domingo, 2 de agosto de 2020

Transformación sin retrocesos

Jorge Faljo

En su documento sobre los impactos económicos de la pandemia en México Gerardo Esquivel, subgobernador del Banco de México aclara que expresa su posición personal y no la de la institución. No obstante, por su sólida formación en economía, que incluye un doctorado en Harvard, su cercanía a la toma de decisiones de enorme relevancia y que seguramente cuenta con un equipo técnico de excelencia, hacen que el escrito, localizado en el portal de internet institucional, haya circulado ampliamente.

Buena parte del documento es un buen recuento, sintético, de datos relevantes emanados de distintas fuentes; todas muy serias, no siempre con metodologías comparables, pero que a final de cuentas concuerdan en cuanto a la enormidad de la crisis que vivimos. Aquí evito muchas de las finezas informativas de su escrito para, sin deformar lo esencial, ir directo a los mayores impactos que Esquivel señala.

En el periodo marzo – julio el gasto real en tarjetas de crédito y débito se redujo en 30 por ciento, lo que indica una fuerte reducción del consumo en un subsector de la población que es posiblemente de los menos afectados.

A los que peor les ha ido es a los más de 11.4 millones de personas, en su mayoría del sector informal que perdieron sus empleos y a los 8.7 millones que pasaron a trabajar de tiempo parcial. Un conjunto de más de 20 millones con severa reducción de su ingreso de los que la gran mayoría ganaba menos de dos salarios mínimos.

Del impacto en los ingresos deriva un fuerte empobrecimiento de los mexicanos, que afecta sobre todo a los que se ubicaban ligeramente por arriba del umbral de pobreza y ahora han caído por abajo y los que ya siendo pobres pasan a ser pobres extremos. El caso es que estos últimos, los que ni siquiera tienen para alimentarse, crecerán entre 6 y 16 millones de personas. El número de pobres totales nuevos podría ser de más de 40 millones de personas. Podríamos entonces llegar a tener 70 millones de pobres en México; cerca del 56 por ciento de la población total.

Se podría pensar que los múltiples programas sociales existentes ya atienden o que podrían atender a esta problemática. Sin embargo, dice Esquivel, esto no es así. La multitud de nuevos pobres no eran beneficiarios de ningún programa social porque no eran pobres, aunque si económicamente vulnerables. Estas personas no saldrán fácilmente de la pobreza en que han caído.

Esquivel desemboca en un breve, muy breve recuento de opciones de política que considera disponibles: un seguro de desempleo de emergencia para el millón de trabajadores formales que perdieron su empleo, un apoyo mínimo a los informales, protección a la nómina que ayude a las empresas a sostener los empleos formales, diferir las contribuciones sociales a micro, pequeñas y medianas empresas, apoyo al pago de rentas y costos fijos a restaurantes y otros negocios.

Por otro lado, Esquivel cierra posibilidades. No a un mayor esfuerzo fiscal, no a un mayor endeudamiento gubernamental, no a una renta básica universal, no al incremento substancial del gasto público, aunque tampoco una austeridad que desaliente el crecimiento económico.

Termina su escrito con un mensaje de gran intensidad. Llama a tomar medidas adicionales para paliar los enormes costos económicos y sociales que dejará esta crisis, cita a Franklín D. Rooselvelt en un discurso asociado a su política de “New Deal” y exhorta a aprender de la historia, actuar con inteligencia y evitar que más gente caiga en situación de pobreza. Hagámoslo, dice, antes de que sea demasiado tarde.

Un final intenso, que no obstante deja la impresión de poca congruencia. A diferencia de lo que hace la mayoría de los bancos centrales de otros países, que han abandonado la ortodoxia para inyectar fuertes recursos al crédito público y privado, y a la demanda, no propone que Banxico, su institución, haga algo relevante, como el financiar al gobierno con la emisión de papel. Todo queda en manos de un poder ejecutivo que hereda pequeñez y pobreza. Su documento termina siendo una especie de lavado de manos.

Básicamente, interpreto, propone seguir más o menos como estamos y atender a una recuperación que nos regrese a lo que existía antes.

Enfrentamos la que apunta a ser la crisis más grave de los últimos 100 años. Es una multi crisis económica, social, ambiental, de la globalización y finalmente del libre mercado. Cada vez es más claro que el retorno no es posible. Ser el cabus de la locomotora norteamericana al mismo tiempo que expulsamos millones de mexicanos en lo mejor de sus capacidades laborales ya no es viable. Ni podrán seguir los salarios de hambre, ni el descuido del medio rural.

Cierto que hay que actuar con inteligencia; y por ello habría que entender el diseño de un cambio de rumbo, no el regreso a un modelo económico, social y sanitario estrepitosamente fracasado.

Tendremos que salir adelante, como país, rascándonos con nuestras propias uñas. Desechemos la idea de que seremos rescatados por la llegada del capital internacional, su tecnología y sus, pocos, empleos. Dejado a sus propias reglas el libre mercado opera de manera natural en favor de los que ya tienen mucho hasta que de plano tienen demasiado. Y ese demasiado ocurre cuando esas riquezas no le sirven al conjunto de la sociedad, no generan producción y empleo.

Hay que acabar con la corrupción, pero no basta. El neoliberalismo honesto, la globalización honrada, el libre mercado sin pecados, no son solución. De hecho no existen a menos que sean severamente regulados por un Estado y una sociedad muy fuertes.

