domingo, 17 de noviembre de 2013

El derecho a no exportar petróleo

Faljoritmo

Jorge Faljo

Se encuentra a discusión una reforma energética y petrolera de gran importancia. Pero temo que se realiza en medio de una especie de euforia inexplicable en donde parecen predominar las cuentas del gran capitán. Como si nuestro petróleo fuera inacabable.

Apenas a principios de este año el Presidente Peña Nieto declaraba que teníamos reservas probadas para diez años; probables para veinte y posibles para treinta. De lo cual se desprendía que había que explorar más y conseguir incrementar las probadas, seguramente a costa de las probables y posibles. En cualquier caso los límites de esta riqueza no solo se encuentran a la vista sino que ya nos impactan. Las exportaciones de crudo a los Estados Unidos han caído a la mitad en los últimos diez años. Solo que como el precio aumentó el impacto no ha sido notable.

El asunto es que la humanidad se encuentra, años más o años menos, al final de la era del petróleo. Esto implica que en algún momento, en el México de nuestros hijos o nietos, bien puede ocurrir que nos convenga más conservar lo que tenemos que venderlo al exterior. Para ello es vital dejar bien establecido en la reforma energética este derecho; el de no vender petróleo.

Puede parecer absurdo pero estoy seguro de que no lo digo de balde.

Hace unos años China decidió restringir sus exportaciones de “tierras raras”. Se les llama así a un conjunto de 17 metales casi innombrables (como el Itrio, Neodimio, Europio e Iterbio), que son indispensables en la fabricación de componentes electrónicos de alta tecnología. Son realmente escasos, su extracción es muy dispersa y altamente contaminante.

China concentra la producción mundial de estos metales y cuando restringió su exportación sus precios se elevaron notablemente lo que provocó una demanda ante la Organización Mundial del Comercio –OMC-, por parte de los Estados Unidos, Japón y Europa.

China alega que las restricciones a la exportación son necesarias para controlar la alta contaminación que genera esa producción. Pero el caso es que acaba de perder el juicio y deberá eliminar tales restricciones o se verá sancionada.
No es una novedad el ataque a las restricciones de este tipo. Cuando la Organización de Países Exportadores de Petróleo –OPEP- restringía sus exportaciones y conseguía negociar mejores precios eso desataba la furia de las grandes naciones industrializadas.

El tema de la restricción a las exportaciones no fue por mucho tiempo relevante debido a que en general todos los países intentan exportar lo más posible. Sin embargo la reciente crisis alimentaria del 2007 – 2008 cambió esta percepción entre los fundamentalistas neoliberales.

Argentina ha sido duramente criticada por establecer impuestos a sus exportaciones agropecuarias, otros países, como la India por limitar sus exportaciones de arroz. No son casos aislados. Distintos países han decidido priorizar la seguridad alimentaria de sus pueblos antes que permitir que las grandes empresas que controlan la comercialización internacional de granos vacíen las bodegas nacionales.

Las reglas del comercio mundial prohíben, desde 1994 con el GATT, las restricciones a la exportación de productos sujetos a las reglas del libre comercio. Se aceptan restricciones temporales y de otra índole pero no obstante se considera que los países pueden ser demandados por tomar esas medidas.

Existe ahora una creciente presión para “apretar” las reglas del libre comercio ya no solo en contra de los obstáculos a las importaciones, sino de las restricciones a las exportaciones. Para la mentalidad neoliberal un país no tiene derecho a impedir que las empresas (sobre todo los gigantescos conglomerados de la globalización) exporten libremente. Todo es mercancía y prácticamente todo debe ser libre comercio.

Hasta ahora los energéticos de México han sido un caso aparte. No fueron incluidos en las negociaciones del TLC ni en la adhesión de México a la OMC; nuestra soberanía ha sido ilimitada sobre ellos. La reforma energética habrá de cambiar esta situación y quedarán sujetos al comportamiento y reglas del libre mercado.

Pero estoy convencido de que hay que marcar un límite que preserve el derecho de nuestros hijos y nietos para que más adelante puedan decidir no vender este recurso. Creo que la reforma energética, aún si abre paso a la inversión privada y sobre todo si lo hace con empresas de gran poderío, debe especificar con todas su letras que la nación se reserva el derecho a fijar el monto exportable de sus energéticos.

