lunes, 23 de septiembre de 2019

Estamos muy gordos

Jorge Faljo

Hace unos días vi una película muy vieja, de por los años setenta. En la película además de los actores era posible ver a bastante más gente que sin ser actores eran parte del escenario haciendo actividades cotidianas como caminar en la calle, estar formados para entrar a un evento deportivo o cosas por el estilo. Eran gente de todas las edades.

Me pasaba lo que ocurre cuando uno se reencuentra con un amigo o amiga y le nota algo raro. Algo se hizo, pero uno no sabe bien a bien que. Tal vez se cortó el cabello o le cambió el color, trae otros lentes o, si es hombre, se dejó el bigote. Uno se tarda unos minutos en identificar lo que cambió, o de plano le pregunta: ¿Qué te hiciste que te vez diferente?

Así me pasaba con la película; había algo raro. Hasta que me di cuenta del motivo de mi inquietud: estaban flacos. No en el sentido de enfermos o hambrientos; más bien flacos saludables, pero con bajo peso desde la perspectiva de mi propio estándar actual. Y es que ahora estamos gordos… y menos saludables.

Según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición realizada en 2016, la más reciente de momento, el 73 por ciento de los adultos de México tenemos sobrepeso u obesidad, es decir más de 60 millones de personas. También el 36 por ciento de los adolescentes y uno de cada tres niños.

El resultado es que cada año mueren cerca de 90 mil personas por enfermedades asociadas a la obesidad, sobre todo diabetes, pero también enfermedades cardiovasculares, respiratorias e infecciosas. Cerca de la mitad de estas muertes son de personas en edad laboral; lo que implica que ellos y sus familias pierden años de ingresos. El tratamiento de una diabetes complicada y prolongada en medicina privada puede ascender, a lo largo de varios años, a más de un millón y medio de pesos. Tratarla adecuadamente, prolongando las capacidades y vida del paciente costaría la décima parte.

Para el sector de salud público el costo de atender la obesidad y las enfermedades relacionadas es de más de 120 mil millones de pesos al año. Sin embargo, estudios del Banco Mundial y la Organización Internacional del Trabajo la pérdida económica anual sería de 250 mil millones de pesos si se le suma la pérdida en productividad, ausentismo laboral y menos años de trabajo.

Nos hemos vuelto gordos y no es fácil retroceder en este camino porque es el resultado de todo un cambio en estilos de vida. La modernidad impone prisas cotidianas y presiona la entrada al trabajo de hombres y mujeres; hay menos tiempo para preparar la comida en casa. Así que nos vamos por la vía fácil de comer alimentos industrializados, ya preparados y adaptados a vivir de prisa.

Y con ello la industria ha hecho su agosto vendiéndonos chatarra. Del viejo taco de frijoles con quelites y chile, tal vez algo de queso; hemos pasado al pan dulce industrializado y al refresco elevando el consumo de harinas, grasas y azúcar. La modernidad deteriora la alimentación sobre todo en nuestro país donde gobierno y sociedad no han hecho la tarea de controlar a la industria y mantener tradiciones más saludables.

En estos días la industria de alimentos en México se retuerce quejándose de los costos que le puede implicar las nuevas normas de etiquetado de advertencia sobre contenidos excesivos de ingredientes poco saludables: azúcar, sal, grasas y demás. Se quejan del costo de cambiar los empaques; pero lo que realmente les afectaría es una disminución del consumo de sus mercancías y el esfuerzo por reformular sus productos de maneras más saludables.

Los gustos son maleables. A mí me dijeron que tenía que reducir el consumo de sal y al principio no me gustó mucho. Ya me acostumbré y ahora cuando como en la calle todo me parece salado y tengo que pedir que le pongan menos sal a mi comida. Igual ocurre con el azúcar; en México los refrescos tienen más azúcar que en otros países; así nos han acostumbrado.

Algunos tienen la teoría de que en la medida en que el modelo económico empobreció a la población el gobierno relajó las normas nutricionales y de calidad de los productos para permitir su abaratamiento. Así que ahora consumimos atún que es en realidad soya, yogurts con harina, lo que en realidad los convierte en engrudo, quesos boligoma y todo sobre endulzado para disimular su baja calidad. Con la pobreza vino el achatarramiento del consumo de la mayoría y con la mala nutrición el deterioro de la calidad de vida. Y las ganancias privadas se convirtieron en enorme gasto público.

Parte de la recuperación de la calidad de los alimentos es conseguir que los alimentos procesados tengan un etiquetado claro, comprensible y que permita hacer comparaciones entre unos y otros con gran facilidad. Es solo un paso en la dirección correcta. Habrá que vigilar que el impacto sea real; que realmente induzca modificaciones en la dieta que contribuyan a restaurar la salud de la población.

Alguna vez vi un documental sobre una primaria en Japón donde los niños se preparaban una comida saludable como parte de las actividades escolares. En Argentina vi escuelas con cocinas donde las madres preparaban los alimentos que comerían sus hijos en la escuela. En otro video vi los niños de una escuela de Francia comiendo alimentos que aquí o en los Estados Unidos serían considerados gourmet por su alta calidad.

Son países donde no se trata simplemente de alimentar, sino de educar y transmitir una cultura. Lo menos que deberíamos hacer es enseñar a leer correctamente la lista de ingredientes de los alimentos.

En la lucha contra la obesidad un paso importante será hacer efectivo el derecho al agua potable para todos. El consumo de refrescos se ha convertido en un gran negocio; nos encontramos entre los mayores consumidores de refrescos y agua embotellada del mundo. Un espacio donde debe ser gratuita y saludable es la escuela. Sería parte de una enseñanza importante; que beber agua no azucarada es lo más natural.

Lo que comemos es hoy en día un asunto multidimensional de gran importancia: es un factor de la salud o enfermedad de la mayoría, más importante aún que las medicinas; estar gordos obliga al sistema de salud a atender a un alto costo enfermedades que son prevenibles y ni siquiera debieran existir. Evitar el sobrepeso prevendría muchos sufrimientos. Y ahora sabemos que una dieta saludable, más basada en granos y plantas, tendría un impacto positivo en el medio ambiente.

Así que a comer mejor y adelgazar.

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