Requerimos que, al gigante, el mercado, se enfrenten otros gigantes; un Estado democrático, que tampoco puede existir sino como expresión de una sociedad altamente organizada. La gran transformación cardenista se hizo sobre la base del impulso a la organización social: ejidos en el campo, sindicatos en las empresas. Solo así pudo operar un gobierno orientado por el interés popular.

Descuidar la organización nos lleva a un tremendo riesgo ilustrado por los altibajos y retrocesos ocurridos en el signo político de los gobiernos de Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador.

Crisis es oportunidad y aprovecharla para el cambio requiere imaginación inteligente y, sobre todo, dialogo social intenso. Urge rediseñar caminos que no sean de retorno al modelo depredador en lo ecológico y en lo social. Es la hora de la austeridad que nos lleve al consumo racional; sin los excesos que destruyen al planeta y sin carencias para aquellos que han sido marginados.

Pero no se trata de austeridad del Estado. Conducir la transición requiere un Estado gigante, fuerte y generoso, creador de empleo, redistribuidor de ingresos, y reactivador de recursos y capacidades existentes. Un Estado como el que cita Esquivel, el del nuevo trato, el que opera en el país que describe la Constitución, con tres sectores fuertes, el público, el privado y el social.

domingo, 26 de julio de 2020

Dignificar el ingreso, clave de la recuperación

Jorge Faljo

Décadas de rapiña y políticas anti laborales y anti campesinas nos dejaron una población empobrecida y disminuida en sus derechos más elementales. Como contar con un ingreso que permitiera comprar los satisfactores indispensables para una vida digna. Una población físicamente impreparada para afrontar una pandemia que ataca sobre todo a los más débiles. La desnutrición originada en la ausencia de alimentos de calidad, proteínas y aminoácidos, generó para millones un tipo particular de hambre que se intentó satisfacer con chatarra engordadora.

El colmo de esta situación lo dice el CONEVAL al señalar que el 35.7 por ciento de los trabajadores tienen un ingreso inferior al costo de la canasta alimentaria; a esto le llama pobreza laboral e implica que incluso los trabajadores relativamente privilegiados, los que tienen un empleo formal con las prestaciones de ley son tan pobres que no pueden alimentarse bien.

Ese porcentaje de pobreza laboral disminuyó a partir del 2019 cuando ascendía al 38.7 por ciento. Una disminución asociada a un incremento significativo del salario mínimo de 18.1 por ciento entre 2019 y 2020. Fue un paso en la dirección correcta pero que no fue suficiente para disminuir la pobreza laboral al nivel en que se encontraba en el 2008.

La crisis del 2009 elevó la pobreza laboral, tal y como lo hicieron todas las crisis y políticas en las que se le ha demandado a la población ajustarse el cinturón. Aun no nos habíamos recuperado de la precariedad laboral desatada en el 2009 cuando en este año nos llega esta tremenda pandemia que ya ha dejado sin ingresos a unos trece millones de trabajadores, en su mayoría informales.

En la recuperación las empresas afectadas por la actual parálisis económica enfrentarán además un mercado interno empobrecido. Lo cual acentuará lo que ha sido un problema crónico del modelo, por un lado, capacidad instalada subutilizada y gente que desea trabajar, y por el otro lado una baja demanda que no permite consumir lo indispensable. Este es el problema básico del modelo vigente en el planeta y en México.

Solo saldremos delante del problema crónico del trabajo mal pagado y de esta crisis aguda del Covid generando una capacidad de demanda que sea el motor de la reactivación de la producción urbana y rural paralizadas. Debemos aprender de otras crisis del pasado y no hay mejor ejemplo de medidas que la manera en la que los Estados Unidos lograron superar la crisis de 1929 en adelante.

Hay que inyectar ingresos a la población mediante varios mecanismos.

Con transferencias sociales que puedan cubrir no solo a los pobres que ya existían, sino a la población empobrecida con esta crisis; no es fácil focalizar y lo mejor sería lo que ya se instrumenta en numerosos otros países: un ingreso básico generalizado. El hecho de que ahora lo acepte la derecha no lo descalifica.

También con grandes obras públicas generadoras de empleo. Pero no me refiero a inversiones altamente concentradas faraónicas que crean apenas miles o decenas de miles de empleos. Se trata más bien de trabajos de rehabilitación y construcción de infraestructura de uso público, caminos, calles, zonas naturales protegidas, reforestación en serio. Todo ello en una alianza con los núcleos agrarios, las comunidades rurales, organizaciones barriales, de manera que este gasto opere en alianza y como impulso a la organización y la gobernanza local.

Y por último hay que dignificar al trabajo. Somos el país donde más horas al año se trabaja, mucho más que en Europa y que el promedio internacional. Al mismo tiempo somos un país donde la mano es más mal pagada, incluso si hacemos comparaciones con países latinoamericanos. Es vergonzoso que incluso el empleo formal no dé para comer bien.

Solo que estos mecanismos requieren dos condiciones. La primera es un gobierno decidido a ser fuerte y a ejercer su responsabilidad de ser rector de la economía. Es imperativo abandonar el austericidio y decidirse por el nivel de gasto que requiere esta emergencia. Ahí está el ejemplo de otros países que con el apoyo de sus bancos centrales se han endeudado internamente, en su propia moneda y a bajas tasas de interés. Urge resolver también el hecho de que tenemos un gobierno débil, por herencia, con una muy baja captación impositiva. Para colmo, perdió el ingreso petrolero por la sobreexplotación financiera de las pasadas administraciones y la caída de precios debido a la sobreoferta mundial combinada con caída de la demanda.

