domingo, 25 de octubre de 2020

Menos pasta, por favor

Jorge Faljo

Según nota del viernes pasado, del prestigiado periódico El Financiero, el consumo de pastas en México se disparó en respuesta a la pandemia. En conjunto creció en un 48 por ciento en el mes de marzo en comparación con los meses de enero y febrero. Destaca el mayor consumo de sopas Maruchan que creció en un 77.7 por ciento y el de pastas Barilla en 65 por ciento.

Las pastas de La Moderna, las de mayor consumo popular y dominantes en el mercado, incrementaron sus ventas en un 10 por ciento. Menos que las anteriores, lo que se debe a que tenían menos capacidad ociosa. Sus directivos declaran que no fue fácil abastecer las compras de pánico, y contrataron más trabajadores para operar sus cinco plantas las 24 horas del día.

La lectura del artículo tiene un tono bonachón. Que en medio de esta crisis a algunas pocas empresas les pinte bien parece positivo.

Pero yo soy aguafiestas; a mi me parece terrible en lo inmediato y amenazador en lo futuro. Me acordé que hace unas semanas una señora de recursos medianitos (su marido es un técnico que trabaja a destajo, las hijas tienen un puesto de fritangas, de banqueta, en una colonia popular) me dijo que como el huevo estaba muy caro ya le dijo a su familia que comerían más frijoles. O pasta, supongo.

El incremento substancial en el consumo de pasta se ajusta precisamente a la advertencia que lanzaron conjuntamente la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), al principio del confinamiento. Señalaron que podría ocurrir una baja en la calidad de los alimentos que consume de gran parte de la población mexicana. Y comer más pasta significa que se come menos de lo demás.

Nos urgen estadísticas precisas, generadas en tiempo real, para saber con precisión quienes (hombres, mujeres, niños, bebes), en que regiones (campo – ciudad, norte sur) sufren hambre o han empeorado su alimentación. Así lo digo porque la alimentación de la mayoría ya era mala.

Nos falta precisión pero lo que se puede afirmar es importante. Sabemos en primer lugar que lo que ocurre no es parejo. Para unos la vida y la comida sigue bien; los más, seguramente están en dificultades.

Por lo menos 20 millones de trabajadores y sus familias sufrieron una caída brutal en sus ingresos; unos 11 millones por perdida total del empleo y otros nueve millones por caída de su clientela o cambio a una actividad menos remunerativa. Esto significa millones de familias a las que no les iba tan mal pero que en los últimos meses se han sumado a los cronicamente subalimentados. Tal vez no tanto en cantidad, pero definitivamente si en calidad.

Se podría aventurar a ojo y sin exagerar, y que me desmientan con datos precisos, que probablemente la mitad de la población nacional está en situación de inseguridad alimentaria conforme a la definición de los organismos internacionales mencionados. Es decir que tienen incertidumbre sobre su futuro, empleo, economía familiar, y si tendrán para comer en unos días, o semanas.

Viven en carne propia lo que acaba de decir el Fondo Monetario Internacional, que México tendrá un bienio 2020 – 2021, malo. Sobre eso hay alguna incertidumbre compartida en altos circulos; podría no ser malo… sino peor. Porque a esta pandemia no le vislumbramos el final. Todo lo contrario, la situación empeora en Europa, Estados Unidos y no parece que nos estemos quedando atrás de ellos. ¿y si llegó para quedarse? Así que si para algunos hay incertidumbre financiera, otros no saben que tendrán para comer.

El caso es que millones de familias se aprietan el cinturón y reducen el consumo de alimentos de mayor calidad, con mayor contenido en proteinas y micronutrientes, como plantas, verduras y frutas, por aquellos en los que predominan las calorías. Lo cual genera situaciones de hambre oculta, se llena el estomago pero faltan micronutrientes y esa carencia se tiende a satisfacer comiendo más… pasta.

Lamentablemente la inseguridad alimentaria y su efecto en dietas no saludables no son un asunto pasajero sino que dejan huellas permanentes cuando es una situación crónica o que dura meses, tal vez años. Los más vulnerables son los menores de dos años que pueden tener un crecimiento inferior al normal que los marcará física y mentalmente para toda la vida. Los menores de cinco años pueden tener un peso y talla menores al que les corresponde. Mujeres en particular, y tambien hombres, pueden ver afectada su capacidad para trabajar y ganarse la vida en el futuro.

Las deficiencias nutricionales han sido claramente asociadas en estudios científicos a las principales enfermedades no transmisibles: cardiopatias, enfermedades vasculares, insuficiencias respiratorias y cancer. Ahora tal vez habría que añadir deficiencias inmunológicas. Estas son las principales causas de incapacidades y muertes.

