sábado, 27 de mayo de 2017

Astrología impulsa bonanza

Jorge Faljo

Este pasado martes 23 de mayo el Presidente de la República nos dijo, por medio de un video difundido en redes sociales, que a México les está yendo bien, ya que no solo su economía es fuerte, sino, además, el mundo confía cada vez más en él.

Tras meses de incertidumbre, en buena medida generada por el cambio de gobierno en los Estados Unidos, la futura renegociación del TLC, la elevación del precio de la gasolina y una catarata de malas noticias relacionadas con corrupción y criminalidad parecía que, por fin, había buenas noticias que dar.

Así que prontamente el Presidente se apresuró a decirlo. Para sustentar su afirmación de que el mundo confía cada vez más en nuestro país, y por inferencia podría pensarse que en su administración, señaló que ese martes la Secretaría de Economía presentó la cifra preliminar de que entre enero y marzo México recibió 7 mil 945 millones de dólares de inversión extranjera directa. La cifra preliminar más alta para un primer trimestre desde que se lleva registro hace veinte años.

Hubo otros datos alentadores pero la cereza del pastel fue la cifra de crecimiento del Producto Interno Bruto. Resulta que en el primer trimestre del año, el PIB creció 2.8 por ciento anual, comparado con el año anterior. Una cifra que aunque muy lejana de las promesas de crecimiento al 6 por ciento anual que se hicieron al principio del sexenio, de cualquier manera sería mejor al promedio de los últimos cuatro años.

Eso dijo, repito, el martes 23 de mayo. Poco nos habría de durar el gusto, a nosotros y a él, en lo referente a la inversión extranjera directa. Se adelantó con las cifras preliminares optimistas de la Secretaría de Economía, en lugar de esperar un par de días a los datos del Banco de México.

Resulta que dos días después, el 25 de mayo, Banxico publico la información de la balanza de pagos del primer trimestre de 2017 con el dato de 6 mil 776 millones de dólares de inversión extranjera directa. Cifra que es inferior a la del mismo trimestre del año anterior, con lo que a pesar de que la cifra preliminar batía récord la definitiva no demuestra la confianza extranjera mencionada.

Tampoco parecen haber asesorado bien al Presidente en cuanto al buen desempeño del PIB y que, según él, superó a lo que esperaban los especialistas. No era así. Ese mismo martes 23 el subgobernador del Banco de México, Lic. Javier Guzmán Calafell, analizaba ante un selecto foro de inversionistas la situación económica con menos entusiasmo y señaló una verdad tamaño montaña: los resultados del primer trimestre están influenciados por “factores de naturaleza aritmética” y que al diluirse ese efecto la desaceleración de la actividad económica se haría más evidente.

¿Acaso señaló un error aritmético en el buen dato del crecimiento del PIB? Pues no, no hubo error malintencionado pero si pareciera existir un problemilla astrológico. Cómo Ud. sabe la semana santa se determina por el calendario lunar y eso hace que cada año ocurra en un momento distinto del calendario solar. En 2016 la Semana Santa y la de Pascua ocurrieron en el mes de marzo, es decir durante el primer trimestre del año; en 2017 ambas cayeron en el mes de abril, fuera del primer trimestre. Y el hecho es que esas dos semanas religiosas y festivas marcan una baja en la actividad económica de los mexicanos. Supongo, porque no se me ocurre otra cosa, que este sería el factor aritmético que favoreció la buena cifra.

El subgobernador Guzmán Calafell continuó su alocución diciendo que las proyecciones de crecimiento del PIB para 2017 apuntan a una desaceleración gradual de la economía, con tasas de crecimiento para los siguientes tres trimestres del año significativamente inferiores a las observadas en 2016. Un factor de desaceleración que mencionó es que el consumo privado podría verse afectado por la disminución de los salarios reales; disminución derivada de la inflación combinada con los bajos niveles de confianza de los hogares.

En base a esa información la Secretaría de Hacienda aumentó su estimación de crecimiento del PIB para 2017 a un rango de 1.5 a 2.5 por ciento. Lo cual muestra a las claras que no espera que ese 2.8 por ciento sea sostenible más allá del primer trimestre. Con esa amplitud de rango cualquiera le atina. La última proyección del Fondo Monetario Internacional para el crecimiento de México este año fue de 1.7 por ciento; cifra que se ubicaría cómodamente tanto en el rango original como en el mejorado.

Nos acercamos a una renegociación del TLC con los Estados Unidos que puede ser fundamental para la redefinición de una estrategia económica y social en México. Todo indica que los dos países lo harán con actitudes fundamentalmente contrapuestas.

Para los Estados Unidos el TLC ha sido un fracaso por sus efectos en la manufactura y el empleo, a pesar de sus buenos datos en materia agropecuaria. Su principal negociador, el recién nombrado embajador para negociaciones comerciales Robert Lightizer, ha declarado que el libre comercio ha sido una aberración histórica para la ideología republicana. En paralelo el secretario de comercio Wilbur Ross ha reiterado que su objetivo es eliminar el déficit comercial con México.