Pero aún e igual de importante, quedaría un tema por resolver. El de la supervivencia de las empresas, sobre todo las mayores generadoras de empleo, micro, pequeñas y medianas. La apertura indiscriminada del mercado y el empobrecimiento de la población trabajadora paralizó a millones de pequeñas unidades de producción, indujo la desindustrialización generalizada a cambio de concentrar las exportaciones en unas cuantas empresas poco conectadas a la producción de insumos interna.

Una recuperación económica favorable a las mayorías exige una estrategia inmediata de inyección de ingresos a la población y una estrategia permanente de elevación de salarios y dignificación del trabajo. Hacia esto último nos presionan los Estados Unidos, por ejemplo, en la carta que congresistas norteamericanos le dirigieron a AMLO el 8 de julio pidiendo que se instrumenten de manera efectiva los acuerdos del T-Mec referidos a democracia sindical.

Dignificar salarios sin destruir empresas es el gran reto. A esto podría contribuir una profunda reforma fiscal que deje de gravar la generación de empleo en sus distintas formas y pase a considerarla una forma de contribución social. En contrapartida habrá que gravar de manera importante las ganancias que no se asocian a la generación de empleo.

Uno de los resultados más perversos de nuestro modelo laboral ha sido la separación entre empresas productivas y empresas administradoras. El peor ejemplo es el outsourcing. Un esquema tributario rezagado centra todavía el ingreso fiscal en las empresas productivas mientras que los patrones concentran las ganancias en las empresas administradoras, sin empleados y sin obligación, por ejemplo, de compartir ganancias. Hay que destruir este esquema gravando fuertemente la ganancia poco generadora de empleo y favorecer la rentabilidad de la producción con trabajadores y salarios dignos.

Otros países nos dan un ejemplo en este sentido con nuevas propuestas para gravar a los gigantes de la economía digital, como Netflix, Youtube, Facebook que no generan empleo.

Salir de esta crisis demanda repensar a fondo el modelo económico y abandonar las ortodoxias que, a veces sin darse cuenta, todavía impregnan a nuestras elites, incluso las de izquierda. El mejor antídoto contra la ortodoxia es hacer efectiva la propuesta del Plan Nacional de Desarrollo, actuar sin miedo a la democracia participativa.

lunes, 20 de julio de 2020

El Virus del Hambre

Jorge Faljo

La OXFAM es una confederación internacional de 19 organizaciones humanitarias no gubernamentales de muchos países que trabajan para combatir la pobreza. La primera de ellas nació en Oxford, Inglaterra, en 1942, en plena guerra mundial y definió su misión como la lucha contra la hambruna. Incluyendo en ese momento la actividad de convencer al gobierno británico que permitiera el paso de alimentos a Grecia, que estaba ocupada por el enemigo.

Esta red de organizaciones llama virus del hambre al Covid-19 por el modo en que la pandemia está profundizando un problema que ya era crónico, el hambre y la inseguridad alimentaria.

De acuerdo al reporte de OXFAM del 9 de julio de este año, 149 millones de personas sufrieron hambre a extremos de inanición en 2019, mientras que 821 millones estaban en inseguridad alimentaria; es decir que apenas contaban con lo suficiente para comer de momento y no sabían cómo podrían alimentarse en los siguientes días. Lo que ocurría el año pasado era ya algo sumamente grave originado en algunos casos por guerras locales, desastres ambientales exacerbados por el cambio climático o, “simplemente”, a la inequidad y exclusión crecientes que han condenado a cientos de millones a un cada vez mayor empobrecimiento.

El Covid-19 nos revela ahora los extremos de la inequidad. Mientras unos lo resisten con empleo seguro y recursos acumulados otros, la mayoría están cayendo en la inseguridad alimentaria. Oxfam ilustra la situación señalando que las 8 mayores compañías de alimentos y bebidas pagaron a sus accionistas 18 mil millones de dólares por utilidades obtenidas en lo que va de este año, no resulta sencillo reunir la décima parte de esa cantidad en respuesta al llamado de la ONU para aliviar el hambre.

La inseguridad alimentaria, la cercanía del hambre, tiene un fuerte impacto en la nutrición. No estar seguros de si se tendrá para comer en una semana o un mes obliga a gastar lo menos posible en el momento presente y consumir alimentos de baja calidad, meros aliviadores del hambre que pueden proporcionar energía inmediata pero no las proteínas, minerales, vitaminas y micro elementos de una dieta adecuada para el presente y el futuro.

Incluso comiendo mucho de los alimentos “llenadores” persiste la sensación de carencia, un hambre persistente de los nutrientes faltantes que lleva a un resultado paradójico. La inseguridad alimentaria tiene como uno de sus resultados más frecuentes la obesidad.

México es ejemplo, mal ejemplo, del hambre y la inseguridad alimentaria que ya eran parte del modo de vivir de millones de personas y que ahora se agrava. Somos un pueblo obeso, con una alimentación de mala calidad que se vuelve cultura, comida de banqueta por un lado y que es alentada por las grandes empresas productoras de comida chatarra y bebidas azucaradas. Energía inmediata sin nutrimentos esenciales y obesidad van de la mano.

