sábado, 13 de octubre de 2018

La economía mundial; fiesta que va a terminar.


Jorge Faljo

En estos días se lleva a cabo el encuentro anual del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial en la isla de Bali, Indonesia. Es un encuentro internacional que incluye a los ministros de finanzas y desarrollo de muchos países, altos dirigentes de empresas privadas y organizaciones sociales. Ahí se discuten los grandes asuntos globales, que van de la perspectiva económica, la estabilidad financiera y, desde hace relativamente poco, lo que antes no les preocupaba mucho y ahora les prendió focos de alerta: pobreza, empleos y equidad.

Me cae bien la Sra. Lagarde, la directora ejecutiva del Fondo Monetario. Tuvo, como otras veces una manera diplomática, sencilla y graciosa de describir cómo observa la situación económica mundial. Y hay que decir que su palabra cuenta mucho. Lo hizo contestando varias preguntas de una manera dual.

Dijo ¿Esta fuerte la economía mundial? Sí, de momento se encuentra fuerte. Pero la verdadera pregunta es, ¿está lo suficientemente fuerte? Pues entonces la respuesta es que no.

Siguió en ese estilo al afirmar que la economía mundial es hoy en día más segura que hace diez años, cuando ocurrió la Gran Recesión. Pero ¿es suficientemente segura? Pues tampoco. Dijo que estamos ante el más grande endeudamiento histórico y cualquier pequeña brisa podría provocar movimientos especulativos del capital financiero y desestabilizar a los mercados.

Recordemos que como respuesta a la crisis de 2008 – 2010 Estados Unidos, Japón y Europa crearon grandes cantidades de dinero y bajaron las tasas de interés cercanas a cero, o incluso tasas negativas. Ello facilitó y abarato los préstamos, entre otros a los países periféricos. En aquel entonces el FMI recomendó a los países de América Latina evitar esas entradas de capital incluso imponiendo controles de capital.

La elite gobernante de México decidió hacer justo lo contrario, endeudar al país alegremente y con esas entradas provocar grandes ganancias en la bolsa de valores y volver a crear la ilusión de que todo marchaba bien.

Pero volvamos a Lagarde. Lo tercero que dijo es que los beneficios del crecimiento no son compartidos de manera suficiente para que la economía crezca de manera sostenible. Compartir esos beneficios significa incrementar los salarios reales, los ingresos de los agricultores y los de toda la población en la medida en que crece la producción. Eso no ocurre; los súper ricos se quedan con la parte del león, y la leona, elevando a niveles estratosféricos su riqueza financiera. El problema es que los más ricos no consumen lo suficiente. Podrán, como Bailleres, el empresario mexicano, tener yates de 10 o más millones de dólares, pero en general su consumo no impulsa la producción.

Elevar la productividad a ritmos record históricos, como ocurre desde hace veinte años debido a la digitalización de la información y la robotización de la producción, sin elevar salarios, ha generado un fuerte desbalance entre sobreoferta y subdemanda. Esto, remarca Lagarde no permite un crecimiento sustentable.

Sin embargo, estamos en el momento de más alto crecimiento después de la Gran Recesión (2008 – 2010). Eso se origina sobre todo en el cambio de la política fiscal norteamericana. Bajaron los impuestos a las empresas y por un par de años toda la inversión puede descontarse como gasto corriente.

De ese modo se ha generado un crecimiento importante y Estados Unidos se encuentra en lo que Lagarde llamó desempleo “extremadamente bajo”. Es decir peligroso. Porque cuando el desempleo es muy bajo los salarios tienden a aumentar y eso no les gusta, lo llaman inflacionario. Lo que lleva a que los bancos centrales suban sus tasas de interés para “enfriar” la inversión y el consumo. Eso es lo que sigue haciendo el banco central norteamericano.

El caso es que se prevé que este momento de relativo buen crecimiento se acabe dentro de un año, dos a lo mucho. O a lo mejor ya está terminando y eso provocó la caída fuerte en las bolsas de valores del mundo en esta semana pasada.

Pero si no se genera suficiente demanda sólida mediante mejores salarios e ingresos de la población, entonces, ¿Por qué crece la demanda?

La Sra. Lagarde nos da la respuesta. Tras una década de crédito fácil y barato la deuda pública y privada del mundo ha alcanzado el nivel record histórico de 164 billones (“trillions” en inglés) de dólares. Eso es, nos dice, un 40 por ciento más alta que la existía en 2007, cuando inicia la Gran Recesión. Su disparador fue que millones de endeudados en los Estados Unidos no pudieron seguir pagando las hipotecas de sus casas, y la perdieron.