Podría para ello determinarse un régimen particular en el que sea el Congreso de la Unión el que cada año autorice el monto exportable. Definitivamente quiero la prioridad para mis hijos y nietos en el uso de nuestros recursos. Preservemos su derecho.

lunes, 11 de noviembre de 2013

El Reporte del Tesoro

Faljoritmo

Jorge Faljo

Hace unos días se difundió el Reporte al Congreso del Departamento del Tesoro norteamericano sobre políticas económicas y cambiarias internacionales. Es un informe semestral en el que esa oficina analiza, desde la perspectiva norteamericana, su propia situación, la de la economía mundial y las políticas macroeconómicas de los países con los que tienen mayor comercio.

Describe un crecimiento moderado de su economía, alrededor del 2 por ciento anual que se asocia al incremento similar de la demanda de la población. Habrían crecido algo más sino hubiera sido por las restricciones al gasto gubernamental. No obstante tienen 1.3 millones menos empleos que al final del 2007. Un gran número de hogares es más pobre que hace seis años.

En todo caso les va mejor que al resto de las economías industriales y en particular a las de Europa que todavía no logran recuperar los niveles de producción del 2007.

Nada de esto es novedad. Lo que si sorprendió fue la dura crítica del informe a las dos principales economías exportadoras y superavitarias del planeta: Alemania y China. El obstáculo principal al crecimiento es la debilidad de la demanda mundial y lo que propone el Reporte es que estos dos países eleven substancialmente la capacidad de demanda de su población. De esa manera consumirían más, reducirían su superávit y toda la economía mundial se beneficiaría.

Es un consejo del tipo de “hágase la voluntad de dios… en los bueyes de mi compadre”. Solo que tiene razón. La demanda es el motor de la producción. Las economías superavitarias, las que venden más de lo que compran, lo que hacen es apoderarse de la capacidad de demanda de las economías deficitarias. De ese modo expanden su propia producción y destruyen la de sus compradores.

Nada ilustra mejor esta situación que la relación comercial entre México y China. Ellos tienen un superávit de más de 50 mil millones de dólares con nosotros y de nuestro lado tenemos un déficit por la misma cantidad. Su industria crece aceleradamente; la nuestra se desmorona.

Estados Unidos tiene el mismo problema que México frente a China y Alemania, y lo que exige es que ambos reduzcan su superávit comprando más o vendiendo menos. Para el caso de China no solo piden que eleve el bienestar y consumo de su población sino que fortalezca su moneda. Lo que no es posible en el caso de Alemania porque no tiene moneda propia. Tiene al euro y lo comparte con países deficitarios como España, Grecia, Portugal y otros cuyo interés es precisamente el contrario: devaluar para ser más competitivos y equilibrar su comercio.

La reacción alemana frente a la petición norteamericana ha sido literalmente de “mi no comprendou”. Ellos están muy a gusto vendiendo mucho y prestando a los demás para que les compren. Están siguiendo la estrategia básica de los exportadores exitosos: prestarles a los demás para que les compren.

El Reporte del Tesoro se suma al coro de críticas que pone su atención en los desequilibrios del comercio internacional. Antes la Oficina Internacional del Trabajo ha señalado los bajos salarios alemanes como una de las causas de la crisis europea. En esos dos países el incremento de la productividad ha sido superior al del resto del planeta; sus empresas producen mucho y pagan bajos salarios e impuestos y emplean sus altas ganancias en prestar al exterior.

Alemania y China crecen prestando y endeudando a todos a su alrededor. Eso es lo que ya no puede continuar. Y no porque ya no estén dispuestos a prestar sino por la sencilla razón de que la mayor parte de las clases medias, los gobiernos y los países enteros han llegado a sus límites de endeudamiento.

De no darse un cambio en este modelo globalizador sustentado en el endeudamiento masivo, toda la maquinaria productiva planetaria ira atascándose cada vez más empobreciendo a todos.

El mensaje del Reporte es muy claro. También lo es el hecho de que en realidad no va a hacer nada al respecto. No está dispuesto a romper el tabú neoliberal que pregona la libertad de flujos financieros (que no existe en China) y comerciales porque sus propias empresas gigantes se verían afectadas si el resto del planeta empieza a exigir lo que ellos proponen: equilibrio comercial y financiero.

Mientras no existan esos equilibrios unos países seguirán apoderándose de la demanda de sus contrapartes comerciales generando polos de crecimiento de un lado, como es el caso de China; y del otro lado, destrucción de capacidades productivas, como es el caso de México.