De acuerdo al último reporte de las mayores agencias internacionales sobre la alimentación y la salud relativo al estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo México se distingue por la caída del consumo de frutas y lácteos en la medida en que sube la inseguridad alimentaria.

El reporte mencionado informa que la inseguridad alimentaria se elevó del 22.7 por ciento de la población mexicana en el periodo 2014 – 2016 a un 25.5 por ciento entre 2017 – 2019. Entre las mayores víctimas de la inseguridad y la consiguiente desnutrición se encuentran los niños y su condición se reconoce de manera internacional como un indicador pertinente para el conjunto de la población. En 2019 el 21.3 por ciento de los niños menores de cinco años en México tenían un menor peso al correspondiente a su edad; es decir que la malnutrición crónica afectaba su desarrollo corporal.

No hicimos aquí, en nuestro país, la tarea de dar seguridad y calidad a nuestra nutrición; llevamos décadas de mala alimentación. Algunos programas anunciados con bombo y platillo, como el de la lucha contra el hambre, fueron falsas fachadas orientadas por el negocio y la corrupción; aliados en la práctica a los grandes corporativos generadores de alimentos chatarra y no a quienes podrían producir alimentos de calidad, para ellos y para todos, desde las localidades y regiones más afectadas por el hambre y la inseguridad.

CEPAL y FAO advierten, en su reporte sobre cómo evitar una crisis alimentaria, que ante una reducción de ingresos la población pasa a consumir alimentos de menor calidad nutricional.

Esto como el Covid-19, puede dejarnos un deterioro permanente incluso para aquellos que pasen lo peor de la prueba. Tal vez incluso una población más obesa, con las complicaciones asociadas de diabetes, presión alta y las que digan los doctores. Es decir, una población todavía más débil y menos preparada, como lo estamos ya, para enfrentar la pandemia. La primera barrera contra el virus debió ser una población saludable, bien alimentada, con buenas defensas dentro de cada cuerpo, cada ciudadano.

¿Haremos la tarea ahora, cuando enfrentamos el mayor reto alimentario de nuestra historia?

Quisiera decir que si, que estoy seguro de ello. Pero no, no veo las señales. Así como el problema nos agarra debilitados en nuestros cuerpos, sistema de salud, economía, así también ocurre que los más importantes programas que debieran ser nuestros campeones al frente de esta batalla presentan serias debilidades. Su común denominador es estar actuando con un voluntarismo autoritario; sordos, ciegos y sin dinero en la cartera. Su mayor potencial debiera ser el trabajar aliados con los productores y consumidores que son, supuestamente, su población objetivo.

Urge reordenar prioridades y estrategias en los programas de atención a la producción, la distribución y el consumo de los productores y la población más vulnerable. Urge darle la mano al pueblo y sus organizaciones

domingo, 12 de julio de 2020

La doma del tigre

Jorge Faljo

Con el motivo, o pretexto, de celebrar la firma del T.MEC se reunieron los presidentes López Obrador y Trump. Fue un encuentro que, conforme a la usanza de anteriores nuevos presidentes mexicanos, había sido postergado por mucho tiempo.

Lo habían impedido el trato muy ofensivo de Trump hacia los inmigrantes mexicanos; dijo que eran lo peor de México y los señaló como violadores y distribuidores de drogas; hizo del muro fronterizo el eje de su campaña presidencial; encerró a migrantes indocumentados, incluyendo niños y separándolos de sus familias; declaró que el anterior TLCAN fue el peor tratado comercial de la historia y que México se aprovechó de su país atrayendo empresas y empleos.

Los agravios del energúmeno de la Casa Blanca fueron muchos e ir a Washington en esos momentos habría sido extremista: implicaba una aceptación implícita del maltrato; o se daba una confrontación abierta.

Trump bajó el tono por su propia necesidad política de presentar al nuevo T-MEC como un triunfo personal y acercarse a un sector del electorado norteamericano, el que allá llaman “hispano”. Aún con esta nueva moderación López Obrador corría el riesgo de caer en alguno de los extremos de sumisión o confrontación. Fue un extraordinario acto de equilibrio evitarlos.

López Obrador no se sometió. En su discurso hubo elementos que, dichos en otro momento, o de otra manera, habrían provocado la furia del energúmeno. ¿Qué fue lo más substantivo?

Trump habló primero y evidentemente había leído el discurso de AMLO, no podía haber sorpresas. No las hay en ese tipo de encuentros. Sabía que el presidente de México le diría en su cara y frente a los medios que la comunidad de mexicanos y sus descendientes eran gente buena, trabajadora, honrada.

Lo verdaderamente importante es que Trump se adelantó hablando bien de los mexicanos en los Estados Unidos; dijo que engrandecen a sus comunidades, son muy trabajadores, poseen gran número de pequeños negocios y son excelentes empresarios y son muy, muy, exitosos. Empleó los mejores elogios de su escaso vocabulario.

El presidente de México remontó la emigración mexicana a los Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial cuando México lo respaldó con mano de obra de trabajadores documentados y conocidos como braceros.

AMLO le dijo a Trump que, al momento de la expropiación petrolera, el estadista más poderoso del continente americano, el excelentísimo presidente Franklin D. Roosevelt la aceptó y con ello afirmó la soberanía de los pueblos del continente. Añadió que, guardadas las proporciones y circunstancias distintas, es posible entendernos sin prepotencias o extremismos. Un mensaje muy pertinente al momento actual, nada sumiso, y que al mismo tiempo le dice a Trump, textualmente, que se puede ser muy poderoso sin prepotencias o extremismos. ¡Pácatelas!