Del nuestro lado lo que se reitera es el interés de no cambiar la estrategia económica del país y de aferrarnos a cualquier mínima y maquillada buena noticia para indicar que no hay necesidad de hacerlo. Aquí se reafirman los dogmas neoliberales y todavía coqueteamos con un posible y absurdo tratado transpacífico. Le exigimos claridad a los gringos sobre sus intenciones esperando, tal vez, que estas cambien sobre la marcha, y nosotros solo nos limitamos a reiterar una posición meramente defensiva.

Es una posición equivocada. La apertura comercial indiscriminada con el Oriente le ha hecho un notable daño a este país, a su manufactura, a su agricultura, a sus empleos y a los ingresos de la población. Renegociar el tratado a la defensiva nos hace correr el riesgo de sacrificar aún más a la agricultura y a los restos de industrialización orientada al mercado interno que aún quedan. Al renegociar el TLC debemos repensar toda la economía. Urgen ideas que salgan de la participación de universidades, empresarios industriales, grupos organizados del campo y la ciudad sobre el futuro de país que queremos, la estrategia económica y las relaciones comerciales con el exterior.

Solo así podremos renegociar con fuerza y abandonar un modelo económico moribundo dirigido por una burocracia desinteresada en el fortalecimiento productivo.

sábado, 20 de mayo de 2017

Sobra capital; falta clase media

Jorge Faljo

Según la Asociación Mexicana de Capital Privado -Amexcap-, México no aprovecha el capital privado. Lo dicen porque en su óptica existen unas 40 mil empresas con potencial para recibir apoyo de fondos de capital privado y no obstante solo se reportan alrededor de 130 transacciones al año.

Esta organización agrupa inversionistas y consultores cuya propuesta es entrar como socios de empresas a las que les ven posibilidades para un crecimiento exponencial. Se trataría de inversiones temporales por un ciclo de unos siete años al cabo de los cuales venderían su participación y se retiraría. No obstante, señala la Amexcap, la desconfianza es un obstáculo importante. Tal vez, imagino, porque el dueño de la empresa ya relativamente exitosa teme perder el control de la misma.

La Amexcap cuenta con 20 mil millones de dólares disponibles y en síntesis, puede decirse que le sobra capital y le faltan oportunidades de inversión. Sobre todo en un contexto caracterizado por la debilidad del crecimiento. Por cierto que el análisis de la Cuenta Pública 2016 que recién publicó la SHCP reseña las expectativas de buen crecimiento generadas por las reformas estructurales para, a renglón seguido decirnos que no se cumplieron debido a la “materialización” de algunos riesgos, unos previstos y otros no. Habrá que dar por terminada esa fantasía.

En busca de soluciones para invertir su dinero la Amexcap dialoga con el ministro de Hacienda, Meade Kuribreña sobre el diseño de posibles puentes que permitieran a estos capitales encontrar un aterrizaje productivo. Tal vez facilitando fiscalmente la inversión en empresas existentes, tal vez orientándose a la inversión en infraestructura, donde el gobierno tiene una historia de ser el socio que termina asumiendo los costos de los fracasos.

No hay soluciones sencillas. El problema de la Amexcap es el de los inversionistas en todo el planeta: sobra dinero, faltan oportunidades de inversión. Verlo como un problema de diseño de proyectos, echarles la culpa a empresarios desconfiados o buscar renegociaciones favorables con el gobierno no va a resolver el problema. Lo que se requiere es un diagnóstico distinto.

Si no hay en que invertir es porque no crece el mercado. En medio del estancamiento el crecimiento de una empresa solo puede darse a costa de la quiebra de la competencia; es decir el avance posible es hacia la monopolización creciente. Lo que no favorece la competencia, la generación de empleo o los precios accesibles.

Marchamos en sentido contrario al fortalecimiento del mercado; lo que tenemos es el empobrecimiento de la clase media. Entendida para México cómo básicamente conformada por los empleados que ganan más de 5 salarios mínimos. Conviene señalar que los ricos no lo son por sus ingresos salariales sino por lo que reciben en forma de herencias, donaciones, ganancias empresariales y, en muchos casos, corrupción de elite burocrática.

El hecho es que el número de ocupados con ingresos de más de 12 mil pesos se ha reducido en 42 por ciento en los últimos ocho años y hoy en día son tan solo el 5.2 por ciento del total de asalariados. Esta es una proporción inferior al 11.6 por ciento que tenía ese sector de ingreso en el 2008.

Las reducciones salariales más fuertes no se han dado entre los estratos más pobres, donde hay estancamiento o incluso una insignificante mejoría. En cambio el 10 por ciento de los empleados de mayor salario redujo su ingreso promedio de 18 mil 760 pesos en 2007 a 14 mil 900 pesos mensuales en el primer trimestre de este año.

De acuerdo al Banco Mundial estudiar una carrera en México es ahora mucho menos redituable que en el año 2000; lo que contribuye a explicar la frustración que lleva a mayores tasas de abandono de los estudios por parte de los jóvenes.