Entretanto los pueblos de los dos lados seguirán atrapados en políticas que piden que los demás eleven la demanda y el consumo pero que no están dispuestos a hacerlo ellos mismos, como es el caso de Estados Unidos.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Competitividad y Productividad, ahora

Jorge Faljo

De nueva cuenta nos llega desde el Fondo Monetario Internacional el consejo de darle máxima prioridad al incremento de la productividad. Lo dice Alejandro Werner, un economista mexicano con estudios en el Massachusetts Technological Institute que es ahora economista en jefe para el Hemisferio Occidental de esa agencia financiera internacional. Apunta así a una posible solución al bajo crecimiento de México que este año, según esa institución, crecerá a tan solo un 1.2 por ciento, pero que, si hace su tarea podrá aprovechar el crecimiento norteamericano esperado para el año que entra. Se trata de la vieja visión de México como furgón de cola de la economía norteamericana; sin un motor interno que nos permita crecer por cuenta propia.

Sin embargo esta visión del crecimiento de la productividad como base del crecimiento de la competitividad de nuestra economía para venderle más a los Estados Unidos deja mucho que desear, sobre todo cuando se trata de competir con China en el terreno industrial.

Para explicarlo mejor me remito al muy exitoso crecimiento de la exportación de manufacturas que ocurrió entre 1994 y 1996. En esos dos años incrementamos la exportación de manufacturas de empresas no maquiladoras en un 80 por ciento. Tal experiencia tiene mucho que enseñarnos y conviene revisarla a conciencia. Sobre todo en una estrategia de furgón de cola, pero también en un posible modelo alternativo que se planteé la reindustrialización nacional bajo el viejo modelo exitoso de la substitución de importaciones.

El caso es que el salto exportador de esos dos años se hizo de tal manera que sustentó el crecimiento de la manufactura mexicana a un ritmo de 7.24 por ciento anual de 1995 al 2000. Muy distinto del periodo del 2000 al 2006 en que el crecimiento medio no llegó al 2 por ciento.

¿Cuáles fueron las condiciones en las que elevamos la competitividad y aumentamos nuestra participación en el mercado norteamericano? Aunque parezca paradójico, y sin duda no se trata de una sugerencia, resulta que ese crecimiento se dio en un par de años de grave crisis; con ausencia casi total del crédito a la producción; con fuerte caída de la inversión productiva; con un gobierno fuertemente contraído y en pleno dislocamiento del comercio interno y externo.

En esas duras condiciones las empresas manufactureras debieron, para sobrevivir, encontrar abastecedores internos que les vendieran en pesos y no en dólares.

Lo que había ocurrido es que tras la fuerte fuga de capitales ocurrida en 1994 llegamos a una situación en que el país agotó sus reservas vendiéndolas a los “tomadores de ganancias” al grado de ya no contar con lo suficiente para pagar deudas o para importaciones estratégicas.

La escasez y encarecimiento de los dólares obligó a empresas y consumidores a abastecerse en el mercado interno. Fueron años de tropiezo del modelo económico y paradójicamente de fuerte incremento de la competitividad. Tan alto que alentó una reactivación generalizada de capacidades productivas. El truco no fue la nueva inversión y el incremento de la productividad. Lo que ocurrió fue muy distinto; emplear mejor lo que ya se tenía; incluso empresas pequeñas y micro con tecnologías atrasadas.

Lo que ocurrió en medio del sufrimiento de la población fue, no obstante, espectacular. Si nos enfocamos en el aspecto de la productividad encontramos una paradoja: se reabrieron empresas y talleres de baja productividad con lo que podríamos pensar que la productividad media se redujo; lo que podríamos llamar “productividad país” se elevó debido al mejor uso de capacidades instaladas y recursos existentes, entre ellos mano de obra.

Viendo el panorama general podemos decir que el aumento de competitividad originado en la devaluación del peso fue lo que jaló a la productividad. Este es el camino fácil seguido por la mayoría de los países que logran industrializarse. China por ejemplo inició su entrada al mercado internacional con estrategia financiera de moneda barata y regulación comercial altamente proteccionista; eso fue lo que le permitió conquistar los mercados mundiales a partir de niveles tecnológicos muy bajos. Como la vieja historia de Japón que inicia su industrialización exportando productos de baja calidad.