Hablando en plata, es decir sobre la relación económica de los países de la América del Norte, López Obrador planteó como problemas centrales el déficit comercial y la pérdida de peso económico de la región. Dijo que mantenemos con el resto del mundo un déficit de 611 mil millones de dólares, lo cual se traduce en fuga de divisas, menores oportunidades para las empresas y pérdida de fuentes de empleo. En 1970 la región representó 40.4 por ciento del producto mundial y ahora esta participación en la economía global ha bajado a 27.8 por ciento.

Así abordó una preocupación central de Trump, el déficit norteamericano y su creciente rezago económico, enfatizando que estamos en el mismo barco.

AMLO va mucho más allá y le hace una propuesta que por su importancia transcribo integra:

“… el tratado es una gran opción para producir, crear empleos y fomentar el comercio sin necesidad de ir tan lejos de nuestros hogares, ciudades, estados y naciones. En otras palabras, los volúmenes de importaciones que realizan nuestros países del resto del mundo pueden producirse en América del Norte con menores costos de transporte, con proveedores confiables para las empresas y con la utilización de fuerza de trabajo de la región.”

Decir que las actuales importaciones pueden producirse en América del Norte es una propuesta enorme que puede traducirse así: dejemos de aprovisionarnos en China. México puede ser el gran proveedor de los Estados Unidos.

Solo que convertirnos en el gran proveedor de los Estados Unidos no resuelve el tema de que son muy deficitarios; en lugar de ser deficitarios con China pasarían a ser deficitarios con México.

Así que la propuesta de AMLO tiene otra enorme implicación. México también dejaría de ser deficitario con Asía y China en particular. En 2019 le compramos a China 76 mil millones de dólares más de lo que ella nos compró a nosotros; para el conjunto de Asia nuestro déficit fue de 140 mil millones de dólares. Un déficit que podemos sostener gracias a los dólares que nos da el superávit con los Estados Unidos.

Esta ha sido una queja central de Trump y su equipo que maneja el comercio exterior. Y AMLO le ofrece resolverlo cuando emplea el plural para proponer que toda la región deje de ser deficitaria.

Lo que implica que México reduzca enormemente sus compras en Asia, obviamente no de un día para otro, para que estos bienes se produzcan en la región. Es decir que sustituiríamos esas importaciones por otras hechas en los Estados Unidos y Canadá y, lo más, mucho más importante. Por producción hecha en México.

Trump es un energúmeno ignorante; pero esta ha sido una de sus banderas y en términos políticos lo que se le pone sobre la mesa es que, en vez de volver a su racismo antimexicano, su campaña se base en una reconfiguración económica de gran magnitud.

El asunto es si AMLO está realmente dispuesto a hacer su parte; trabajar tres vertientes: poner aranceles a las importaciones asiáticas; acordar con los Estados Unidos que en adelante habrá una verdadera preferencia comercial mutua; y diseñar una política industrial substitutiva de importaciones y concertada con el sector empresarial mexicano. Al que se le abriría un enorme campo de inversión y desarrollo.

Si por ahí nos vamos nos espera un futuro promisorio.

domingo, 5 de julio de 2020

El T-MEC; un clavo ardiendo

Jorge Faljo

Tras el TLCAN tenemos ahora un nuevo tratado de libre comercio conocido en inglés como USMCA y en español como T-MEC y que es celebrado en los tres países. Trump invitó y AMLO irá a Washington en un par de días con el argumento de ratificarlo con la ceremonia correspondiente. Todavía no se sabe si acudirá el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau. La visita del presidente de México es muy criticada aquí y allá porque se piensa que será interpretada como un espaldarazo a la reelección de Trump; no cabe duda que este último querrá manejarla de ese modo ante la comunidad de ascendencia mexicana.

Trump presenta el T-MEC como un triunfo político tras sus ataques al TLCAN como el peor tratado comercial de la historia norteamericana; un tratado injusto que propició la salida de empresas y empleos que se instalaron en México y que generó un fuerte déficit comercial norteamericano.

Con este discurso se temía lo peor. Trump en momentos amenazó con poner aranceles a las importaciones mexicanas y hasta cerrar fronteras, como parte de un discurso de odio calificó a los migrantes como delincuentes y violadores.

El nuevo T-MEC constituye un respiro para México y Canadá porque se piensa que contendrá las amenazas proteccionistas del presidente norteamericano, lo alejará de comportamientos caprichosos y lo ubicará en un marco de contención legal. Veremos dijo el ciego.

Sin embargo, en Estados Unidos se sigue presentando al T-MEC como un acuerdo que permitirá avanzar hacia un comercio equilibrado por una doble vía; que Estados Unidos substituya internamente algunas importaciones provenientes de México y que seamos mejores clientes de la producción norteamericana. Esto se inscribe en el T-MEC en porcentajes más altos de insumos de origen trinacional en las exportaciones de automóviles ensamblados en México. También en la idea de que seremos mayores importadores de productos agropecuarios.

Una novedad muy importante es que ahora la producción de exportación mexicana debe ser realizada en mejores condiciones laborales; con democracia sindical, salarios y condiciones dignas de trabajo. Se prohíbe el trabajo infantil. Esto será crecientemente supervisado y el incumplimiento podría llevar a cerrar la importación proveniente de las empresas en falta.