Ha sido típico de la estrategia de globalización reducir los salarios reales y los ingresos de las clases medias. Pero lo substituyó con otro mecanismo de generación de demanda: los préstamos a los gobiernos, los consumidores y los países periféricos. Así logró durante largo tiempo crear demanda amarrada a la producción global al tiempo que lograba destruir a las empresas y talleres tecnológicamente rezagados.

México se endeudó y encaminó la demanda pública y de sus consumidores a la gran empresa y la producción global. Un ejemplito son las transferencias para adultos mayores diseñadas para comprar en Waltmart pero no en el mercado del barrio. Eso es lo que pasa en la economía global, mandan al rincón a los no poderosos.

El gobierno norteamericano y sus ciudadanos, estudiantes, consumidores y demás se encuentran en niveles record de endeudamiento. Como el gobierno de México. Se ha generado demanda endeudando, pero no pagando lo justo.

Y el Fondo Monetario advierte que esa fiesta, ni siquiera muy alegre, se va a terminar en cualquier momento.

lunes, 8 de octubre de 2018

Ineficaz, ¿de caro a barato?

Jorge Faljo

Los mexicanos votaron entusiasmados por la esperanza de una transformación a fondo. Un mensaje que de manera persistente sembró y pasó a representar AMLO y que se nutrió del profundo descontento del pueblo mexicano con la conducción del país de las últimas décadas.

El problema de fondo aflora de múltiples maneras: corrupción, inequidad, inseguridad, contubernio de la clase política con la criminalidad y un profundo desprecio de las elites hacia el pueblo. También se ha expresado como una profunda torpeza de nuestros gobernantes disimulada con un discurso mentiroso.

Ineficacia no parece un calificativo suficientemente radical para expresar lo que ha pasado; pero sostengo que esta perspectiva es de la mayor importancia. Veamos.

Durante la vigencia del TLCAN, que recién cambio de nombre para que Trump pudiera adjudicarse un gran mérito, México ocupó el lugar 15, entre 20 países en cuanto al crecimiento del Producto per cápita. El promedio de crecimiento de este indicador fue de 1 por ciento, mientras que en el resto de América Latina creció al 1.4 por ciento.

La tasa de pobreza de México es hoy en día mayor que la que existía cuando se firmó el tratado. Los millones de mexicanos que se vieron obligados a emigrar a los Estados Unidos para sobrevivir ellos y la familia que dejaron atrás, marcan un hecho inaudito en nuestra historia y en la de Latinoamérica.

Son señales de la ineficacia más general. Las hay también mucho más precisas.

El régimen que fenece prometió que para este año produciríamos por lo menos el 75 por ciento de los seis principales granos básicos que consumimos los mexicanos. No cumplió.

El combate a la pobreza y la indigencia en México ha sido notorio fracaso, sobre todo en comparación con lo logrado en Argentina (con Cristina Fernández), en Brasil (con Lula y Dilma) y en Bolivia. Esta ha sido una de nuestras más torpes estrategias. También han fracasado la reforestación y la protección ambiental. Retrocesos que se asocian al ataque a las organizaciones, las representaciones populares y toda forma de gobernanza rural cercana a la población.

Estoy convencido de que la eficacia debe, pronto, pasar a ser un eje central de las propuestas de cambio de Morena y su gobierno. Para ello es urgente deslindar conceptos.

Cierto que hay que acabar con la corrupción, pero no basta. Conseguiríamos una especie de neoliberalismo honesto, donde las grandes decisiones las sigue tomando “el mercado” y continuaría el problema de fondo.

Tampoco basta acabar con el dispendio. Correríamos el riesgo de transitar de un gobierno ineficaz y caro a otro ineficaz y barato. Tampoco ganaríamos mucho.

No confundamos. Dispendio no es corrupción y ambos no son en sí mismos ineficacia. Queremos un gobierno austero y honesto, ¡qué bueno!, y también que de resultados. Y este es el tercer vector que merece mucha atención particular y sin embargo parece estar faltando en el pensamiento y los planes de algunos, o muchos de los equipos que se preparan para ejercer funciones de gobierno.

La austeridad es fácil; luchar contra la corrupción bastante más difícil. Pero construir eficacia es otro cantar; verdaderamente un salto noble, valeroso, galáctico.

El primer paso será seguir en serio el ejemplo de López Obrador. El recorrió el país una y otra vez escuchando y aprendiendo para convencer. Ya presidente electo nos sorprende con otra gira de agradecimiento y más baños de pueblo.

Esos baños son la esencia que debe practicar su equipo, toda la estructura burocrática: salir a escuchar, dialogar, aprender y con esa base rediseñar la operación gubernamental.