Hace tiempo que las universidades privadas de elite han dejado de prometer a sus estudiantes que obtendrán buenos empleos y se han refugiado en el discurso de que están formando “emprendedores”; es decir egresados que habrán de crear su propia empresa, o changarro. Para la mayoría esta opción es mera fantasía; o por lo menos una ruta para la que no les aporta mucho el haber estudiado en una universidad de elite.

La inequidad en México es brutal; va de los millones de mexicanos que no tienen una nutrición mínimamente adecuada, y los trabajadores que a pesar de ser formales no pueden adquirir la canasta de consumo básica para una familia de cuatro personas, hasta aquellos cuyas fortunas ascienden a cientos y miles de millones de dólares. Es una tragedia dolorosa que, sin embargo, no debe hacernos perder de vista otro hecho también muy grave: el empobrecimiento acelerado de la clase media mexicana.

Estamos hablando del estrato de población de ingresos y educación media que configura la demanda para bienes y servicios algo más sofisticados que los meramente básicos. La debilidad económica creciente de la clase media, en números absolutos y promedio de ingresos, determina la ausencia de oportunidades de inversión que preocupa a los dueños de esos veinte mil millones de dólares disponibles.

Se equivocan los que creen que la tarea de un gobierno es atraer inversiones y confiar en el mercado para que este cree y distribuya riqueza que se derrame hacia abajo. Eso no ha ocurrido y no pasará en el futuro. Hay que leer los diagnósticos de las grandes instituciones internacionales y centrar la mira en el combate a la inequidad. Revertir el empobrecimiento salarial es indispensable para generar crecimiento y empleos en un contexto de paz social.

sábado, 13 de mayo de 2017

¿Por qué no invertir productivamente las reservas internacionales?

Jorge Faljo

El Banco de México tiene reservas internacionales por un monto de 175 mil millones de dólares. Mucho dinero que crea algunas tentaciones. Sobre todo, porque para muchos se trata de una riqueza inerte que preferirían ver empleada de otro modo. Así que no faltan quienes quieren emplear ese dinero para algo útil o productivo, como construir hospitales, escuelas, carreteras u obras que generen empleo.

Hace algunos años le regalé a un político de buen nivel un libro sobre economía de México y su pregunta inmediata fue: ¿aquí explica cómo invertir las reservas internacionales? Ante mi negativa, ya no mostró el mismo interés. Lo importante es que no se trató de un caso aislado. Es un tema que resurge de vez en cuando y alguna vez hay que aclararlo. Eso es lo que voy a intentar ahora con un ejemplo.

Vamos a suponer que Ud. necesita 200 mil pesos para comprarse un carro. Una de sus opciones es pedir un préstamo bancario por esa cantidad. Luego lo pagará a lo largo de varios años con la ventaja de que desde el primer momento tendrá una calendarización exacta de los días en que vencerá cada pago mensual. Conocerá incluso las penalidades en que incurrirá si acaso se atrasa en un pago.

También es posible que Ud. tenga la opción de pedir prestado de una manera muy diferente. Si tiene muchos amigos podría pedirles un poco de dinero prestado a cada uno de ellos. Vamos a pensar que treinta amigos le prestan en promedio 10 mil pesos cada uno de ellos de modo que en total Ud. ha conseguido 300 mil pesos lo cual es bastante más de los 200 mil que quería para comprarse el auto.

Pero hay que tener en cuenta que esos amigos le prestaron con dos condiciones. Una es que ellos recibirían una tasa de interés algo superior a la que les pagaría un banco. La segunda, mucho más importante, es la solemne promesa de que Ud. le pagaría de inmediato a cualquiera que le pida que le devuelva su dinero. El que le pide su dinero de regreso no necesita tener ningún motivo para pedirlo y tampoco puede haber excusa o pretexto alguno para no pagar de inmediato.

Este método de endeudamiento puede funcionar bien si se tienen ciertas precauciones. Ud. logró recibir un total de 300 mil pesos de sus muchos amigos y usó 200 mil para comprarse el carro que quería. En este caso no se sabe quién o quienes querrán que les pague prácticamente de un momento a otro. Pero para esos casos tiene los otros 100 mil pesos como una reserva para estos imprevistos.

Así que supongamos que a lo largo de varios días llegan tres o cuatro amigos y le exigen que, conforme a lo acordado, se les pague de inmediato, digamos que un total de 40 mil pesos. No hay problema; en cada ocasión Ud. con toda calma busca su reserva, saca el dinero solicitado y lo paga.

El resultado es que entre sus amigos corre la noticia de que cuando unos fueron a cobrarle les pago de inmediato y sin interponer pretextos. Así que todos consideran que Ud. es un buen pagador; alguien que cumple sus promesas. Los otros amigos que le prestaron no solo respiran tranquilos, sino que están dispuestos a prestarle más. Incluso podría ocurrir que esta buena fama le permitiera pedir prestado para otro carro.