No es claro en qué medida se aplicarán las principales modificaciones. Sin duda será de acuerdo al interés norteamericano del momento. Son pragmáticos, podrán hacerse de la vista gorda en algunos casos y en otros “descubrir” y reclamar incumplimientos.

Pero el contexto en el que se firma el nuevo T-MEC es particularmente difícil. La parálisis económica ha llevado a la pérdida de más de 50 millones de empleos en los Estados Unidos y a la pérdida de ingresos de unos 12 millones en México (aquí no digo empleos porque los más afectado es la ocupación informal).

México y Estados Unidos enfrentan una grave reducción de la demanda y la recuperación económica tendrá como eje ineludible conseguir que la recuperación paulatina de la demanda se concentre en la compra de la producción interna.

Nuestro interés, que debe convertirse en práctica, es que la demanda interna y en particular la generada por transferencias sociales, se ejerza comprando alimentos y satisfactores básicos producidos en México. Es lo propuesto en el Plan Nacional de Desarrollo que ahora es aún más relevante.

Pero los Estados Unidos esperan que incrementemos nuestras importaciones agropecuarias. Y en el otro lado de la medalla sus productores no quieren competencia mexicana y contarán con argumentos como el maltrato laboral en la producción industrial y la mano de obra infantil en la de hortalizas.

Estados Unidos ya se encuentra en feroz campaña electoral y las encuestas no favorecen a Trump, por lo que no se pueden descartar desplantes nacionalistas, proteccionistas y anti migratorios inesperados.

Los enfrentamientos serán fuertes; tal vez el tratado brinde mecanismos civilizados para discutirlos y llegar a arreglos que no nos serán del todo favorables pero que tendremos que aceptar bajo la perspectiva de que podría ser peor.

El TLCAN ha sido glorificado de manera absurda. Permitió que a lo largo de 26 años las exportaciones mexicanas crecieran a una tasa promedio anual de 8.4 por ciento, pero no incidió favorablemente en el conjunto de la economía. Creamos un sector exportador industrial de propiedad externa que básicamente era importador de componentes chinos. Ni siquiera este sector era competitivo a nivel internacional, solo con los Estados Unidos. El crecimiento interno fue notoriamente menor al de la mayoría de los países.

Entre 1994 y 1996 las exportaciones industriales de México a los Estados Unidos crecieron en un extraordinario 80 por ciento; y el país tuvo cinco años de crecimiento dinámico con tasas de alrededor de 5 por ciento anual de 1995 al año 2000. Pero esto no se debió al TLCAN sino a la devaluación de fin de 1994 y principios de 1995. Es devaluación permitió en un principio la reactivación de la producción mediante el uso de capacidades instaladas existentes; prácticamente sin crédito ni nueva inversión.

La devaluación nos hizo altamente competitivos hasta que la entrada incontrolada de capitales externos abarató el dólar.

China se convirtió en el gran productor mundial sin necesidad de tratados de libre comercio; esos los hizo después.

México con múltiples tratados ha tenido un crecimiento entre modesto y deplorable. Caracterizado en la mayor parte de estos últimos 26 años por el empobrecimiento continuo de la población y la necesidad de millones de emigrar para sobrevivir ellos y sus familias.

El T-MEC es un clavo ardiente que no nos sacará de apuros. Tal vez por eso AMLO dijo, con sobriedad, que el nuevo tratado ayudará a las familias de mejores ingresos y el gobierno apoyará a los sectores de menos recursos. Pues sí, el nuevo tratado puede ayudar a preservar lo construido mediante la estrategia de globalización dependiente.

Sacar adelante al país requerirá dejar atrás la visión de que el crecimiento de arriba terminaría por incluir a los de abajo. Ahora es imprescindible y urgente generar un crecimiento de abajo hacia arriba. Reactivar desde la producción campesina e indígena de traspatio y pequeñas parcelas; la de los talleres, micro y medianas empresas.

Enfrentar la crisis impone nuevas formas de regulación del mercado que reconecten la demanda con la micro producción; un gobierno fuerte aliado a una organización social democrática y solidaria creciente.

Si no, no salimos de esta, porque el T-MEC, en definitiva, no basta.

domingo, 28 de junio de 2020

Comprando estabilidad a crédito

Jorge Faljo

Existe un gran poder que toma las decisiones más importantes de la economía nacional. Poco nos damos cuenta de su existencia porque su trabajo lo hace con discreción, sus deliberaciones y comunicados emplean un lenguaje que pocos entienden y afirma que su trabajo es estrictamente técnico y para hacerlo requiere gente muy especializada y apolítica.

Se trata del Banco de México, el verdadero cuarto poder del país, con capacidades que rivalizan y hasta opacan las de los otros tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. Si, incluyo a la presidencia de la república entre aquellos que se tienen que subordinar a las decisiones de Banxico.

Usualmente Banxico aparece en primeras planas y noticieros solo en coyunturas difíciles y cuando sus políticas no solo limitan, sino que entran en contradicción con las del ejecutivo y las intenciones del legislativo.

Estamos en uno de esos momentos; pero antes de hablar del presente conviene algunos breves apuntes de historia.