Los últimos gobiernos neoliberales también fueron austeros, a su modo. No se contrataba personal de campo y no había presupuesto para gasolina y viáticos. La burocracia estaba atrincherada en sus oficinas emitiendo convocatorias en internet. Una estrategia de poltrona en la que los ciudadanos tenían que trasladarse a la ciudad, llenar formularios, concursar por los recursos y en la mayoría de los casos perder.

El ideal es que disminuyan sensiblemente las demandas que le hacen los ciudadanos, grupos, organizaciones, comunidades, pueblos indígenas a López Obrador. No porque dejen de existir, sino porque esas demandas se resuelvan eficazmente por una burocracia que se mezcla con el pueblo y resuelve en esa cercanía.

Cuando las estructuras intermedias no funcionan todo cae en las espaldas del solo hombre que ganó por estar en contacto con la población.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Echar Raíces

Jorge Faljo

Hacía muchos años que no acudía a una manifestación. Son cosas de jóvenes entusiastas y en general en buena condición física, y ya no estoy para esos trotes. El caso es que fui a la marcha para acompañar a las madres y padres de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa en el cuarto aniversario de su desaparición forzada.

Resultó fascinante observar cómo poco a poco y con una puntualidad razonable, se iban formando grupitos alrededor del monumento a la independencia, lugar usual de celebraciones futbolísticas. Salían las pancartas convocando, por ejemplo, a los estudiantes de diversas escuelas normalistas; o de facultades de la UNAM o del Polí. Y entre el desorden se iban juntando y organizando multitud de grupos pequeños y medianos.

Otros, la mayoría, llegaron ya como contingentes formados que se habían convocado para encontrarse en otros sitios. Una banda ambulante tocaba con alegría y cuando ya inició la marcha me di cuenta que acompañaba a un grupo de muchachas que, con el traje adecuado, bailaban la zandunga.

No eran solo jóvenes. Estaban los de Atenco, con sus machetes, indumentaria campesina y paliacates al cuello. Y grupos que se identificaban como electricistas, damnificados de los sismos, maestros y diversos movimientos sociales.

El cielo se oscurecía y era evidente que venía un aguacero. Los plásticos con capucha de diez pesos y los paraguas de cincuenta pesos (¡baratos!) eran mucho más demandados que las capas impermeables de 100 pesos. También se vendían o distribuían banderas, estandartes, camisetas, escudos, todos con múltiples inscripciones.

Vino el aguacero y lo sorprendente es que la gran mayoría aguantó vara. La mayoría parecía más o menos cubierta, pero muchos no. Entre los últimos me llamaron la atención los normalistas de Ayotzinapa, los estudiantes de hoy en día, en perfecta formación, sin ninguna protección contra el agua y con enorme gallardía.

A cuatro años de distancia la marcha fue, de los muchos miles que ahí se congregaron, como un homenaje solidario a la persistencia de esas madres y padres que exigen esclarecimiento y justicia. AMLO los recibió más tarde, en una actitud que contrastó con la del todavía, aunque ya muy disminuido presidente. Los padres agradecieron lo que para ellos es una primera muestra de verdadero compromiso por resolver el crimen.

Hay en México cientos de miles de madres, padres, hermanas y hermanos de desaparecidos y victimas del crimen. Pero estos, los de Ayotzinapa, son particularmente importantes no solo por su entereza, sino porque para todos los mexicanos es fundamental saber sí se trató de un crimen de estado. Un asesinato masivo que mostraría el contubernio entre organizaciones criminales con autoridades públicas. Una sospecha se extiende a muchos otros casos ocurridos a lo largo y ancho del territorio nacional.

Luchar contra la corrupción es un compromiso mayúsculo de López Obrador; los asesinatos de candidatos en las pasadas elecciones serían otra señal que identifica el peor de los campos de batalla del futuro próximo: el de las relaciones entre autoridades locales y organizaciones criminales.

No creo que esta marcha por los estudiantes normalistas desaparecidos haya sido una de las últimas de este sexenio. Fue más bien una de las primeras del gobierno de López Obrador. Y lejos de pensar que será un sexenio de calma después de un triunfo ciudadano, la marcha es señal de la conjunción solidaria de demandas hasta ahora más o menos dispersas: jóvenes que quieren seguridad, pueblos que piden respeto a sus tierras y culturas, maestros en defensa de derechos laborales y otros.

Muchos verán en las promesas y actitud del gobierno entrante la oportunidad de expresarse y pedir lo que los últimos gobiernos les han negado; incluyendo en primer lugar la libertad para expresarse. Este será un gran reto para el futuro gobierno. Pronto deberá atender una marea de exigencias que lo pondrá a prueba y le obligará a definiciones más puntuales.