Bajo este método de endeudamiento no es posible saber cuánto y cuándo le van a cobrar. Por eso es muy importante contar con una buena reserva.

Podemos por otra parte suponer lo contrario. Que a Ud. le prestaron los 300 mil pesos originales pero que además del carro de 200 se compró una motocicleta de 80; así que solo le quedaron veinte mil de reserva. Entonces, cuando se aparecieron varios amigos a cobrar no pudo pagarles y quedó mal. Pero esto no fue un secreto; todos los demás se enteraron y llegaron a cobrarle, exigiendo que venda el carro y la moto y cumpla con su palabra.

Aquí podemos ver para qué sirve una reserva de dinero. En primer lugar, la reserva es parte de la deuda; es un dinero que pidió prestado y que no gastó pero que a pesar de tenerlo en las manos no es suyo. Solo sirve para cumplir la promesa de pagarle de inmediato a sus prestamistas a los que se les ocurra cobrarle.

Igual que en el ejemplo inventado párrafos arriba, los 175 mil millones de dólares de reservas internacionales que tiene el Banco de México en realidad no le pertenecen al país. Son deuda que se guarda como reserva para pagar cuando a los acreedores quieran cobrar. Por cierto, que si todos tratan de cobrar al mismo tiempo, en este caso comprar dólares, esa reserva no alcanzaría.

Las reservas son importantes; cuando el Fondo Monetario Internacional le advirtió al Banco de México que estaba agotando las reservas muy rápidamente, este último abandonó la estrategia de subastas de dólares. Si no las hubiera suspendido tal vez el FMI no habría renovado la línea de crédito flexible y los acreedores habrían entrado en pánico tratando de sacar sus dólares de inmediato.

Así que las reservas son dinero que debemos y que no sabemos cuándo cobrarán. Por eso no podemos comprarnos una motocicleta con ese dinero.

Un absurdo adicional es querer usar esos dólares para invertir en México. Los dólares son para comprar en el exterior, si Banxico los vende inundarían el mercado y lo que haríamos sería importar más. Para invertir en México lo que se necesitan son pesos; de esos en ciertas condiciones Banxico podría producir más, como lo han hecho otros países con sus políticas de flexibilidad monetaria. Pero ese ya es otro cantar y tema de otra columna.

lunes, 8 de mayo de 2017

Trump contra el Obamacare

Jorge Faljo

El Presidente norteamericano, Donald Trump, y su partido republicano celebran lo que para ellos es una importante victoria: que la Cámara de Representantes votara en favor del reemplazo de la ley de cuidados accesibles, mejor conocida como Obamacare.

Estados Unidos no cuenta con un verdadero sistema de salud pública basado en hospitales gubernamentales. La atención a la salud de los norteamericanos es enteramente privada, basada en la compra de seguros privados, y con programas públicos que otorgan subsidios a muchos de los pobres, viejos y niños para adquirir seguros y ser atendidos de manera privada.

De acuerdo a la OCDE el sistema norteamericano destaca por ser el más costoso del planeta, se come el 16.9 por ciento de su producto interno. Paradójicamente ocupa el último lugar, el de menos eficiencia al comparar los sistemas de salud de los once países más desarrollados. Otros sistemas de salud, por ejemplo el de Inglaterra, basados en servicios públicos ofrecen mejores resultados empleando una proporción del Producto Interno inferior al 10 por ciento.

Los norteamericanos gastaron en salud, en 2015, una cifra astronómica, 9,450 dólares por persona; el promedio de los británicos fue de 4 mil dólares y en el total de países de la OCDE fue de 3,814 dólares. Una explicación es que en el sistema norteamericano dominan los intereses de las aseguradoras, el sistema hospitalario y las empresas farmacéuticas. Esto se entiende, en parte, por la tendencia a realizar estudios costosos incluso en casos sencillos para protegerse de demandas millonarias. También ocurre que las mismas medicinas son mucho más caras que en otros países. Y se desprestigia y persigue a los remedios alternativos.

La sexta parte de la economía norteamericana; la que tiene que ver con lo más delicado, la salud, está guiada por el interés de la ganancia monetaria y no por el interés de bienestar de los pacientes.

Sin alterar lo anterior en lo esencial, el Obamacare estableció regulaciones que de 2010 a 2016 limitaron el incremento de los costos y elevaron en alrededor de 20 millones el número de asegurados; lo que dejó fuera del sistema a “solo” 30 millones de personas, alrededor del 10 por ciento de la población. También obligó a las aseguradoras a no discriminar a nuevos solicitantes por enfermedades preexistentes y a ampliar coberturas que incluyeran servicios elementales como traslado en ambulancia, cuidados preventivos, maternidad y demás. Todo lo anterior hizo que se elevaran los costos para la población joven, sana, con mejores condiciones de vida y consumo y, en general, de bajo riesgo. Lo que hizo impopular el cambio.