1994 fue un año turbulento; el levantamiento zapatista, el asesinato de Colosio, un candidato progresista que habría sido el próximo presidente de la república, y la enorme deuda externa acumulada en pocos años provocaban una gran inquietud financiera. Los pocos mexicanos grandemente enriquecidos con la venta del patrimonio del Estado dudaban que el siguiente gobierno les fuera igualmente favorable. La construcción de una fachada de modernidad había sido enormemente costosa y poco efectiva; muy poco del gigantesco capital externo que había entrado al país se había invertido productivamente.

Así que a lo largo de ese año los inversionistas fueron comprando dólares, y Banco de México les fue vendiendo sus reservas internacionales. Banxico procuraba de este modo mantener la estabilidad de la moneda y con ella la de la economía toda. Una devaluación encarecería las importaciones y golpearía a los consumidores. Sobre todo, una devaluación rompería la fachada de modernismo exitoso construida por la administración del presidente Salinas.

Se gastaron las reservas procurando una estabilidad de corto plazo que a final de cuentas fue insostenible y a fin de 1994 sobrevino la debacle. El peso se derrumbó y el país se endeudo aún más.

En 2009 tuvimos otro momento de incertidumbre financiera. El presidente Calderón llegó a pregonar las ventajas de una devaluación que haría más competitivas tanto las exportaciones como la producción interna frente a las importaciones. Tal vez era mera resignación. Pero entonces intervino Banxico firmando una Línea de Crédito Flexible con el Fondo Monetario Internacional por más de 70 mil millones de dólares que se podrían usar para enfrentar posibles fugas de capitales. Eso disipó las inquietudes del capital financiero y retomó la calma.

La situación se repitió en 2015; Banxico subastó dólares en grandes cantidades mermando las reservas para satisfacer una demanda de dólares creciente. Tuvo que dejar de hacerlo cuando el FMI amenazó con no renovar la Línea de Crédito Flexible; lo que habría originado un pánico financiero. Se tuvo que aceptar una devaluación del peso progresiva; de otro modo tal vez se habría conseguido una mayor estabilidad de corto plazo que muy probablemente habría conducido a otro golpazo devaluatorio.

Todo esto viene a cuento porque el presidente López Obrador no estuvo de acuerdo con la decisión de Banxico de subastar 11 mil millones de dólares. Dijo que era importante cuidar las reservas y que no se usen ya que a final de cuentas son recursos de la nación y no para apoyar a corporaciones económicas o financieras. Al presidente le importa mucho que Banco de México actúe con prudencia.

Solo que Banxico no está subastando las reservas. Hace algo aún más controvertido. Emplea una línea de crédito que le concede la reserva federal, el banco central norteamericano. Cierto que es un crédito de lo más favorable, pero a final de cuentas es una forma de endeudamiento.

No es la línea de crédito con el Fondo Monetario Internacional; concedida para crear confianza y evitar la fuga de capitales pero que a final de cuentas esta entidad prefiere que México no la use. En parte porque gastó mucho en apoyar la defensa del peso argentino y finalmente fracasó; ahora Argentina está más endeudada, con dificultades para pagar y posiblemente el FMI pierda parte de esos capitales.

El último reporte de Banxico señala que el peso se ha revaluado; pero no dice que a ello contribuyen sus subastas respaldadas en endeudamiento externo. Cierto que con ellas se genera estabilidad cambiaria y muy posiblemente los consumidores mexicanos preferimos un dólar a 23 pesos en lugar de 25.

La gran duda es si esta estrategia nos crea una estabilidad duradera o si Banxico entrará en un camino sin retorno, y nos esté llevando a endeudarnos con el exterior para hacer subastas que compren estabilidad momentánea.

Repasemos cual es la situación. Se proyecta una caída de la producción de entre 6 y 12 por ciento este año; las exportaciones han caído en un 40 por ciento; algunos rubros exitosos de exportación, como chile, tomate y aguacate, enfrentan posibles ataques de los productores norteamericanos con Trump como presidente proteccionista y en campaña para reelegirse; México ha dejado de estar en la lista de los 25 principales destinos de inversión extranjera. Hay una creciente crítica de las elites económicas de México a la estrategia presidencial.

Un contexto difícil que ciertamente crea inquietudes entre los dueños de capital financiero. Siempre preferirán las mayores ganancias y seguridad posibles. En estas condiciones la compra de estabilidad en el corto plazo no ofrece garantías en el largo plazo. No por estar mejor en lo inmediato, vayamos a tener que pagar un precio mucho mayor más adelante.

domingo, 21 de junio de 2020

Empobrecimiento y hambre; ¿Qué hacer?

Jorge Faljo

Estamos inmersos en la más amplia y grave crisis que hayamos conocido. Me refiero claro está a los que estamos vivos en este momento y no conocimos de guerras mundiales o la epidemia de influenza de hace un siglo, ni otras calamidades así de generales y mortales. Pero ésta, la calamidad que si nos toca vivir es mayúscula.

Tiene una peculiaridad. No destruye objetos. No es el huracán, el fuego, la inundación o la guerra que arrasa físicamente fábricas, casas, caminos, pueblos y ciudades. Esas oleadas de destrucción son muy visibles.

Este infortunio lo que destruye o altera son relaciones entre seres humanos. Lo que vemos son calles, restaurantes y cafés vacíos; fábricas, talleres y oficinas cerrados.

