lunes, 24 de mayo de 2021

Banxico; la solución de fondo. ¡Éntrenle!

Jorge Faljo

Este pasado miércoles el presidente Andrés Manuel López Obrador manifestó su molestia con el Banco de México, Banxico, porque no le entregó al gobierno federal una importante cantidad de dinero.

Banxico le ha entregado a la Secretaría de Hacienda en años anteriores (en 2015, 2016, y 2017; pero no en 2018, 2019, y 2020) el llamado remanente de operación, es decir ganancia, que ocurre cuando el dólar aumenta su precio y las reservas de Banxico, en su mayor parte en dólares, también suben su valor en pesos. La devaluación del peso le da a ganar a quien tiene dólares y en este caso el destino de esa ganancia está reglamentado.

Ahora, en 2021, el banco central declara que el remanente de operación del año pasado no fue substancial y tiene que dedicarse a cubrir adeudos y depositarse en un fondo de reserva.

La reacción del presidente ha sido anunciar con anticipación que, en diciembre próximo, cuando llegue a su término el mandato del actual gobernador del Banco de México, Alejandro Díaz de León, no propondrá su reelección. Lo que hará será postular como nuevo jefe de Banxico a un economista de mucho prestigio, con dimensión social y partidario de la economía moral.

Creo que es la segunda ocasión en que, hablando del Banco de México, se gasta la pólvora en infiernitos. Antes fue con el asunto del manejo de las divisas; ahora con el titular de la institución. Desde un lado se discuten migajas sin ir al fondo del asunto; desde otro lado se desgarran vestiduras y se denuncia el posible atentado a la sagrada autonomía de Banxico.

Discutir de ese modo la autonomía de Banxico es como si una pareja discutiera si quiere o no tener una vivienda, sin entrar a detallar sus características. Hay que discutir alternativas, tamaño, precio, lugar.  

Sería tan absurdo discutir si se necesita o no una vivienda, sin hablar de los detalles, como discutir si se necesita una banca central sin abordar su misión y características. Estas son las que determinan su funcionalidad.  

Es claro que necesitamos un Banco Central y que su autonomía juega un papel fundamental. Tiene que estar reglamentada y respetada; pero no es sacrosanta e intocable. Y un economista con dimensión social y partidario de la economía moral deberá, también, manejarse al frente de la institución de acuerdo a leyes y reglamentos

Las parejas tienen hijos; los ingresos evolucionan; las necesidades de vivienda cambian. Lo mismo le ocurre al país. ¿Necesitamos al mismo Banxico, con el mismo diseño institucional establecido hace 28 años?

Para la gran mayoría de la población el banco central es una entidad lejana que no incide en sus vidas. Sin embargo, sus políticas han sido y siguen siendo determinantes de la evolución general de la economía y del bienestar de la población.

La autonomía de Banxico fue diseñada durante el salinismo como bastión para la defensa de un modelo económico específico en el que la atracción de capital externo sería el eje de la modernización y el crecimiento. En el que el combate a la inflación se daba mediante el abaratamiento de las importaciones y la represión a los aumentos salariales, sin tomar en cuenta el incremento de la producción interna de los bienes de consumo mayoritario; lo importante era exportar.

Por eso la política monetaria de Banxico se orientó a sostener a toda costa un peso fuerte; a abaratar el dólar. El costo fue espantoso: la destrucción masiva de cientos de miles de empresas de la ciudad y el campo que producían para el mercado interno. Estas fueron satanizadas junto con las medidas que las protegían de la entrada de importaciones masivas artificialmente abaratadas por la política de peso fuerte.

El peso fuerte solo fue posible mediante la venta del patrimonio nacional. El que era de propiedad pública, de todos nosotros; y el que era de propiedad de mexicanos. Así se desnacionalizó la banca, la siderurgia, el gran comercio. Lo que no tuvo ese destino se destruyó: la producción de vacunas, de fertilizantes, de electrodomésticos.

Hubo excepciones, básicamente determinadas por el poder y las relaciones dentro de la elite, que favorecieron la creación algunos gigantescos monopolios propiedad de mexicanos.

La actual autonomía de Banxico es heredera de esa historia que no hemos dejado atrás. Es absurdo dudar si debe haber una banca central autónoma; eso es un hecho dado.