Fueron sus enemigos los que nombraron Obamacare a la ley de cuidados accesibles con el objetivo de desprestigiarla. El nombre se popularizó al mismo tiempo que sus beneficios se hacían evidentes. Pero eso mismo acentuó el propósito de los republicanos de destruirla.

Ahora dieron el primer paso con 216 votos a favor de una nueva ley de salud y 212 en contra. Ningún demócrata voto a favor del cambio y se les unieron 20 republicanos. Ahora la nueva propuesta de ley tendrá que ser analizada por el senado donde requiere 51 votos para ser aprobada y hay un total de 52 republicanos. Eso no quiere decir que será aceptada en automático; por lo contrario la incertidumbre es alta.

Al término de los primeros 100 días de la nueva administración, Trump y los republicanos están necesitados de mostrar algunas victorias. Lanzaron una guía de reforma fiscal muy incompleta, enviaron al senado una carta de objetivos para la renegociación del TLCAN poco esclarecedora y presentan una reforma de salud apresurada que, en contra de la tradición, no fue sujeta a ninguna discusión pública y de hecho los mismos representantes republicanos no tuvieron tiempo de leerla. Tampoco esperaron la evaluación de su impacto por la oficina de estudios presupuestales del Congreso.

Pero ahora que la propuesta está a la vista será seriamente examinada. Lo primero que se descubre es que le reduce más de 300 mil millones de dólares en impuestos al uno por ciento más rico de la población; rebaja en unos 800 mil millones de dólares la atención en salud a los más pobres (medicare) y deja a la voluntad de los estados si las compañías de seguros podrán cobrar a su antojo por condiciones preexistentes.

La nueva ley favorece a la gente joven y saludable; pero es un duro golpe para alrededor de 30 por ciento de la población norteamericana que tiene enfermedades preexistentes, para los viejos que son por definición menos saludables, y para los pobres. Lo que está en juego es la solidaridad de los más saludables, y en mejores condiciones económicas, con los menos favorecidos. De hecho todo sistema de aseguramiento se basa en la compensación de costos entre los de más y los de menos riesgo e ingresos y, por supuesto, entre los tuvieron la buena suerte de no enfermarse o accidentarse y los que sí sufrieron. Al deteriorar la solidaridad generacional, económica y social los republicanos favorecen a los menos.

Con la ley bajo escrutinio los legisladores serán sujetos a múltiples presiones y existe la posibilidad de que también en el caso del senado algunos republicanos no apoyen la propuesta. Bastaría que un par de republicanos vote en contra y ningún demócrata lo haga a favor, para impedir su paso. La propuesta tendrá cambios importantes en el senado que obligarán a regresarla a la Cámara de representantes. Así que nada está decidido todavía.

Desde un sector minoritario del partido demócrata están los que, como Bernie Sanders, proponen un sistema de salud público de cobertura universal y que pudiera reducir costos al mismo nivel de los otros países desarrollados. Pero esta es, de momento, una utopía.

Lo que propone Trump va directamente en contra de lo que prometió y afecta negativamente a la población que mayormente votó por el: los blancos pobres. Trump ha resultado ser un falso populista; se revela como campeón del capitalismo salvaje.

sábado, 29 de abril de 2017

Trump y su bomba de humo fiscal

Jorge Faljo

Hace unos días Donald Trump anunció con bombo y platillo que esta semana daría a conocer una gran noticia, su plan de reforma fiscal. Lo dijo presionado porque se acercaba el final de sus primeros 100 días como presidente; lo que en Estados Unidos es un periodo de gran significado político. Se acostumbra comparar los logros de cada presidente en esos algo más de tres meses iniciales. Para Trump eran particularmente importantes porque en su campaña se fue de la boca haciendo grandes promesas. Pero si algo distingue el inicio de la administración de Trump son sus fracasos políticos y el bajón de popularidad.

Sin éxitos a la vista, desesperado, Trump anunció la mayor reforma fiscal de la historia, algo típico de su megalomanía, y resultó ser una bomba de humo. Lo que presentó su secretario del Tesoro, Steve Mnuchin, fue una simplona hoja de papel que básicamente repetía lo anunciado durante su campaña presidencial. Llamémosla hoja de ruta para darle alguna dignidad. Con ella pretendieron minimizar el hecho de que no tienen lista la propuesta de reforma fiscal, y mucho menos la han consensado políticamente para que tenga posibilidades de ser aprobada.

Lo esencial anunciado en la supuesta reforma fue una fuerte reducción de impuestos a las empresas y al uno por ciento más rico de la población. Reducir el tope impositivo a las empresas de un 35 a un 15 por ciento lo viene diciendo Trump desde hace meses. Pero reducir impuestos no es una reforma fiscal. La reducción presupone algo más complicado: un nuevo reparto de las cargas fiscales de manera tal que se reducen unos ingresos, pero como vasos comunicantes, se compensan con otros. Este miércoles su hoja de ruta para la futura reforma prometió lo facilito, pero no aclaró lo difícil.

¿Cuáles son las posibles medidas de compensación?