Aparte del deterioro subjetivo, que es muy importante, impacta en relaciones económicas de gran valor: las que ocurren en la empresa entre trabajadores y patrones; las que se dan entre productores, distribuidores y consumidores. Al paralizar la producción, las ventas, el pago de salarios, el consumo nos enfrenta a una gran amenaza: empobrecimiento masivo y hambre.

La Comisión Económica para la América Latina –CEPAL-, y la Organización para la Agricultura y la Alimentación –FAO-, acaban de publicar un estudio, con proyecciones y propuestas, que pone el dedo en la llaga. Se trata de evitar, dicen, una crisis alimentaria en ciernes.

De acuerdo a las proyecciones de estos organismos en América Latina en este año más de 80 millones de personas no tendrán recursos para comprar suficientes alimentos. De este total hasta casi 22 millones serían mexicanos.

Es muy alta la proporción de mexicanos en el total latinoamericano debido a que nuestro en país tenemos uno de los más bajos gastos sociales y peor aún, programas como el de la Cruzada contra el Hambre del sexenio pasado estuvieron plagados de corrupción. Esto en un contexto de debilitamiento general de la economía; en 2019 la producción nacional –PIB- fue negativa y entraron en dificultades crecientes los sectores productivos más globalizados.

Así que hasta hace poco, según el Coneval, había 14 millones de mexicanos en situación de pobreza extrema, es decir sin lo suficiente para comprar una canasta básica de alimentos y más de 53 millones en situación de pobreza, sin lo suficiente para atender otras necesidades. Pues ahora muchos de los pobres se convertirán en pobres extremos y la mayoría de los demás se empobrecerán.

Todo esto sin destrucción del aparato productivo ni de las capacidades personales de los trabajadores. En el caso de los alimentos significa que los graneros del mundo están repletos. Dadas varias buenas cosechas han crecido las existencias de maíz, arroz, trigo y otros granos básicos en el mundo.

Pero el mundo no es México; décadas de mercado abierto, peso fuerte, descuido del campo y brutal indiferencia al bienestar de la población nos dejaron una herencia de dependencia alimentaria. De acuerdo a un informe de CEDRSSA, el centro de estudios sobre desarrollo rural de la Cámara de Diputados, en 2018 importábamos el 57 por ciento de nuestros alimentos. Sobre todo de los Estados Unidos que tiene autosuficiencia alimentaria y para cuya alimentación contribuimos con productos frescos.

Esta administración ha planteado como un objetivo central la Autosuficiencia Alimentaria. Seguir las recomendaciones de CEPAL y FAO, adaptadas a nuestra situación permitiría avanzar en ese sentido.

Lo principal que proponen es dar capacidad de compra a los más vulnerables mediante el reparto inmediato de un bono contra el hambre y el establecimiento de un ingreso básico de emergencia durante varios meses. Para México eso implica distribuir ingreso, cerca de 1,600 pesos de inmediato y luego mensualmente, a los 22 millones de personas, o más, que caerán en pobreza extrema.

Hay importantes problemas de logística para ello. No funcionaría ingresarlos a sus cuentas bancarias, porque no las tienen. Hacerlo en efectivo es muy propicio al desvío por intermediarios, y es peligroso. ¿Habría camionetas blindadas y armadas repartiendo dinero en los caminos rurales?

La mejor manera, la única posible, es hacerlo en uno de los mecanismos que proponen CEPAL y FAO, en forma de cupones. Los que en el caso de México se ejercerían en las 30 mil tiendas del Programa de Abasto Rural (Diconsa) diseminadas en todo el país y sobre todo en zonas de alta marginación. Cada tienda incide en varias localidades, la propia y las vecinas.

El estudio mencionado alerta contra la posibilidad de que en el empobrecimiento la población remplace la compra de alimentos más nutritivos por otros con mayor contenido de grasas saturadas, azúcar, sodio y calorías; la chatarra industrial que nos ha hecho obesos y propensos a enfermedades crónicas.

Así que los cupones deben dirigir la demanda a productos con bajo nivel de procesamiento: harinas, granos, frutas, verduras y cárnicos. Para ello la estrategia sería incrementar en lo posible y progresivamente el consumo de productos locales frescos.

Heredamos padrones sesgados e incompletos de la población vulnerable. Esta tarea requiere ser muy incluyentes y, al mismo tiempo con enfoques prácticos que garanticen transparencia y equidad distributiva. Hay rutas como convocar a los consejos comunitarios de la propiedad social inscritos en el Registro Agrario Nacional que ya tiene empadronados a más de 4 millones de campesinos y a los Consejos Comunitarios de Abasto que son propietarios y administradores de las 30 mil tiendas Diconsa. Se trata de que participen y vigilen la distribución de cupones para una población amplia.

Para el medio urbano la distribución requeriría acuerdos con otros agentes privados facilitando que los cupones puedan ser ejercidos tanto en cadenas comerciales como en mercados convencionales, tianguis y demás con formas de abasto de respaldo.

Emplear cupones prácticamente elimina los riesgos de corrupción y criminalidad. Robar, por criminales o intermediarios, 100 mil pesos en cupones que solo sirven para ir a comprar a una tiendita rural (o mercado tradicional, o centro comercial), a la vista de todos, simplemente no funcionaría.


Esta propuesta requiere algo que no existe en este momento: una burocracia dispuesta a colaborar y aliarse con las organizaciones de base; que opere conforme a los planteamientos de participación social expuestos en el Plan Nacional de Desarrollo. Ojalá y desde muy alto se lanzara la instrucción.