domingo, 2 de septiembre de 2012

Obesidad y política pública


Obesidad y política pública
Jorge Faljo
La nutrición se ha convertido en un asunto de extremos, insuficiencia o exceso, y ninguno de los dos es bueno. Sin embargo nuestras reacciones son muy diferentes ante uno y otro caso. La desnutrición involuntaria y crónica produce, o debiera hacerlo, un sentimiento de indignación moral contra el modelo económico. El hambre es sin duda algo que se le impone de manera cruel al individuo.
La obesidad crónica pareciera, por lo contrario, un asunto de mera voluntad personal, sin imposición externa y cuyos efectos negativos recaen únicamente en el culpable del exceso. No es usual pensar que la obesidad se encuentra determinada por estructuras económicas o por políticas que se imponen sobre los individuos. No obstante esta visión del asunto está cambiando.
Para empezar la obesidad es ahora vista como pandemia; es decir como una enfermedad en expansión que afecta ya a una parte importante de la población de los países industrializados y de algunos otros, como México, que sin serlo han adoptado la dieta de aquellos.
La obesidad es en sí misma una enfermedad que acorta la vida y su disfrute; lo cual empeora al considerar que provoca otras enfermedades como diabetes, arterioesclerosis, problemas cardiacos e incluso cáncer. Lo que la convierte en el factor central del incremento del gasto en salud de los países de mediano y alto ingreso; con un importante impacto negativo sobre el conjunto de la economía y del bienestar social. El problema se encuentra claramente identificado; lo que ha fallado estruendosamente son las soluciones.
En días pasados una noticia reavivó, en los Estados Unidos, el interés en este asunto. Un estudio médico estadístico serio demostró que donde existen leyes estatales prohíben las maquinas expendedoras de botanas y refrescos azucarados en las escuelas los niños presentan un peso más adecuado y saludable al final de la primaria y en la secundaria.
En un sentido parecido, el de poner ciertos límites, la ciudad de Nueva York ha prohibido (a partir de septiembre) la venta de bebidas azucaradas en vasos desechables (los que deben consumirse de inmediato) de más de medio litro. Resulta que las cadenas de comida rápida usualmente venden bebidas azucaradas en vasos de 1.25 litros. Pero en algunos este es el tamaño “pequeño” y llegan a ofrecer supervasos de 3.8 litros, cada uno de ellos con 210 gramos de azúcar y más calorías que las que contendría toda una buena comida.
Las autoridades de Nueva York señalan que cada año 5,800 neoyorkinos mueren a consecuencia de la obesidad y 700 mil son diabéticos y que la causa central son las bebidas azucaradas. Por cierto que en esa ciudad los cupones de alimentos que se reparten a los pobres ya no sirven para comprar refrescos azucarados.
Son medidas que causan revuelo en los Estados Unidos porque, algunos señalan, limitan las libertades individuales. Por mi parte quisiera colocar el acento en otro cambio que considero importante.
Hace unas tres décadas se libró una importante batalla política y mediática en torno a  las recomendaciones oficiales sobre lo que es una buena alimentación. En esa lucha los grandes perdedores fueron los alimentos con alto contenido de grasas, en particular colesterol y grasas hidrogenadas (aceites que se hidrogenan para solidificarlos). Las campañas de buena nutrición se centraron en recomendar la disminución del consumo de grasas y no la de azucares.
Una importante razón ha sido, hasta la fecha, que los productores de grasas se encuentran altamente dispersos y muchos de ellos son relativamente pequeños; en cambio los productores de refrescos azucarados son empresas monstruo con alta capacidad mediática. Sencillamente tienen más fuerza económica y política.
No obstante la situación empieza a cambiar. Salen a la luz estudios que señalan como culpable principal de la obesidad a los azucares, incluyendo la alta fructosa.
Ocurre que la grasa engorda pero quita el hambre y al crear una sensación de satisfacción tiende a establecer un límite a su ingestión. De cualquier manera podemos excedernos y sobre todo en los Estados Unidos es evidente que el empaquetamiento de postres, helados y alimentos está diseñado para inducir un consumo que va más allá de la mera satisfacción del hambre.
Sin embargo el caso del azúcar y la fructosa es peor. Por sí mismas contribuyen muy poco a saciar el hambre y por ello prácticamente no presentan este límite. Si aparte de ello ocurre que su fórmula contiene sal (para dar más sed) y cafeína (para dar una sensación de dinamismo y generar cierta adicción) puede decirse que se trata de bebidas diseñadas para rebasar con mucho el límite de la mera hidratación y ciertamente inducir el exceso.
Francia va algo más allá que la ciudad de Nueva York. El primero de enero del año entrante pone en vigor un impuesto de un centavo de euro (unos 17 centavos de peso) por cada refresco azucarado. Hungría por su parte impuso un impuesto a los alimentos y refrescos altos en grasas, azúcar y/o sal. Finlandia y Dinamarca ya cuentan con impuestos a los refrescos azucarados mientras que Rumanía está planeando crearlos.
Se trata de una nueva tendencia: poner impuestos y encarecer los alimentos y refrescos que contribuyen a la mala salud de la población. De este modo entran a una categoría cercana al consumo de cigarros o de alcohol y en la que se busca limitar sus malos efectos en la salud de la población mediante el encarecimiento de su consumo.
No se trata, sin embargo, del extremo adoptado por Bolivia, donde a partir de este próximo 21 de diciembre ya no será posible consumir la principal bebida de cola del planeta “por su contenido de substancias perjudiciales para la salud”. Será paradójico que en este país en donde el consumo y el comercio de hoja de coca es legal pronto vaya a generarse un comercio clandestino de la otra coca. 