Lo que ha funcionado son las estrategias en las que el gobierno es responsable de una favorable operación del mercado y el comercio externo; es decir de las condiciones de competitividad. Entretanto la adopción de nuevas tecnologías y mejores prácticas productivas es responsabilidad de cada empresa. Sobre todo, no se parte de destruir sino de construir sobre lo que hay.

En nuestro caso lo intentamos hacer al revés. Nuestras estrategias de apertura comercial, de moneda cara y de ausencia de política industrial implican que el gobierno se desentiende del funcionamiento del mercado y el comercio externo. La posibilidad de competir es responsabilidad exclusiva de las empresas. Pero la experiencia histórica no nos habla de buenos resultados.

En nuestro caso los dos años de crisis del 95 – 96 nos colocaron en situación de alta competitividad y podrían haber sido el pie de un modelo de substitución de importaciones, alto crecimiento industrial y avanzar como potencia exportadora. Un traspiés ciertamente, pero que podríamos haberlo aprovechado como punto de arranque para fortalecer el papel del estado y el mercado interno como motores de un crecimiento basado en el mercado interno.

No hay que repetir la infame historia de la crisis de fin de 1994. Nadie lo desea. Hay que hacer examen de conciencia y revalorar la posibilidad de una estrategia de productividad nacional basada en la integración de cadenas productivas que reactiven todas las capacidades existentes en lugar de seguir predicando que la destrucción de los débiles y la contención salarial nos hacen competentes.

lunes, 28 de octubre de 2013

Desaceleramiento, recesión y prioridades

Jorge Faljo

Preocupan los datos relativos a la desaceleración, que ya pinta para recesión, de la economía mexicana. La recaudación del IVA entre enero y agosto, respecto del mismo periodo en el año anterior, se redujo en un 7.9 por ciento. Refleja una fuerte caída en el consumo mayoritario y nos señala el empobrecimiento de amplios sectores que ya se encontraban al borde de la supervivencia. Recordemos que estamos en un país donde la mayoría es pobre y millones pasan hambre.

Otras fuentes de información confirman la caída del consumo, aunque por razones metodológicas aparezcan diferencias. INEGI, encargado de las estadísticas oficiales señala una reducción de las ventas al menudeo de 2.2 por ciento en agosto. La Asociación Nacional de Tiendas de Autoservicio y Departamentales reporta una caída real de sus ventas de un 6.4 por ciento respecto del 2012; para Wal-Mart la baja fue de 7.8 por ciento.

Alarma en particular la caída de 4.5 por ciento en las ventas de alimentos, bebidas y tabaco; un rubro que usualmente es de los menos afectados incluso en situaciones recesivas. Ya que los últimos gastos que reduce la población son precisamente estos. Por otro lado en rubros más prescindibles como la venta de artículos de esparcimiento (digamos televisiones, por ejemplo) la caída fue de 7.6 por ciento.

Desde los sectores productivos y las organizaciones empresariales se corroboran estas señales y nos recuerdan que la baja del consumo se traduce en baja de la producción y del empleo de manera tal que se agrava la caída. Es decir que estamos entramos en una espiral negativa que golpea con múltiples rebotes las insuficiencias de consumo, producción y empleo.

Uno de los sectores más afectados es la producción de materiales de construcción donde las organizaciones empresariales hablan de una reducción de 25 a 30 por ciento en la venta de tabiques; de 30 a 40 por ciento en las de cemento y acero; de parálisis de la producción de las elaboradoras de concreto y de pérdidas de decenas de miles de empleos.

Lo cual sin duda se relaciona con las pésimas políticas de vivienda que han provocado que existan centenares de miles de viviendas no ocupadas y enormes problemas de infraestructura y calidad, asociados a corrupción, que se hicieron evidentes con las recientes lluvias torrenciales. Aun así lo que importa destacar es que las capacidades de producción existen y que con otras estrategias serían pudieran ser aprovechables.

Hay sectores importantes por su impacto en el empleo, la producción y el consumo en los que es difícil saber lo que ocurre. La industria textil, del vestido y confección es en buena parte informal y se constituye de un gran número de pequeños y micro talleres dispersos. Fuentes de información locales señalan el impacto negativo del cierre de centenares, tal vez miles, de estos talleres en varias zonas del país. Su impacto no se capta en las estadísticas oficiales; pero es muy real y afecta el empleo, la producción y el consumo de muchos mexicanos.