No obstante, es imprescindible discutir las características de su autonomía. Y eso podemos hacerlo viendo ejemplos cercanos. Propongo ver el caso de la autonomía de la banca central, la reserva federal –Fed-, de nuestro principal socio comercial: los Estados Unidos.

Banxico tiene como único objetivo institucional preservar el valor de la moneda. Muy importante, pero hay otros que pudieran adicionarse. La Fed tiene tres: preservar el valor de la moneda; el pleno empleo; y aprovechar el potencial de crecimiento de la economía. Podríamos pensar en un objetivo más que viene de una banca del oriente y que sustenta el sorprendente crecimiento de la economía de China: mantener una paridad competitiva en el contexto de la globalización.

Cuatro objetivos que pueden declararse incompatibles. Cierto que jalan en distintas direcciones. Pero estos cuatro objetivos podrían y deberían balancearse entre sí para determinar políticas más apropiadas a impulsar el crecimiento económico y la equidad.

No basta revisar los objetivos; hay que revisar la gobernanza, el manejo interno. Por reglamento salinista en Banxico solo puede haber gurús financieros, algunos provenientes de la banca privada. En la Fed hay representación del aparato productivo, el comercio y las regiones. La diferencia es grande.

Si tomamos a la Fed norteamericana como ejemplo bien podríamos pensar en subgobernadores que representen al sureste más pobre, igual que al norte; a la pequeña industria, al medio campesino, y a los obreros.

Una autonomía re-diseñada sería mil veces mejor que depender de un economista partidario de la economía moral pero amarrado por una normatividad diseñada para un modelo de desarrollo fracasado. El que nos hundió en la autodestrucción, la desnacionalización, el trabajo semi esclavo y el empobrecimiento continuado.

 

domingo, 16 de mayo de 2021

Pandemia; no hay vuelta atrás.

Jorge Faljo

El virus del Covid-19 ha infectado a más de 150 millones de personas y matado a más de tres millones. Tiene también otros impactos igualmente demoledores. Ha paralizado durante meses las actividades productivas y provocado el despido de cientos de millones de trabajadores; ha hundido en la miseria a muchos que ya eran pobres y llevado a la pobreza a buena parte de las clases medias del planeta.

Su impacto puede equipararse al efecto de docenas, o cientos, de tsunamis, terremotos, huracanes y erupciones volcánicas en el curso de pocos meses. Pero no ha destruido edificios, viviendas, carreteras; se ha centrado en las personas y eso la convierte en una catástrofe terrible pero insidiosa. Se ensaña en los más mal alimentados y aquellos que sufren enfermedades crónicas no transmisibles; sobrepeso, diabetes, problemas cardiacos, cáncer y se expande sobre todo entre los que no pueden dejar de salir a la calle a ganarse la vida que son también los que viven y se transportan hacinados.

El virus se ha aprovechado de nuestras debilidades; las personales, como una débil fortaleza inmunológica y las sociales que tienen que ver sobre todo con la inequidad en el acceso a una buena alimentación, servicios de salud y hospitalarios.

Es el virus el que enferma y mata, pero también es nuestra culpa el daño que nos hace. Hemos elevado la probabilidad de que surjan nuevos brotes virales peligrosos en particular de tres maneras: la invasión de la naturaleza y el mayor contacto con especies exóticas; la producción en masa e insalubre de animales para alimentación y la globalización del transporte de personas y mercancías.

Algo de la mayor importancia es aprender de la catástrofe, no para repartir culpas sino para estar mejor preparados para un siguiente evento de este tipo.

La Organización Mundial de la Salud encargó a un grupo independiente de expertos una revisión de la manera en que se ha respondido hasta el momento a la pandemia. Se basaron en un amplio ejercicio de campo; es decir de dialogo con múltiples informantes que contribuyeron a una visión de conjunto para finalmente generar un reporte cuyo título, traducido del inglés, es “Hagamos que el Covid-19 sea la última pandemia”.

Este nombre nos dice algo fundamental, que las pandemias pueden evitarse. No por la vana idea de que ya no surgirán nuevos virus de igual o mayor peligro; sino porque es posible estar mejor organizados para hacerles frente.

El reporte señala, sin miedo a las palabras, fallas importantes de la propia OMC y de los gobiernos que se localizan sobre todo en las siguientes vertientes.