Un reciente artículo de José Woldenberg pone el dedo en la llaga. El enojo popular mostrado en las pasadas elecciones ¿empuja hacia un Estado mínimo, austero en extremo, bajo el pretexto de atacar una burocracia corrupta y abusiva? Lo que deja de lado la critica a la operación del mercado como verdadera fuente de la inequidad. Casi nada le faltó a Woldenberg para decir con todas sus letras que muchos entusiastas de la administración que viene tienen una visión profundamente neoliberal.

La opción es lo contrario, un esfuerzo de fortalecimiento del estado y sus instituciones que debería reflejarse en reconstituir los mecanismos de contacto con la población que fueron privatizados en los últimos sexenios. No se puede hacer verdadera política social sin contar con muchos servidores públicos que salgan al encuentro de los pueblos, ejidos, comunidades y barrios. Esa tarea que se le dejó al internet y a agentes privados y que se disimuló como gasto de inversión.

Para volver a echar raíces se requerirá abandonar el temor al gasto corriente y contar con funcionarios que sepan de sociología, antropología, economistas sociales y personal con verdadera vocación.

sábado, 29 de septiembre de 2018

Echar Raíces

Jorge Faljo

Hacía muchos años que no acudía a una manifestación. Son cosas de jóvenes entusiastas y en general en buena condición física, y ya no estoy para esos trotes. El caso es que fui a la marcha para acompañar a las madres y padres de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa en el cuarto aniversario de su desaparición forzada.
Resultó fascinante observar cómo poco a poco y con una puntualidad razonable, se iban formando grupitos alrededor del monumento a la independencia, lugar usual de celebraciones futbolísticas. Salían las pancartas convocando, por ejemplo, a los estudiantes de diversas escuelas normalistas; o de facultades de la UNAM o del Polí. Y entre el desorden se iban juntando y organizando multitud de grupos pequeños y medianos.

Otros, la mayoría, llegaron ya como contingentes formados que se habían convocado para encontrarse en otros sitios. Una banda ambulante tocaba con alegría y cuando ya inició la marcha me di cuenta que acompañaba a un grupo de muchachas que, con el traje adecuado, bailaban la zandunga.

No eran solo jóvenes. Estaban los de Atenco, con sus machetes, indumentaria campesina y paliacates al cuello. Y grupos que se identificaban como electricistas, damnificados de los sismos, maestros y diversos movimientos sociales.

El cielo se oscurecía y era evidente que venía un aguacero. Los plásticos con capucha de diez pesos y los paraguas de cincuenta pesos (¡baratos!) eran mucho más demandados que las capas impermeables de 100 pesos. También se vendían o distribuían banderas, estandartes, camisetas, escudos, todos con múltiples inscripciones.

Vino el aguacero y lo sorprendente es que la gran mayoría aguantó vara. La mayoría parecía más o menos cubierta, pero muchos no. Entre los últimos me llamaron la atención los normalistas de Ayotzinapa, los estudiantes de hoy en día, en perfecta formación, sin ninguna protección contra el agua y con enorme gallardía.

A cuatro años de distancia la marcha fue, de los muchos miles que ahí se congregaron, como un homenaje solidario a la persistencia de esas madres y padres que exigen esclarecimiento y justicia. AMLO los recibió más tarde, en una actitud que contrastó con la del todavía, aunque ya muy disminuido presidente. Los padres agradecieron lo que para ellos es una primera muestra de verdadero compromiso por resolver el crimen.

Hay en México cientos de miles de madres, padres, hermanas y hermanos de desaparecidos y victimas del crimen. Pero estos, los de Ayotzinapa, son particularmente importantes no solo por su entereza, sino porque para todos los mexicanos es fundamental saber sí se trató de un crimen de estado. Un asesinato masivo que mostraría el contubernio entre organizaciones criminales con autoridades públicas. Una sospecha se extiende a muchos otros casos ocurridos a lo largo y ancho del territorio nacional.

Luchar contra la corrupción es un compromiso mayúsculo de López Obrador; los asesinatos de candidatos en las pasadas elecciones serían otra señal que identifica el peor de los campos de batalla del futuro próximo: el de las relaciones entre autoridades locales y organizaciones criminales.

No creo que esta marcha por los estudiantes normalistas desaparecidos haya sido una de las últimas de este sexenio. Fue más bien una de las primeras del gobierno de López Obrador. Y lejos de pensar que será un sexenio de calma después de un triunfo ciudadano, la marcha es señal de la conjunción solidaria de demandas hasta ahora más o menos dispersas: jóvenes que quieren seguridad, pueblos que piden respeto a sus tierras y culturas, maestros en defensa de derechos laborales y otros.