No cabría duda, en mi opinión, de que el problema fundamental del país es la caída del consumo mayoritario, la consecuente parálisis de capacidades productivas y de la ocupación. Urge romper el círculo vicioso que se empieza a configurar y que puede instalarse durante largo plazo.

Necesitamos, con urgencia, elevar las capacidades de compra de la población y que las empresas, sobre todo medianas y pequeñas (que son las mayores generadoras de empleo,) puedan vender. Lo anterior para levantar el consumo y la producción, haciendo uso de lo que ya tenemos; inactivo pero funcional.

Instrumentada en la magnitud necesaria la propuesta implica una seria modificación a la estrategia de modernización basada en importaciones, desnacionalización del aparato productivo, concesión de privilegios a unos cuantos y gobierno enano. Una política que anquilosa y empobrece al país.

Las capacidades de producción existentes son enormes y aprovecharlas nos puede permitir escapar del chantaje de los grandes capitales y su exigencia de privilegios. Se trata, en otras palabras, de reactivar la economía popular en lugar de denigrarla, con efectos inmediatos en empleo y bienestar.

Pero esto no será posible sin antes equilibrar las relaciones comerciales con el exterior y reconstruir un estado fuerte, a la altura de sus deberes constitucionales o, por lo menos, de un tamaño similar al de otras economías, sea que pensemos en América Latina o en los países de la OCDE.

No obstante lo más preocupante de la situación actual es la insuficiencia de atención a lo básico. Estamos más preocupados en las finanzas del gobierno que en la economía del país; más en preservar privilegios que en sostener el precario bienestar de la población; más en quedar bien con China que en reactivar nuestra industria.

Lo que urge es cambiar prioridades.

lunes, 21 de octubre de 2013

Estados Unidos; esta batalla fue solo el principio

Jorge Faljo

Falló el intento de los republicanos para detener la instrumentación de la Ley de Salud de Obama. Para lograrlo recurrieron a un arma extrema: bloquear la votación del incremento del endeudamiento gubernamental.

El gobierno de los Estados Unidos, al no poder recurrir al financiamiento de sus gastos y al refinanciamiento de sus deudas, entró en parálisis parcial y días después estuvo a punto de cesar el pago de sus deudas. Las consecuencias habrían sido graves: elevación generalizada de las tasas de interés; recorte del gasto gubernamental y despido de empleados públicos; caída del consumo de la población; baja de la inversión y desempleo en el sector privado. Posiblemente peor que la gran recesión de la que todavía no logran recuperarse.

Afortunadamente no ocurrió porque, como en las películas, se logró apagar el explosivo segundos antes de que estallara.

Los republicanos no contaban con que Obama se negara a toda negociación bajo amenazas tan graves. Tampoco previeron que la población se inclinaría en su contra. Perdido el argumento en contra de la Ley, demandaron negociaciones para reducir el gasto público y finalmente aceptaron un par de concesiones simbólicas a cambio de votar un pequeño incremento presupuestal. Tan pequeño que solo alcanza para que el gobierno funcione hasta el 15 de enero y se pueda endeudar hasta el siete de febrero.

Así que ya se colocó el escenario de la siguiente batalla. Sin embargo tendrán que repensar su estrategia porque Obama ganó negándose a negociar bajo tan brutal amenaza. Lo paradójico es que hacer insolvente al gobierno es un arma tan poderosa que no solo daña al gobierno, sino al sector empresarial, los trabajadores y, a fin de cuentas a toda la nación y al mundo. Por eso no se atrevieron a dispararla.

Más allá de asuntos de estrategia el tema de fondo seguirá siendo el eje de muchas batallas. En las cinco décadas que van de 1953 a 2003 la deuda federal norteamericana se incrementó en 3.1 billones de dólares; en la última década, del 2003 al 2013 subió en 11.8 billones. Un ritmo 19 veces mayor en el último decenio que en los cinco anteriores. Lo cual preocupa a muchos.

Tal situación es vista desde dos perspectivas contradictorias. La primera es la financiera. Cualquier empresa que se endeuda porque sus costos son superiores a sus ingresos se encuentra en problemas y debe cambiar. El indicador de que endereza el rumbo es reducir o evitar el crecimiento de su deuda.

Si se equipara al gobierno con una empresa resulta inaceptable un endeudamiento desproporcionado y se temé que la deuda se convierta en una carga imposible de pagar por la siguiente generación.