Por cierto que el principal problema alimentario es el exceso en el consumo de sal. Así que un incremento en el consumo de las muy saladas (y con azúcar) sopas de preparación instantanea, no es de celebrarse.

La mala alimentación tiene un importante costo oculto; el incremento de las enfermedades no transmisibles. Pero para no sesgar habría que decir que el tabaco, el exceso de consumo de alcohol y el sedentarismo (estar sentadote todo el día) son los mayores contribuyentes, pero sola o acompañada, la desnutrición empeora todo.

No conocemos, repito, la magnitud e impactos diferenciados del empeoramiento nutricional en marcha. Pero si se puede afirmar que un añito o dos en esta mala situación alimentaria nos puede dejar una herencia de debilidades en la población, sobre todo si se trata de niños, y de costos en el sistema de salud que puede durar una generación.

Así que entre los que toman decisiones debieran hacer sus cuentas y pensar en medidas de urgencia para contrarrestar el deterioro nutricional de la población: encarecer los alimentos dañinos que generalmente son los más procesados; abaratar y hacer accesibles los alimentos frescos y variados, que por cierto son los que más están contribuyendo a la inflación; apoyar a los pequeños productores y a las cadenas de distribución cortas, nacionales, regionales y locales; y una fuerte divulgación (tal vez recuperando los tiempos oficiales de radio y televisión) sobre lo que puede ser una  alimentación saludable en tiempos dificiles.

El horno no está para… la desnutrición.

 

domingo, 11 de octubre de 2020

A la antigüita; sin falsas esperanzas

Jorge Faljo

El reciente mensaje de Agustín Carstens causó gran revuelo a pesar de su sencillez. Tal vez lo que dijo se acerca a lo obvio, pero en este caso la fuente es un personaje que fue director del Fondo Monetario Internacional, secretario de Hacienda y gobernador del Banco de México y ahora gerente general del Banco de Pagos Internacionales, una institución que agrupa a los bancos centrales de 60 países.

Lo que dijo, refiriéndose al mundo y no en particular a México, es que la crisis provocada por la pandemia ha durado y durará más y que eso ya ha cambiado la forma de viajar, trabajar, hacer compras y se asocia a una revolución digital innovadora. A lo que podríamos añadir la educación.

Tales cambios implican que la acción de los gobiernos y sus paquetes de salvamento, si bien positivos, no podrán prevenir el incremento de bancarrotas. Lo que sumado a las dificultades de pago de todo tipo de deudores podrá impactar al sistema financiero.

Carstens no es catastrofista, pero sus advertencias pegan duro.

Ya muchos han señalado que recuperar los niveles de empleo e ingreso después de esta crisis tomará más tiempo del que requirió salir de la Gran Depresión del 2008 – 2010. Carstens dice algo más, que los cambios son profundos e irreversibles. Y eso marca una diferencia substancial.

La preocupación por lo que está ocurriendo está generando múltiples documentos de alto nivel. Uno que me llamó la atención es la reciente publicación del Banco Mundial “Covid-19 y la Transformación Acelerada del Empleo en América Latina y el Caribe”. Ya el solo título dice bastante.

La publicación habla de un proceso de industrialización estancado en que el sector industrial no ha podido crecer y crear puestos de trabajo como lo hizo en su momento en las actuales economías desarrolladas. Tampoco se materializó en niveles de ingreso superiores. Específicamente señala que en Brasil y México tenemos sectores industriales más pequeños que los que lograron las economías desarrolladas cuando tenían el mismo nivel de ingresos.

El documento habla de una desindustrialización prematura en la que se verán afectadas las mayores posibilidades de empleo y crecimiento en el sector servicios. Así se refiere a una evolución reciente, en este siglo, y no a la gran mortandad de empresas ocurrida sobre todo en los años ochenta, mortandad de empresas que posteriormente fue acelerada con la apertura comercial unilateral y la privatización de empresas públicas.

Hablando del presente el documento del Banco Mundial señala que el impacto de la crisis es muy distinto entre los trabajadores formales y los informales, que en México son mayoría, y que va a acelerar el cambio laboral. Y acaba con otro mito al afirmar que la industrialización puede seguir contribuyendo al incremento de la productividad en la economía, pero no aporta a la creación de empleos; mucho menos para la mano de obra menos calificada.

El escrito menciona que el malestar que surgió en la región en 2019 puede tomarse como una advertencia de que restaurar el crecimiento económico y fomentar la creación de más y mejores puestos de trabajo ya eran prioridades urgentes. En México ese malestar se ha expresado de manera positiva en el gran cambio político del 2018 y, de manera muy negativa, posiblemente está incidiendo en el incremento de la violencia que hemos visto a lo largo de este siglo.