Muchos verán en las promesas y actitud del gobierno entrante la oportunidad de expresarse y pedir lo que los últimos gobiernos les han negado; incluyendo en primer lugar la libertad para expresarse. Este será un gran reto para el futuro gobierno. Pronto deberá atender una marea de exigencias que lo pondrá a prueba y le obligará a definiciones más puntuales.

Un reciente artículo de José Woldenberg pone el dedo en la llaga. El enojo popular mostrado en las pasadas elecciones ¿empuja hacia un Estado mínimo, austero en extremo, bajo el pretexto de atacar una burocracia corrupta y abusiva? Lo que deja de lado la critica a la operación del mercado como verdadera fuente de la inequidad. Casi nada le faltó a Woldenberg para decir con todas sus letras que la administración que viene tiene una visión profundamente neoliberal.

La opción es lo contrario, un esfuerzo de fortalecimiento del estado y sus instituciones que debería reflejarse en reconstituir los mecanismos de contacto con la población que fueron privatizados en los últimos sexenios. No se puede hacer verdadera política social sin contar con muchos servidores públicos que salgan al encuentro de los pueblos, ejidos, comunidades y barrios. Esa tarea que se le dejó al internet y a agentes privados y que se disimuló como gasto de inversión.

Para volver a echar raíces se requerirá abandonar el temor al gasto corriente y contar con funcionarios que sepan de sociología, antropología, economistas sociales y personal con verdadera vocación.

lunes, 24 de septiembre de 2018

1994

Jorge Faljo

Recordar es vivir.

“El crecimiento económico de México se traducirá hasta el largo plazo en un mayor bienestar y desarrollo social, reconoció hoy aquí Michel Camdessus, director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI) (…) agregó que ‘después de haber avanza¬do de manera muy profunda en el ajuste económico y su rees-tructuración industrial, México tiene enfrente, particularmente con la apertura que se han atrevido a hacer, una perspectiva de crecimiento fuerte y sin inflación’.”

“Banco de México manifestó que el cambio de administración de ninguna manera provocará riesgos cambiarios, por fuga de capitales o por otros aspectos, porque la situación es de calma en los mercados financieros. (…) En consecuencia, dijo, la tran¬sición no provocará presiones de ningún tipo a las finanzas ni a la política cambiaria, y sí por el contrario se siente una mayor confianza en el futuro del país.”

La primera de las dos citas anteriores pretendía tener resonancia internacional y era un claro espaldarazo a la política económica seguida por el régimen que estaba a punto de terminar. Se publicó en el 7 de octubre de 1994. La segunda apareció unas siete semanas más tarde, el 30 de noviembre del mismo.

Toda una avalancha de optimismo compartido por los expertos financieros.

El presidente de la bolsa mexicana de valores descartó una fuga de capitales “ya que los inversionistas tienen un análisis muy sólido sobre el riesgo país (27 de octubre de 1994). El vicepresidente de Citibank destacó que las crisis del año fueron controladas por el gobierno salinista (11 de noviembre). Un estudio de Salomon Brothers (28 de octubre) afirmaba que el mercado de valores crecería en las próximas semanas.

Es difícil saber si los declarantes simplemente se equivocaron en su diagnóstico, o si, a pesar de sus dudas intentaban construir una realidad alterna más acorde a sus intereses. En todo caso consiguieron algo importante: que la amenaza de devaluación no se hiciera realidad dentro del gobierno del presidente Salinas, al que estaban todos asociados.

La estrategia defensiva era convencer a los inversionistas financieros que todo marchaba bien. Y lo lograron… a medias. Convencieron a los inversionistas externos, mucho más creyentes en las declaraciones oficiales. Pero los inversionistas internos, nuestra elite, se mostró mucho más desconfiada. Algo que nos ocurre con frecuencia a los mexicanos; entre más nos dicen los medios que la sandía es verde, más pensamos que por dentro es roja. ¿A poco no?

Un par de años más tarde, al analizar lo ocurrido, un par de economistas norteamericanos escribirían que los inversionistas mexicanos fueron los primeros en correr en la crisis de diciembre de 1994, tal vez debido a una asimetría informativa. Lo que se puede interpretar de dos maneras; una es que sabían más que los de afuera y previeron lo inevitable. La segunda posibilidad es que la devaluación ocurrió no porque fuera inevitable, sino debido a que al actuar como lo hicieron ellos mismos la provocaron.

Algo hubo de ambas vertientes. Pero lo principal es que la estrategia del salinismo dependía de su capacidad para atraer capital externo. De 1990 a 1994 las exportaciones crecieron notablemente; pero las importaciones crecieron aún más y eso generaba una creciente necesidad de atraer capitales externos, fuera inversión productiva o meramente financiera.

