de sus ventas en enero. Los datos indican una reducción del consumo de la mayor parte de la población.
Nuestro sector privado le apuesta a demandar mayor rapidez en el desembolso del gasto público y el gobierno parece haber aprendido la lección. El presidente Peña Nieto le ha indicado a todas las dependencias públicas que aceleren el desembolso. Pero ¿es esa toda la respuesta posible? ¿Es suficiente?
La actual administración ha reconocido, en boca del secretario de Hacienda, Videgaray, que llevamos tres décadas de crecimiento insuficiente, inaceptable. Ya es hora de cuestionar aspectos de la estrategia económica de ese periodo que parecen permanecer por inercia más que racionalidad.
Para empezar es urgente revertir el proceso de empobrecimiento de la masa de trabajadores. Hay que empezar a elevar el ingreso real de la mayoría de manera substancial y sostenida. He dicho antes que si eleváramos el salario mínimo real en 12 por ciento anual tardaríamos quince años en llegar al nivel de ingreso real que existía en 1978. Es una meta realista.
Urge elevar el nivel de ingreso de la población, pero ello no es viable si se traduce en demanda de productos importados. Por lo contrario, debe hacerse en paralelo a la reactivación de las múltiples capacidades productivas que existen en el medio rural y manufacturero, de manera tal que el fortalecimiento del mercado interno se traduzca en fortalecimiento de la producción y viceversa.
Adicionalmente habría que combatir la intermediación excesiva y la ganancia monopólica. Para ello se requieren mecanismos legales e incluso intervenciones directas del estado o apoyos a las organizaciones de productores para participar y o crear nuevos canales de comercialización.
Un tercer eje estaría en la reactivación de capacidades productivas convencionales, medianas y pequeñas, como proveedores de los actuales programas de atención social a población vulnerable, pobres, tercera edad y otros. Lo que no implica ampliación del gasto sino su reorientación para que la demanda que genere el estado sea detonador de la reactivación productiva del sector social.
Debemos plantearnos una redistribución del ingreso que no reduzca el consumo de nadie (ni de los más ricos) pero que si transfiera recursos que hoy en día no se traducen en consumo o en inversión creadora de empleos para generar demanda. Un fortalecimiento de la demanda que se conecte a producción interna como eje generador de un empleo que incremente la equidad y, sobre todo, la paz y seguridad en nuestra sociedad.
jueves, 20 de marzo de 2014
Crimea
Jorge Faljo
La anexión de la península de Crimea a Rusia es motivo de un severo conflicto diplomático entre los Estados Unidos y Europa de un lado y la federación rusa del otro. Amenaza el retorno de la guerra fría que por décadas asoló al planeta en un conflicto soterrado, plagado de presiones mutuas y siempre con el fantasma de una escalada de violencia que desde entonces, y más ahora, sería suicida.
Crimea es una península ubicada en el norte del mar negro y ocupa una posición estratégica para el acceso ruso no solo a este mar y al mediterráneo. Su historia es la de una zona fronteriza que ha sido el botín de los grupos que la rodeaban. En ella se ubicaron enclaves griegos, romanos, venecianos, mongoles, lituanos y otros. En un tiempo perteneció al imperio otomano, es decir turco, con una población mayoritariamente tártara, de religión musulmana. Desde ahí hacían redadas sobre las regiones norteñas para capturar pobladores eslavos, es decir rusos, ucranianos y afines. Ese es el origen de la palabra esclavo.
Hacia fines del siglo XVIII la decadencia del imperio otomano facilitó la expansión rusa sobre el área. Esto originó una guerra con Inglaterra y Francia (1853 – 1856) que buscaban fortalecer su influencia en la región. La victoria rusa originó la salida de buena parte de los tártaros y la llegada de rusos y ucranianos, entre otros.
Hay que recordar que Ucrania fue parte del imperio ruso y que no fue hasta la revolución soviética que se le permitió a este pueblo el uso público y literario de su propia lengua. No obstante para entonces el lenguaje dominante en las ciudades era ya el ruso.
En 1954 Rusia le cedió la península de Crimea a Ucrania a pesar de que su población era mayoritariamente rusa. El traspaso fue más bien simbólico debido a que una y otra eran parte de la Unión Soviética y el ruso seguiría siendo lengua oficial. Así que el cambio no era tan relevante; se trataba de celebrar la alianza entre los dos pueblos. Como dato curioso habría que decir que esta decisión fue impulsada por un premier soviético ucraniano: Nikita Krushev.