La segunda perspectiva, que podemos llamar macroeconómica, pone la atención no en el gobierno, sino en el funcionamiento de la economía en su conjunto. Desde este punto de vista la función del gobierno es promover la mejor operación del aparato productivo, el empleo y el bienestar. Si mediante el endeudamiento se consigue que la economía crezca más, eso facilitará que se pague más adelante.

Habría que añadir un par de consideraciones. El fuerte incremento del gasto público federal, basado en endeudamiento, no fue inflacionario porque existía capacidad de respuesta productiva: trabajadores en busca de empleo y potencial de producción. La demanda gubernamental aprovechó e hizo funcionar ese potencial. Si no se hubiera dado ese gasto el trabajo y la producción se habrían desperdiciado.

Lo que hace el endeudamiento público es trasladar riqueza inactiva hacia la inversión y el consumo. Y lo hace en un nivel que es posibilitado precisamente por la enorme cantidad de riqueza inactiva de un lado y d potencial productivo del otro. De este modo ganan las empresas, los empleados y los prestamistas.

No obstante hay que aceptar que lo que hace racional este tremendo endeudamiento es precisamente la gran irracionalidad de la economía en su conjunto. Ejemplo: en los últimos tres años el ingreso del uno por ciento de los norteamericanos más ricos creció en un 31.4 por ciento; pero como de por si eran ricos su consumo prácticamente no subió. Por otro lado el ingreso del 99 por ciento creció apenas en un 0.4 por ciento y el del gobierno tampoco creció de manera relevante.

En estas condiciones de alta concentración de la riqueza lo que se necesita es trasladar la creciente riqueza de los que ya no van a consumir más hacia la mayoría que si desea y necesita elevar su consumo de todo tipo (vivienda, salud, alimentación, servicios y más). Hacerlo mediante préstamos de un lado y endeudamiento del otro no es la mejor manera posible; pero sería peor no hacerlo.

Si se impide el incremento del endeudamiento público lo que se hará es paralizar el mecanismo que genera lo que más necesita su economía elevar el consumo de la mayoría para echar a andar toda su maquinaria económica (empresas, producción, empleos).

Otra solución sería trasladar la riqueza que no consume o invierte (otra forma de consumo) mediante impuestos de un lado y servicios públicos del otro.

El caso es que hay una diferencia substancial entre la visión meramente financiera, centrada en el gobierno, a otra ocupada en hacer que funcione la economía para todos.

Te lo digo Johnny para que lo entiendas Luis.

domingo, 13 de octubre de 2013

De la sartén ¿a dónde?

Jorge Faljo

La negativa del partido republicano a ampliar el techo de su deuda llevó al cierre parcial y gobierno federal norteamericano hace unos días y ahora amenaza con incapacitarlo para pagar sus deudas. En palabras de Christine Lagarde, la directora del Fondo Monetario Internacional, lo primero es bastante malo pero lo segundo sería mucho peor, una catástrofe con repercusiones internacionales.

El despido temporal de 800 mil trabajadores, (aunque finalmente acordaron que se les pagará cuando haya presupuesto), y el cierre de servicios públicos tienen un efecto aún pequeño, pero creciente, de piedrita en el zapato del bienestar social y de la operación de la economía norteamericana. Muchos servicios públicos son ejecutados por gobiernos estatales y municipales y otras agencias intermedias que apenas empiezan a agotar sus recursos federales. Esto afecta sobre todo a la población más vulnerable.

No pagar por otro lado destruiría la confianza en uno de los más grandes, y seguros, deudores del planeta y podría conducir a una fuerte recesión.

Hasta el momento el gobierno norteamericano está autorizado a endeudarse por 16.7 billones (millones de millones) de dólares y ese límite se alcanza la semana que entra. Como para la mayoría de los deudores la deuda es recurrente; se pagan los intereses y parte del capital, pero al mismo tiempo se contraen nuevas deudas. En los últimos años la abundante impresión de dólares de su banco central generó mucha liquidez y, en consecuencia, muy bajas tasas de interés. El gobierno y los bancos podían endeudarse a tasas cercanas a cero. Lo que alentó la poca recuperación del consumo y la producción posterior a la llamada gran recesión del 2008-2009.

Si se llegara al incumplimiento de pagos la pérdida de confianza llevaría a un incremento de las tasas de interés que impactarían fuertemente el costo del financiamiento del gasto federal, y también del consumo y la inversión. Eso bajaría la captación de impuestos y se reduciría aún más el gasto público en una espiral negativa equiparable a la recesión de hace poco.