La inversión extranjera directa, productiva, creció de 2.6 mil millones de dólares en 1990 a 4.4 mil millones en 1993. La atraía la oleada de privatizaciones de empresas estatales y la promesa de un mayor comercio con los Estados Unidos.

La imagen de éxito vendía bien, sin embargo el grueso del capital atraído era meramente financiero, especulativo. En 1990 entraron de estos últimos 3.4 mil millones de dólares y para 1993 crecieron a 29 mil millones. El deterioro de imagen que implicaron el levantamiento zapatista y el asesinato del candidato presidencial del PRI hizo que el flujo se redujera a solo 8 mil millones en 1994.

El caso es que la estrategia requería del capital especulativo para parchar un estilo de modernización de fachada que elevaba el déficit comercial con el exterior y que al interior destruía sin piedad las estructuras de producción agrícola e industrial construidas en las décadas anteriores.

El Plan Nacional de Desarrollo de Zedillo, al analizar lo ocurrido hizo dos claras afirmaciones: la modernización salinista lo que hizo fue substituir una forma de producción por otra, con muy bajo crecimiento real; y los enormes montos de capital atraídos no participaron en el fortalecimiento de la producción.

La crisis de 1994 ocurrió a pesar de que el nuevo gobierno era del mismo partido político y prometía continuidad de la política económica. Pero el gobierno de Salinas había nacido con tufo a fraude electoral y su estrategia de apertura comercial con peso fuerte arrasó con la pequeña y mediana empresa orientada al mercado interno. El levantamiento indígena le hizo ver al mundo que debajo del tapete se escondía un importante problema social.

Afortunadamente la crisis de 1994 tuvo un doble efecto paradójico. Aunque ocurrió a los pocos días de iniciado el sexenio de Zedillo, para la población fue muy claro que la raíz del problema se encontraba en la estrategia salinista. Esto le permitió gobernar al siguiente presidente sin cargar con una culpa que habría sido políticamente imposible de manejar.

La segunda paradoja fue que este grave tropiezo de la estrategia económica permitió un paréntesis de crecimiento entre décadas de estancamiento. De 1994 a 1996 la exportación de manufacturas creció en un 80 por ciento; el peso débil impulsó la producción de exportación y también aquella orientada a substituir importaciones que se habían vuelto muy caras.

Este fuerte crecimiento ocurrió en las condiciones más precarias: sin crédito a las empresas y al consumo; sin inversión notable, y con las cadenas de producción dislocadas. Banco de México lo explicaría en su informe de 1995: las empresas hicieron uso de capacidades instaladas ya existentes pero subutilizadas.

Estas capacidades dormidas fueron la gran fuente de riqueza que se reactivó en 1995 y que en lo económico le permitieron salir adelante al régimen de Zedillo. Eso a pesar de que los recursos públicos se dirigieron a rescatar a las elites financieras. La revaluación del peso acabó con el periodo de buen crecimiento hacia el final de ese sexenio.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Mira como andas… según la OCDE

Jorge Faljo

En mayo de 1994 México ingresó a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico –OCDE- Era la primera nación en desarrollo admitida y esto era una especie de reconocimiento a las transformaciones de la administración de Carlos Salinas de Gortari. Las principales habían sido la privatización de empresas públicas y abrir espacio a la conducción de la economía nacional por la vía del mercado. En lo externo destacaba la negociación del Tratado de Libre Comercio de la América del Norte y otros similares.

La OCDE no intenta incluir a muchos países. Le interesa cierta afinidad en el nivel de desarrollo, pero aún más importante es la homogeneidad de objetivos e instrumentos de política.

Así México entró al grupo de las mayores economías, las más industrializadas y, sobre todo con baja intervención del estado en la economía y abiertas al libre comercio internacional. Estar en ese club de ricos es comprometerse a ser evaluados y, en alguna medida a instrumentar medidas afines.

La OCDE publicó en mayo pasado el documento “Hacerlo bien” (Getting it right) en el que expone su diagnóstico y prioridades estratégicas para México. En adelante expongo su mensaje fundamental.

La introducción señala que la mayor parte de la población mexicana sigue viviendo en pobreza y vulnerabilidad, con niveles de inequidad sumamente altos tanto en ingresos como en oportunidades. El Estado de derecho es sumamente débil y la mayoría de la población percibe que la corrupción gubernamental es rampante. Por ello no se extraña, dice, que México tenga los niveles de productividad más bajos de la OCDE y un ritmo de crecimiento lento.

En este mensaje se encuentra una indudable adecuación del discurso a la nueva realidad de un planeta en ebullición social, donde ya se percibe el fracaso de una globalización excluyente. El documento habla de un posible retroceso de la globalización. Es en este contexto que los viejos campeones del neoliberalismo ahora muestran una preocupación por lo social.