Economía Solidaria


Economía Solidaria
Jorge Faljo
La Organización de las Naciones Unidas ha declarado a este 2012 como el año mundial de las cooperativas. Esto según su declaración, para recordar al mundo que es posible proponerse en paralelo la viabilidad económica y la responsabilidad social. También como reconocimiento a su papel económico, su adecuación a las transformaciones sociales, su resistencia a la crisis económica global y al hecho de que se trata de empresas serias, creadoras de empleo y con presencia en todos los sectores.
Cierto que la historia del cooperativismo en México no es precisamente de éxito. Como tampoco lo augura la nueva Ley de Economía Solidaria recién publicada el pasado 23 de mayo de 2012. Pero no quiero detenerme en las formas que tiene el poder político nacional para desvirtuar y obstruir las iniciativas populares dando la apariencia contraria. Prefiero centrarme en lo que requiere la gente.
El fondo del asunto es que el cooperativismo y otras formas de organización social productiva inciden en el interés y en la práctica de una parte creciente de la población del planeta y de nuestro país. La razón es evidente; se trata de buscar alternativas a la creciente exclusión que impone la globalización, ahora en crisis pero por ello mismo más agresiva.
Oficialmente hay unos 200 millones de desempleados en el mundo y 50 millones en los 32 países más industrializados del planeta. Las cifras son artificiosamente bajas por las metodologías empleadas. En México, de acuerdo a datos del IMSS, en este sexenio se habrán creado menos de dos millones de empleos formales, un 30 por ciento de ellos eventuales. Los tres últimos sexenios acumulan un déficit de 14 millones de empleos formales.
Lo peor del asunto es que, a un lado de los millones de desempleados que quieren y no pueden trabajar, se encuentran recursos productivos paralizados (talleres, tierras, equipos y herramientas) y hay decenas de millones con demandas insatisfechas en alimentos básicos, ropa, calzado, vivienda digna y acceso a servicios públicos.
El problema es mundial y muy profundo. Se origina en el modelo económico prevaleciente en el que gigantescas empresas sustentadas en grandes y maravillosos avances tecnológicos, se han adueñado de los mercados del planeta para imponer su producción y eliminar la competencia. La nueva producción tecnológicamente avanzada ha desplazado del mercado a la producción tradicional o convencional generando un enorme desempleo.
Dado que las empresas monstruo no pagan a sus trabajadores, proveedores y al gobierno los salarios, precios de insumos e impuestos que generen demanda suficiente para vender lo que producen, han propiciado un enorme desequilibrio en el mercado.
Hasta ahora lograban vender su producción mediante préstamos a consumidores, proveedores y gobierno. Hicieron del endeudamiento generalizado el nuevo gran mecanismo de generación de demanda hasta llegar a sus límites y empujar al planeta a una gran crisis. No será fácil construir una alternativa viable a la globalización vía endeudamiento.
Entretanto la población busca alternativas. Durante un tiempo parecieron funcionar las unidades de producción tipo cooperativas, empresas comunitarias y todo tipo de pequeñas organizaciones sustentadas en el trabajo familiar y la confianza mutua. El sacrificio de la ganancia y de prestaciones formales les permitió en muchos casos (nunca los suficientes) participar de pequeñas tajadas del mercado y seguir vendiendo en situaciones progresivamente más difíciles.
Sin embargo la organización social a nivel de unidad productiva es ya insuficiente. Incluso con los sacrificios señalados no pueden seguir siendo competitivas en un mercado dominado por la gran empresa y las grandes cadenas comerciales.
En adelante el sustento de una economía solidaria, incluyente de los expulsados de la globalización, tendrá que superar el estrecho marco de la unidad de producción para plantearse una nueva forma de organización del mercado. Justamente lo que muchos están haciendo en todo el mundo.
Enfrentamos un mercado globalizado caracterizado por la falta de reciprocidad; en el que los exitosos lo son porque no pagan lo suficiente para crear demanda efectiva sólida; pero si prestan y endeudan a todos. En el que unos países prosperan vendiendo sin comprar y endeudando a los demás.
La economía solidaria propone un cambio fundamental; el restablecimiento de relaciones de reciprocidad entre agentes económicos. Se trata de una formula sencilla: yo te compro si tú me compras. Para poder comprar necesito un ingreso que solo puedo obtener si vendo; es decir si tú me compras. Es decir en que los excluidos se comprometen a comprarles a otros excluidos.
Ocurre que en este momento los excluidos pueden producir todo tipo de mercancías con sus recursos y capacidades disponibles. Pueden cubrir el total de la canasta básica de alimentos, vestido, calzado, materiales de construcción, muebles y más. No pueden vender y no producen en el mercado globalizado; pero podrían hacerlo prácticamente de un día para otro mediante simples cambios organizativos en las compras del gobierno, el principal obligado a la solidaridad, y acuerdos entre ellos mismos.
Parece ser que la única respuesta posible para el planeta y para nuestro país en las actuales circunstancias es organizar el intercambio entre excluidos en el plano local, regional y nacional. Tal fue el sentido, por ejemplo, de los centenares de clubes de trueque que millones de argentinos organizaron y les permitieron sobrevivir en lo peor de su crisis de hace una década. Hasta que recompusieron su mercado nacional y entraron en un periodo de rápido crecimiento e inclusión social. Es lo que hacen los 15 mil LETS (Local Exchange Trading Systems) o mecanismos de intercambio local registrados en gran número de países.
Son pequeñas organizaciones en las que los productores/ consumidores, porque son las dos cosas a la vez, se ponen de acuerdo para intercambiar entre ellos. La forma más efectiva de hacerlo son operaciones de mercado mediante vales o cupones para comprarse unos a otros. Cada quien vende y compra lo que quiere dentro de los limites de ese mercado.
Intercambiar entre excluidos no significa condenarlos a continuar en la exclusión sino todo lo contrario. Un productor que logra intercambiar parte de su producción y adquirir así una porción importante de lo que requiere, sin usar los escasos pesos que consigue, adquiere mayor competitividad para seguir produciendo en el mercado abierto. Aunque ahí no logre colocar toda su producción.
Decenas de miles de pequeños productores en México operan subutilizando sus recursos y capacidades disponibles. Podrían producir mucho más, el doble o el triple, pero no encuentran como venderlo. Así que crear espacios para el intercambio entre excluidos sería la mejor política social y productiva, no asistencialista, que se podría instrumentar.
Los detonadores serían los programas asistenciales y de compra gubernamental de bienes básicos. Supongamos simplemente que Oportunidades otorga su ayuda alimentaria en cupones para el consumo de alimentos locales y no los importados. Los cupones los compraría a productores organizados para generar la canasta de consumo adecuada. Hay ya organizaciones de productores/ consumidores que pueden hacer este tipo de trato.
Supongamos que el ejército y la marina, los comedores asistenciales y la gran masa de vales de despensa que dan algunos gobiernos (incluso fuera de tiempos electorales) fuera para el consumo de bienes generados en la economía solidaría.
Con esa base tomaría vuelo el intercambio reciproco entre productores y se crearía un gran mercado organizado que resolvería problemas sociales al tiempo que generaría producción y empleo. Sería un uso mucho más eficiente del gasto público que repartir dinero para comprar bienes importados, generadores de desempleo nacional.
Eso es precisamente lo que en Estados Unidos pretende el programa “Farm to School”, que con subsidio federal trata de mejorar la educación, la economía y el empleo, al tiempo que reduce el gasto en transporte y combustibles, ayudando a las escuelas a comprar a productores locales. Comprar alimentos locales beneficia a los muchachos y a sus familias y reduce la necesidad de gastos asistenciales que podrían ser superiores. 