Una medida que contribuiría a equilibrar los ingresos es la reducción de impuestos a la repatriación de las enormes ganancias que las empresas norteamericanas tienen en el extranjero. Mientras están invertidas en el exterior no causan impuestos, pero cuando se regresan pagan ahora un alto impuesto. La propuesta de Trump es una concesión fiscal temporal que les daría oportunidad de repatriar esos capitales a un bajo costo impositivo.

Si de este modo se logra una repatriación significativa eso compensaría la caída del impuesto a los corporativos. Pero lo haría solo durante uno o dos años; por una única vez para cada empresa. Así que es una compensación temporal e insuficiente. De cualquier modo, la idea expresada en la hojita de ruta no aterriza en los detalles que, posiblemente, se estén negociando con los grandes corporativos.

La segunda forma de compensar los ingresos que se dejarían de recibir es de enorme interés para México, nos perjudicaría. Se trata de la posible imposición de un impuesto de ajuste fronterizo –BAT-, a la importación de mercancías. Para un amplio segmento de la población y para los políticos republicanos la baja de impuestos a las empresas es posible y deseable si se compensa con un impuesto a las importaciones.

Sin embargo, este punto no se aborda en la hoja de ruta porque sencillamente no se han puesto de acuerdo. Muchas empresas de manufactura trabajan con componentes importados de México, otras más son importadoras y todas se verían afectadas negativamente. También subirían los precios al consumidor y esto podría tener un costo político.

Pero si no aparece el BAT en esa hoja de ruta no es motivo para festinar; es una idea que no ha sido descartada, solo que se tiene que consensar internamente y, también, es parte de la renegociación del TLCAN.

Sin las anteriores formas de compensar la principal caída de ingresos fiscales lo que quedaría sería una reducción significativa del gasto público de los estadounidenses. Algo que provocaría fuertes controversias. Trump ha anunciado un incremento al gasto militar; también prometió grandes inversiones en infraestructura para la renovación de todo el sistema carretero, las presas y los edificios públicos y, además, quiere levantar un costoso muro en su frontera sur. Es decir que esa propuesta de reducción de ingresos no aclara como es compatible con sus promesas de gastar más. Tendría que recortar en el gasto social, y eso provocaría fuertes conflictos incluso con su base política republicana.

El secretario del tesoro norteamericano defendió la baja de impuestos, sin compensaciones y sin caída del gasto, mediante un conejo sacado del sombrero. Dijo que al reducir impuestos abarataría el costo del capital y eso generaría mayores inversiones, empleos y crecimiento económico que, a su vez llevaría a pagar más impuestos, no sé si realmente crea lo que dijo, pero si lo cree, pobres vecinos.

Se trata de una idea trasnochada de los inicios del neoliberalismo. Ahora sabemos que estas promesas no se cumplen y pocos en los Estados Unidos confían en eso.

El caso es que la hojita de ruta ha sido recibida con frialdad. La bolsa de valores no reaccionó. Los democratas dicen que intenta favorecer a los más ricos y declaran que no aceptan discutirla mientras Donald Trump no dé a conocer su declaración de impuestos. Dan a entender que su reforma apunta a favorecerse a sí mismo y a su familia. Incluso los republicanos no muestran entusiasmo porque para ellos es tabú el incremento del déficit fiscal y la deuda pública.

Así que sencillamente; la presentación del miércoles fue una bomba de humo a la que le falta lo más importante. No obstante, en los próximos meses habrá una verdadera propuesta de reforma fiscal que podría ser muy negativa para México.

lunes, 24 de abril de 2017

La guerra de la leche

Jorge Faljo

A fines del año pasado el departamento de agricultura de los Estados Unidos –USDA- compró 20 millones de dólares de queso proveniente de inventarios privados con la finalidad de reducir un poco el problema del exceso de queso invendible. Esa cantidad de queso fue donada a bancos de comida y otras formas de distribución a pobres que en condiciones ordinarias no lo consumirían porque no tienen suficiente ingreso para comprarlo. Este destino es importante porque si el queso fuera a dar a consumidores habituales estos dejarían de comprarlo en el supermercado y no se resolvería el problema de sobreproducción.

Sin embargo para los productores la medida fue notoriamente insuficiente; con 20 millones de dólares solamente se compró la sobreproducción de un mes y redujo en poco los inventarios existentes. Sobra mucho queso que los pobres querrían consumir y no tienen para pagar y esa compra y posterior donativo no es parte de una política permanente.

Canadá es un país con incluso mejor potencial de producción lechera que los Estados Unidos y mucha menos población. También tiene un problema de sobreproducción que ha aliviado en mucho de otra manera. Administra, conjuntamente con la organización de productores de lácteos la asignación de cuotas de producción de leche y, además impone altos aranceles a las importaciones de leche, mantequilla y quesos. Es decir que supo negociar su tratado de libre comercio. De cualquier manera se generan excesos de producción y subutilización de capacidades.

A pesar de ello Canadá estaba importando proteína de leche como ingrediente en la producción de sus quesos. Para favorecer a sus productores hizo cambios administrativos que llevaron a que los productores de queso de Canadá prefirieran comprar dentro del país.