El mundo no estaba preparado para enfrentar el problema a pesar de que algunas epidemias previas como el SARS, MERS, Influenza H1N1, Ebola, afortunadamente contenidas a nivel regional, indicaban la necesidad de cambios importantes. La advertencia de que, tarde o temprano, se enfrentaría otro virus más agresivo era clara pero los gobiernos no lo tomaron suficientemente en serio y no se destinaron recursos. Era como gastar en un seguro contra accidentes.

Los sistemas de vigilancia y alerta no reaccionaron con suficiente rapidez; lo mismo en China que posteriormente en la propia OMC.

Una vez declarada la Emergencia de Salud Global la mayor parte de los gobiernos no tomaron medidas inmediatas y decididas. Fallo el liderazgo y la coordinación e incluso se devaluó el conocimiento experto. Tal vez para no enfrentar consecuencias políticas.

No se contó con infraestructura, personal capacitado y reservas de, por ejemplo, pruebas diagnósticas, oxigeno, respiradores. El desabasto se hizo presente en múltiples puntos de las cadenas de producción y sigue impactando no solo la atención a la pandemia, sino que se ha traducido en descuido de la atención a otras enfermedades.  

Uno de los mayores fracasos ha sido la incapacidad para responder con una estrategia de vacunación global. Lo que han predominado son las prioridades nacionales de los países de mayores ingresos donde ya se vacuna a población de muy bajo riesgo en tanto que la población del planeta con peores condiciones de salud preexistentes y más vulnerables son los más rezagados.

Aunque aquí lo he expresado en tiempo pasado, buena parte de estas fallas persisten y deben ser atendidas con rapidez. Pero el esfuerzo debe ir más allá de lo inmediato para invertir en el futuro; adquirir el seguro que permita asegurar que esta sea la última pandemia.

De acuerdo al reporte de la OMC los gobiernos nacionales y las instancias de gobierno internacionales fracasaron y el costo que se está pagando en vidas, en sufrimiento humano, en la economía mundial y en la convivencia social es terrible. Peor aún, saldremos de esta pandemia con gobiernos endeudados que bajo la ortodoxia dominante nos puede llevar a una austeridad acentuada que implique no atender la herencia de la pandemia: población empobrecida, nutrición deteriorada, rezago educativo, mayor inequidad, y otras prioridades desatendidas.

Si predomina la austeridad y el egoísmo, en vez de gobiernos proactivos sustentados en nuevos acuerdos sociopolíticos para que los ultra ricos contribuyan al bien social, la convivencia social se deteriorara todavía más.

Prevenir una nueva pandemia requiere de una importante transformación para contar con una población más sana, mejor nutrida, más educada, en condiciones de vida dignas en el hogar, el transporte, el trabajo. Requiere invertir en un mejor sistema de salud y hospitalario y en una investigación científica orientada por las necesidades de la población y no por las perspectivas de lucro privado.

Hay países que lograrán esta transformación. Otros fracasarán y su fracaso implicará una involución no solo interna sino importantes consecuencias internacionales. Oleadas de migrantes en busca de escapar de su miseria y falta de perspectivas.

La herencia de la pandemia será que no habrá vuelta atrás: avanzamos o retrocedemos. Pero no regresaremos a lo mismo.

 

domingo, 9 de mayo de 2021

El problema de fondo

 

Jorge Faljo

La caída de dos vagones del metro por el vencimiento de una trabe provocó la muerte de por lo menos 25 personas en lo que se califica de la peor tragedia de la ciudad de México en varios años. Durante horas los noticiarios dieron cuenta del aparatoso accidente, de las tareas de rescate y del sufrimiento de los heridos y de numerosas personas buscando a familiares con la angustia de que si no respondían al teléfono podía haber ocurrido lo peor.

Dicen que una foto vale más que mil palabras. El impacto mental de una tragedia, que se desenvuelve ante nuestros ojos, la operación de rescate, el traslado de heridos, la búsqueda de parientes nos genera un trauma colectivo, Una sensación de que nos pudo ocurrir a nosotros y de impotencia e inseguridad. Sobre todo, porque, contra viento y marea de las declaraciones oficiales de que no existían problemas estructurales se encuentran los dichos y fotos de columnas dañadas y señales de posibles desperfectos previos.