Hurto Famélico en España


Hurto Famélico en España
Jorge Faljo
Dos asaltos a supermercados han conmocionado la discusión política en España. Lo peculiar es que ambos fueron dirigidos por los presidentes municipales de dos pequeños pueblos serranos y que los efectuaron, en cada caso, unas doscientas personas integrantes del Sindicato Andaluz de Trabajadores.
En uno de los casos salieron con varios carritos cargados de alimentos básicos del supermercado y en el otro la guardia civil los detuvo en el área de cajas. Tras cuatro horas de negociación la gerencia del supermercado acordó donar 12 carritos cargados de víveres que fueron entregados en los servicios sociales de tres ayuntamientos que, en conjunto, no tienen más de 20 mil habitantes.
Pedro Romero, alcalde de Espera (4 mil habitantes) que dirigió el segundo asalto en beneficio de tres poblados, declaró que no era un robo sino una expropiación de productos de primera necesidad “porque la situación es dramática” en los pueblos serranos agobiados por el desempleo.
Juan Manuel Sánchez Gordillo, alcalde de Marinaleda (3 mil habitantes) y diputado regional, organizó primer asalto. Se defendió diciendo “un diputado no puede estar dando bendición a políticas de recortes que dejan a la gente en el hambre. La deuda que la paguen los que la han provocado” y “si los ricos roban se llama crisis; si robas una gallina eres un ladrón.”
Para los alcaldes lo fundamental es que en Andalucía 200 mil familias no tienen ningún ingreso porque ninguno de sus miembros encuentra empleo y no reciben ninguna ayuda social. En toda España hay 1.3 millones de familias en esta situación.
Lo importante es que los asaltos se convirtieron en un hecho político y noticioso dentro y fuera de España. Han originado una importante discusión con argumentos bastante encontrados. De un lado los que difunden escenarios de desorden e inseguridad futuras y se preocupan por la mala imagen de España en Europa.  
Del otro los que lo consideran un acto simbólico que permitió recolocar en la mesa de discusión la situación de las familias y sectores en mayor vulnerabilidad ante la crisis en España. Un eje de la discusión es el de las prioridades públicas, ¿rescatar banqueros o indigentes? Por cierto que el país ha entrado en recesión; es decir en proceso de disminución de la producción, cierre de empresas y mayor desempleo.
Un ejemplo de apoyos ha sido que docenas de personas de la región se han presentado a la justicia con documentos firmados en los que declaran ser los autores intelectuales o haber participado en los asaltos. Los arrestados finalmente han sido dejados libres; en parte porque el dirigente principal es diputado y, al no ser atrapado en el momento mismo tiene inmunidad.
Para algunos los asaltos se aproximan a lo que el código penal español considera “hurto famélico”. Para empezar hurto se define como una sustracción de bienes ajenos sin agresión y violencia; de otro modo es robo. Cuando el hurto es menor a 400 euros (unos 7 mil pesos) se le da un tratamiento administrativo inmediato que puede implicar multa y hasta 12 días de detención.
Por otro lado el hurto famélico es aquel que se comete en condiciones de gran necesidad y puede simplemente ser exculpado pues el código español señala que en una situación en que se enfrentan dos males hay que evitar el mal mayor.
El hurto famélico se define como un hurto necesario cuando se toman bienes ajenos para aliviar las más primarias y perentorias necesidades humanas, tales como alimentación, vestido, habitación y asistencia médico – farmaceutica y en los que el respeto a la propiedad ajena entra en pugna con los sufrimientos del hambre, la desnudez, la intemperie o la enfermedad desatendida.  Situaciones en que la justicia debe decidir entre dos males y, si se demuestra la necesidad, decidir que el hurto alivia el mal mayor.
La criminalidad en España ha cambiado de perfil; de los problemas asociados a la drogadicción y robos agresivos se ha pasado a una situación en la que la mayoría de las denuncias provienen de los supermercados en contra de sus “clientes”. Hay que señalar que en la discusión han surgido datos sobre el mayor gasto en vigilancia interna de los supermercados, el colocar tras vitrinas buena parte de la latería y, que en Cataluña se ha ordenado colocar bajo llave los contenedores de basura debido a la insalubridad asociada a que la gente rebuscaba en ellos.
Uno de los alcaldes, Sánchez Gordillo, de Marinaleda, ha saltado a la fama y es ahora invitado a foros internacionales sobre la crisis. Tal vez por su posición más agresiva y verbal. Insiste por ejemplo en declarar que continuará con las expropiaciones de alimentos básicos. Muchos de sus compañeros de partido y obviamente desde todos los sectores españoles lo condenan.
No sabemos que seguirá más adelante; pero sin duda estos asaltos han puesto el dedo en una llaga que muchos preferían ocultar. 