Es buena la descripción de lo que ocurre en el documento del Banco Mundial. Sin embargo, al entrar en el difícil terreno de hacer propuestas, señala que no hay soluciones obvias y se requiere creatividad, para caer a fin de cuentas en el más ortodoxo pensamiento inercial. Lo que dice es que hay que centrar los esfuerzos en el incremento de la productividad, en la formación de recursos humanos para incorporarse al empleo tecnológicamente más avanzado y en el fomento de la competencia internacional.

Por si acaso, supongo, ese documento también propone mejorar los mecanismos de protección social de maneras que no impliquen una carga a las empresas. Esto no me parece mal, pero es a fin de cuentas una red de protección cuando la creación de empleo falla.

Y en una estrategia que prioriza la productividad y la apertura comercial, al tiempo que se acepta que el entorno mundial no es propicio y que la historia industrial de nuestros países no ha sido de lo mejor, la propuesta de productividad naufraga. Seguir en la inercia generará resultados que ya conocemos, desindustrialización, empleos mal pagados e informales, deterioro socioeconómico, inequidad, descontento social.

Incluso hay que dudar de la posibilidad de recuperar esa inercia ya perdida. La crisis ha golpeado la producción, empleo e ingresos. Es el peor cuadro posible para pensar en fuertes inversiones que generen tal avance tecnológico que hagan posible no solo importantes avances de productividad, sino de competitividad internacional. En el fondo sería esperar que las grandes transnacionales se instalen aquí para presumir de productividad… sin empleo.

¿Qué tal ir en otra dirección?

Ese otro camino consistiría en lo esencial en no competir. En una regulación del mercado que permita emplear al máximo las capacidades productivas que ya existen en multitud de industrias de todo tamaño, y en reactivar muchas de las empresas de todo tamaño que han cerrado en las últimas décadas.

Pensar en invertir en recursos humanos no está mal, … para relativamente pocos. Al mismo tiempo que pensamos en educar para adaptar individuos a empleos selectos, también habría que considerar en conseguir que la gente pueda hacer lo que ya sabe hacer. Es mucho lo que se puede reactivar, y es mucho lo que la gente ya sabe hacer, o puede hacer sin necesidad de una formación muy avanzada.

Urge recuperar empleos, empresas, industrias, talleres, guiados por el fortalecimiento del mercado interno. Empezando por las transferencias públicas, el gasto social, el consumo popular y generar una espiral positiva de crecimiento, empleo e ingreso.

Solo que esto demanda abandonar la ortodoxia de la competencia internacional para pensar en mercados regulados por una alianza entre el sector público y las organizaciones de productores y consumidores. Acabo de leer una propuesta de la FAO para México que consiste en la creación de cadenas cortas agroalimentarias; un bonito nombre técnico para el encuentro de productores y consumidores en el espacio local.

Eso necesitamos. Solo que yo hablaría de mercados en los que se encuentren todo tipo de productores, que promuevan recuperar la diversidad productiva y hagan viable el uso de múltiples niveles tecnológicos.

Hacerlo así haría que millones puedan pasar de la producción cero a una producción convencional, a la antigüita tal vez, pero mejor que falsas esperanzas. Ese es el incremento de la productividad viable y generalizada sobre el que se podría reconstruir el país desde su base. 

 

 

domingo, 4 de octubre de 2020

Seguimos en lo mismo

 Jorge Faljo

La Secretaria de Economía, Graciela Márquez Colín, acaba de afirmar que la baja en la inversión extranjera directa mundial se verá compensada en México por la relocalización en el país de empresas globales. Las previsiones de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo “son muy desalentadoras”, dijo. Habló de contactos con los líderes de al menos 16 empresas globales que van de la mano con la banca global. Es cuestión de empatar las agendas y tener una conversación, y ofrecer y mostrar a cada una de las 16 empresas las oportunidades que tiene México.

Son buenos deseos de incierto cumplimiento futuro. Preocupa que está pueda pensarse como la posible salida la caída de la economía, el empleo, los ingresos y el bienestar de los mexicanos en este 2020.

No deberíamos confiar en que la ruta globalizadora, pueda ser el camino transformador que necesita el país. Ya que nos dio muy poco en el pasado, y ha ido de traspiés en traspiés en lo que va del siglo.

Los hechos son duros. La Gran Recesión iniciada en el 2008 señaló el fin de un crecimiento sustentado en el abundante crédito al consumo de sectores de la población financieramente vulnerables. Créditos hipotecarios de bajo interés inicial, diseñados bajo el supuesto de que los deudores elevarían sus ingresos más adelante, fueron los que permitieron que millones de trabajadores norteamericanos con empleos inseguros y mal pagados pudieran comprarse una vivienda. Otros créditos expandieron el consumo de automóviles y todo tipo de otros bienes duraderos.