Y recordemos que por eso cayó en un 6.1 por ciento el PIB mexicano en 2009.

La amenaza de suspender pagos no ha sido creída por muchos bajo el sencillo argumento de que sus políticos no pueden estar tan deschavetados. Sin embargo el descontento y la tensión aumentan a pesar de que ya hay señales de una posible salida… temporal.

Boehner, el líder republicano del congreso se negó a convocar a la votación que permitiría elevar el techo de deuda a menos que se pospusiera la entrada en vigor de la nueva ley de salud. Su posición se ha suavizado, en parte por la caída de su partido en las encuestas de opinión. Ahora los republicanos ofrecen una ampliación del endeudamiento suficiente para que el gobierno pague sus deudas por unas semanas más, pero sin permitirle reabrir su operación. Eso a cambio de una negociación para reducir gastos sociales.

El fondo de la cuestión es que los políticos y el pueblo no se han dado cuenta de que quieran o no se encuentran en una transición de modelo económico de gran magnitud. La crisis del 2008 señaló el final del crecimiento de la demanda sustentado en el endeudamiento creciente de la población y del gobierno (incluyendo federación, estados y ciudades).

Mientras el uno por ciento de la población, que acapara todo incremento del ingreso, le prestaba al gobierno y a los demás norteamericanos era posible que creciera la demanda, la producción y el empleo. Crecer de esa manera no era lo mejor; pero lo que se avecina puede ser mucho peor. La economía norteamericana opera muy por abajo de sus capacidades instaladas; desperdicia el potencial de millones de ciudadanos capaces y deseosos de empleos; su juventud enfrenta un horizonte sin perspectivas aceptables; la mayoría se empobrece.

Pero el uno por ciento prestamista exige la seguridad de que podrá cobrar lo que presta, y en caso de incertidumbre demanda mayores intereses por riesgo incrementado. No obstante las oportunidades de inversión productiva, o financiera, se estrechan debido al bajo consumo y a que la población ha llegado a los límites de su solvencia. Ahora los republicanos exigen que el gobierno se comporte de manera similar.

Lo que hay de fondo es que el uno por ciento cree que la mejor manera de asegurar sus capitales prestados es que el gobierno norteamericano se recorte substancialmente; que reduzca sus programas sociales y las transferencias a los más pobres y vulnerables. Pero vetan un posible equilibrio financiero basado en cobrar más impuestos.

Están logrando su propósito pero eso mismo hunde a la economía, el empleo y el bienestar. Algún día su triunfo podría revertirse; cuando el 99 por ciento de la población exija poder consumir al nivel que se lo permite el enorme potencial de su aparato productivo y sin endeudarse.

De momento la capacidad de demanda esta acaparada en muy pocas manos que la sueltan a cuentagotas pagando bajos salarios, bajos impuestos y que temen no poder cobrar lo que prestan.

lunes, 7 de octubre de 2013

Conflicto presupuestal norteamericano

Jorge Faljo

Una guerra presupuestal entre republicanos y demócratas llevó al cierre parcial del gobierno federal norteamericano el martes pasado. Cerca de 820 mil burócratas, de un total de 2.9 millones de empleados federales, dejaron de trabajar por tiempo indefinido y sin goce de sueldo. Otros cientos de miles continuarán laborando pero no podrán cobrar hasta que se apruebe el presupuesto.

El paro afecta de distinta forma a dependencias y empleados según se les considere más o menos esenciales. Por ejemplo: se colocó en paro al 91 por ciento de los empleados del departamento de impuestos y solo al 14 por ciento de la agencia de seguridad nacional.

La causa del paro se origina en la negativa de los representantes republicanos para ampliar el techo de endeudamiento federal, actualmente ubicado en los 16.7 billones (millones de millones) de dólares a menos que se posponga por un año la entrada en vigor de la nueva ley de salud pública que establece la obligación y otorga apoyos para que todos los ciudadanos cuenten con un seguro que les permita servicio médico. Se trata del legado histórico que desea dejar Obama y a ello se opone encarnizadamente la ultraderecha republicana.