martes, 14 de agosto de 2012

Terrorismo anglosajón en los Estados Unidos


Terrorismo anglosajón en los Estados Unidos
Jorge Faljo
Para empezar un par de definiciones. Terrorismo es lo que provoca terror y ciertamente las noticias de tiroteos, muertos y heridos en oficinas públicas, plazas, escuelas, cines e iglesias de los Estados Unidos ha creado una situación de angustia entre buena parte de su población.
Llamarle “anglosajón”, tal vez no sea muy afortunado; aunque de momento no se me ocurre otro adjetivo. Me refiero a la identificación cultural anglosajona, de matriz cristiana y ultrapatriotica (aunque suene extraño) de ciertos terroristas. Sirva para diferenciar su violencia de, por ejemplo, los ataques de quienes se definen como integristas musulmanes. Claro que no tengo nada en contra de anglosajones o musulmanes en general.
Planteo este asunto en dos niveles; primero el de la venta de armas y, segundo, el del terrorismo.
El veinte de julio pasado Holmes, un estudiante destacado, de 24 años de edad, vestido de Batman, entró a un cine, al parecer solo, arrojó un par de latas de gas y disparó a la gente que intentaba huir. Mató a 12 personas e hirió a otras 58, veinte con lesiones serias. En los últimos meses Holmes había comprado dos pistolas y tres mil balas, una escopeta y 350 cartuchos y un fusil semiautomático con otras tres mil balas. Además de explosivos, latas de gas, chaleco de combate y demás. Todo ello de manera legal y sin problemas.
Su acción destruyó familias y dejó a docenas con problemas médicos permanentes. Aparte del enorme sufrimiento inmediato las victimas, parientes y heridos, habrán de sobrellevar enormes costos médicos durante el resto de sus vidas. Aunque se ha dado una respuesta inmediata de ayudas solidarias la experiencia de otros sobrevivientes a ataques similares señala que estas ayudas no cubren más allá de los gastos de un par de años y el resultado es un fuerte empobrecimiento permanente.
Algo que me llama la atención es que el ataque elevó la compra de armas en todo el país y en particular en el estado y poblaciones cercanas al lugar de estos hechos. Una armería reporta que al día siguiente había una fila de veinte personas esperando la apertura de la tienda.
El razonamiento de los nuevos compradores es que necesitan tener con qué defenderse ante hechos similares. Viene al caso recordar que en cincuenta estados norteamericanos es legal, además de tener armas, portarlas a escondidas. Así que pensemos, sí en ese cine semioscuro otras cinco personas hubieran sacado sus propias armas ¿habría habido menos muertos y heridos? ¿habrían sabido a quien dispararle, o se habrían matado entre si?
Curiosamente el ataque no elevó particularmente el nivel de la discusión norteamericana sobre la libre venta de armas. Una de las razones es que se encuentran en un proceso electoral y ningún político se atreve a proponer limitaciones que le harían perder votos y con ello la elección. Así de fuerte es la opinión del 30 por ciento de la población que tiene armas (dato del 2005), y de sus simpatizantes.
Poseer armas en los Estados Unidos se considera un derecho patriotico que se defiende con vehemencia. Un ejemplo de argumento es el siguiente:
“¡No al registro de armas largas! No más restricciones a la posesión de armas por ciudadanos obedientes de la ley. Estas restricciones no afectan a los criminales. ¿Porqué castigar y hacer indefensa a la gente que merece ser protegida mientras se ayuda a los criminales con esas leyes? El único objetivo de esas leyes es que el gobierno controle a la gente. Esta es América y yo soy el gobierno, no ustedes. Recuerden para quien trabajan. No sigan atando las manos de las buenas gentes.”
El mensaje anterior fue enviado al departamento norteamericano de armas y explosivos por el ciudadano Wade Page un año antes de que entrara a un templo Sikh donde asesinó a 6 personas e hirió a otros tres de gravedad. De acuerdo a la información oficial un policía lo hirió, sin matarlo y entonces Page se apuntó a sí mismo y se mató.
Son grotescos los mensajes de apoyo al asesino por parte de organizaciones supremacistas blancas. El policía que lo hirió tuvo que salir de esa ciudad y ocultarse, con su familia, en algún otro lado.
Este último evento ha contribuido a difundir otro asunto igual o más controvertido que la mera venta de armas. Se trata de la manera en que, según varios analistas y sus libros, el gobierno norteamericano se hace de la vista gorda ante el terrorismo anglosajón. Los mencionaré sintéticamente.
Daryl Johnson escribió (traduzco los títulos) El Resurgimiento de la Derecha: Cómo es que se Ignora una Amenaza Terrorista. Este ex analista del departamento de seguridad norteamericano sostiene que después del ataque a las torres gemelas el gobierno de Bush se concentró en las amenazas islámicas y disolvió el departamento que daba seguimiento al terrorismo de los grupos de derecha anglosajones. De acuerdo al autor, con la llegada de un afroamericano a la presidencia, estos grupos se fortalecen con gente muy disgustada.
Pete Simi y Robert Futrell, en su libro, La Suástica Americana, describen a movimientos como el Kukuxklán, Nación Aria, Skinheads, Neo Nazis y otros asociados al supremacismo blanco. De acuerdo a ellos el internet les ha permitido crear comunidades virtuales, se encuentran en conciertos de música y en clases de biblia, especializados en los dos casos, sus tatuajes demuestran su grado de adhesion a una cultura de odio racial y agresividad.
Tal vez más impactante es el libro de Matt Kennard, Ejercito Irregular, sobre el reclutamiento de neonazis, pandilleros y criminales en los ejércitos norteamericanos; el oficial y los privados. De acuerdo a este autor estos reclutas destacan por su agresividad y dedicación y configuran un núcleo fundamental de las milicias norteamericanas. En Irak y Afganistán su desprecio a la población local los hace incluso más eficientes. Para Kennard el ejército se hace de la vista gorda. Ahí fortalecen su ideología y crean contactos. El regreso a la vida civil y al caldo de cultivo del odio supremacista los convierte en un factor de riesgo.
Los tres libros analizan el riesgo creciente generado por un sector de la población ultrapatriotico, con derechos constitucionales a la posesión de armas, entrenado militarmente y que crea grupos cohesionados por la frustración y el odio. Saben que sus padres tuvieron mejor calidad de vida y seguridad económica y ellos, por el contrario, se hunden en el desempleo y el empobrecimiento. En su desesperanza culpan a otros grupos raciales y al gobierno. 



