lunes, 15 de octubre de 2012

Por otra reforma laboral


Por otra reforma laboral
Jorge Faljo
La reforma estructural laboral que el todavía presidente Calderón envió a la Cámara de Diputados pone a prueba un procedimiento novedoso que obliga a discutirla, reformarla y finalmente aprobarla o rechazarla en el curso de 30 días naturales. Es un método de marcha forzada que al parece logrará cumplir, al menos parcialmente, un acuerdo entre el gobierno saliente y el entrante.
A pesar de ello la iniciativa fue rápidamente rechazada por las dirigencias de las mayores organizaciones de trabajadores del país, afiliadas al priismo, simulando entender que la reforma era netamente calderonista. Ello obligó a la cúpula de su propio partido, el PRI, a ser bastante claros y promover abiertamente su aprobación.  
El interés de los líderes del Congreso del Trabajo, el Sindicato de Trabajadores de la Educación, y otros de similar calibre, es doble. Por un lado se suponen representantes y defensores de los derechos de los trabajadores y, por otro, en los hechos se representan sobre todo a sí mismos. Lo digo así de claro porque ante las fuertes presiones que están recibiendo para aprobar la reforma laboral pareciera que su única salida es aprobar las partes del mayor interés patronal siempre y cuando no toquen las bases de su poder personal.  
De modo tal que tanto en las partes que se transforman como en las que se mantienen es muy posible que salgan perdiendo los trabajadores. Perderían derechos sin que se avance en democracia y transparencia sindicales.
Un punto central de la reforma que muy posiblemente será aprobado (ojalá me equivoque) se refiere a limitar el cobro de salarios caídos a un año máximo en caso de despidos injustificados. El argumento, aparentemente válido, es que es común que estos juicios se prolonguen durante 5, 7 o más años y para cuando se resuelve a favor del trabajador el costo es muy alto para las empresas, sobre todo las medianas y pequeñas. No obstante me parece que este argumento parte de una visión muy limitada y que una autentica reforma estructural laboral debiera proponer cambios de fondo, ambiciosos y no meros parches superficiales.
El argumento olvida en primer lugar que buena parte de los despidos son legalmente injustificados y que si el juicio se prolonga durante años la víctima es el trabajador y no el patrón. Aquí lo que debió haberse abordado es la manera de agilizar los juicios laborales para que nunca duren más de un año. Supongo que si se puede obligar legalmente al Congreso, diputados y senadores, a resolver sobre un asunto central a la vida nacional en treinta días, debería ser posible forzar a las partes, jueces incluidos, a resolver sobre el despido de Juan Pérez en el curso de un año o menos.
Lo que las partes pelean es la indemnización por despido injustificado. Y aquí nuestra ley laboral es cavernaria. El trabajador tiene derecho a una suma sólo cuando es despedido por la empresa pero no cuando él decide salirse. Este es un derecho muy parcial y sometido a la decisión patronal. Para no despedir y no pagar es frecuente que los patrones opten por hacerle la vida imposible al trabajador hasta que se ve obligado a salir, así sea por salud mental, con una mano adelante y otra atrás.
Se requiere y existe en otros países con legislaturas modernas establecer un ahorro al que el trabajador tenga derecho cuando sale de la empresa, cualquiera que sea la causa de su salida. Este ahorro debería ser parte del salario y permitiría llegado el caso despidos o salidas sin conflictos. Todo lo contrario de una legislación que amarra a trabajadores y patrones incluso cuando ambas partes odian esa relación y se tratan de hacer la vida imposible.
Un efecto práctico de limitar los salarios caídos a un año, cuando no se agiliza la impartición de justicia es que se va a despojar a los trabajadores de sus abogados defensores. Hoy en día el abogado defensor de los trabajadores confía en ganar el juicio aunque sea después de varios años y en que será pagado gracias a esos salarios caídos. La limitación a un año en salarios caídos, mientras los juicios siguen durando años, llevará en la práctica a que los trabajadores no cuenten con abogados dispuestos a acompañarlos en ese largo trayecto. Llevará a más despidos injustificados a sabiendas de que el costo será menor y mucho mayores las posibilidades de que el trabajador y su abogado se desistan después de un par de años de juicio tortuoso.
Se requiere una reforma laboral integral que, primero, modifique el concepto de indemnización a la de un pago de salida que acolchone la transición a otro empleo en una economía en la que la movilidad se incrementa notablemente. Segundo, es fundamental agilizar el sistema legal laboral. Recordemos que justicia demorada es justicia denegada. 

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