La ley de salud fue aprobada por el congreso norteamericano en 2010. Fue denunciada por inconstitucional y la Suprema Corte declaró que no lo era. Con ella se pretende ampliar la cobertura de los seguros de salud a 20 millones de norteamericanos en 1914 y gradualmente a otros más. Hoy en día cerca de 50 millones de norteamericanos no cuenta con ningún tipo de seguro médico y están sujetos al riesgo de enfermedades o accidentes catastróficos que hunden a muchos en la miseria y falta de atención médica.

El seguro es obligatorio y la multa por no asegurarse será de 95 dólares en 2014 e irá creciendo año con año. Cada trabajador deberá adjuntar su comprobante de seguro médico en su declaración de impuestos o se le descontará la multa de la devolución de impuestos. Si no tiene derecho a una devolución de impuestos se le acumulará para el siguiente año. No hay otra penalización.

La nueva ley establece subsidios públicos para los grupos de menores ingresos. Pero la impopularidad de la ley se origina sobre todo en que impone cierto equilibrio de costos que en la práctica implica menores pagos a los grupos de mayor edad y riesgo y mayores a los jóvenes y sanos. Esto se debe a que se les prohíbe a las compañías aseguradoras rechazar clientes de alto riesgo o cobrar de manera diferenciada por el historial de salud de los clientes. También se impone como obligatorios ciertos rubros de riesgo que muchos eliminaban de sus seguros por considerarse a sí mismos como de bajo riesgo. Los seguros serán más integrales.

Debido a lo anterior los grupos de menor riesgo, por ejemplo las familias jóvenes con seguros privados y sin derecho al subsidio tendrán que ampliar sus coberturas y pagar más. El tope para todos es del 8 por ciento del ingreso de cada quien. El que no encuentre un seguro que cumpla los requisitos por debajo de esa cifra no está obligado a asegurarse.

El financiamiento de los subsidios que otorga la ley se basa en reducir las tarifas de servicios médicos, mayores impuestos a las ganancias de hospitales y fabricantes de equipos médicos y un impuesto a las ganancias financieras superiores a los 200 mil dólares al año.

La situación es muy conflictiva. Los republicanos, liderados en la práctica por la minoría conocida como el “tea party”, se oponen radicalmente a la nueva ley mientras que Obama sostiene que es esencial ampliar esa cobertura en beneficio de la población que ahora se encuentra desprotegida.

Podría pensarse que en la perspectiva de los anarquistas republicanos su oposición a la ley de salud les permite apuntar a varios pájaros con una sola pedrada. Se montan en primer lugar en el descontento de la fracción que tiene que aumentar su cobertura y costo y que no recibirá subsidio; la clase media acomodada. Además apuntan a disminuir el gasto social. Finalmente tratan de gobernar aún sin haber ganado las elecciones.

Los republicanos ofrecieron aprobar el endeudamiento necesario para dos meses de gobierno a cambio de posponer un año la entrada en vigor de la ley. Pero era claro que al cabo de esos dos meses tendrían otras exigencias. Los demócratas no aceptaron el chantaje.

Ahora que el gobierno se encuentra semiparalizado y la opinión pública se indigna sobre todo con los republicanos, ellos ofrecen autorizaciones presupuestales puntuales que operen los programas de mayor impacto mediático. Digamos, por ejemplo, la atención a niños enfermos graves. Solo que de nuevo los demócratas no aceptaron otra versión del juego poquitero y quieren dos cosas: aplicar la ley de salud y financiamiento de mayor plazo.

Un cierre parcial del gobierno, con 800 mil empleados en paro técnico, otros tantos en ahorro forzoso, y una severa disminución del gasto público, equivale a una austeridad forzada. No hay peor receta para una economía que no logra recuperarse plenamente de la crisis del 2008; que crece poco y no genera empleo. Es una situación que atemoriza a millones y los lleva a, también, reducir sus gastos.

Es un conflicto ideológico demasiado costoso que genera mucho malestar público. Pero falta que la ciudadanía elevé más su voz para exigir una solución inmediata.

Desde nuestro lado deberíamos ver lo que ocurre en los Estados Unidos como otro clavo en el ataúd de la estrategia económica exportadora. La esperanza de que haya una recuperación norteamericana y que esa se convierta en factor dinamizador de nuestra economía debe ser substituida por una recentralización de nuestros esfuerzos de producción y empleo. Hay que crecer para el mercado interno y eso necesariamente implica poner dinero en el bolsillo de los trabajadores y que este se gaste en producción nacional y no en importaciones.

Los primos del norte no nos sacarán del apuro; con dificultades saldrán del suyo.