sábado, 11 de agosto de 2012

Para superar la crisis norteamericana


Para superar la crisis norteamericana
Jorge Faljo
¡Detengamos esta Crisis Ya! es el nombre de la edición para México del último libro de Paul Krugman. Se publicó en inglés en abril de 2012 y pocas semanas después empezó a aparecer en otros idiomas. A ello contribuye el hecho de que su autor es uno de los más conocidos, prestigiados y controvertidos economistas del momento.
Es conocido más allá de los estrechos circuitos académicos sobre todo por ser colaborador del New York Times; sus artículos se reproducen en numerosos otros medios. También destaca porque lejos de la rigidez de vaca sagrada no duda en hacer comentarios breves e incluso “twitea” prácticamente todos los días. Pero su popularidad reside sobre todo en el hecho de que escribe de una manera sencilla y directa; fácil de comprender para el público no economista.
A su prestigio contribuye su doctorado en economía, ser profesor de una universidad de excelencia –Princeton-, haber escrito una veintena de libros y unos 200 artículos para publicaciones especializadas en economía y es, sobre todo, ganador del Premio Nobel de Economía 2008.
Es controvertido porque en el espectro político norteamericano se clasifica a si mismo como “liberal”, que para ellos viene a ser algo así como la extrema izquierda. Critica con dureza la globalización, la desregulación financiera y las políticas de austeridad ante la crisis.
Es un famoso euroescéptico; es decir que no cree que el euro sobreviva como moneda común con las actuales reglas y políticas macroeconómicas que rigen la convivencia europea. Señala no obstante cuales serían los cambios necesarios para permitir la permanencia del euro, el fortalecimiento de la convivencia europea y su recuperación económica. Lo que sería el tema de otro artículo.
Su libro “Detengamos esta Crisis Ya” no se dirige únicamente al público especialista; su fácil y amena lectura lo hace recomendable para la gran mayoría. Se enfoca en la economía norteamericana, en sus cuatro largos años de crisis en su enorme costo humano y sobre todo, en lo fácil que sería solucionarla con la política económica correcta. No obstante no creo tampoco que sea tan solo para los que se interesan en el bienestar norteamericano; lo que nos enseña sobre el funcionamiento de aquella economía nos permite comprender mejor la nuestra.
Para Krugman lo importante son los millones de personas capaces y deseosas de trabajar y que no encuentran empleo; los que trabajan de medio tiempo cuando quisieran hacerlo de tiempo completo; los que llevan más de seis meses sin empleo y que, a los ojos de las empresas son vistos como inempleables; los que han agotado sus beneficios sociales y sus reservas personales y han perdido o están en vías de perder sus casas y demás posesiones; los que tienen experiencia en ciertos campos y se ven obligados a subocuparse en otras áreas. Y la juventud, los estudiantes que después de años de estudios muchas veces costosos, no encuentran empleo en sus áreas de estudio, o de hecho ningún empleo.
Para Krugman es primordial aliviar ese sufrimiento humano y aliviar una economía que al operar muy por abajo de su potencial sienta las bases para que millones y todo el país, vivan permanentemente en la subocupación y el sufrimiento. Su enfoque me recuerda el de aquel otro gran economista, Karl Schumacher y su libro “Lo pequeño es hermoso” centrado en el propósito del bienestar de la población; lo que con claridad exponía en el subtitulo: “Economía como si la gente importara”.
Tal vez lo más impactante del mensaje de Krugman es que en su perspectiva no hay razones para la continuación de esta crisis. No han ocurrido grandes calamidades, ni se han destruido las bases productivas ni las capacidades de la población. Lo que ocurre es incomprensión, una ideología inclinada a la peor moralina y profundamente equivocada. Para este economista es posible lo que indica su titulo, acabar con la crisis ya, de inmediato, sin esperar el largo o el mediano plazo. Todo este sufrimiento de millones podría quedar atrás en uno o dos años.