Lo primero que lanza la OCDE como elemento de diagnóstico es que la recaudación tributaria de México sigue siendo insuficiente respecto de las necesidades de inversión en infraestructura, educación, salud, reducción de la pobreza, apoyo familiar y protección social. Sostiene que es posible elevarla sobre todo porque se encuentra muy por abajo del promedio de captación fiscal de la OCDE y de América Latina.

La inversión gubernamental fue de apenas el 1.8 por ciento del PIB en 2016 y el gasto social se encuentra los más bajos de los países de la OCDE.

Para fomentar el desarrollo y la mejora del bienestar es necesario aumentar la recaudación tributaria. Entre otros consejos la OCDE propone gravar los ingresos de capital que, dice, benefician de manera desproporcionada a los ingresos más altos, así como introducir un impuesto a la herencia.

La reducción de los niveles de confianza de los ciudadanos en el gobierno se acentuó en el último lustro. Ello se origina en la desaceleración económica, los escándalos de corrupción, el deterioro de la seguridad y un entorno mundial difícil para una economía tan abierta como la mexicana. Urge elevar el nivel de confianza de la población mediante instituciones legales y judiciales fuertes e independientes, el combate a la corrupción y una estrategia de seguridad y justicia coherente.

La siguiente vertiente de diagnóstico señala que hay que promover un crecimiento urbano más ordenado y reducir los impactos ambientales y sociales de la distancia entre el lugar de trabajo y de residencia de los trabajadores. Se debe respaldar un desarrollo regional más equilibrado y acorde a una política de inclusión socioeconómica.

El desempeño del mercado laboral no debe juzgarse exclusivamente por el número de empleos disponibles sino, también, por la calidad del empleo. En México el mercado laboral presenta una alta informalidad, empleos formales de baja calidad y mínima seguridad laboral. La participación total de la fuerza laboral en México es la segunda más baja de la OCDE, solo después de Turquía. El crecimiento económico no ha sido incluyente.

La tasa de mortalidad infantil es la más alta entre los países de la OCDE. Destaca la muy alta mortalidad de los pacientes ya ingresados en hospitales por enfermedades cardiovasculares, accidente cerebrovascular isquémico, e infartos al miocardio. La mayoría de los hospitales no están equipados para tratar estos casos.

Aun cuando el nivel educativo de las mujeres se equipara con el de los hombres su participación en el mercado laboral es baja. En todos los grupos de edad las madres mexicanas tienen menos probabilidades de conseguir trabajo que en otros países de la OCDE. La tasa de embarazo adolecente es elevada y el porcentaje de mujeres jóvenes que no estudian ni trabajan es casi cuatro veces mayor que el de los varones jóvenes.

No puedo reproducir todos los elementos de diagnóstico de tan extenso documento. Pero si puedo afirmar que su franqueza lo hace más valioso que la mayoría de los documentos que emanan de esta administración; incluido el reciente sexto informe presidencial.

Tal vez su publicación en mayo pasado respondió a un intento de advertirle a esta administración moribunda que se requerían cambios de fondo. Haya sido o no esa intención, es muy atendible por la futura administración. Sobre todo en cuanto al diagnóstico, aunque algunas de sus recetas resulten controvertidas.

El caso es que sea recurriendo a la alopatía, la homeopatía, la medicina china o la herbolaria mexicana, este país necesita aliviar muchos males.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Argentina; la bien portada

Jorge Faljo


Argentina se encuentra en crisis. Es una historia que de alguna manera se repite.

Hacia fines del siglo pasado le apostó a un modelo de atracción de capital externo para que invirtiera y creara empleos. Para darle seguridad a esos inversionistas hizo algo inusitado: amarró su moneda a una paridad fija con el dólar. Estableció por ley la imposibilidad de devaluar. Pero su apuesta falló.

La atracción de capital externo implicó en unos casos la venta de empresas y en otros la destrucción de las que, en un modelo de libre comercio y moneda fuerte, ya no pudieron sobrevivir.

Pero atraer capitales es endeudarse y comprometerse al pago de intereses o a la repatriación de ganancias y se convierte en un camino que requirió cada vez más capitales externos para mantener la apariencia de desarrollo. Se convirtió en una nación importadora que destruyó su industria, generando desempleo y empobrecimiento.

Hasta que tronó el modelo por la insuficiencia en la entrada de dólares y la duda creciente sobre la viabilidad de una moneda fuerte solo por decreto. En 2002 Argentina debía 100 mil millones de dólares por los que pagaba altas tasas de interés para que los inversionistas asumieran el riesgo de prestarle. La situación empeoraba y era contenida con saliva; con discursos en el que las elites financieras de adentro y afuera insistían en que la situación estaba controlada.