Una exportadora norteamericana de la proteína de leche avisó que dejaría de comprar a ganaderos norteamericanos y estos pusieron el grito diciendo que tendrían que dejar de producir y cerrar. En este punto apareció en escena Donald Trump, que se declaró indignado con los canadienses, dijo que el TLCAN le hacía daño a los norteamericanos y que lo cambiaría muy pronto. Dijo que en un par de semanas presentaría un plan para ello.

Y el peso se devaluó unos 35 centavos después de una racha de fortalecimiento.

Trump es un hombre intempestivo e impredecible. Pero los mexicanos cometemos un error si creemos que dirigir su furia hacia otros lados ya se olvidó de nosotros y podemos volver a la paz de la inercia. No es así. Pero la devaluacioncita del peso muestra que tenemos ese comportamiento y cuando el güero vuelve a la carga volvemos a reaccionar espantados. Y eso que no era contra nosotros y no dijo nada nuevo.

Trump y su secretario de comercio insisten en que equilibrarán el comercio con México a la buena o a la mala. A la mala es que nos pongan aranceles y nos dejen de comprar; a la buena es convencernos de que los dólares que entran a México por superávit en las ventas a Estados Unidos se usen para comprarles a ellos y no a China. Sobre esto han sido muy claros.

Aquí hago dos propuestas. Una es que les creamos a los primos gringos de que van a reducir su déficit con México; la segunda es que es mejor que sea por la buena. Es decir, que en vez que reduzcan sus compras que nosotros seamos mejores clientes de ellos y aumentemos las nuestras.

Esto significa que eliminemos el déficit que tenemos con China y el sureste asiático, y que financiamos con los 122 mil millones de dólares de superávit que tenemos con Estados Unidos. Estados Unidos dice de manera golpeada si tu no me compras yo tampoco. Nosotros tendremos que decirle lo mismo a China.

Claro que el asunto no es nada sencillo y el cambio es forzosamente gradual; se llevará varios años. Será por un lado traumático, como todo gran cambio. Pero también abre importantes oportunidades para México. No es simplemente dejar de comprar a los chinos para comprarles a los gringos; hay mucho que en ese giro podríamos pasar a producir en México.

Hay que recordar que este asunto de la leche es un buen ejemplo de lo que ocurre en todo el planeta: se puede producir mucho más, sobra producción pero no se genera suficiente capacidad de compra. De hecho los norteamericanos, los mexicanos y la mayor parte de la población del planeta se ha empobrecido al mismo tiempo que aumenta la tecnología y la capacidad de producir.

Lo que está en juego cuando hay falta de demanda es determinar quiénes son los que sufrirán las consecuencias y tendrán que dejar de producir. El mensaje de Trump es que no serán los norteamericanos; nuestro mensaje debe ser que no sean los mexicanos. Así que ni modo, que los chinos sean los que a final de cuentas dejen de venderle mucho al mundo cuando le compran muy poco, por lo menos a nosotros.

No es sencillo dejar de comprarle a China; pero crea la oportunidad de que mucho de eso se produzca en México. Como buena parte son baratijas, esas son sencillas de producir aquí. Otros muchos componentes industriales también los podemos producir pero eso requiere platicarlo con los industriales y hacer mucha planeación, porque no habrá esa producción si no hay la seguridad de una ruta de reindustrialización del país que no esté sujeta a vaivenes del exterior y del interior.

Parte de esa seguridad se tiene que conseguir en la renegociación del TLCAN; otra parte en un acuerdo interno, en un programa que no sufra posteriores consecuencias políticas. No nos vaya a llegar otro neoliberal trasnochado.

sábado, 15 de abril de 2017

La amarga inversión extranjera

Jorge Faljo

Hace un par de días el presidente Enrique Peña Nieto informó que la Inversión Extranjera Directa –IED-, llegó a los 135 mil millones de dólares a lo largo de su administración. El Presidente proporcionó estos datos en el discurso de inauguración de una moderna planta embotelladora de agua mineral con capacidad para producir más de 200 millones de botellas al año y propiedad de la empresa Peñafiel; es decir del consorcio extranjero Dr. Pepper Snaple Group.

A mayor abundancia el Presidente dijo que en los años noventa la entrada anual de Inversión extranjera directa fue de 8 mil millones de dólares al año y que ahora tenemos cifras cercanas a los treinta mil millones de dólares –mmd- anuales. Es obvio que así planteada se considera a tal incremento de la IED como algo muy positivo.

Presumir a la inversión externa es una constante de los discursos presidenciales. Hace poco más de un año, en febrero de 2016, en la entrega de títulos de propiedad formalizados en Tamaulipas el Presidente señaló que la IED en su administración ya alcanzaba los 100 mmd. Hace dos años, en la inauguración de una planta de la Toyota en 2015 el presidente presumió la entrada de 66 mmd en 2013 y 2014, los dos que llevaba su administración. En abril de ese mismo año, al inaugurar la ampliación de una carretera en Jalisco el mandatario aseveró que gracias a las inversiones en infraestructura y, por supuesto, las reformas estructurales, el país se encontraba entre los diez primero países favorecidos por la inversión extranjera.