La abundancia de crédito, es decir el endeudamiento incontrolado, creó un periodo de bonanza no solo en los Estados Unidos, sino en buena parte del primer mundo. La compra de viviendas lideró la expansión del consumo y el bienestar sobre una base falsa; el endeudamiento. Pero hay que destacar que las capacidades productivas eran muy reales; se podían producir las viviendas, autos, lavadoras, hornos de microondas, aparatos de ejercicio, muebles y demás que los consumidores demandaban.

Mientras que las capacidades productivas eran reales, los salarios que permitían comprar no aumentaban y para buena parte de la población iban a la baja. La semilla del mal se encontraba en la discrepancia entre la alta capacidad de producir y los bajos ingresos de los trabajadores.

Una discrepancia que nace al interior de la empresa: cada una quiere vender lo más posible produciendo al menor costo; es decir pagando poco a sus empleados y proveedores. Aquí se genera un comportamiento esquizoide; para cada empresa en lo particular lo conveniente es pagar poco; para el conjunto de la producción lo mejor sería que los consumidores tengan dinero en el bolsillo suficiente para que puedan comprar todo lo que se produce.

Cuando la brecha entre producción e ingresos se rellena de créditos atractivos la economía puede funcionar bien, por algún periodo de tiempo. Hasta que se genera una crisis de endeudamiento y todos se rasgan las vestiduras echando la culpa a los endeudados irresponsables sin ver que las empresas disfrutaron del periodo de buenas ventas sin haber cumplido con su papel de generar suficientes ingresos en los bolsillos de los compradores.

Esto viene a cuento porque, después de la lenta salida de la Gran Recesión, desde mediados de la década pasada se advertía desde los más importantes órganos globales sobre el riesgo de un estancamiento secular. El problema era de nueva cuenta la baja capacidad de consumo de la población respecto de las capacidades productivas existentes. Algo que se ignoró mientras que la insuficiencia de la demanda impactaba y hacia quebrar a las pequeñas y medianas empresas; incluso mejor si eran de países pobretones. Los llamados “en desarrollo”.

Distinta la reacción cuando se hizo evidente la quiebra de las empresas que daban empleo e ingresos a millones de trabajadores industriales norteamericanos que, en su descontento decidieron votar por un presidente que pusiera arena y piedras y otras trabas en la ruta globalizadora.

Y entonces parió la abuela. Llegó el Covid que le arrojó más arena a la economía, pero no a toda. Arrasó con los empleos e ingresos de millones y la caída del consumo se convirtió en la peor amenaza a la supervivencia de las empresas. Pero no de todas. Muchas, las más fuertes, las que tienen tecnología de punta, las que se anuncian y venden por internet y envían sus mercancías por paquetería no solo sobreviven, sino que prosperan en el enorme cementerio de las pequeñas y medianas empresas convencionales que producen para el entorno local, regional y nacional.

Es paradójico, pero mientras que la globalización ya no es camino para la mayoría de las empresas, ni lo es para países enteros y sus poblaciones, y ciertamente no lo es para México, si puede serlo para algunas pocas, muy pocas empresas.

Tal vez pueda haber 16, o algo más de grandes corporativos globales que ante los pleitos comerciales entre los Estados Unidos y China, y el incremento de los salarios y el bienestar en el segundo país, pueden estar buscando otro paraíso de mano de obra barata y muy bajos impuestos.

¿Qué estamos dispuestos a ofrecer para que vengan a México esos corporativos? En el pasado se les dieron terrenos con la infraestructura industrial ya hecha, condonaciones de impuestos por muchos años, sindicatos blancos y mano de obra sometida a trabajo intenso y prolongado. Así compitió México para conseguir que se asentaran aquí empresas de punta con la vista puesta en la exportación.

No creo que este gobierno esté dispuesto a ofrecer lo que se dio en el pasado. Ni sindicatos blancos, ni terrenos equipados gratuitamente, ni condonaciones de los de por si bajos impuestos existentes para las grandes empresas.

Un sector globalizado de la economía nacional en manos extranjeras podría ser un componente de un modelo de desarrollo nacional incluyente si, por ejemplo, se comprometiera a adquirir una porción relevante de sus insumos de empresas nacionales. Y si fuera ejemplo de trato digno a sus trabajadores y respeto a su representación sindical democrática.

Pero nunca debería ser el eje de la recuperación económica. Para ello hay que centrar la atención en la reactivación de millones de pequeñas y medianas empresas como principales generadoras de empleos; en un crecimiento integral del campo que incluya lo agropecuario y la industria rural.

Una recuperación que requiere un gobierno fuerte, activo, que por su derecho y el de todos capte impuestos a la altura de las modernas economías de alto bienestar social. Altos ingresos para redistribuir e incorporar a los rezagados, para educar, construir infraestructura e impulsar la producción.

Por lo pronto seguimos en lo mismo.