Lo instintivo es antes que otra cosa determinar responsables y repartir culpas y eso convierte el accidente en una rebatinga política entre los partidos de oposición y los comentaristas críticos de un lado y el conjunto de la cuatro T del otro. Solo que también falta ver como se baraja la asignación de responsabilidades del lado de lo que hoy es cuatro T. Una familia que poco comparte en propósitos de fondo.

No definir culpables, o chivos expiatorios, y darle largas al asunto con la intención de darle carpetazo corre el riesgo de que el trauma se convierta en resentimiento en contra de toda la administración. No sería para menos. Medio millón de personas sufren ahora las incomodidades de viajar en transportes abarrotados, de enfrentar embotellamientos y tener que salir más temprano a sus labores y regresar más tarde y más tensos a sus hogares.

No es, como lo plantean las mismas autoridades, cosa de volver a colocar una trabe. En el esfuerzo de crear confianza se ha convocado a una empresa noruega a hacer el peritaje y la jefa de gobierno habla de una revisión general de todo el tramo elevado, e incluso de todas las líneas del metro en su conjunto. Los ciudadanos lo reclaman y lo merecen.

El reparto de culpas, sea el institucional o el que ya hace la población, muy probablemente se expresará en las elecciones próximas, el 6 de junio.

Pero lo realmente importante es que la ciudad de México no puede quedarse sin metro. Habrá que recuperarlo no solo como estaba; sino de una manera que restituya la confianza de la población. Y pronto.

Aquí es donde vendrán decisiones presupuestales difíciles para un gobierno, el federal, casado con la más rancia ortodoxia financiera. ¿Puede la ciudad de México tener el transporte que su población merece y al mismo tiempo seguir en la línea de reducir la deuda pública sin elevar impuestos?

La “responsabilidad financiera” que presumen nuestras autoridades hacendarias nos ha impuesto uno de los gastos sociales más bajos y el de menor impacto positivo de toda América Latina. Lo mismo puede decirse del gasto en apoyo a la supervivencia y recuperación económica. Ambos en el contexto del más brutal empobrecimiento de la mayoría de la población en el último siglo.

Prácticamente se ha abandonado a la población a su suerte en materia alimentaria. Ya éramos la población con mayor sobrepeso del mundo; con un alto porcentaje de enfermedades no contagiosas asociadas, como diabetes e hipertensión, que le restan a cada mexicano más de cuatro años de vida en promedio. Que afectan su desarrollo personal desde la infancia y sus capacidades laborales creando un círculo vicioso de pobreza permanente.

¿En este contexto puede decirse que recuperar el metro es prioritario?

No deberíamos tener que elegir; las prioridades son muchas.

Queremos todo. Metro, y también rescate de la economía, generar empleos, política industrial, sistema hospitalario de calidad e instrumentar un verdadero fortalecimiento inmunitario de la población a partir de una comida sana y una vida saludable. Esto último es uno de los aspectos más abandonados por la más terrible combinación de corrupción, ineptitud y austeridad, en medio de una tragedia alimentaria en marcha.

Hay que imitar el pragmatismo de otros lados en los que ante grandes problemas no dudan en plantearse grandes soluciones desechando inercias y ortodoxias.

La base de las grandes soluciones es una reforma fiscal que coloque al estado mexicano a por lo menos el nivel de la recaudación tributaria promedio de América Latina, o mejor, la de los países de la OCDE. Mejor aún, la recaudación tributaria que requiere un país que se ha planteado convertirse en un estado de bienestar social, de fortalecimiento del campo, promotor de la organización democrática y del crecimiento con equidad y cuidado de la naturaleza.

Pero marchamos en sentido contrario. Cada vez más parece que el ahorro mal entendido podría terminar siendo una de las peores herencias de este periodo. Un gobierno cuyo objetivo prioritario, el expresado en la propuesta de Hacienda para el año que entra, es gastar lo menos posible; limitar el presupuesto de todas y cada una de las entidades y programas públicos al grado de paralizarlos y hacerlos inefectivos. Demoliciones de fondo que solo preservan las fachadas, y construcción de programas que no están a la altura de la magnitud de los problemas.

Lo barato sale caro. Lo que necesitamos es lo contrario; un gobierno decidido a ser fuerte y generoso sobre la base de exigirles a los poderosos y ultra ricos una justa contribución al bienestar colectivo. Un gobierno con grandeza de miras y un liderazgo basado en la participación amplia de todos los sectores sociales.