El Presidente festeja y asocia la entrada de inversión extranjera a la confianza de los inversionistas en México, lo que vendría a ser una especie de logro de su administración. Bueno, no solo de la suya. Lo mismo era festejado por las administraciones de Vicente Fox y Felipe Calderón.

Los datos de inversión extranjera se presumen en muy diversos eventos, de la inauguración de una planta productiva moderna, una carretera, un encuentro con empresarios o un acto relativamente popular. Es decir que se la coloca como señal de éxito y eje de la estrategia económica nacional.

No obstante, precisamente por su mención en estos contextos se puede dar lugar a varias interpretaciones engañosas, a las que me refiero en adelante.

Una interpretación engañosa es que la mayor parte de la inversión extranjera es productiva. No es así; el grueso de la entrada de capitales externos se va a inversión de cartera, es decir compra de bonos y otras formas de depósito de dinero relativamente liquidas, es decir que se pueden mover de un lado para otro con mucha mayor rapidez que una inversión productiva. Se trata del llamado capital volátil que llega al país atraído por el hecho de que aquí se es ofrecen tasas de interés muy superiores a las del exterior.

Otra idea equivocada es que la IED es básicamente nueva inversión productiva. Lo cierto es que este tipo de inversión se orienta sobre todo a la compra de empresas ya constituidas. Destacan dentro de este sexenio la venta de la cervecera Modelo, la farmacéutica Rimsa, las fábricas y distribuidoras de pinturas y similares Comex, y la chocolatera Turín. En esta línea de la venta – país se ha vendido buena parte de la banca, la industria del acero, las tequileras y demás. Aquí habría que pensar en la “confianza” de aquellos que prefieren vender sus empresas y sacar su capital del país.

Obviamente el Presidente no acude al cambio del letrero en la puerta de entrada de una empresa que era mexicana por el hecho de que llegó capital del exterior a comprarla. Pero con esa retórica en algunas inauguraciones da a entender que toda la IED crea nuevos puestos de trabajo. En los hechos con frecuencia la venta de una empresa mexicana da lugar a su reestructuración y a la pérdida de empleos, sobre todo cuando de lo que se trata es de aprovechar su red de distribución para traer importaciones.

Parte importante de lo que se clasifica como IED no es entrada de capitales externos sino ganancias destinadas a reinversión de las empresas extranjeras ya ubicadas en México. Es decir que lo que no remiten como ganancias al exterior, sino que se reinvierte, es también IED. Es muy probable que la nueva planta Peñafiel inaugurada por el presidente se haya construido con ganancias realizadas en el país.

Finalmente habría que decir que dentro de esta revoltura estadística, si existe una porción de entrada de capital externo que si crea nueva planta productiva y nuevos empleos en México. Esto se hace con frecuencia asociado a importantes condonaciones del pago futuro de impuestos e incluso a la inversión con dinero público de importantes obras como carreteras de acceso, ramales de ferrocarril, ampliación de puertos, e infraestructura de suministro de servicios (agua, electricidad). Por debajo del agua también se ofrece estricto control sindical; de hecho el contrato con un sindicato blanco se firma antes de inaugurar las nuevas plantas.

La inversión extranjera llega a México con alfombra roja; es receptora de múltiples privilegios fiscales, de inversión pública atractiva, de control sindical y salarios bajos. Todo para crear vitrinas de exhibición como joyas de la estrategia económica.

Vista en su conjunto la estrategia económica es la de venta/país como forma de allegarnos dólares, que a final de cuentas se convierten en importaciones de bienes que podríamos producir internamente y realmente crear empleo y bienestar. Somos importadores de una enorme proporción de los alimentos, la ropa, el calzado y los electrodomésticos que consumimos.

La estrategia basada en la atracción de IED es un arma de triple filo en contra de los mexicanos. Se “come” el presupuesto y la atención gubernamental para construirle espacios atractivos, como por ejemplo las zonas económicas especiales, e incluso sacrifica ingresos fiscales futuros. Exige un entorno de bajos salarios y control sindical que ha impedido el fortalecimiento del mercado interno y de hecho ha arrojado a la quiebra a gran parte de las empresas pequeñas y medianas que lo abastecían. Nos convierte en consumidores hasta de importaciones “simples”, que no requieren ninguna sofisticación tecnológica y que obviamente podríamos producir.

Así que la próxima vez que se entere de que el presidente inauguró una nueva planta de propiedad extranjera, o que le puso infraestructura a una transnacional, o simplemente presumió de la “confianza” que nos tienen los inversionistas extranjeros, sepa que esto tiene un enorme costo para el resto de los mexicanos. Mientras la IED cuenta con tapete rojo, lo que queda del empresariado nacional y del mercado interno se desintegra.