La idea central que se expone en el libro es que la crisis (depression en inglés) es un problema de insuficiencia de la demanda. Las capacidades productivas están disponibles y pueden reactivarse en cualquier momento, lo que falta es capacidad y decisión de compra.
Lo que explica el autor es que en los años previos al destape de la crisis existía la disponibilidad de crédito y la confianza para endeudarse y adquirir casas, autos y numerosos otros productos. En 2006 se construyeron en los Estados Unidos 1.8 millones de nuevas casas y 16.5 millones de autos; en 2010 tan solo 585 mil nuevas casas y 11.6 millones de autos. Numerosos otros bienes (muebles, alfombras, electrodomésticos, etc.) sufrieron similares caídas brutales. No obstante nada de aquella capacidad productiva se ha perdido.
Ante la caída de la demanda de los consumidores nada peor puede ocurrir que otra caída vertiente de caída de la demanda; la del gobierno. Para Krugman la respuesta es lo contrario: si cae la demanda privada el gobierno debe incrementar fuertemente, hasta donde sea necesario para el pleno empleo, su nivel de gasto. Lo que se puede hacer de inmediato empezando por simplemente retirar las medidas de austeridad de los últimos años.
Propone, por ejemplo, la recontratación de 1.3 millones de empleados públicos de estados y municipios, entre los cuales un millón de maestros, mediante transferencias de fondos federales. Sostiene que, con sus efectos secundarios eso recuperaría unos tres millones de empleos. Otras medida serían el refinanciamiento hipotecario a tasas de interés más bajas con lo que se facilitaría que muchos puedan seguir viviendo en sus casas y otros tengan mayor disponibilidad de ingreso para otros gastos; la disminución de impuestos para la población de bajos ingresos que la aprovecharían para elevar su consumo. Esto es finalmente lo esencial, elevar el consumo de la población para echar a andar la economía y el empleo.
Entre sus propuestas menos convencionales se encuentra el endurecimiento de medidas de protección ambiental en algunos sectores industriales, lo que obligaría a invertir en nuevas tecnologías y fábricas. También propone la intervención en el mercado de cambios para abaratar al dólar y así elevar la competitividad internacional de la producción norteamericana y sus exportaciones. No se compite con bajos salarios sino con una moneda más barata.
Finalmente sus propuestas más controvertidas son las de tipo monetario. Propone financiar las medidas anteriores no mediante un endeudamiento gubernamental que colocaría al estado de rodillas ante los extorsionistas financieros (mi afirmación), sino mediante el sencillo procedimiento de imprimir más dinero.  Importa señalar (también mi dicho) que si ese dinero nuevo origina incrementos de la demanda en sectores con capacidad de producción disponible el impacto será de mayor oferta más que inflacionario.
Pero hay que señalar que Krugman no le tiene miedo a la inflación. Por lo contrario, la encuentra positiva siempre y cuando sea dentro de un rango limitado. No se adentra a señalar lo que es bien sabido, que la inflación es sobre todo negativa para los grandes capitales y que puede ser más manejable para quienes viven de ingresos recurrentes que pueden negociar al alza.
Considera que deben mantenerse tasas de interés muy bajas durante por lo menos unos cinco años. Esta proponiendo a la inflación como un mecanismo de desendeudamiento generalizado. Supongamos una inflación moderada de, digamos, un 4 por ciento anual y tasas de interés de 2.5 por ciento esto, que ha ocurrido con frecuencia en numerosas épocas y países, se traduciría en una tasa de interés moderadamente negativa. Nada mejor para desendeudar a la población y elevar el consumo.
Krugman acepta que no será fácil instrumentar sus propuestas en el actual ambiente mediático y político norteamericano. Señala, no obstante, que lo principal es hablar con la verdad y hacer propuestas claras cuya prioridad sea recuperar el pleno aprovechamiento del potencial económico de los Estados Unidos y terminar con el sufrimiento innecesario de millones.
No hay duda de que las propuestas de Krugman derramarían numerosos beneficios indirectos para México. Su enfoque general, traducido a nuestras circunstancias, nos sería también de gran beneficio.   