Ucrania ha sido en los últimos años, y sobre todo meses, un espacio de presiones conflictivas entre Europa y Rusia. Sin embargo el problema no es solo externo; de sus 44 millones de habitantes cerca del 34 por ciento tienen al ruso como lengua materna y son mayoría precisamente en Crimea y otras zonas fronterizas con Rusia. No todos son de origen ruso, cerca de la mitad son ucranianos que adoptaron esa lengua desde hace varias generaciones.
Un motivo de descontento muy reciente fue eliminar al ruso como lengua oficial. Otros son la fuerte caída de los niveles de vida y la concentración del ingreso ocurrida desde el abandono del comunismo. Por otra parte la población rusa, sobre todo en zonas fronterizas observa que del otro lado de la frontera viven mejor.
La población se ha dividido de acuerdo a lengua y origen; los rusos buscan un acercamiento a Rusia, los ucranianos a Europa. Múltiples manifestaciones masivas acaban de derribar a un gobierno pro ruso e imponer, aún sin formalidades democráticas a otro pro occidental y han sumido al país en el desorden.
En este contexto un 97 por ciento los habitantes de la península acaban de votar por anexar Crimea a Rusia. Votó un 83 por ciento de la población y aunque se ausentaron la mayor parte de los opositores no cabe duda de que la mayoría quiso “regresar” a lo que consideran su madre patria.
Estados Unidos y Europa no aceptan la legalidad de este referéndum y otros países vecinos temen que Rusia pretenda “proteger” e incluso anexarse otras regiones de mayoría rusa en los países vecinos.
Del lado ruso la historia ha sido cruel; rodeada de enemigos a las puertas de su casa se ha visto involucrada en guerras terribles y la supervivencia ha sido una lucha constante. Ahora está siendo cercada por la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la alianza militar norteamericana – europea que ha ido incluyendo países que antes eran parte de la esfera soviética y de su área de influencia militar.
Para Rusia el riesgo de que Ucrania se integre a Europa y a la OTAN es un riesgo mayor. Así que antes de perder un bastión estratégico de manera definitiva Rusia ha realizado una jugada de fuerza que, en su propia visión no es distinta que las intervenciones norteamericanas en Kosovo (independizado de Serbia), Irak o Afganistán.
Ucrania no está en condiciones de inclinarse decididamente en favor de cualquiera de los dos bandos. Su región occidental, ucraniana, se inclina por Europa pero no puede olvidar que en su parte oriental tiene ciudades mayoritariamente rusófilas.
Para calmar la situación Rusia deberá asegurar que no busca una mayor expansión territorial. A cambio debería poder obtener la seguridad de la futura neutralidad militar de Ucrania. Estados Unidos y Europa tendrán que aceptar el hecho consumado de la anexión de Crimea a cambio de sanciones triviales. Así lo requiere la dependencia de Europa del gas ruso y la posibilidad de exportar a ese mercado. La convivencia internacional requiere de la convivencia de rusos y ucranianos dentro de Ucrania. El desgajamiento de ese país podría poner al mundo entero en peligro.
Estados Unidos debe entender que su situación es privilegiada; no tiene enemigos cercanos y, fuera de Pancho Villa, jamás ha sido invadido. Rusia por el contrario ha basado su sobrevivencia histórica en la existencia de un espacio de protección a su alrededor y luchará por él como una de sus prioridades.
La anexión de la península de Crimea a Rusia es motivo de un severo conflicto diplomático entre los Estados Unidos y Europa de un lado y la federación rusa del otro. Amenaza el retorno de la guerra fría que por décadas asoló al planeta en un conflicto soterrado, plagado de presiones mutuas y siempre con el fantasma de una escalada de violencia que desde entonces, y más ahora, sería suicida.
Crimea es una península ubicada en el norte del mar negro y ocupa una posición estratégica para el acceso ruso no solo a este mar y al mediterráneo. Su historia es la de una zona fronteriza que ha sido el botín de los grupos que la rodeaban. En ella se ubicaron enclaves griegos, romanos, venecianos, mongoles, lituanos y otros. En un tiempo perteneció al imperio otomano, es decir turco, con una población mayoritariamente tártara, de religión musulmana. Desde ahí hacían redadas sobre las regiones norteñas para capturar pobladores eslavos, es decir rusos, ucranianos y afines. Ese es el origen de la palabra esclavo.