Lo que me recuerda el discurso oficial mexicano, respaldado en el exterior, que hacia fines de 1994 insistía en que todo marchaba de perlas.

El caso es que la estrategia financiera del país del sur tronó y llegó a la imposibilidad de pagar. Tras muy duras negociaciones consiguió una quita del 70 por ciento de la deuda, lo que implicó una fuerte pérdida para los inversionistas externos.

Ya que la disyuntiva para el país era la de que su población pudiera comer o bien que los inversionistas obtuvieran las ganancias esperadas, por las que habían arriesgado su dinero. El 92 por ciento de los inversionistas aceptaron el trato. El 8 por ciento restante vendió su deuda en alrededor del 40 por ciento, algo más de lo que les ofrecía el gobierno argentino. La vendieron a fondos especializados en comprar deuda barata para luego demandar su pago total en tribunales norteamericanos. Esas empresas son conocidas como fondos buitres.

Argentina se vio aislada de los mercados financieros internacionales de manera tajante y bajo la constante amenaza de que sus activos gubernamentales podían ser embargados. La situación llegó a extremos en que un buque escuela de su marina que atracó en un puerto africano fue embargado; el avión presidencial no podía volar al exterior porque lo podrían embargar.

Tal situación de aislamiento financiero extremo se mantuvo hasta el 2016. Argentina tuvo que racionar sus dólares. En algún momento rompió un convenio de comercio de automóviles con México porque le implicaba un déficit de mil millones de dólares anuales. De este lado, acostumbrados a déficits enormes, como el de 65 mil millones de dólares que tenemos con China, no vimos nada bien esa decisión.

Pero Argentina tenía que cuidar cada centavo de dólar y estableció medidas de control de cambios que les dificultaban a sus ciudadanos la compra de dólares.

¿Sufrieron mucho los argentinos con el aislamiento? De 2003 a 2013 la indigencia se redujo de 21.1 a 5.5 por ciento y la pobreza de 58.2 a 27.5 por ciento. Fue un incremento notable en los niveles de vida que se tradujo en un importante apoyo popular al gobierno de Cristina Fernández.

Pero en 2014 los precios de los principales productos de exportación de Argentina cayeron en el mercado global, ya no vendía igual y eso impactó en los ingresos públicos y en los niveles de vida. Una parte importante del ingreso público eran los impuestos a la exportación, llamados retenciones. El caso es que el combate a la pobreza se debilitó y en 2014 y 2015 esta volvió a incrementarse, aunque muy lejos de llegar a los niveles de años anteriores.

En este contexto la oposición de derecha logró llevar a la presidencia a uno de los más ricos empresarios del país, Mauricio Macri, que ofreció volver a colocar a Argentina en el mapa mundial. Es decir, a su reinserción en la globalización financiera.

Para volver a ganar la confianza del capital financiero renegoció la deuda externa en sentido contrario; les dio lo que pedían. Así que volvió a endeudar a su país. A cambio obtuvo la entrada de grandes montos de financiamiento externo atraídos por tasas de interés atractivas. Sin embargo, era capital especulativo que más adelante, es decir ahora, haría su “toma de ganancias” y se iría. Lo hace en estos días que en Estados Unidos sube la tasa de interés y bajan los impuestos.

La entrada de financiamiento externo y la apertura al libre comercio se traduce en incremento de las importaciones y en un nuevo tsunami que destruye a la pequeña y mediana industria y crea desempleo.

Macri como parte de sus compromisos con el poderoso sector agroexportador redujo los impuestos a la exportación. Compensó multiplicando las tarifas de electricidad y gas. Para colmo la eliminación del impuesto a la exportación de trigo, sumada a la devaluación se tradujo en fuertes incrementos de la harina y el pan.

En cierta perspectiva Argentina se volvió a portar bien. Se hizo neoliberal, pagó sus viejas deudas, se abrió al libre comercio, atrajo capitales en abundancia. Ahora sufre las consecuencias.

La moneda se ha devaluado a la mitad en lo que va del año. La deuda externa es impagable y tendrá que ser reestructurada; es decir cambiar sus plazos y renegociar tasas de interés. Es posible que incluso se tenga que plantear una quita de capital; con lo que perderían los inversionistas menos avispados que no supieron salirse a tiempo.

Y Macri ha reinstalado las retenciones a las exportaciones. Declara que esos impuestos son malísimos; pero que no tiene otro remedio. Ahora pagarán todos los exportadores, incluso los de manufacturas. Son, por otro lado, los beneficiados por la devaluación.

Macri, el gran empresario, ha hundido a su población a cambio de beneficios para su clase social que difícilmente serán refrendados por el pueblo argentino en las próximas elecciones de octubre de 2019. Así las cosas.