jueves, 2 de agosto de 2012

Cierre de empresas manufactureras


Cierre de empresas manufactureras
Jorge Faljo
Desde hace una par de años espero que el Instituto Nacional de Estadística y Geografía –INEGI-, actualice la Información de la Encuesta Industrial Mensual –EIM-, de manera compatible con los datos para los años noventa y hasta el 2008. Antes era posible seguir la evolución de una muestra de establecimientos manufactureros específicos; los de mayor importancia.
No hablo simplemente de conocer las cifras de conjunto de una actividad económica, por ejemplo el total de la producción de textiles y prendas de vestir. Porque las cifras totales nos dicen poco sobre algo de suma importancia; la destrucción de capacidades industriales que caracteriza nuestro modelo económico. Anteriormente la EIM constituía, casi por descuido, el único indicador que nos daba idea del enorme costo en establecimientos, empleo y potencial productivo perdidos.
En México la apertura de una nueva empresa o línea industrial no ocurre en un contexto de fortalecimiento del poder de compra de la población. Por ello el incremento de una línea de producción o la creación de un establecimiento tecnológicamente avanzado tiene como lado disimulado la destrucción de las líneas de producción o de las empresas “rezagadas”. Nuestra baja dinámica de crecimiento se origina en la autodestrucción.
No hay suficiente inversión manufacturera en México y la que si ocurre es casi tan destructiva de la competencia como lo que aporta a la producción; hablando de empleo se diría que es más destructiva que constructiva. Lo nuevo no se suma a lo anterior sino que lo substituye.
Estamos peor que Alicia en el país de las maravillas que tenía que correr lo más que podía para permanecer en el mismo sitio. Nosotros corremos, atraemos inversión externa, se otorgan privilegios fiscales y de mercado, y retrocedemos.
Lamentablemente INEGI ha decidido romper con aquella metodología y negarnos el seguimiento de grupos específicos de empresas. ¿Qué es lo que era posible saber anteriormente?
La encuesta industrial mensual daba seguimiento al grupo de empresas que en cada momento cubrían el 80 por ciento o más de la producción  para cada una de las nueve principales actividades económicas. La metodología implicaba que  podían entrar a la muestra nuevas empresas pero que se salía de ella solo por desaparición del establecimiento
Podíamos enterarnos, por ejemplo, que en 1995 1,298 establecimientos generaban algo más del 80 por ciento de la producción textil, de prendas de vestir y del cuero. En el 2008 lo hacían menos de la mitad, tan solo 611 establecimientos. En 13 años cerraron por lo menos 687, el 53 por ciento de las unidades de producción originales.
Otras actividades económicas reflejan una situación tal vez no tan grave pero  similar. De los 162 establecimientos de la industria metálica quedaban 122 en 2008; las 1505 productoras de metálicos, maquinaria y equipo eran tan solo 929 en el 2008. Y así en todo el panorama manufacturero.
Esto nos lleva a varias reflexiones. La EIM permitía descubrir parte de la mortandad de empresas, en este caso de las mayores; sin duda ha sido peor para las unidades medianas y pequeñas.
Por otra parte la EIM no nos da, aunque se le pida, cuales son las nuevas incorporaciones a la muestra año con año. Esto quiere decir que en su muestra todos los establecimientos originales de 1995 podrían ya no existir en el 2008. No lo creo así, pero sería muy importante conocer el dato exacto.
Lo que interesa destacar es que este modelo económico le impone al país una enorme destrucción de establecimientos, de líneas de producción dentro de cada empresa y, en general de capacidades industriales y de puestos de trabajo. Los establecimientos que podían producir camisas, zapatos o maquinaria y equipos suficientemente buenos en 1995 fueron arrasados. Substituidos por importaciones o por tecnologías más avanzadas que, sin embargo, no crearon suficiente empleo, no generaron mayores ingresos y no nos hicieron avanzar.
No es que no se desarrollen capacidades tecnológicamente avanzadas (aunque se hace poco y en condiciones de monopolización de la producción), sino que este avance no necesariamente tendría que ser pagado arrojando por la ventana lo que existía antes.  
Otros países instrumentan arreglos de mercado, de política industrial, fiscal, y comercial orientados a producir tanto con tecnologías nuevas y también, en paralelo con el aparato industrial algo más viejo (de hace 10 o 20 años). Esto es posible, pero implica que en el mercado la nueva producción se suma a la vieja (sin destruirla) en un contexto de incremento del consumo de la población.
Solo un decidido fortalecimiento del mercado interno puede ser soporte de una reindustrialización exitosa. Caminar con dos pies industriales nos permitiría entrar a un proceso de crecimiento acelerado con bienestar creciente.
Y ojalá el INEGI proporcione información útil en lugar de esconder en el closet los  esqueletos del modelo. 