Hacia fines del siglo XVIII la decadencia del imperio otomano facilitó la expansión rusa sobre el área. Esto originó una guerra con Inglaterra y Francia (1853 – 1856) que buscaban fortalecer su influencia en la región. La victoria rusa originó la salida de buena parte de los tártaros y la llegada de rusos y ucranianos, entre otros.
Hay que recordar que Ucrania fue parte del imperio ruso y que no fue hasta la revolución soviética que se le permitió a este pueblo el uso público y literario de su propia lengua. No obstante para entonces el lenguaje dominante en las ciudades era ya el ruso.
En 1954 Rusia le cedió la península de Crimea a Ucrania a pesar de que su población era mayoritariamente rusa. El traspaso fue más bien simbólico debido a que una y otra eran parte de la Unión Soviética y el ruso seguiría siendo lengua oficial. Así que el cambio no era tan relevante; se trataba de celebrar la alianza entre los dos pueblos. Como dato curioso habría que decir que esta decisión fue impulsada por un premier soviético ucraniano: Nikita Krushev.
Ucrania ha sido en los últimos años, y sobre todo meses, un espacio de presiones conflictivas entre Europa y Rusia. Sin embargo el problema no es solo externo; de sus 44 millones de habitantes cerca del 34 por ciento tienen al ruso como lengua materna y son mayoría precisamente en Crimea y otras zonas fronterizas con Rusia. No todos son de origen ruso, cerca de la mitad son ucranianos que adoptaron esa lengua desde hace varias generaciones.
Un motivo de descontento muy reciente fue eliminar al ruso como lengua oficial. Otros son la fuerte caída de los niveles de vida y la concentración del ingreso ocurrida desde el abandono del comunismo. Por otra parte la población rusa, sobre todo en zonas fronterizas observa que del otro lado de la frontera viven mejor.
La población se ha dividido de acuerdo a lengua y origen; los rusos buscan un acercamiento a Rusia, los ucranianos a Europa. Múltiples manifestaciones masivas acaban de derribar a un gobierno pro ruso e imponer, aún sin formalidades democráticas a otro pro occidental y han sumido al país en el desorden.
En este contexto un 97 por ciento los habitantes de la península acaban de votar por anexar Crimea a Rusia. Votó un 83 por ciento de la población y aunque se ausentaron la mayor parte de los opositores no cabe duda de que la mayoría quiso “regresar” a lo que consideran su madre patria.
Estados Unidos y Europa no aceptan la legalidad de este referéndum y otros países vecinos temen que Rusia pretenda “proteger” e incluso anexarse otras regiones de mayoría rusa en los países vecinos.
Del lado ruso la historia ha sido cruel; rodeada de enemigos a las puertas de su casa se ha visto involucrada en guerras terribles y la supervivencia ha sido una lucha constante. Ahora está siendo cercada por la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la alianza militar norteamericana – europea que ha ido incluyendo países que antes eran parte de la esfera soviética y de su área de influencia militar.
Para Rusia el riesgo de que Ucrania se integre a Europa y a la OTAN es un riesgo mayor. Así que antes de perder un bastión estratégico de manera definitiva Rusia ha realizado una jugada de fuerza que, en su propia visión no es distinta que las intervenciones norteamericanas en Kosovo (independizado de Serbia), Irak o Afganistán.
Ucrania no está en condiciones de inclinarse decididamente en favor de cualquiera de los dos bandos. Su región occidental, ucraniana, se inclina por Europa pero no puede olvidar que en su parte oriental tiene ciudades mayoritariamente rusófilas.
Para calmar la situación Rusia deberá asegurar que no busca una mayor expansión territorial. A cambio debería poder obtener la seguridad de la futura neutralidad militar de Ucrania. Estados Unidos y Europa tendrán que aceptar el hecho consumado de la anexión de Crimea a cambio de sanciones triviales. Así lo requiere la dependencia de Europa del gas ruso y la posibilidad de exportar a ese mercado. La convivencia internacional requiere de la convivencia de rusos y ucranianos dentro de Ucrania. El desgajamiento de ese país podría poner al mundo entero en peligro.
Estados Unidos debe entender que su situación es privilegiada; no tiene enemigos cercanos y, fuera de Pancho Villa, jamás ha sido invadido. Rusia por el contrario ha basado su sobrevivencia histórica en la existencia de un espacio de protección a su alrededor y luchará por él como una de sus prioridades.
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