Derecho a la alimentación


Derecho a la alimentación
Jorge Faljo
La sequía que afecta al norte de México ha tenido efectos devastadores. Según el presidente de la Confederación Nacional Ganadera, Osvaldo Cházaro, han muerto alrededor de un millón de cabezas de ganado bovino, así como innumerables caballos, burros y todo tipo de animales. Numerosos municipios y comunidades se encuentran asolados por la aridez y la población emigra hacia otros lados. Este golpe pudiera parecer geográficamente aislado pero ahora ha adquirido una nueva perspectiva igual o incluso más amenazadora.
Resulta que la misma sequía afectó fuertemente a la producción de maíz de los Estados Unidos y amenaza, si no llueve pronto, afectar también de manera importante la producción de soya. Como ellos son los principales productores y exportadores de maíz del mundo la situación impacta al alza los precios del maíz en el mercado mundial y eso mismo tiene un efecto carambola elevando los de otros granos. En los últimos dos meses los precios en contratos de entrega a futuro se han elevado en 50 por ciento para el maíz, 35 por ciento para la soya y 55 por ciento para el trigo.
Los periódicos norteamericanos advierten a la población de alzas en los precios de carne de cerdo, res y pollo, así como de leche y huevo hacia fines de este año y el siguiente. Otras instancias prevén una crisis de precios de los alimentos similar a la ocurrida en 2007 – 2008. Por cierto que estas elevaciones de precios algo tuvieron que ver con descontentos populares importantes en varios países del norte de África.
Para México significaría que a una situación crónicamente mala, en empeoramiento gradual, se le sume una crisis alimentaria ante la que habría que preguntarse ¿Cuál será la gota que derrame este vaso?
Y es que, de acuerdo a cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Geografía –INEGI-, cerca de 22 millones de mexicanos no cuentan con ingresos suficientes para adquirir una canasta alimentaria mínimamente adecuada. 
No se trata ya tan solo de la población rural y los desempleados. Una porción creciente de los trabajadores formales, digamos los que ganan 2.5 veces el salario mínimo o menos, no ganan lo suficiente para alimentar a sus familias. Recordemos que esos 2.5 salarios no son sino la mitad de un solo salario mínimo de 1978 - 1980, al que se había llegado después de tres décadas de buen crecimiento e incremento del bienestar mayoritario. Solo que los siguientes 30 años han sido de despojo progresivo del ingreso mayoritario.
El Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social calcula que se necesitan 1,101 pesos mensuales para que una persona se alimente adecuadamente en el medio urbano; 783 pesos en el medio rural. Un trabajador necesita ganar 4,400 pesos, unos 2.5 salarios mínimos, tan solo para comprar los alimentos de una familia de cuatro. Eso sin pagar renta, electricidad, agua y demás. Se podía con un salario mínimo de 1978, no con uno de ahora.
Para el director del Centro de Investigación en Economía y Negocios –CIEN-, del Tecnológico de Monterrey, José Luis de la Cruz Gallegos, la pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores sobre bienes de la canasta básica ha sido del 10 por ciento en los últimos diez años. Lo peor es que el CIEN advierte que el horizonte previsible es la continuidad, en los próximos años, de la continuación del deterioro de los ingresos, muy insuficiente creación de empleos y, ahora se aparece la elevación del precio de los alimentos.
Me recuerda el mensaje de un manifestante de los últimos días: “No hay situación, por grave que sea, que no pueda empeorar.” 
Ante esta realidad, que no es producto de la naturaleza sino de una política económica, social y de desarrollo rural francamente autodestructiva la actual administración dice que la situación no es realmente tan mala: subirán los precios pero no faltarán los alimentos. El hecho es para 22 millones de mexicanos ya falta y la elevación de precios ciertamente empeorará la situación.
La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece ahora en su artículo primero que todas las personas gozarán de los derechos humanos y en el cuarto que toda persona tiene derecho a una alimentación nutritiva, suficiente y de calidad. Es obligación de todas las autoridades respetarlo, promoverlo y garantizarlo.
No hay medias tintas: es derecho de todos, sin excepciones ni prerrequisitos; no se trata de simple comida chatarra, sino de alimentación nutritiva suficiente y de calidad; y el Estado lo garantiza. Más adelante la constitución establece también el derecho de todos al acceso al agua potable.
Este derecho se asocia, en el artículo 27 a la promoción del desarrollo rural integral que tendrá como uno de sus fines que el Estado garantice el abasto suficiente y oportuno de los alimentos básicos.
Me resulta difícil entender: Uno, cómo es que estas modificaciones tan importantes fueron hechas el año pasado sin discusión de fondo y de manera prácticamente inadvertida para la mayor parte de la sociedad. Dos, cómo es que se inscribe en nuestro pacto social algo tan socialmente digno y avanzado y luego resulta que no se hace nada al respecto.
Uno de los más graves problemas de este país es, en mi opinión, la distancia entre una legalidad cada menos funcional y el país real. Urge recuperar la armonía entre legalidad y sociedad y no veo mejor manera de empezar que hacer efectivo el derecho a la alimentación.
Implica una estrategia de desarrollo integral  socialmente incluyente y conducente a la reconquista de la autosuficiencia alimentaria. No es con dólares sino con el trabajo de los productores rurales mexicanos, con su organización para la producción y la comercialización, que se puede hacer efectivo el mandato constitucional.